Ensueño.

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Ensueño. (Emily Dickinson)

Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel;
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel

Aun el más pobre puede hacerlo,
nada por ello ha de pagar:
el alma en el transporte de su sueño
se nutre sólo de silencio y paz.

El último trago.

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El Último trago.  (José Alfredo Jiménez)

Tómate esta botella conmigo
Y en el último trago nos vamos
Quiero ver a que sabe tu olvido
Sin poner en mis ojos tus manos
Esta noche no voy a rogarte
Ésta noche te vas de a de veras
Que difícil tener que dejarte
Sin que sienta que ya no me quieras
Nada me han enseñado los años
Siempre caigo en los mismos errores
Otra vez a brindar con extraños
Y a llorar por los mismos dolores
Tomate esta botella conmigo
Y en el ultimo trago, me besas
Esperamos que no haya testigos
Por si acaso te diera vergüenza
Si algún día sin querer tropezamos
No te agaches ni mi hables de frente
Simplemente la mano nos damos
Y después que murmure la gente
Nada me han enseñado los años
Siempre caigo en los mismos errores
Otra vez a brindar con extraños
Y a llorar por los mismos dolores
Tómate esta botella conmigo
Y en el ultimo trago nos vamos

La leyenda del Tiempo.

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La leyenda del tiempo. (Federico Garcia Lorca)

El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

(Federico García Lorca, Así que pasen cinco años [1933]

In Aeternun (2ª parte)

 

 

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La vida en la cripta es bastante monótona. Nos pasamos el día durmiendo en nuestras habitaciones, pero en cuanto el sol se pone es nuestro momento. Desayunamos en familia, la abuela no transige en ese punto pues es casi el único momento en que estamos todos juntos en la misma habitación, anda que no me he ganado yo broncas por llegar tarde, menuda es la abuela cuando se enfada. Menudas collejas da. Luego cada uno se dedica a lo que quiera. Mamá aprovecha para practicar violín. Lleva ya unos cuantos siglos en ello, pero todavía sigue sonando como un gato al que le has pisado la cola. Papá no se explica cómo puede ser tan poco diestra cuando le dio clases el mismísimo Antonio Vivaldi. Supongo que el pobre después de escucharla renunció a darle más lecciones. Ahora va por libre, y se nota. Cada día se mira un tutorial en YouTube, pero nada. ¡Qué lástima de instrumento! Un Stradivarius desaprovechado. Papá se mete en la biblioteca para intentar acabar de una vez por todas con el doctorado en historia que lleva desde tiempos inmemoriales queriendo sacar. Estudia a distancia, por supuesto. Y es un gran historiador, sobretodo en la Edad Media y el Renacimiento. Lo malo es que muchas veces sus teorías chocan con la versión oficial. Lo suspenden y él se enfada un montón porque sabe que tiene razón ¡¡¡¡él estaba allí!!! Lo sabe de primera mano. Pero claro, no puede explicar cómo lo sabe sin ponernos al descubierto. Ahora, con estos tiempos modernos está encantado. Se ha hecho de oro escribiendo libros contando su historia. Con pseudónimo, claro. Cada Sant Jordi arrasa en las listas de ficción. Tiene tanto éxito, que ha contratado a un becario para que se haga pasa por él, para las presentaciones de los libros y eso. Elisenda dice que es guapísimo, que le da un aire al actor de una serie sobre un escritor y una policía que le sirve de musa. La verdad… yo no le veo el parecido. Como puedes suponer, el pasatiempo favorito de Eli es ver series y películas. Toda la noche enganchada a Netflix o HBO, eso sí, sin salir de su habitación para nada. Bueno, solo para desayunar y porque la abuela es mucha abuela. A Eli le encanta hacerse la adolescente incomprendida. Le gustaría ser la heroína de alguna de las series que ve. Un rollo de hermana. Recuerdo cuando era una hermana mayor molona y divertida. Puñeteras hormonas.

La abuela suele aprovechar para ir a visitar al abuelo, que como ya he dicho no quiso mudarse a la cripta. A él no le mueven de la antigua casa familiar, aunque el barrio ha pasado a ser territorio de las hordas de turistas que hacen cola para visitar el museo Picasso, situado justo enfrente de nuestro hogar ancestral. Papá dice que si aceptara alguna de las ofertas millonarias que le han hecho por el palacio tendríamos la eternidad resuelta. El abuelo le contesta que ya tiene la eternidad resuelta. La abuela le sugiere que con tanta quincalla que ha acumulado en todos estos siglos, podría abrir su propio museo. Idea que también rechaza de plano. A mi abuelo no le gusta demasiado la gente, es bastante asocial. No siempre fue así, dice la abuela. Hubo un tiempo en que era la alegría de las fiestas. No sé, me cuesta creerlo. Yo ya he conocido esta versión. No es que me importe, es un abuelo genial. Por eso siempre que puedo acompaño a la abuela. Lo pasamos genial los tres. Me enseña todos sus tesoros (cómo él los llama) y me cuenta la historia que hay tras cada cachivache (que es como los llama la abuela). Tengo que reconocer que la abuela tiene razón, ¡hay trastos para llenar no uno, sino unos cuantos museos!

Los días que no acompaño a la abuela y me quedo en la cripta aprovecho para leer. ¡Me encanta leer! Con un libro en la mano el tiempo se detiene. Mis favoritos son los de misterio y novela negra. También el terror psicológico. Un género que ahora está en auge. ¡Hay un montón de buenísimos escritores! Aunque soy una clásica, ¡dónde se ponga Agatha Chrstie! ¡Adoro a la señorita Marple! Me gustaría tener una tía-abuela como ella. También he leído a Sherlock Holmes, por supuesto. Pero sigo prefiriendo a la Dama del Misterio.

Cómo veis somos bastante normalitos, muy alejados de la imagen que se da de nosotros en la literatura o en el cine.

Con el alba nos retiramos a nuestros aposentos, a nuestras camas de esas antiguas de maderas con pesados doseles de terciopelo pero con cómodos colchones de visco elástica y somieres articulados. Nada de ataúdes ¡son muy incómodos  y dan mal rollo! La verdad, no sé a qué mente perversa y atormentada se le ocurrió eso de dormir en un ataúd.

Otro día os contaré más cosas sobre nosotros, pero se acerca el alba y me caigo de sueño… eso me pasa por madrugar tanto. Buenos días.

 

Jengibre. (20/05/2020)

Relatos en la tercera fase: Paseando a Miss Daisy. (El diario de Noa 3)

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Querido Diario:
¡¡Hoy estoy súper feliz!! Que digo, ¡estoy mega feliz! ¡Hoy he podido ver a mis yayos! Llevaba más de dos meses sin verlos, y la verdad es que ya tenía muchas ganas de verlos. Ha sido súper emocionante. Vamos, que me he puesto a llorar como una tonta. De la emoción, claro. Bueno, ellos también han llorado un poco, sobretodo la yaya, que es de la lágrima fácil. Lo más duro ha sido no poder abrazarlos, ni comérmelos a besos. Mantener la distancia tampoco ha sido fácil, pero oye, ¡¡lo hemos conseguido!! ¡¡¡Me siento muy orgullosa de mi autocontrol!!!
Te preguntarás el porqué de este reencuentro, ¿verdad? Muy sencillo, como hemos entrado en la fase uno de eso que llaman desescalada a la nueva normalidad, podemos hacer algunas cosas que antes no podíamos, entre ellas podemos reunirnos con familiares y amigos hasta 10 personas. Siempre manteniendo las medidas de distanciamiento social (estoy empezando a odiar esa palabreja) y demás medidas para evitar la propagación del puñetero virus (a ese hace ya más de dos meses que le odio con todo mi ser). Pues eso, anoche le propuse a Mamá si podía acompañar a los yayos en su paseo matinal. Me moría de ganas de verlos. Sé que son grupo de riesgo y todo eso, así que le prometí que por muy duro que resultara mantendría la distancia, llevaría puesta la mascarilla en todo momento y todo lo demás. Seré adolescente, pero también soy responsable y sé lo que está en juego. Debí ser muy convincente porque, tras hablar con la yaya, Mamá me dio el OK. Ni te imaginas lo feliz que me hizo…
Tengo la suerte de que los yayos vivan cerca de casa, relativamente. Pero por suerte viven en el radio del kilómetro que marca la normativa para las salidas a caminar y hacer deporte. Así que a las 10 de la mañana, puntuales como siempre, mis yayos estaban frente a nuestra portería. No tenían porqué pasar a recogerme, ya tengo 15 años y no necesito un adulto que me acompañe, pero me temo que para ellos sigo siendo un bebé. Mi tía me dice que ya me acostumbraré, que ella tiene más de cincuenta pero ellos siguen tratándola como si no tuviera más de diez. Como iba diciendo, que me enrollo y me disperso, el reencuentro ha sido muy emotivo, con lágrimas y demás parafernalia. Mis yayos iban ataviados con sus mejores galas, como si en lugar de salir a hacer ejercicio fueran al teatro. No esperaba menos de ellos, sobre todo ella, que siempre ha sido muy elegante. Eso sí, con sus mascarillas, y la yaya además una de esas pantallas transparentes, que como ella ha dicho, toda protección es poca y más vale prevenir que lamentar (le encantan los refranes, siempre tiene uno perfecto para cada ocasión).
Por una hora, bueno nos hemos pasado algunos minutos del tiempo fijado, hemos paseado por algunas calles peatonales del barrio, pero sobretodo hemos charlado, hemos reído mucho. Hemos recordado viejos tiempos… sí, hasta yo tengo ya batallitas que contar. Porque mis yayos han elegido la misma ruta que hacían cuando yo no era más que un bebé regordete y sonriente y ellos eran quienes me cuidaban mientras mis padres iban a trabajar. Así que hemos recordado los lugares dónde daba de comer a las palomas (eso sí lo recordaba y mira que era muy pequeña, porque al final no quería echarles el pan a las palomas y me lo comía yo), o donde me tropecé y me hice un chichón. O donde aprendí a ir en bicicleta. Vamos, que he viajado al pasado en 60 minutos (minuto arriba, minuto abajo)
Cuando hemos llegado a la puerta de casa no quería separarme de ellos, quería irme a su casa, a comer con ellos cualquiera de los riquísimos platos que cocina la yaya. He tenido una sensación de déjà vu, me ha recordado cuando de pequeña no quería irme de casa de los yayos cuando venían a recogerme Papá o Mamá. Recuerdo que había días que montaba unos shows tremendos que incluían pataletas y todo. Pero entonces era una enana. Ahora soy mayor y he de comportarme como tal. Así que nos hemos despedido, a distancia por supuesto. Les he mandado un millón de besos voladores, algo muy de niña pequeña pero que por alguna extraña razón no me ha parecido ridículo ni nada por el estilo. Y cómo estaba a punto de volver a echarme a llorar, he subido corriendo la escalera hasta casa. Así, cuando entrara en casa, si Mamá me veía llorosa siempre podía alegar que era por el ejercicio. Qué quieres, una tiene una reputación que mantener…
Y mañana, con un poco de suerte, quizás convenza a mis padres para que me dejen salir a patinar con mis amigas… Cruza los dedos (vale, en tu caso cruza las páginas) querido Diario.

Jengibre. (19/05/2020)

 

 

La Dama de Shalott.

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La dama de Shalott (Alfred Tennyson)

Parte 1

A las márgenes del río, allí se extienden
Campos anchos de cebada y de centeno
Que revisten desde el llano hasta su cielo;
Y los cruza aquel camino que conduce
A las torres: Camelot
Y la gente viene y va mirando fijo
Al lugar donde los lirios florecientes
Forman ronda de una isla, allí debajo:
Es la isla de Shalott.

Palidece el sauce, el álamo vacila
Y las brisas ya temblando se ensombrecen
Tras las ola que recorre para siempre
Ese río que vecino de la isla
Va fluyendo a Camelot
Cuatro muros grises, cuatro grises torres
Dan desdén a un exterior copioso en flores:
Son la isla silenciosa que aprisiona
A la Dama de Shalott

Junto al margen tras el velo de los juncos
Se deslizan las barcazas remontadas
Por equinos con sosiego; y escondidas
Van barquillas con sedoso, raudo impulso;
Van flotando a Camelot
¿Mas acaso alguien la vio agitar su mano?
¿O apoyada en el balcón de su ventana?
¿Quién conoce de la gente de este estado,
A la Dama de Shalott?

Sólo aquellos que a la siega van temprano
Entre tanta espiga lista de cebada
Escucharon la canción cuyo eso se halla
En el río dulce y claro serpenteando
A las torres: Camelot.
E impaciente el segador al plenilunio
Mientras pone su cosecha en altas parvas
Escuchándola musita: “Es la encantada,
es la Dama de Shalott”

Parte 2

Y una trama ella entreteje noche y día
Una tela rica y mágica en colores
Un susurro le ha predicho maldiciones
Si una vez mira curiosa y atrevida
Hacia abajo, a Camelot
No comprende del augurio el contenido
Y no tiene ya su vida otro motivo
esta Dama de Shalott

Y en la faz de una gran espejo cristalino
Que colgado permanece el año entero
Ve pasar la vida externa en un reflejo
Y aparece entre esas sombras el camino
Serpenteando a Camelot
Por su espejo pasa el agua cantarina
Las feriantes con sus capas coloradas,
Y los toscos, habitantes de la villa,
Van dejando atrás Shalott

Cada tanto ve un tropel de damiselas
O un abad sobre un jamelgo a lento paso
O un pasto mozuelo y pelo ensortijado,
O algún paje pelilargo, en ropas granas,
Pasa rumbo a Camelot
Y a través de los azules de su espejo
Caballeros, cabalgando, van de a dos,
Mas no tiene un caballero fiel y apuesto
Esta Dama de Shalott

Pero aún halla deleites en su trama:
Teje mágicas visiones del espejo
Pues frecuente y en las noches de silencio
Un cortejo funeral con tea y pompa
Marcha lento a Camelot
O en momento en que el cenit la luna logra
Dos amantes que recién se desposaron.
“Ya estoy harta de las sombras”
(Ay! la Dama de Shalott)

Parte 3

A distancia de un flechazo de sus torres
Cabalgaba entre las vainas de cebada
Y en las hojas todo el sol reververaba
Para arder sobre aquel bronce de las grebas
Del audaz Sir Lancelot
Y un cruzado rinde honores prosternado
Para siempre a una doncella, allí en su escudo
Que relumbra sobre el campo ya maduro
Que está al lejos de Shalott

Brillan libres ya las gemas de su brida
Cual visión de rama espléndida en estrellas
Que pendiera de galaxia empavonada
Y del freno se alborozan las campanas
Mientras marcha a Camelot
Y es trompeta poderosa y argentina
La que cuelga de su cinto blasonado
Cabalgando su armadura resonaba
Aunque lejos de Shalott

Bajo un cielo transparente y azulado
Fulguraban los doseles de su silla,
Y la pluma iba orgullosa sobre el yelmo:
Eran ambas llamaradas de un incendio
Cabalgando a Camelot
Y es cual largo y estelado meteoro
Que, debajo las estrellas en racimo,
Pasajero rasga el púpura nocturno
De la calma de Shalott

Su semblante bajo febo centelleaba;
Su corcel iba en espléndida herradura;
Por debajo de aquel yelmo la negrura
de sus rizos, ondulando, se asomaba.
Iba rumbo a Camelot
Su figura desde el borde copió el agua
Para enviarla hasta el cristal de aquel espejo
“Tira-Lira, tira-lira” por el río
Fue cantando Lancelot

Dejó ya su trama, paró su textura,
Cruzó con tres pasos su viejo aposento
Miró aquellos lirios: los vió floreciendo;
Miro ya aquel yelmo, miro aquella pluma
Dió su rostro a Camelot
Y el tejido se voló y flotó extendido,
Y el espejo se quebró de lado a lado.
“La desgracia me alcanzó” –fue el alarido
de la Dama de Shalott.

