Isolda (primera parte)

Érase una vez, en una gran y próspera ciudad a orillas de un tranquilo mar cargado de historia, habitaba una niña, traviesa y curiosa, como lo son todas a esa edad en que todavía creen en princesas y dragones; y tan traviesa, valiente y decidida que muchas veces sino fuera por los vaporosos vestidos que la hacían llevar, se confundiría con uno más de los golfillos de la calle.
Había nacido en el seno de una familia acomodada. Su abuelo paterno había hecho fortuna en Cuba con la caña de azúcar, para regresar a la ciudad que lo vio nacer convertido en un rico indiano. Para dejar constancia de su nueva situación, se construyó un impresionante palacete en uno de los barrios más señoriales de la ciudad, diseñado por uno de los arquitectos más prestigiosos de la época. Todo era poco para hacer ostentación de su riqueza. Se codeaba con condes y marqueses; todos aquellos que antes ni se habrían dignado ni a mirarlo, ahora le trataban con esa deferencia que solo da el dinero. Pudo haber contraído matrimonio con la única hija de un duque arruinado por el juego, y así sumar un título nobiliario a su fortuna, pero sorprendiendo a todos, optó por casarse con una humilde costurera, la mujer de la que se enamoró cuando era un joven aprendiz de carpintero, aquella por la que había dejado todo lo que tenía y se había embarcado para tierras lejanas, con la esperanza de ofrecerle un futuro mejor que el que tenían. En los duros momentos pasados en las junglas salvajes, llenas de mosquitos y calor, era el recuerdo de sus ojos lo único que le daba fuerzas para seguir. Por eso, lo primero que hizo al llegar al puerto fue ir a buscarla. Necesitaba saber si le había esperado todos estos años. Sí el esfuerzo había valido la pena. Cuando llegó hasta ella y la miró a los ojos, supo que nada había cambiado entre ellos. Su boda fue el mayor acontecimiento de la temporada social. Luna de miel en París y Viena. Y al volver de su viaje por Europa, la grata noticia de que esperaban su primer hijo.
Un hijo varón, que desde el primer momento estuvo rodeado siempre de lo mejor; el mejor colegio de la ciudad, un internado en Inglaterra del que pasó a la universidad de Oxford. Todo era poco para el heredero del imperio que tanto le había costado levantar. Y demostró que era digno sucesor de su padre, no solo conservó su patrimonio, sino que lo engrandeció aún más. Era un hombre de negocios frío y calculador. A su debido tiempo contrajo matrimonio con la hija de un conde, la joven más hermosa de toda la alta sociedad de la época. La boda fue el evento del momento, toda la buena sociedad asistió. La novia estaba radiante envuelta en una nube de tules y sedas, que realzaban su hermosura confiriéndole un aura de irrealidad, como si de un ángel se tratara. El novio, impecablemente vestido de etiqueta, traído expresamente de Londres, de una sastrería exclusiva que vestía también al Príncipe de Gales. E inmensamente feliz, no porque estuviera perdidamente de la que iba a ser su esposa, sino porque entroncaba con una de las familias más aristocráticas de la ciudad, pensaba más en ella como en una buena inversión o un bello adorno en su casa. El amor, se decía, no existía era sólo una invención de los poetas… y así les iba, morían jóvenes y arruinados.
Fue un matrimonio condenado al fracaso desde el principio. La joven esposa descubrió muy pronto que su esposo no la amaba. Que todas aquellas bellas palabras que no hace tanto tiempo le dedicara, todas aquellas atenciones y regalos, todo ese amor que decía sentir por ella era una gran mentira. Ella que podría haber elegido a cualquier joven de la ciudad, que era la más bella y admirada, la que, según las malas lenguas, había llegado a ser la causa que un joven poeta de mucho talento se pegara un tiro al no ser correspondido. Ese matrimonio había sido un gran error, y desgraciadamente ya no había vuelta atrás. Tendría que fingir una felicidad que estaba muy lejos de sentir, sonreír a todo el mundo, aunque su corazón estuviera completamente destrozado.
Al volver de su viaje de novios, se refugió en una intensa vida social. No había baile de sociedad al que no acudiera, ni se perdía ninguna noche de gala en el teatro de la Ópera. Así, por lo menos lejos de casa, era feliz. Pero todo cambió cuando supo que estaba embarazada. Lejos de sentir la alegría natural de toda joven recién casada ante la llegada de su primer hijo, ella se sumió en una completa melancolía. Por entonces no estaba bien visto que una mujer embarazada se dejara ver en público y en actos sociales. Y empezó a desear con todas sus fuerzas perder a esa criatura que llevaba en su seno, y a la que nunca podría llegar a querer. Y fue por entonces cuando se enteró de que su esposo tenía un lío con una famosa artista de varietés, recién llegada del loco París. Lejos de hacerle daño, esa noticia la llenó de alegría. Así, por lo menos, su marido se mantendría lejos de su habitación.
A su debido tiempo nació una niña, fuerte y sana. Su madre apenas si la miró cuando se la pusieron sobre su corazón. Y se negó incluso a amantarla. Quería recuperar cuanto antes su figura y su belleza para volver a su vida social. Cuando a su padre le dijeron que había sido niña se sintió tremendamente decepcionado. Estaba claro que su esposa era incapaz de hacer algo bien, en lugar de un varón que heredara su fortuna y perpetuara su apellido sólo era capaz de darle una hija, que traería más problemas que ventajas.
Llamaron a la niña Isolda, como la heroína de una ópera, por expreso deseo de su madre, que se opuso a que su hija se llamara como su suegra. En realidad no tenía nada contra ella, era más por llevar la contraria a su marido, que por otra cosa. Desde el primer momento Isolda pasó a los brazos del ama de cría y de su niñera.
Sus primeros recuerdos estaban ligados a esas dos mujeres. De hecho, la primera vez que dijo “mamá” fue a su niñera, y no fue hasta algunos años después que descubrió que aquella señora tan guapa y bien vestida que a algunas noches pasaba a darle las buenas noches, era su verdadera madre. Su padre era diferente, aunque al principio le decepcionó el que no fuera un varón, en cuanto vio a la pequeña Isolda, y la sonrisa que ésta le dedicó en cuanto la estrechó en sus brazos, supo que esa cosita tan diminuta e indefensa le había robado el corazón. Y él, que no creía en el amor, que nunca lo había sentido, descubrió que amaba a Isolda por encima de todas las cosas; de sus negocios y de su fortuna.

