Alannah, el hada gris.

Hola a todos, queridos mortales que leéis estas pequeñas historias.

En mis múltiples viajes lejos de mi bosque natal, he conocido a muchos personajes, algunos curiosos o divertidos, otros trágicos, también gente malvada y desalmada; pero ninguno me impactó tanto como alguien a quien conocí en una pequeña ciudad, dentro de uno de los edificios más hermosos que he contemplado. Pero mejor dejo que sea ella la que os cuente su historia, disfrutadla…

Me llaman Alannah, el hada gris. No os diré mi nombre verdadero, ningún hada lo hará, si alguien lo supiera tendría poder sobre ella, la ataría a su destino, y las hadas han nacido para ser libres… a menos que alguna decida libremente renunciar… De todas maneras, mi nombre real hace siglos que se ha olvidado. Alannah es el nombre que me dio alguien muy querido, y siempre será mi nombre, aunque él ya no pueda decirlo.

Os sorprenderá mi color gris y mis alas de piedra, algo muy extraño en un hada, siempre tan coloridas y etéreas… Yo también fui una de esas hadas luminosas, hace tanto tiempo que casi lo he olvidado. Crecí en el valle de las hadas mariposa, y como todas mis hermanas, vestía los más bellos colores del arco iris… Y en mi juventud, me temo, era demasiado curiosa, demasiado rebelde y demasiado aventurera. Me aburría la vida diaria en el país de las hadas, y me moría por investigar y conocer en el mundo de los humanos. Las hadas más viejas y sabias me advertían de que nada bueno quedaba ya para nosotras en ese mundo, que los humanos habían dejado de creer en nosotras y que éramos invisibles a sus ojos… Pero a mí esos argumentos no me convencían, quería experimentarlo por mi misma…

Por eso una luminosa mañana, decidí volar lejos de mi país, y, por supuesto, terminé en vuestro mundo.

Me sentía muy feliz, todo era tan diferente de lo que había conocido hasta ahora… Ciudades estaban creciendo por doquier, se construían hermosos edificios de piedra, que sustituían a las cabañas de madera… Todo bullía de actividad… yo me sentía feliz. Sí que era verdad que nos habíamos vuelto invisibles, porque nadie reparó en mí, sólo parecían advertir mi presencia los animales que encontraban a mi paso, y quizás algún bebé, pero nadie más…

Durante mucho tiempo recorrí este mundo, siempre sin encontrarme a nadie que reparara en mi presencia.

Pero un frío día de invierno, en una pequeña ciudad del sur de Inglaterra, una ciudad en pleno crecimiento, me pasó algo que nunca creí posible. Un jovencito parecía verme, me quedé muy asombrada, y por la cara de sorpresa que él puso, creo que yo también lo dejé aturdido. Pero en seguida me habló, preguntándome quien era. Sé que lo más sensato habría sido marcharme de allí lo más rápido que me permitieran mis alas, pero había algo tan dulce y a la vez triste en sus ojos… y me temo que me pudo mi innata curiosidad.

Me explicó que era aprendiz de cantero, que su maestro trabajaba en la construcción de una nueva iglesia de piedra para reemplazar a la antigua que se había quemado en un incendio hacía unos años. Que su vida era un infierno, tenía que pasar 7 años de aprendizaje, antes de poder trabajar por su cuenta. Que su maestro era un hombre despiadado, que le hacía trabajar casi como si fuera un esclavo, porque era muy hábil, era capaz de captar miles de detalles y plasmarlos en la piedra, o en madera.

Nos hicimos muy amigos, él me bautizó con el nombre que ahora uso. Le encantaba que le contara mil historias del país de las hadas, y mientras le hablaba de el valle de las mariposas o de las hadas flores, él las iba creando, casi de la nada…

Pasaba el tiempo, yo, ya casi nunca regresaba a mi hogar, mis hermanas estaban muy preocupadas por mí, temiéndose lo peor, que quedara atrapada para siempre en ese mundo y me volviera tan fría como los mortales. Pero yo no les hacía caso, era muy feliz. Mi amigo terminó su aprendizaje, y gracias a su talento innato pronto fue progresando en la cofradía, y en poco tiempo se convirtió en maestro cantero de la nueva iglesia. Asombraba a todos los demás cofrades con sus figuras, que para los demás eran, evidentemente, fruto de una imaginación desbordaba. Y los bellos capiteles se iban poblando de seres bellos y extraños, que hacían de esa iglesia la más bella de la zona.

Desgraciadamente su rápido ascenso no fue igualmente celebrado por todos, como siempre suele pasar su talento despertó la envidia de otro cantero, que con más edad pero, menos talento, consideraba que debería haber obtenido el puesto. Por eso envenenó los oídos del obispo, lo acusó de brujería y de tratos con seres de las tinieblas, y que por eso esculpía esos seres del infierno…

En aquellos tiempos esa era una acusación muy seria, la inquisición tomó cartas en el asunto, y mi buen amigo fue prendido y procesado. Fue torturado, y aunque al final, todo el pueblo dio fe de su inocencia, los daños que le había causado en las manos, eran irreversibles… no podrían volver a crear esas maravillas…

Aquello fue demasiado para él, perdió las ganas de vivir, creía que ya nada merecía la pena… Yo intentaba consolarle y animarle, pero una parte de su alma murió cuando le privaron de su arte…
Sólo vivió unos meses, se fue apagando como una vela en medio de la tempestad… Ni siquiera pudo ver consagrada la obra a la que tanto había entregado… y que al final resultó ser su tumba.