Parte 4

Del oriente todo el viento tempestuoso
Puso pálida la selva amarillenta,
Y el arroyo protestaba en sus riberas;
Y azotaba un aguacero tormentoso
Sobre toda Camelot
Y al bajar la Dama hallóse con un bote
Que flotaba bajo un sauce en la ribera.
Y en la proa de esa barca puso el nombre
De la “Dama de Shallott”

Ya en la opaca latitud de aquellas aguas
-Viendo toda la verdad de su infortunio
Como en trance de atrevido visionario
Con semblante ya vidrioso y macilento
Miró rumbo a Camelot
Y a la hora en que la luz ya fenecía
Las amarras liberó mientras subía
Y a parajes alejados llevó el río
A la Dama de Shalott

Blanco níveo iba ondulante su atavío
A siniestra y a la diestra de la nave,
-La hojarasca lloviznaba suavemente
Y a través de los sonidos nocturnales
Navegó hacia Camelot.
Mientras tato que la proa zahería
Los sauzales y los verdes derredores,
Su canción se oyó cantar por vez postrera
A la Dama de Shalott

Fue canción entre sagrada y lastimera
Cuyo tono fue de a poco decayendo
Con su sangre congelándose en silencio
Y sus ojos se volvieron sombra e eterna
Rumbo a aquella Camelot
Porque antes que las aguan la arrastrasen
A la casa más cercana de la orilla
Ya era muerta para siempre en su elegía
(Ay! La Dama de Shalott)

Bajo torres y balcones y fachadas
Por los pórticos y muros de los huertos
Como sombra de luz tenue fue boyando
Con su yerta palidez entre altas casas
En silencio a Camelot
Y al espacio de aquel muelle concurrieron
Caballeros y burgueses, lores, damas,
Y leyeron en la proa de la barca:
(Ay!) “La Dama de Shalott”

¿Quién es ésta?, ¿Aquí qué hace?, se decían
Y en las salas del palacio iluminado
Se apagó el sonido regio, en su alegría.
Los hidalgos con la cruz se persignaron
De temor, en Camelot.
Y en susurro, Lancelot, con voz muy queda,
Sólo dijo “Tiene un rostro muy hermoso;
Dios piadoso le conceda gracia eterna
A esta Dama de Shalott”.

Las seis cuerdas.

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Las seis cuerdas. (Federico García Lorca)

La guitarra

hace llorar a los sueños.

El sollozo de las almas

perdidas

se escapa por su boca

redonda.

Y como la tarántula,

teje una gran estrella

para cazar suspiros,

que flotan en su negro

aljibe de madera.

 

Relatos en la tercera fase: Corriendo en familia. (El diario de Noa. 2)

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Querido Diario:
¡Hoy ha sido uno de los mejores días de los últimos meses! ¡Hoy por fin he puesto un pie en la calle!
A ver, no me he saltado el confinamiento ni nada por el estilo, que seré una adolescente pero soy muy madura, responsable y consciente de por qué estábamos confinados en casa. Lo que pasa es que ya podemos salir a pasear o hacer ejercicio. En franjas horarias diferentes para cada grupo. Para que no salgamos todos en tromba cual hordas vikingas a la conquista de Irlanda.
Estoy muy contenta, porque el domingo pasado, cuando los “gremlins” salieron a pasear con Papá, me quedé un poco chafada. No entendía que los gemelos que no tienen ni uso de razón, ni madurez ni ná de ná pudieran salir a la calle y yo no. Pero así eran las cosas, así que me quedé en casita como una niña buena.
Así que hoy era el día. Mamá me ha despertado muy temprano, como a las seis de la mañana. Que digo yo, que hay ganas de salir de casa y eso, pero ¿era necesario salir tan temprano? ¿Un sábado? ¡Ni siquiera estarán las calles puestas! Me han dado ganas de girarme y seguir durmiendo, por lo menos hasta las ocho. Que hasta las diez que termina nuestro turno ya nos da tiempo para hacer ejercicio. Pero no, Mamá estaba tan emocionada, que no me ha quedado más remedio que levantarme, ponerme ropa deportiva, calzarme las deportivas y a correr se ha dicho. Bueno, eso y qué si no salíamos a correr cada mañana no me dejaría que hiciera más bizcochos, tartas ni dulces en general. Ante un panorama tan apocalíptico como el de un confinamiento sin el consuelo de los dulces, no me ha quedado más remedio que claudicar. ¡Cualquiera le dice a los Gremlins que no hay repostería! Son capaces de montarla muy muy gorda. Sí la revolución francesa se lió por culpa de panes y cruasanes, en mi casa por un bizcocho mis hermanos son muy capaces de cualquier cosa.
Como iba diciendo, hemos salido de casa a las seis y media. Yo creía que estaríamos solas. Pues va a ser que no. La cantidad de runners que había para ser sábado y tan temprano. No sólo runners, también patinadores, ciclistas, paseadores de perros. También abueletes que paseaban. ¿Abueletes? ¿A esa hora? ¿No se supone que su franja empieza a las 10 de la mañana? ¿No duermen? ¡Por dios, si eso parecía las Ramblas a mediodía!
Había gente que se veía a la legua que no habían hecho deporte desde la EGB. Y no sólo por lo “vintage” de su chándal y de lo justo que les quedaba (y digo justo por no decir más apretado que una morcilla), sino por lo asfixiados y congestionados que se les veía. Seguro que más de uno se lesiona por la tontería de salir.
Nosotras nos lo hemos tomado con calma, suave al principio para calentar los músculos, subiendo intensidad poco a poco. Ha sido liberador. Me he alegrado de no haberme quedado en la cama. Tantos días en casa, me sentía anquilosada. Nada como una hora de ejercicio al aire libre para sentirte como nueva, cansada (mucho, la verdad) pero muy feliz.
Hemos sido responsables y sólo hemos estado una hora, que es el tiempo permitido. De vuelta hemos pasado por la panadería y nos hemos subido el pan para el desayuno, integral por supuesto, toca cuidarse… total, la repostería nos espera en casa…
Mañana más, pero mañana saldré con Papá y llevaremos las bicicletas. Eso sí, le he pedido que salgamos a las ocho, que es domingo y madrugar tanto en domingo es una aberración. Total, va a estar a tope de gente de todas maneras.
Mi querido Diario, aunque hayan sido sólo 60 minutos, ha estado genial poder salir de casa. Hemos tenido muchas precauciones y seguido todas las recomendaciones que nos hace el personal sanitario, que el virus ese sigue ahí fuera y no es cuestión de confiarse. Ahora solo falta que pronto pueda ver a mi gente, mi familia y a mis amigos. Todo llegará. Sólo hay que tener paciencia.

Jengibre (13/05/2020)

In Aeternum (primera parte).

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Me había despertado temprano. Otra vez. La abuela siempre me regañaba por eso. Decía que no era normal que siempre me despertara antes del crepúsculo. Pero la verdad es que me costaba mucho quedarme en la cama una vez ya me había despertado. Con mucho sigilo salí de la cripta. Sabía que era innecesario porque todos dormían profundamente y no se despertarían hasta la puesta de sol. Lo que me daba unas dos horas para mi sola.
Pero bueno… ¿dónde he dejado mis modales? Creo que debería haber empezado por presentarme, como una niña bien educada. Sí eso habría estado bien. Me llamo Violante y vivo en una cripta secreta en la iglesia de Santa Ana. Seguramente os parecerá un lugar muy poco habitual para vivir, pero en mi familia es de lo más habitual. Nos gustan los lugares tranquilos, y sí, también oscuros, no voy a negarlo.
Supongo que a estas alturas ya habrás adivinado que no soy una niña corriente. No, la verdad es que no lo soy. Diría que soy única en mi especie, pero tengo una familia demasiado numerosa. Y ellos tampoco son nada convencionales. Y sí, somos vampiros.
Eh, pero… ¿por qué has sacado la ristra de ajos y el crucifijo? No te asustes, no voy a morderte. Aunque quisiera no podría, mis colmillos son de leche, todavía. Soy demasiado joven, todavía no he cumplido mi primer siglo. Por ahora sólo tomo lácteos y caldo de pollo. ¡¡¡¡Adoro el caldo de pollo!!!! También el gazpacho, sobre todo en verano, bien fresquito.
Pero estoy divagando. Os contaba que no debíais asustaros porque los vampiros de verdad no vamos por la ciudad mordiendo en los cuellos de cualquier desconocido, hasta dejarlos secos. ¿Por quién nos tomáis? Demasiada literatura sobre nosotros, y ninguna acertada. Y de cómo nos pintan en el cine mejor ni hablamos. A mi padre se le revienta la úlcera cada vez que ve la pinta que lucen los “nuevos” vampiros. Algo que pasa cada vez que entra en la habitación de mi hermana Elisenda, no hay ni un centímetro de esas piedras milenarias que no esté cubierto de pósters del protagonista de Crepúsculo. ¡Adolescentes! Elisenda acaba de cumplir 150 años y está insoportable. Antes era una hermana mayor genial. Compartíamos habitación, juegos y travesuras. Nos encantaba madrugar y colarnos en la iglesia a escondidas para esconderle las cosas al sacristán. El pobre era tan despistado que se volvía loco tratando de recordad dónde había dejado la patena o el cáliz. Pero a los cinco minutos nos daba pena verle tan afligido y le devolvíamos las cosas a su sitio. No lo hacíamos por malicia, que conste, sólo por aburrimiento. A veces, el párroco nos regañaba, pero no era muy severo. El bueno de Don Juan, nos caía muy bien, siempre nos trataba con bondad y mucho cariño. ¡Hasta nos dejaba pasteles y golosinas los domingos! Pero eso era antes de que a Eli se le revolucionaran las hormonas, le salieran los colmillos definitivos y se volviera un ser absolutamente insoportable. Dejó de compartir habitación y juegos conmigo. Cosas de enanas, me decía cuando le pedía que volviéramos a nuestras travesuras. La verdad, si hacerse adulta es eso, prefiero un millón de veces quedarme como estoy. ¡Vaya rollo eso de crecer!
Mi madre me asegura que se le pasará, con el tiempo. También que yo tendré que crecer, que en unos años seré como ella o quizás mucho peor. ¿Peor? Lo dudo mucho…
Por eso estoy sola, escondida de miradas indiscretas mientras doy buena cuenta del desayuno que me ha dejado preparado el buen párroco. Leche con cacao, calentita y dulce. También me ha dejado unos trozos de bizcocho, por supuesto casero. Se lo hace la señora Mercedes, una de sus parroquianas más antigua y fiel. Y ¡está de rico! Mercedes fue pastelera de una de las mejores confiterías de la ciudad, y a pesar de sus más de 90 años, sigue haciendo los mejores dulces del mundo mundial. Los dos saben que adoro esos desayunos, que es el mejor momento del día, escondida entre las milenarias piedras del precioso claustro, esperando que caiga la tarde y todos se despierten.
Os preguntaréis si Don Juan sabe de la existencia de la cripta en que habitamos, ¿a que sí? La respuesta es sí. Mi familia lleva siglos viviendo aquí. Cuando se construyó el monasterio, pues la iglesia actual es lo que queda de lo que fue un cenobio masculino fundado en el siglo XII, mi abuelo se encargó personalmente de la construcción de la cripta, que por supuesto no aparecía en los planos. Así se aseguraba el secreto absoluto. Sólo una persona sabía de su existencia, el abad, que era amigo de mi abuelo. Desde entonces sólo él conocía el secreto y sólo lo trasmitía a su sucesor justo antes de fallecer.
Así había sido hasta el siglo XIX, que el monasterio perdió sus tierras y fue abandonado. Fue así como desaparecimos en las nieblas del tiempo.
Aunque por aquel entonces nosotros no vivíamos aún en la cripta. Mi abuelo la construyó como refugio si alguna vez lo necesitábamos. Mi familia vivía en un bonito palacio situado en la calle Montcada. La calle más de moda en aquellos tiempos. Todo el que era alguien en la ciudad vivía allí. Y sí, mi familia era importante por aquellos tiempos. Todavía conservamos el palacio, de hecho mi abuelo sigue viviendo allá. Dice que esa es su casa y que de allí no le sacan cuatro especuladores de pacotilla, ni las hordas de turistas que se han adueñado del barrio. Mi abuela le deja refunfuñar sin hacerle caso, pero prefiere quedarse en la cripta con nosotros. Que queréis, llevan juntos casi un milenio…
Pero creo que me he puesto a divagar. Os preguntaréis ¿cómo es que el párroco conoce de nuestra existencia si nuestra pista se perdió hace como doscientos años? Muy fácil, porque se lo conté yo. El ahora muy venerable y anciano párroco fue en su día un niño, uno de tantos que vivía en los terrenos que un día fueron del monasterio. Eran tiempos de crisis y muchas familias sin recursos hicieron de esos terrenos su refugio, surgiendo chabolas por lo que antes fueran huertos y corrales. La familia de Juan era una de esas familias. Su padre había perdido el trabajo en una de las fábricas, y con el mísero salario que su madre recibía cosiendo en casa, apenas podían mantenerse. Tuvieron que dejar el piso donde vivían y habían acabado allí. Por aquél entonces la iglesia seguía abandonada. Mejor dicho, la parte visible de ella era la que estaba vacía. Nosotros hacía poco que habitábamos la cripta. Yo era muy pequeña por aquel entonces y no sé muy bien porque motivo nos mudamos. Algo sobre una discusión entre mi padre y mi abuelo, pero ese es un tema tabú en mi familia y no se habla de ello.
Como iba diciendo, aunque en los alrededores cada vez se instalaba más gente, en la iglesia nadie se aventuraba a entrar. Se hablaba de fantasmas y aparecidos. De espíritus de los antiguos caballeros que en las noches sin luna se reunían a capítulo. Historias a cual más aterradora circulaban entre los vecinos, que miedosos, se santiguaban si no tenían más remedio que pasar frente a ella.
Si los mayores evitaban el lugar, entre la chiquillería, aunque el temor no era menor, servía para probar el valor. Se retaban unos a otros a adentrarse en su interior y pasar al menos una noche dentro. Algunos lo intentaban, pero en cuanto escuchaban en menor sonido sospechoso, salían espantados como alma que se lleva el diablo. Sólo uno de ellos fue capaz de aguantar, valientemente toda la noche. Por supuesto, ese era Juan. Así nos conocimos. Evidentemente nos hicimos amigos. Una amistad a prueba de bombas, que algunas hemos tenido que afrontar juntos, hemos vivido tiempos convulsos y sangrientos. Pero él siempre ha estado ahí, Y soy consciente que no estará aquí mucho más tiempo. A veces es duro aceptar que nuestras historias se separan para siempre jamás. Pero de momento ahí está, preparándome el desayuno, como lo hace desde hace más de 60 años. Antes nos sentábamos los dos en el suelo de piedra del claustro, riéndonos de cualquier tontería mientras yo desayunaba y él tomaba una merienda algo tardía. Ahora sólo yo sigo sentándome en el suelo, a él su artrosis ya no le permite demasiadas cosas. Lo que no ha cambiado son las ganas de reírnos de todo. Y es justo en ese momento, en su risa cuando descubro que mi amigo sigue ahí, escondido en ese cuerpo anciano y decrépito.
Supongo que pensáis que podría haber hecho algo para evitarle la vejez y la muerte, ¿verdad? Una vez se lo comenté. Pero no quiso ni hablar del tema. Fue un día muy triste, con muchas lágrimas y demás. Ese día aprendí una valiosa lección, respetar las decisiones de los que quieres, aunque duelan y no las entiendas. Creo que ese día empecé a madurar un poco.

(Continuará)

Jengibre (12/05/2020)