Besitos de hada.

Esta semana este blog ha cumplido dos meses de vida. sí, parece que fue ayer que, venciendo mi innata timidez, decidí lanzarme de lleno a la tarea de construir, a través de las palabras, un pequeño mundo de magia, fantasía e imaginación. Mi intención era poner un poco de color y calor a este mundo nuestro tan frío, gris y deshumanizado. Quería que los posibles visitantes que cruzaran el camino de “baldosas amarillas” olvidaran por un momento sus penas o preocupaciones, dejaran salir a ese niño que todos llevamos dentro, y volvieran a sentir el placer de escuchar una antigua leyenda, aquellos viejos cuentos que nos narraban, generalmente nuestros abuelos, y que hacían que nuestros ojos se abrieran como platos y una expresión asombrada se pintara en nuestras caritas.

No seré tan presuntuosa como para creer que lo he logrado. Soy un hada novata, lo sé y tengo muchísimo que aprender. Pero tener 4 maravillosos seguidores y casi 300 visitantes, me han demostrado que la magia no está muerta y que mientras quede alguien que se resista a creer que todo es tan gris como nos hacen ver; mientras quede gente que luche por sus sueños, sean cuales sean; personas que ayuden a los demás, sin esperar nada a cambio; esta pequeña hada seguirá con sus historias.

Y por eso quiero daros las gracias a todos vosotros, seguidores y lectores. Porque sois la fuerza que me impulsa a seguir y que me inspira. Sin vosotros no tendría sentido. Todos vosotros tenéis un pedazo de mi corazón… porque si algo he aprendido este tiempo es que el corazón, cuanto más lo compartes, más grande se hace y más fuerte late, llenándote de vida, amor, ternura y amistad; que por muchos logros que consigas en esta vida, por importantes que creas que sean, ninguno valdrá tanto como el placer de compartir una sonrisa, una caricia o una vida.

No quisiera terminar esta pequeña reflexión sin acordarme de una persona maravillosa. La persona que me hizo amar los cuentos y las leyendas. la primera persona de la que tengo recuerdo, que me llevó al país de los sueños. Desgraciadamente esta persona hace muchísimo tiempo que me dejó, sé que regreso al país de la Fantasía y que allí sigue contando sus maravillosos cuentos a miles de hadas recién nacidas. Y sé, que desde allí me susurra todos y cada uno de los relatos que he contado, y los que todavía esperan para ver la luz.

Muchas gracias y besitos de hada para todos.

Hada Jengibre.

PS. Como buen hada adoro todo tipo de historias. Por eso, si alguno de vosotros tiene alguna historia que trate sobre magia, fantasía, mitología o cualquier cosa relacionada con el mundo fantástico, y quiere compartirla con los demás, puede hacermela llegar a hadajengibre@gmail.com
Cuanto más variado, más rico y colorido será este pequeño mundo ¿no creéis?

(Dedicado a la memoria de mi abuelo Juan Miguel)

El ave Fénix.

Hoy voy a contaros una de las más bellas y tristes leyendas de todo el país de las hadas. Se trata de la que narra el nacimiento de la criatura más especial y mágica de mi país; el Ave Fénix. Un hermoso pájaro de plumas de color rojo y dorado, que tiene la particularidad de que cuando siente que está próximo su fin, estalla en llamas. Y de esas cenizas, resurge otra vez, más bello que antes.

Habitan en la Tierra del Fuego, una cordillera formada por los mayores volcanes de mi país. Concretamente, en el mayor volcán de todos, el hogar del Dios del Fuego. En donde, además, moran las hadas salamandras, las guardianas del fuego sagrado, las hadas más apasionadas de todas nosotras.

Cuenta esta leyenda, que el primer ave-fénix surgió cuando un hada salamandra, la más bella de todas, se arrojó al fondo del volcán, con el corazón destrozado por un mortal del que estaba profundamente enamorada.

Según esta antigua historia, el dios del fuego amaba locamente a esa hada, pero ella no le correspondía y solo soñaba con abandonar su hogar y vivir como los mortales. Tan grande era su amor por ella, que odiaba verla así, suspirando por una vida vulgar, en lugar de compartir la grandeza que él le ofrecía.
Por eso le concedió su deseo y aunque se le rompía el corazón al despedirse de ella, la vio marchar tan feliz, que se consoló pensando que por fin hallaría
la felicidad que tanto había buscado.

Ella vivió feliz, se había cumplido su sueño y además estaba enamorada de un joven príncipe, tan apuesto y valiente, que sólo verlo robaba el corazón.

Fue un amor a primera vista. Todo parecía sonreírles, hasta que la Reina-madre se enteró de la inconveniente pasión de su hijo. Porque, ¿qué príncipe, en
su sano juicio, pierde así la cabeza por una joven cualquiera?

La Reina intentó de todo para separar a los amantes, pero su hijo estaba muy enamorado y no quería dejarla. Pero la soberana tenía armas escondidas. Encargó a su médico real que le preparara una poción especial para que se olvidara para siempre de esa joven de la que estaba tan enamorado. Y así fue, el joven bebió la poción, astutamente mezclada con el vino de la cena… y al despertar a la mañana siguiente, había olvidado todo. Momento, que su sagaz madre aprovechó
para envenenar su mente diciéndole que esa chica era en realidad una bruja malvada que quería encandilarlo y seducirlo para que, una vez fuera su esposa, ella pudiera eliminarlo y ocupar el trono. Además le convenció de que en realidad estaba enamorado de una joven princesa de un país fronterizo, del que interesaba tener como aliado.

El confundido y hechizado príncipe se reunió con la pobre hada, que nada sabía de lo que había pasado; y fue tan cruel con ella… Le dijo palabras tan horribles,
que ella, incapaz de soportar el dolor, suplicó delante del fuego del hogar, poder volver al país de las hadas. El dios del fuego, enternecido por sus
lágrimas y su sincero dolor, volvió a llevarla a la Tierra del Fuego, siendo de nuevo un hada salamandra.

Pero desgraciadamente, no podía olvidar todo lo que había vivido junto a su amor. Los tiernos momentos compartidos, sus dulces besos y esas palabras de
amor que un día le dedicara, y que ella había creído eran sinceras. Y esos recuerdos eran todavía más dolorosos que las duras palabras que le habían roto
el corazón. Por eso decidió arrojarse al fondo del volcán, y que el fuego consumiera su alma y su dolor.

Y cuentan que el amor que el dios del fuego sentía por ella fue lo que le hizo recoger las cenizas de esa pobre hada y de ellas surgió el hermoso pájaro
que hoy es el Ave Fénix. Pero hay quien cuanta que en realidad el Fénix no surgió de las cenizas del hada, sino más bien porque, y aunque ella lo ignoraba,
estaba embarazada del príncipe cuando volvió al país de las hadas, y que el fénix se trataba en realidad del hijo que llevaba en su seno. Y quizás sea así, porque el hogar del Fénix es justamente el volcán del Dios del fuego

un momento inolvidable

Una de las cosas que más me gustan de mi condición de hada, es que siempre estamos dispuestas a ayudar a todo aquel que lo necesita… que quereis, es innato en todas nosotras. Y es algo de lo que nos mostramos particularmente orgullosas.
Y eso es lo que voy a hacer que con este post. Pero para eso necesito de vuestra ayuda.

Tengo un buen amigo, un joven publicista de mucho talento, que se presenta al certamen convocado por Cerveceros de España para promocionar el consumo responsable de cerveza. Se presenta en las categorías de vídeo y de microrelato.

Este es el vídeo que presenta al concurso:

Sólo ospido que si podeis, voteis en los enlaces que más abajo incluiré. Se puede votar una vez al día por cuenta. Y quedan 19 días de votación.

Estos son los enlaces para votar.

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Muchísimas gracias de antemano, en mi nombre y en el de mi amigo.

El corazón compartido. Epílogo.

Los cuentos siempre terminan con el “… y fueron felices y comieron perdices.” Pero ¿es ese realmente el final de la historia? ¡¡¡¡Por supuesto que no!!!! La historia, como la vida, siempre sigue adelante, y no siempre es tan feliz como sugieren esas palabras. Porque la felicidad no es algo inmutable, que una vez la has logrado ya te dura para toda la vida, no, la felicidad es algo que tienes que ir trabajando y logrando cada día. Que la Felicidad no es otra cosa que un montón de pequeñas alegrías.
Nuestra pareja protagonista fue muy feliz. Al llegar la primavera se casaron en la pequeña iglesia del pueblo donde había vivido él. Fue una boda muy concurrida y animada, se celebró un pequeño banquete en honor de los recién casados, del cual, y por unos minutos, los jóvenes esposos se ausentaron para ir al bosque a ver a la sabia y anciana curandera. Molly no había querido ir al pueblo, un enfrentamiento con el párroco hacía muchísimos años los había enemistado, y no era bien recibida en la iglesia aunque hacía tanto tiempo que ninguno de los dos recordaba el motivo de la disputa, pero ninguno quería dar su brazo a torcer. Los recibió con sus mejores galas y una sonrisa de satisfacción en su ajado rostro; desde aquella lejana noche siempre supo que terminarían juntos, pues además del corazón que ambos compartían les unían muchas cosas. Les regalo un extraño amuleto, en forma de corazón para que no se olvidaran de ella. Antes de regresar al banquete, pasaron por el claro del bosque donde se cruzaron sus destinos. Estaba cubierto de flores de todos los colores con las que tejieron una especie de corona que la hermosa novia se puso en el pelo.
Se instalaron en la ciudad, en casa del sabio profesor. Ella seguía en la pastelería y él terminó sus estudios con las mejores calificaciones de su promoción y le ofrecieron una plaza como profesor suplente. Fueron tiempos difíciles, pues un joven profesor no tiene un gran sueldo y la familia había empezado a crecer, dos preciosos bebés, un niño y una niña, habían colmado de felicidad a la pareja, pero también de muchos gastos inesperados. Pero cuando hay amor todo se supera.
Al morir su mentor, este ocupó su plaza, siendo el más joven profesor en esa cátedra. También recibió una fabulosa herencia, la casa en la que vivían y su enorme colección de libros, no sólo de su especialidad, sino también libros de aventuras y novelas de los grandes clásicos.
Los pasteleros, cansados de tantos años de duro trabajo, decidieron retirarse a vivir al campo, a la granja de su hija y su yerno, a unos kilómetros de la ciudad. Pero antes de marcharse les cedieron el negocio, que ya por entonces era famoso en toda la ciudad y alrededores.
La vida les sonreía. La familia seguía aumentado, a los mellizos le siguieron 5 hijos más, dos niños y tres niñas. En su casa siempre había bullicio y risas, bueno y también pequeñas riñas y muchísimas travesuras.
Y ellos… Ellos tuvieron sus pequeñas discusiones. Cada uno tenía sus ideas y su carácter, por eso a veces tenían pequeños roces. Pero tenían dos cosas muy clara, que el amor que sentían el uno por el otro era lo mejor que les había pasado en la vida, y que no podían vivir el uno sin el otro. Porque ¿para que quieres un corazón si no tienes a nadie con quien compartirlo?

Quisiera dedicar este cuento a una persona especialmente. A un buen amigo, corrector de estilo y muchas cosas más. Nicolas este cuento es para tí. Por animarme a crear este blog, por visitarme y dejarme tus comentarios y consejos… y también tus correcciones. Gracias por tu amistad.

El corazón compartido. (4ª parte)

El sol empezaba a asomar por encima de los tejados de la ciudad que se despertaba con el bullicio habitual de esas horas de la mañana; los tenderos abrían sus comercios, los campesinos de las poblaciones cercanas ponían sus puestos en la plaza para vender sus mercancías, las amas de casa y las criadas hacían sus compras, jóvenes estudiantes regresaban a sus habitaciones después de alguna juerga nocturna… el típico trajín de todas las mañanas en una gran ciudad.
En una de las buhardillas un joven contempla la ciudad, pero está tan absorto en sus pensamientos que apenas ve la escena que se desarrolla delante de sus ojos. Se ha levantado con el mismo sueño que desde hace unos meses tiene cada noche, un sueño que le ha llevado hasta esta ciudad, a la que se había jurado no volver.
Y todo por los extraños sucesos que le habían sucedido ahora hacía justo un año. Recordó aquella noche fría en la que se encontró con una joven medio muerta de frío en medio del bosque, y como la joven cambió su vida cediéndole una parte de su corazón. Una sonrisa iluminó su cara al recordar aquel momento, cuando se despertó en la cabaña de Molly y por primera vez en su vida sintió el latido de su corazón. Su primer impulso entonces fue buscar a la muchacha que tan generosa había sido con él, su primer sentimiento fue el de gratitud hacia ella, pero por más que busco en la cabaña y por el bosque, no pudo encontrarla, se había marchado y quizás jamás volvería a verla, ni siquiera sabía su nombre, ni de donde venía. Se sintió entristecido por eso, no sabía muy bien porque, quizás estaba preocupado pues ella no sentía muchas ganas de seguir viviendo y era posible que volviera a intentar lo que él había evitado; de todas formas, ya no podía hacer nada. Respiró el frío aire de la mañana y se acordó de su familia, y sintió el deseo irrefrenable de correr hacia ellos y abrazarlos y sentir todo ese amor que hasta entonces le había sido negado.
Recordó el rencuentro con su madre, el abrazo interminable en el que se sumieron y las lágrimas que ambos derramaron, sus primeras lágrimas y le sorprendió comprobar que tenían sabor a sal. Ese día lo pasó con ellos, riendo con las historias de sus hermanas, hablando con su padre sobre ciertas ideas que había tenido para mejorar la granja. Sentía un calor muy dentro de él, algo que nunca antes había sentido. Caía ya la tarde cuando se dirigió al pueblo para visitar a algunos de sus antiguos compañeros de clase, que se alegraron mucho de verlo sonreír y tomando unas cervezas en la taberna les contó lo que le había pasado. Estaba tremendamente feliz, pero recordó que no podía quedarse demasiado en el pueblo, todavía pesaba sobre él la sombra de un delito que no había cometido y tenía que mantenerse escondido. Eso le hizo conocer por primera vez la ira, contra todos aquellos que lo habían condenado sin ni siquiera haberle dado la oportunidad de defenderse.
Regresó al bosque y a la cabaña de Molly, a su vida que ahora sentía monótona y aburrida. Tenía nostalgia de sus estudios, se había sentido seguro entre sus números y sus estrellas.
Y por entonces empezaron los sueños. Soñaba con la joven desconocida, y se levantaba con una extraña opresión en el pecho. Le habló de sus sueños a Molly, y también de la extraña melancolía que sentía, y de que a pesar de no saber ni su nombre, la recordaba perfectamente, cada pequeño detalle de su aspecto, como las pequeñas pequitas que adornaban sus mejillas o sus ojos de un verde tan profundo como el mismo bosque.
Le contó su preocupación por ella, le asustaba que hubiera vuelto a intentar acabar con su vida, o que ya lo hubiera hecho. La anciana y sabia curandera le tranquilizó diciéndole que si a ella le hubiera pasado algo malo él lo sabría… lo sentiría en su corazón; pero le aconsejó que si tanto le importaba la muchacha, debería ir a buscarla.
Y así lo hizo, durante meses recorrió todos los pueblos y pequeñas ciudades de los alrededores sin hallar ni una pequeña pista del paradero de la que tanto deseaba volver a ver. Al final, desanimado, volvió a su hogar, con un sentimiento de fracaso y tristeza en su corazón. Se había resignado, no volvería a verla jamás.
Pero al llegar a casa le esperaba una sorpresa. En su ausencia se había recibido una extensa carta de uno de sus profesores de la Universidad, un anciano profesor de matemáticas, sabio y de buen corazón. En ella le relataba que después de muchos esfuerzos por parte de varios de sus compañeros y de algunos profesores, habían conseguido que la verdad saliera a la luz y que la hija de su antigua patrona confesara que lo había acusado por despecho; por lo que habían dejado de perseguirlo y podía volver a sus estudios. Es más, le ofrecía alojamiento en su casa, donde su esposa y él estarían encantados de recibirlo.
Y allí estaba ahora, en una hermosa habitación abuhardillada, contemplando los tejados y perdido en sus pensamientos. Estaba feliz por volver al mundo al que pertenecía, a estudiar los planetas y a sus números perfectos; pero sentía que le faltaba algo, sobretodo después de esos sueños. Cada noche igual, soñaba con la muchacha tendida en la nieve, dormida; quería correr a despertarla pero sus pies no le obedecían y la joven se volvía una figura de hielo que se derretía ante sus ojos.
Pero se le hacía tarde, las clases no esperaban por nadie, y apenas tenía tiempo de terminar de vestirse, tendría que marcharse sin desayunar. