Escribiendo en una servilleta.

Rinconcito romántico V

Escribiendo en una servilleta. (relato original de Jengibre)

Había llegado el frío. Atrás quedaba un otoño que empezó cálido y soleado. Pero hoy había amanecido una mañana de noviembre fría, muy fría. No sabía por qué pero siempre asociaba el undécimo mes del año con el frío. Bueno, no sólo con eso, también con la oscuridad y la tristeza; con la pena y, cómo no, también con la muerte.
Quizás por esa razón, esa mañana se había levantado, se había arreglado y había salido de casa, pero su ánimo se había quedado olvidado entre las sábanas. Lo malo era que ni siquiera lo echó en falta cuando notó que su sonrisa, perezosa, se negaba a salir. Lo achacó al frío pre-invernal que había tomado las calles de la ciudad y pensó, al pasar junto a su cafetería favorita, que quizás un café con leche bien calentito templaría su destemplado corazón y entró en ella.
Saludó al camarero al entrar, y la sonrisa con que le obsequió el joven consiguió que su propia sonrisa se sacudiese un poco la pereza y se decidiera a esbozarse ligeramente en su rostro. El efecto fue inmediato y la dejó muy sorprendida. Una sensación de calidez se extendía por su pecho. Fue en ese momento cuando echó de menos su ánimo olvidado. Cuando volviera a casa tendría que hablar muy seriamente con él.
Se sentó en su mesa favorita, la que estaba junto al gran ventanal desde donde podía ver la vida pasar. Ese era su pasatiempo favorito, observar la gente que pasaba junto a su mirador. Le gustaba imaginar sus vidas, sus tristezas y alegrías para, ya de vuelta en su casa, sentarse frente a una hoja en blanco y llenarla de vidas, de historias inventadas que cobraban vida con cada palabra que escribía.
O eso era a lo que se dedicaba antes de que su mente se quedara tan blanca como el papel que debía transformar. Antes de que llegara el fatídico undécimo mes, el oscuro, aquel que no debe ser nombrado. Ahora de nada servía sentarse en su mirador, la vida seguía pasando igual ante ella, pero ella apenas la veía. Sólo eran gente que pasaba, no historias para ser contadas.
Estaba sumida en si misma cuando una risa cantarina y contagiosa hizo que regresara a la realidad. Justo en la mesa contigua a la suya una joven pareja era la causante de esa felicidad tan contagiosa. Le picó la curiosidad y quiso saber la causa de tanta alegría a primera hora una fría mañana y oscura. Quizás pensó que algo de esa felicidad se le contagiaría a ella, alejándola de la tristeza y la pena que siempre la invadía como un okupa indeseado cada mes de Noviembre.
Descubrió que la causa de tanto alboroto era un pequeño objeto rectangular y alargado, parecido a un termómetro clínico, y en el que se podían observar ¡unas rayitas de color rosa! ¡La pareja estaba esperando un bebé!
Se sintió extraña, mareada. La vida le había regalado una lección magistral. Ella que siempre había creído que nada bueno podría surgir del frío y la oscuridad ahora tenía que aceptar que Noviembre también podía crear vida, alegría y amor. Entonces sintió en su cabeza una especie de clic, y un cosquilleo en su mano derecha, ese que siempre surgía antes de escribir las grandes historias, anunciaba que una de ellas estaba pugnando salir.
No se lo pensó dos veces, temiendo que si la aparcaba hasta llegar a casa se perdiera para siempre sin remedio. Por eso sacó un bolígrafo de su bolso y, a falta de papel mejor, cogió unas servilletas de papel con el logotipo de la cafetería y empezó a escribir.

Rinconcito poético: Lo peor del amor.

76d5d-llanto222

Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.

Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…

Joaquín Sabina.

El mundo.

images (16)

El mundo. (Jengibre)

No sabía por qué lo había dicho, no quería hacerle daño. O quizás sí, quizás sí que quería herirlo. Sabía que de todas las palabras que podía decirle sólo una podía clavarse en su corazón cual afilado estilete. Y se la había dicho, a traición, a bocajarro, buscando lastimarlo al máximo.
Ahora se arrepentía, ahora que su corazón sangraba tanto como el de él, se arrepentía de lo que había hecho. Porque no se lo merecía. Porque a pesar del daño que le había hecho él lo había encajado y, en lugar de iniciar la discusión que inconsciente ella estaba buscando, la miró buscando sus ojos quizás para que viera la magnitud del desastre que había causado sólo con una palabra y se marchó. Sin dramas, pausado, tal y como era él. Cómo esos estanques de aguas plácidas en la superficie, pero que por dentro son un torbellino.
Desearía poder retroceder en el tiempo, borrar lo dicho y perderse en sus brazos. Lo que tendría que haber hecho, lo que su corazón deseaba hacer. Pero no, quería forzar una confrontación que sabía que les haría daño a los dos. Cómo si así pudiera sentirse mejor. Cómo si eso pudiera calmar la presión de todo lo que estaba viviendo. Cómo si ella y sus problemas fueran el ombligo del mundo. Cómo si los demás vivieran siempre girando a su alrededor para complacerla.
Pero las palabras dichas no pueden borrarse. Sólo queda tratar de reparar el daño causado. Pedir perdón, una vez más. Sabía que la había perdonado, él era así. La amaba a pesar de todo. Pero esta vez algo le pareció diferente. Algo en sus ojos cuando la miró antes de marcharse le decía que quizás esta vez no volviera nunca. Esa sensación estaba destrozándola, porque sabía que si no volvía se lo habría ganado a pulso. ¡Ese estúpido orgullo!
Y corrió, como nunca había corrido, se olvidó de su pierna herida y corrió tras él. Total, si lo perdía que le importaba la vida… ¡no tenía sentido sin él! Deseó llegar a tiempo, que su tren no hubiera salido todavía. Pero no, cuando llegó al andén el tren acababa de partir. Lloró desconsolada, cómo hacía tiempo que no lo hacía, se dejó caer en uno de los bancos de la estación, agotada, con el corazón roto en mil pedazos.
No sabía cuánto tiempo llevaba sentada en aquel frío andén, cuando alguien a su lado le ofreció un pañuelo. ¡Allí estaba él! ¡No había subido al tren! Se lanzó a sus brazos, sonriendo entre las lágrimas. Quería decirle lo mucho que lo sentía, quería pedirle perdón, pero no pudo. Un beso selló sus labios. Sobraban las palabras.

13

1135032_13_thumb_big

25 de abril, aparentemente un lunes normal, un día más de este abril que ya huele a primavera. ¿Normal? no, en realidad no es un día normal, no para mi. Hoy, como cada 25 de abril desde el año 2003, es un día muy especial para mi. Es el día en que celebro que ese 25 de abril de 2003 volvía a nacer. Digamos que es mi cumpleaños con la vida, mi “cumplevida” o como yo lo llamo, mi segundo cumpleaños.

Trece años se cumplen hoy, parece mentira. Eso de que el tiempo vuela es cierto. Recuerdo aquel día casi como si fuera ayer, cómo si fuera una de las mayores aventuras de mi vida. Corrijo, es la mayor aventura de mi vida.

Por eso me gusta celebrarlo como se merece, con pastel, soplando las velas y pidiendo un deseo.

Y ahora… ¡¡¡a por el 13+1!!!

 

Loco por verte. (homenaje a Manolo Tena)

maxresdefault (3)

Loco por verte. (Manolo Tena)

Tan cansado de esperarte y tan ansioso de abrazarte,como ayer
y tan loco por tenerte, tan febril, tan impaciente,como ayer.
Quiero amarnos tan a ciegas, sí,
besar tus manos, tocar tu boca, sentir tu piel…
Revivir en nuestra cama el dulce drama de tu cuerpo yéndose
tu eres agua y yo soy fuente y fluyo con tu corriente, yéndome…
Quiero amarnos tan a ciegas, sí
besar tus manos, tocar tu boca, sentir tu piel…
Porque sin tí seré…
como el rio…no tendré nada mío…
Tu serás la ola que se pierde tan sola
malherido mi corazón ha perdido ya la razón
y es que si no vuelves más siento
que voy a volverme loco…
loco por verte… loco por verte.
Sólo sueño acariciarte como hierba rodearte…
hombre y mujer…
con el mundo en la mirada y mi cuerpo en tu alma
derramándose
abrasarnos tan a ciegas,sí…besar tus manos,
tocar tu boca, comer tu piel…
Porque sin tí seré…
como el río…no tendré nada mío…
tú serás la ola que se pierde tan sola
malherido mi corazón ha perdido ya la razón.
¡ Pobre río, no tendré nada mío …!
pobre ola que se pierde tan sola,
malherido mi corazón ha perdido ya la razón
siento que no vuelves más y pienso que voy a volverme loco…
loco por verte… loco por verte.
…y perderme en tu cintura, recorrerte tan desnuda
(savia para mi sed)…
abrazarnos siempre a ciegas, sí…
¡ besar tus manos, beber tu boca, comer tu miel…!
Y si no vuelvo jamás a verte y para siempre eternamente
serás un río que se aleja del mío,
yo seré la ola que se quiebra tan sola
solos, tristes, sin porvenir
y ya tan sólo poder sentir.
Pobre río no tendré nada mío,
pobre ola que se quiebra tan sola,
malherido tu corazón
malherido mi corazón
pobre río que se aleja del mío
pobre ola, que se quiebra tan sola…

 

 

Claire de lune (Claro de luna).

image

Claire de lune (claro de luna). (Jengibre)
No podía dejar de escuchar la dulce melodía que salía de la caja de madera, esa que tantos años atrás la había fascinado. Apenas era una cría que se colaba en la habitación de su abuela y, con la emoción de lo prohibido, abrir la caja una y otra vez para escuchar la música que, como por arte de magia, surgía de la madera de caoba de la que estaba fabricada la caja. Ni se fijaba en las joyas que contenía, las joyas que con tanto esmero cuidaba su abuela. Las joyas de la familia, decía orgullosa, de un lugar  lejano y un tiempo olvidado. Para ella sólo eran cristales de colores brillantes, nada más. ¡Pero la música era otra cosa! Era tan hermosa y mágica que sólo tenía que cerrar los ojos y era como volar sobre un rayo de luna. Le hacía sentir ingrávida y etérea. Y hermosa, como la luna llena, tan brillante y luminosa como ella.
Y ahora, cuando su vida se acercaba ocaso tras una vida alejada de la tradición familiar, la caja llegaba hasta ella. En el correo de la mañana, entre las facturas y folletos publicitarios, como si fuera algo vulgar, sin valor. Una caja de cartón sencilla. No conocía el remitente. Pero un pálpito le hizo abrirla con emoción. Allí estaba la caja, protegida por capas de papel de seda y junto a ella una carta. Un sobre del grueso papel que su abuela usó toda su vida, y su nombre escrito en él con la hermosa letra, anticuada y poderosa, de su abuela. Sin necesidad de leerla supo que había sido perdonada. Que su abuela, la persona más importante de toda su infancia la había perdonado.
Abrió la caja, la música, ese Claro de Luna, volvió a envolverla como antaño sintiendo como todo su cuerpo se volvía luz, tan pálida y bella como un rayo de luna.

Tu canción. (Your song)

image

Tú canción. (Your song) 
Toda mi vida sujetando mi corazón, negándome cualquier tipo de sentimiento, bloqueando los recuerdos. Pero el azar es caprichoso y en un segundo, cuando más seguro me sentía, un piano sonando en un anuncio de televisión y toda mi vida se vino abajo como un castillo de naipes bajo un vendaval. La reconocí en el acto, era “Tu canción”, nuestra canción. Aquella que un día me susurraste al oído, sentados en la banqueta del viejo piano que te legó tu abuelo, tan juntos que ni el aire podía colarse entre nosotros. Eran los días felices, éramos jóvenes, estábamos enamorados e íbamos a comernos el mundo. Te sentaste al piano, como cada tarde, siempre decías que la práctica hacía la perfección. Yo trataba de convencerte para que nos fuéramos a “quemar” la ciudad. Era mi cumpleaños y sólo quería celebrarlo contigo. Pero tú me engatusaste para que nos quedáramos allí. Me pediste que me sentara a tu lado y, como regalo, compusiste esa canción. “Siempre podrás contarle a la gente que es tu canción” me decías, “¿cuánta gente es dueña de una canción?” me asegurabas. ¡Qué feliz era en ese instante! Fue la última canción que me regalaste. Tú mejor canción. También la última. El azar cruel te alejaba para siempre de mi dejándome, como eterno recordatorio de lo que fue, la canción. Tu gran éxito. El dolor era tan grande que tomé la única decisión posible. Me alejé del que hasta entonces había sido mi mundo, amurallé mi corazón y me obligué a olvidar. Hasta hoy, tantos años después. Sólo unas notas y todo ha vuelto a mi. Tu recuerdo como un ciclón que derriba a su paso todas las defensas que tan duramente construí. Y, entre las lágrimas tanto tiempo reprimidas, he sentido tu presencia a mi lado susurrándome que esta siempre será mi canción.