Yo me sentía muy culpable, si no le hubiera contado mis historias, quizás no hubiera creado todos esos seres fantásticos, él seguiría vivo. Supongo que fue entonces cuando empecé a perder mis alegres colores… Y decidí que me quedaría allí, con él para siempre, cuidaría del lugar que él tanto había amado, y lo protegería para que las generaciones futuras pudieran conocer su arte.

Así fue como me fui convirtiendo en piedra, casi como una más de las estatuas de la iglesia… Y cada vez que la gente admira su obra, sé que mi sacrificio valía la pena…

Y a veces, un niño me ve, y le dice a sus padres: “papá, allí hay un hada”, yo sonrío y pienso que quizás todavía hay esperanza para este mundo…

Lyra.

Esta es la historia de Lyra, mi hermana del alma y mi mejor amiga en el bosque donde nacimos. Abandonamos juntas nuestro país para visitar vuestro mundo. Una vez allí ella eligió un pequeño pueblecito situado en un hermoso valle alpino, un lugar muy pintoresco y acogedor. Le encantaba pasearse por sus callejuelas, observando a sus habitantes, siguiendo sus vidas. Así conoció a una pareja de ancianos, que vivían en una encantadora casita, toda cubierta de flores trepadoras. Le encantaba observarlos pues entre ellos se veía tanto amor y afecto en cada uno de sus gestos y sus miradas, que Lyra quedo fascinada por ellos. Sobretodo le encantaba verlos despertar, pues cada día él la despertaba de la misma manera, le decía “buenos días mi estrella” y la besaba con un amor, una ternura que desarmaba… Estaba tan emocionada con ellos que poco a poco fue acercándose más a la casita, descubriendo con sorpresa que los ancianos la podían ver, y además la invitaron a entrar en su casa y compartir su desayuno. Les contó su historia, les habló del bosque donde nació, de sus hermanas, de como sentía que le faltaba algo, que tenía como un vacío en su interior. Ellos se sonrieron, sabían perfectamente que es lo que el hada andaba buscando, porque ¿de qué sirve la inmortalidad si no tienes a alguien a quien amar? Le ofrecieron quedarse con ellos por un tiempo, y ella encantada se quedó.

Aprendió con ellos muchísimas cosas sobre los mortales y sus sentimientos, y con cada día que pasaba en la compañía de los ancianos, iba deseando, cada vez con más intensidad volverse mortal. Así llegó el otoño, la época dorada de todas las hadas silvanas, y llegó de visita al pueblo Kaspar, un joven escritor, sobrino de la pareja de ancianos. Atravesaba una crisis creativa, se sentía vacío y seco por dentro, por eso creía que pasar una temporada en el campo le serviría para recuperarse, físicamente al menos.

Kaspar era un joven tremendamente tímido y reservado, soñador empedernido, con el cabello del color del trigo y dulces ojos color miel. Adoraba a sus tíos, a los que consideraba como sus padres, pues estos habían muerto cuando apenas era un niño y el había vivido con ellos desde entonces; aunque tuvo que marcharse a una gran ciudad para estudiar y conseguir su sueño de ser escritor, siempre volvía a la que consideraba su casa, por lo menos una vez al año. Estaba un poco preocupado porque sus tíos se hacían muy mayores y estaban solos, pero aunque había intentado convencerlos de que se fueran a vivir con él a la ciudad, ellos se negaban en rotundo a dejar su casita y su valle. Por eso al conocer a Lyra, se sintió agradecido al ver la solicitud y el cariño con que trataba a sus seres queridos. En seguida se acostumbró a ver su sonrisa cada mañana, cuando bajaba a desayunar y la encontraba cantando y preparando alguna de las sabrosas tartas que tanto le gustaban. Se sorprendió deseando pasar más tiempo a su lado, él que se había refugiado en esa casa para alejarse de todo contacto humano, ahora ansiaba de su compañía, se sentía muy bien cuando estaban juntos, no sabía si era por la calidez de su sonrisa o por sus ojos dorados y brillantes que parecían dos pequeñas estrellas que inundaban todo con su luz, o la musicalidad de su voz, alegre y cantarina, o por su risa que siempre terminaba contagiándole y haciéndole reír como no lo había hecho en meses; pero gracias a todo eso cada noche, cuando volvía a su habitación, era capaz de plasmar en un papel nuevas historias que volvían a cobraban vida en su cabeza. Y que puedo decir de Lyra, que en cuanto conoció a Kaspar, tan triste y desvalido, hizo todo lo posible por ayudarlo, consolarlo y sobretodo inspirarlo, pues está en nuestra naturaleza de hada ayudar a todo el que lo necesita. Cada mañana se despertaba muy temprano, pensando que nuevas delicias cocinaría para él, al que tanto parecía gustarle sus dulces, recogía las últimas flores del otoño para adornar su habitación; sin apenas darse cuenta, aquel vacío que sentía en su corazón fue llenándose, se sentía feliz cuando por las noches después de cenar, cuando los ancianos se retiraban a descansar, se quedaban hablando y Kaspar le contaba mil anécdotas de su niñez en el valle que la hacían reír como hacía siglos que no lo hacía.

El otoño fue pasando, llegó el invierno y con las primeras nieves Lyra y Kaspar se veían obligados a pasar más tiempo juntos, pues el mal tiempo no dejaba a Kaspar realizar los largos paseos a los que tanto se había aficionado; pero no le importaba, estar con Lyra era fascinante. Le gustaba ayudarla en la cocina, intentaban amasar un nuevo dulce, pero terminaban llenos de harina y riéndose como niños. Los ancianos los miraban y se sonreían, les alegraba verlos tan felices, estaba claro que entre ellos había nacido un sentimiento muy profundo aunque ninguno de los dos quisiera reconocerlo.

Por eso la anciana decidió hablar con Lyra, y una mañana mientras Kaspar había ido a buscar leña para el hogar, le preguntó que sentía por su sobrino. Lyra, al principio se sintió muy extrañada por esa pregunta, no sabía que contestar. Le dijo que solo había tratado de ayudar a Kaspar, que le dio tanta pena cuando llegó, había tanta tristeza en sus ojos, que la había conmovido, pero en seguida fue consciente que había algo más, ¿Cuánto tiempo hacía que no había vuelto a pensar en su bosque, ni en volver al país de las hadas? En ese momento fue consciente que estaba profundamente enamorada del joven escritor, que no deseaba volver a su mundo, que quería pasar el resto de su vida junto a él. Así se lo confesó a la anciana entre lágrimas, pues en ese instante también sintió el temor y la incertidumbre de que él no sintiera lo mismo por ella. Justo en ese instante entró Kaspar, y al verla llorar fue corriendo hacia ella, abrazándola y consolándola como si de un bebé se tratara, preguntándole que le pasaba, extrañado pues nunca la había visto llorar y esa visión se le había clavado en el corazón. Ella apenas podía hablar, sólo sollozaba entre sus brazos y en ese momento decidió hacer lo que llevaba mucho tiempo deseando hacer, besó sus labios, tan suaves y bellos como alas de mariposa. Al separarse, Kaspar se encontró de frente los ojos de Lyra, más brillantes que nunca y una amplia sonrisa dibujada en su cara.

Esa primavera se casaron, y yo fui su dama de honor. Fue una boda sencilla y bonita, y debo decir que lloré durante toda la ceremonia, de emoción pero también un poco de pena. Lyra había renunciado a sus alas, a su inmortalidad por vivir una vida mortal junto al hombre que amaba, eso significaba que un día nos separaríamos definitivamente. Y así se lo dije la noche antes de su boda, la última noche que pasó en nuestro bosque natal, pero ella me aseguró que nunca estaríamos separadas, porque dentro del corazón de cada una vivía un trozo de la otra, y eso nadie podría quitárnoslo.

La última vez que los visité, eran unos ancianitos tan unidos y enamorados como aquella vez… pero ahora rodeados de toda una familia numerosa, cuatro hijos y diez nietos que esperan emocionados las visitas de su “madrina”

Nabila (2ª parte)

Habíamos dejado a Nabila convertida en una venerable y sabia ancianita, a pesar de acabar de cumplir los 18 años. La bondad y sabiduría de nabila atraían a la tienda de especies a muchísima gente, más aún que anteriormente lo hacía su belleza. El más asiduo a la tienda era un joven, hijo de un vecino comerciante de sedas y tejidos exóticos, un joven muy tímido y apocado que de niño había compartido muchos juegos con Nabila, pues apenas era algo mayor que ella; aunque al pasar los años y hacerse mayores, se sentía intimidado por la belleza de ella y por la cantidad de pretendientes que atraía, y por eso se fue distanciando. Farid, que así se llamaba el joven, hacía años que moría de amor por ella, pero no se atrevía a confesarle su amor. Al contrario, cada vez que ella se acercaba a él, recordándole los viejos tiempos, apenas le salían las palabras, se sonrojaba y se marchaba, desolado.

Al enterarse que Nabila se había marchado de la ciudad tan repentinamente, no se lo pensó dos veces y acudió a la tienda de Said para saber que había sucedido. Said, que quería al muchacho como a un hijo, le contó que Nabila había sufrido una gran decepción, y que quedarse en la ciudad le rompía el corazón y que por eso se marchó. Farid insistió en saber donde había ido, para ir a verla y, por los viejos tiempos y lo que habían compartido de niños, consolarla y ayudarla como tantas veces había hecho de niños. Al oír aquello, Nabila que estaba en la trastienda, salió a saludar a Farid, pues sus palabras le habían llegado al corazón. Said la presentó como la abuela Nabila, y en cuanto Farid la miró a los ojos, sintió que su corazón le daba un vuelco, aquellos eran los bellísimos ojos de su amada Nabila, y cortés le dijo “Señora, veo que su nieta a heredado su belleza y el brillo de sus ojos, reconocería esa mirada aún entre la multitud”

El corazón de Nabila casi se paró en ese momento. En ese instante recordó todos los años pasados junto a Farid, las veces que el la había defendido o protegido, o aquella vez cuando murió el hermoso pájaro cantor que su padre le había traído de lejanas tierras, esas amargas lágrimas que él había sabido calmar… y en aquel momento se dio cuenta que lo que siempre había estado buscando, ese amor sincero y desinteresado, lo había tenido siempre a su lado y no había sabido verlo, había estado incluso más ciega que el príncipe Ahmed.

Y decidió arriesgarse y confesarle su secreto; si como ella creía él la amaba de verdad, la creería; y quizás entonces se rompería la maldición. Invitó a Farid a tomar un té y pastelitos de pistacho en su jardín, y una vez allí, antes de que él dijera nada, le miró fijamente a los ojos y le explicó lo que le había pasado, que ella era la joven Nabila, y le recordó todas y cada una de sus vivencias infantiles, hasta las más secretas, que sólo podían saber ellos dos. Pero no pudo terminar de relatarlas, porque los labios de Farid la hicieron callar con un beso dulce y tierno. Cuando sus bocas se separaron y abrieron los ojos… la maldición se había roto, el amor había vencido a la magia oscura, tal y como su hada madrina había predicho. Volvía a ser la joven belleza de antes, pero había aprendido una gran lección; los ojos no sirven de gran cosa si no se mira con los ojos del corazón. Los jóvenes volvieron a besarse, más apasionado y profundo esta vez. Les costó separarse, pero ya tendrían tiempo para todo eso, tenían toda la vida por delante y no pensaban separarse más; pero ahora lo primero era mostrarles a Said y Yasmín lo que había sucedido.

Y pasado el tiempo conveniente, Farid y Nabila se casaron, y no hubo en toda la cuidad ni en todo el reino un pareja más feliz.

El príncipe Ahmed, cuando supo que Nabila había vuelto más bella y feliz que nunca y que se iba a casar con Farid; sintió una punzada de celos pues habría dado su reino por estar en el puesto de Farid. Su matrimonio con Salma era muy desgraciado, al final había visto la verdadera cara d e Salma. Pero era demasiado tarde, y lo que más le dolía era que había sido él quién no había sabido ver lo que tenía.

Nabila (primera parte)

Erase una vez, hace muchísimos años en un reino muy, muy lejano; vivía un mercader de especias, el más reputado de todo el reino. Said, pues ese era su nombre, sólo comerciaba con las mejores y más exquisitas especias de los más lejanos lugares, por lo que se veía obligado a partir una vez al año hacia la India y Catay. Desgraciadamente tenía que atravesar desiertos y tierras hostiles, donde abundaban los salteadores, atraídos por las ricas mercancías que solían transportarse. Por eso varios mercaderes se agrupaban y organizaban una enorme caravana, para poder protegerse mejor. Y sucedió que a la vuelta de uno de sus viajes, en medio del desierto, Said divisó un bulto tendido en la arena. Al acercarse a él, descubrió asombrado que se trataba de una bella joven, desnuda e inconsciente. Era realmente bellísima, pero algo en su aspecto hacia pensar más en un ser sobrenatural, una especia de djin, esos geniecillos de los que siempre hablaban los cuentos de viejas. Said comprobó que aunque inconsciente estaba viva, así que la cubrió con su manto y la llevo a su propia caravana, dejándola al cuidado de una vieja sirvienta que siempre le acompañaba en sus viajes. Prosiguieron su viaje, la joven apenas había recobrado un poco el sentido, la vieja sirvienta le dio agua y algo de comer que apenas probó y volvió a sumergirse en un sueño agitado.
Cuando Said, por fin llegó a su hogar, salió a recibirlo su esposa, Yasmín, en avanzado estado de gestación; corrió hacia él tan rápido como el peso de su embarazo le dejaba, pero cuando vio a Said que llevaba en brazos a una hermosa joven, su corazón casi se paró, ¿habría tomado su amado esposo una segunda esposa, ahora que ella estaba tan hinchada y ya no era tan deseable? Jamás lo hubiera creído posible, pero tenía que aceptarlo, estaba en su derecho. Cuando Said vio la inmensa tristeza que se había dibujado en la cara de su amada Yasmín, se dio cuenta de lo que estaba pensando, así que dejó a la joven djin en brazos de uno de sus sirvientes y corrió a abrazar y a tranquilizar a su esposa. Corrió hacia ella, la abrazó y la cubrió de besos, le besó la barriga donde crecía el fruto de su mutuo amor. Le juró que no había tomado otra esposa, que en su corazón solo estaba ella, y que no había nadie más bella y deseable en todo el universo. Le contó el extraño encuentro con la joven, y que era una especie de djin. Yasmín, tranquilizada por las palabras y gestos de Said, se acerco a la joven, y al verla entendió lo que había llevado a su marido a socorrerla, y dio ordenes de que la pasaran dentro de la casa y la depositaran en una de las habitaciones, se quedaría con ellos hasta que se recuperara.

Los días fueron pasando, y la joven se iba recuperando muy lentamente. Pasó más de una semana, y la joven empezó a reaccionar, aunque no hablaba, por lo menos iba comiendo algo más, aunque sólo dátiles y algo de queso; y su aspecto iba mejorando. Una noche de luna llena, por fin se encontró lo suficientemente fuerte, se levantó de la cama y salió al hermoso jardín de Yasmín. Allí encontró a la pareja, sentada, pues Yasmín ya estaba tan avanzada, que apenas podía dormir. Cuando la vieron, se alegraron de verla repuesta, y la invitaron a unirse a ellos.
Quisiera agradeceros todos vuestros cuidados y desvelos –habló por primera vez la joven, y su voz era tan dulce, alegre y musical, que sólo oírla calentaba en corazón- Me llamo Lily, y soy un hada. Gracias a vosotros, he podido sobrevivir en vuestro mundo, y me gustaría, antes de marcharme a mi mundo, pagaros de alguna manera todo lo que habéis hecho por mí tan desinteresadamente.
Y acercándose a Yasmín, le puso la mano en su vientre y dijo: No te preocupes, Yasmín, tendrás un parto tranquilo y nacerá una niña, que tendrá todas las bendiciones de las hadas, belleza, inteligencia y además un corazón tan bondadoso y compasivo como lo han sido sus padres conmigo. Y dicho esto, de sus manos brotó una especie de polvo luminoso que esparció sobre el matrimonio, y desplegando sus alas se marchó, no sin antes asegurarles que si alguna vez la necesitaban, sólo tenían que nombrarla en voz alta y ella volvería a visitarles.

Llegado el día, Yasmín dio a luz a una niña que era tal y como había predicho el hada Lily, la más hermosa de todas las niñas del reino, con unos enormes y brillantes ojos negros, que desde el primero momento miraban todo con inmensa curiosidad. Said y Yasmín eran los padres más felices y envidiados del reino. El mismo día, en el palacio real, el sultán y su esposa habían sido bendecidos con la llegada de un niño, un príncipe heredero, que aseguraría la continuidad de la dinastía…
Pasaron los años, Said era completamente feliz, su negocio prosperaba, y ya era el principal proveedor de especias incluso del palacio real; amaba a Yasmín como el primer día, y para él seguía siendo la más deseable, aunque en su pelo negro hubiera algunas hebras plateadas; y su hija Nabila, qué podía decir de ella, crecía sana y feliz, su belleza era reconocida en todo el reino, y su bondad y su prudencia hacían de ella una hija ejemplar. La vida les sonreía.

Nabila creció, se había convertido en una jovencita, y la fama de su belleza y su buen corazón había traspasado los muros de la ciudad, llegando incluso al palacio real. Todos los jóvenes solteros de la ciudad rondaban la tienda de Said, sólo por ver a Nabila y comprobar la veracidad de los rumores.

Todos trataban de conseguir que Nabila se enamorara de ellos, era casi como una competición, competían por ser el primero que conquistara el corazón de la bella joven, la mayoría sólo atraídos por la belleza de Nabila y querían obtenerla como el que obtiene un trofeo o una pieza de caza; pero olvidando que bajo toda esa apariencia había un corazón bueno y generoso; y por su juventud, muy romántico.
Por suerte, además de belleza, las hadas la dotaron de una inteligencia prodigiosa, gracias a ella, era capaz de descartar a todos esos molestos pretendientes que sólo querían ganar un trofeo.

Pero un día, cuando estaba a punto de cumplir los 18 años, se presentó en la tienda de su padre, el joven Príncipe heredero. En unos días se celebraría en palacio una magnífica fiesta en su honor, pues cumplía 18 años, y para la recepción quería elegir personalmente las mejores especias del reino. Cuando los ojos del príncipe se fijaron en los ojos negros de Nabila, quedo atrapado en ellos, y olvidó la fiesta, las especias, todo lo que no tuviera que ver con esa bellísima joven.

Desde ese momento, las visitas del príncipe a casa de Said se hicieron continuas. Los jóvenes pasaban las horas hablando de mil temas, el príncipe descubrió que además de belleza, Nabila tenía ingenio y le gustaba leer a los clásicos; no se parecía en nada a otras jóvenes que había conocido, que eran incapaces de hablar de nada que no fuera su belleza, de joyas y sedas.

Nabila era inmensamente feliz, estaba enamorada del príncipe, no por ser un príncipe, sino porque era bueno e inteligente y estaba lleno de ideas para mejorar el reino. Y el príncipe quería aprovechar la fiesta de su cumpleaños para hablar con sus padres sobre Nabila, a la que quería convertir en su esposa.

Desafortunadamente para Nabila, la hija del visir real, Salma, una joven de gran belleza pero mayor ambición, y que había sido compañera de juegos del príncipe Ahmed desde su infancia, y que ambicionaba convertirse en su esposa por encima de todo; descubrió el propósito del príncipe y decidió acabar con su rival de una manera dolorosa y total. Salma, que tras su belleza y recato, ocultaba un corazón oscuro, había estudiado en secreto los misterios de la alquimia y de la nigromancia, superando muy rápidamente a su maestro un anciano nigromante, que vivía oculto en los sótanos del palacio real. Para acabar con su rival decidió elaborar una pócima que le robara su juventud y su belleza, convirtiéndola en una anciana decrépita, y en pocos días moriría de extrema vejez. Y para asegurarse que Nabila recibía su “regalo”, embotelló la pócima en un hermoso frasquito para perfumes, del cristal tallado más bello de los que disponía, y se lo dio a Ahmed para que se lo regalara a su amada, diciéndole que era un perfume exclusivo para que lo llevara en la fiesta. Ahmed, que para nada sospechaba de las oscuras y malvadas intenciones de Salma, le agradeció el detalle, y le aseguró que se lo regalaría a Nabila en seguida, pues iba a reunirse con ella.

La pobre Nabila, ignorante de todo lo que se le avecinaba, agradeció el bonito regalo que Ahmed le traía, y le aseguró que lo utilizaría para ir a su fiesta, esa misma noche. Al marcharse su amado príncipe, Nabila empezó a prepararse para la fiesta. Se dio un largo y relajante baño aromático, en el que decidió verter una pequeña cantidad del perfume que le había regalado Ahmed. El calor del agua y los seductores aromas hicieron que se quedara dormida en el baño, soñando con la felicidad que la aguardaba… cuando de repente un grito desgarrador la despertó, era su sirvienta, pero ¿por qué gritaba de esa manera tan desgarrada? Pensó que algo les había sucedido a sus padres, y cuando se levantó para salir del baño… entendió porque gritaba entre sollozos la sirvienta, su aspecto era aterrador, su cuerpo estaba ajado y arrugado como el de una anciana. Casi se desmaya de la conmoción. Los gritos habían atraído a sus padres, que en cuanto la vieron sintieron como el corazón se les encogía; frente a ellos su amada hija envejecía rápidamente. Yasmín corrió a abrazar a su hija, que no reaccionaba. Said recordó las palabras de Lily, y gritó tan alto como pudo ese nombre hasta que no pudo más y rompió a llorar, corriendo a abrazar a su mujer y a su hija. En unos segundo, Lily se presentó en la habitación, tan bella y majestuosa como hacía 18 años; Said y Yasmín se apartaron para que Lily viera a Nabila. De un solo vistazo el hada se hizo cargo de la situación y les explicó a los aterrados padres que su lo que le pasaba a su hija era producto de una maldición muy poderosa, que envejecería en pocos días y que moriría sin remisión de extrema vejez, quizás en una semanas. Yasmín se desmayó al escuchar a Lily, Said le rogó que salvara a Nabila. Lily, sopló sobre Nabila su polvo luminoso, y en unos segundos, el proceso de envejecimiento se paró; pero desgraciadamente Lily no podía revertir el proceso y devolver a la niña su juventud y su belleza, pero había conseguido detener el avance de la muerte, Nabila tendría una vida normal, pero con el aspecto de una anciana; aunque en sus ojos negros, tan brillantes y vivos como siempre, se conservaba la auténtica belleza de Nabila.

Ni que decir tiene que Nabila no acudió al baile. Ahmed, extrañado por no ver a su amada, se preocupó y dejó el baile y se presentó en casa de Said, solicitando ver a Nabila. Said, enternecido por la preocupación del joven príncipe, le acompañó hasta el jardín donde Nabila estaba contemplando la luna. El príncipe, cuando la vio le habló con respecto, como corresponde dirigirse a una noble anciana. Nabila le habló, le dijo que era ella, que la mirara a los ojos y vería que era verdad; pero Ahmed, aunque la miró a esos ojos negros que tanto decía amar, no pudo reconocerla, y se marchó enfadado, maldiciendo a Nabila y a toda la familia, que de esa manera había jugado con él, un príncipe.

Nabila escuchó estas palabras tan duras, y aunque creyó que su corazón se rompería, descubrió que no lo había hecho, estaba claro que si Ahmed no la había reconocido, a pesar de ese nuevo aspecto, era porque en el fondo de su corazón no la había amado nunca, sólo era otro más de los que la querían como un trofeo ganado. Por eso ni siquiera derramó una lágrima, el príncipe Ahmed no se las merecía. Y recordó algo que había olvidado, tan centrada estaba en el baile y en el príncipe; hoy también era su cumpleaños. Se acercó a sus padres que sí estaban destrozados, y abrazándolos, les dijo que no se preocuparan por ella, que estaba bien. Que quizás la vejez también la había vuelto sabia.

La vida seguía, y Nabila continuó su vida en la tienda como siempre. Se corrió la voz que la joven se había marchado a una ciudad lejana, a vivir con unos tíos paternos, y que la madre de Yasmín, una anciana sabia y venerable vivía ahora con el matrimonio. Todo el mundo adoraba a la anciana, que siempre tenía una palabra amable y de consuelo para todo el que lo necesitaba. Pero a algunos les sorprendía la luz y el fuego que había en su mirada, más normal en una joven doncella, que no en una dama anciana.

Pasaron unos meses y el sultán anunció que el príncipe Ahmed se había comprometido con Salma, la hija de su visir real, y que en breve se celebraría la boda real.

En cuanto Nabila se enteró, se alegro mucho por los dos, no le guardaba resentimiento a Ahmed, e ignoraba que Salma había sido la causante de su mal. Ella era completamente feliz, ahora por fin la gente que se acercaba a ella no lo hacía por su belleza, sino por ella misma. Y como Lily le había dicho, antes de dejarles, algún día, alguien que la amara de verdad, sabría verla tal y como era realmente y no le importaría el aspecto que tuviera exteriormente; y quizás cuando llegara ese momento, la maldición se rompería, porque no hay magia más poderosa que el amor verdadero…

El nacimiento del las hadas.

Erase una vez, cuando el mundo era joven y las ciudades apenas se merecía ese nombre, vivía un sabio alquimista, consagrado por completo a su arte, al que había dedicado la mayor parte de su vida. Vivía solo, sin apenas salir de su laboratorio, del que salían pócimas y remedios, que siempre servían para ayudar a todo aquel que lo necesitaba, sin pedir nunca nada a cambio; sus vecinos eran gente humilde. Una noche, llamó a su puerta un pobre hombre, llorando de desesperación porque su única hija estaba muy enferma y nadie sabía que tenía, y la pobre empeoraba a cada momento. El alquimista, conmovido por su dolor, accedió a acompañar al hombre e intentar salvar a su hija con su ciencia. Y quiso el destino que en cuanto el alquimista vio a la joven, se quedó prendado de ella, no por su belleza, sino por la serenidad que transmitía su mirada incluso en ese momento de sufrimiento. Sobra decir que el alquimista puso todo su saber en conseguir que la joven mejorara, aunque no tenía mucha esperanza que la joven fuera a enamorarse de él, que había pasado la mayor parte de su vida entre retortas y alambiques, y había dejado atrás su juventud hace ya tiempo…
Cuando la joven estuvo restablecida, tan agradecida estaba a aquel que le había salvado la vida, sin pedirles nada a cambio, que se ofreció a trabajar para él, cuidando de su casa y cocinando para él. Y la joven descubrió poco a poco, que lo que los sentimientos que al principio creía eran de gratitud hacia el alquimista, eran en realidad algo más profundo.

Y por supuesto, se casaron… Un bello día de primavera, en un claro del bosque…

El alquimista creía que no podría ser más feliz, hasta el día en que nació una preciosa niña, tan bella, vital y alegre como su madre…

Desgraciadamente, cuando la niña tenía 2 años, se declaró una epidemia en el pueblo, y la esposa del alquimista murió. Esta vez su ciencia fue insuficiente para salvarla. El pobre sintió que una parte de su corazón moría ese día, pero no podía olvidarse de su hija, y por ella enterró su dolor en el fondo se su alma y decidió hacer la vida de la pequeña lo más feliz que pudiera.

La niña crecía sana y feliz, era el ser más alegre y travieso que puedas imaginar. Su afición favorita era jugar en el claro del bosque sonde se casaron sus padres, entre las flores y las mariposas, de las que siempre estaba rodeada.

Pero, por desgracia, un día cuando jugaba en el bosque, tuvo la mala suerte de que un cazador que perseguía a su presa, la confundiera con un animalillo, y una flecha acabó con su vida.

Esta vez sí que el pobre alquimista se volvió loco de dolor. Se encerró en su laboratorio, y empezó a mezclar ingredientes sin control, como si esperara que alguna de esas formulas le devolviera a su hija perdida…

Cuando se serenó, decidió utilizar su ciencia para crear un ser tan alegre y vital como su niña, pero que la muerte no pudiera arrebatarle…

Se dedicó a mezclar en una retorta todas y cada unas de las cosas que más gustaban a la niña: pétalos de rosas, jazmines, girasoles, le añadió la dulzura de la miel, polvo de estrellas, rayos de sol y de luna y no podría faltar, polvo de alas de mariposa.

Pero por mucho que trabajaba en ello, nada daba resultado. Hasta que una noche, agotado de cansancio, se quedó dormido sobre sus fórmulas y tuvo un sueño extraño. Soñó que su niña, toda vestida de blanco y brillante como una estrella, se inclinaba sobre la retorta donde había mezclado los últimos ingredientes, y soplaba sobre ellos, luego se inclinaba sobre su padre dormido y le besaba en la frente…

A la mañana siguiente, al despertarse el alquimista, recordó el sueño, y corriendo fue a la retorta, estaba cubierta de lo que parecían mariposas. Al acercarse a mirarlas, con los ojos llenos de lágrimas, se dio cuenta que en realidad no eran mariposas, eran pequeños seres (parecidos a bebés), pero de su espalda salían alas de vivos colores, como las mariposas… Las pequeñas criaturas revolotearon alrededor del alquimista, y salieron volando, siguiendo los rayos del sol…

El alquimista las llamó hadas (porque creyó que había sido el destino, fatum, quien las había creado, y no él); y cada día se dedicaba a mezclar todo lo bello y alegre de su mundo, y por la noche, la figura blanca soplaba sobre la mezcla, creando así diferentes tipos de hadas…

Y cuenta la leyenda, que el alquimista no murió, cuando se sintió cansado de su mundo, sus criaturas, las hadas, le llevaron a su mundo, y crearon para él el laboratorio más completo, desde el que sigue llenando el mundo de hadas…

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado…

No quisiera marcharme sin desearos a todos vosotros una mágica y feliz noche de San Juan. La noche del fuego y del agua, en que las criaturas mágicas se mezclan con los mortales; cuando los sueños se hacen realidad porque que es la vida sino un sueño; cuando los sentimientos, las pasiones están a flor de piel y nos dejamos llevar por el deseo que inflama nuestro cuerpo, sintiéndonos eternos en ese glorioso momento. Disfrutadla.

La Dama de las Estrellas

Hoy quisiera contaros una bella historia. Es la historia de “La Dama de las estrellas”, como se la llama entre las hadas nocturnas. Las hadas nocturnas son las hadas más tímidas y reservadas del país. Viven en los picos más elevados de la mayor cordillera del país “Las Montañas de la Luna”. De hecho, según una leyenda ancestral, la Luna que alumbra vuestro mundo no es sino un hada, que fascinada por vuestro mundo pero demasiado tímida para acercarse, quedó para siempre atrapada entre los dos mundos, desde donde lo que más le gusta es amparar y proteger a los amantes; por eso es la Luna la que rige los ciclos vitales… Por eso todas las mujeres enamoradas invocan a la luna, saben que las bendecirá con ver su amor correspondido.
Pero no era de la Luna de quien quería hablaros, sino de la Dama. En su juventud fue un hada llamada Deneb, la más brillante y luminosa de todas las hadas nocturnas. Y como casi todas nosotras en algún momento de nuestras vidas, sintió la llamada de la aventura y visitó vuestro mundo. Por entonces vuestro mundo era joven, cuando todavía los mortales respetaban todo lo que les rodeaba, vivían en armonía con la naturaleza y le rendían culto.
La joven Deneb se sintió fascinada sobretodo por un hermoso robledal, extenso y tupido, y le gustaba pasear bajo sus árboles durante el día, y bailar en un hermoso claro sembrado de flores, en las noches a la luz de la luna llena.
En una de esas noches de luna llena dio la casualidad que pasaba por allí un joven druida, que estaba recolectando el sagrado muérdago para sus ceremonias mágicas, le sorprendió la luz que se desprendía del claro, pues era noche cerrada y aunque había luna llena, las altas y frondosas copas de los robles la ocultaban en parte. El druida, curioso, decidió investigar y descubrir a que se debía ese fenómeno; y cual fue su sorpresa al ver que la causante de aquel resplandor no era otra cosa que una hermosísima doncella, vestida de blanco y que resplandecía casi más que la misma luna, y que bailaba, casi flotaba etérea en el claro, sobre un lecho de flores silvestres. La visión le dejó unos minutos como privado de sus sentidos, incapaz de moverse, de articular palabra, casi sintió que se le paraba el corazón… Al recobrar sus sentidos sintió como si su corazón se inundara de esa luz que emanaba la doncella, y en su mente sólo había espacio para una sola cosa, saber quien era, de donde venía, acercarse a ella. En ese momento ella se paró, le miró a los ojos, y empezó a cantar una canción, la melodía era tan hermosa que aunque el joven druida no entendía, pues Deneb cantaba en la lengua de las hadas, su corazón se llenó de amor por ella. Se acercó hacia ella, despacio, temiendo que se asustase y se marchase, o que fuera un espejismo, fruto de su imaginación… quería comprobar que era real. Cuando terminó la canción, ella se acercó y lentamente le besó en los labios, un beso dulce lleno de amor y ternura. Pero desgraciadamente no pensó que su brillo, su luz esa energía tan intensa que tenía, pudiera dañar al joven mortal. El rostro del druida quedó completamente desfigurado. Al ver lo que su amor había hecho al druida, Deneb se sintió desolada y rompió a llorar, y sus lágrimas eran diminutas lucecitas. El druida intentó consolarla diciéndole que no le importaba su aspecto, que no le había dolido, que no quería que se marchase; pero ella sabía que jamás podrían estar juntos, pues su amor le mataría. Pero antes de marcharse, y como regalo para él, las lágrimas luminosas que había derramado, las esparció al aire, sembrando todo el cielo de lucecitas diminutas y brillantes, que cada noche brillarían, alumbrándolo y recordándole que aunque su unión fuera imposible, Deneb siempre le amaría.
Cuando regresó a las Montañas de la Luna, se encerró en el más alto de los picos, en la torre de Mármol, y desde allí todas las noches siembra de estrellas el cielo, cumpliendo así su promesa de amor.

Permitidme que dedique esta historia a una persona muy especial. Alguien que cree en las hadas, que le gustan los cuentos, pero sobretodo los finales felices. La persona a la que van dedicados todos estos cuentos, pues sin ella no existirían. ¡Que la luz de las hadas siempre te ilumine!

El hada Jengibre

Hola, muy buenos días a todos los que os aventuráis en este blog que acaba de nacer, sed bienvenidos. Aquí encontrareis pequeños cuentos y relatos, todos con un denominador común, la fantasía, la magia, la ternura… todas esas cosas que tan olvidadas tenemos en este mundo nuestro tan gris y frío. Quisiera que este mi pequeño mundo fuera una isla de luz, color y calor.
Pero dejadme que primero me presente. Me llamo Jengibre y
soy un hada silvana, nací en el Bosque de los Unicornios, en una luminosa mañana de octubre, el mes más bello, cuando el bosque brilla y resplandece con los colores del otoño, un estallido de verdes, marrones, naranjas, amarillos sembrando de color todo el bosque. Donde las hojas que han caído cubren como si de una alfombra se tratase todo el suelo, sirviendo de sustrato para que surjan las más bellas y a veces letales setas, que sirven de hogar para los diminutos duendecillos (sobretodo las bellísimas amanitas, con sus sombreros rojos y blancos). Se cuenta que todas las hadas de los bosques nacen en octubre, y que por eso guardan dentro de sí el calor de los últimos rayos de sol del verano, los bellos colores del otoño, pero también los primeros fríos del invierno, lo que las hace seres tremendamente cambiantes y complicadas, pues pueden pasar de la risa al llanto en segundos, o de mostrarse apasionadas en un segundo y al siguiente extremadamente gélidas.
Nuestra especie es la guardiana del bosque, pero sobretodo somos las guardianas de los unicornios, las criaturas más puras y mágicas de todos los universos. Por cada uno de ellos que nace, nace un hada que a partir de ese momento se convierte en su guardiana. También somos las hadas más tímidas y reservadas de todo el país de las hadas.
Yo también tenía mi propio unicornio, un bellísimo ejemplar de color plateado, que además era tan curioso y travieso como yo (algo rarísimo en seres tan reservados). Juntos nos gustaba recorrer todo el bosque, llegar hasta sus límites e imaginar como sería la vida más allá de los bosques.
Supongo que os preguntaréis como he terminado en este mundo ¿verdad? Sí a veces yo también me hago esa pregunta. Digamos que era demasiado curiosa, mi bosque se me quedaba pequeño, quería explorar otros lugares y otros mundos, y vuestro mundo siempre ha ejercido una fascinación muy especial sobre nosotras. Y aquí estoy, contando mis historias y vivencias a todo aquel que las quiera escuchar.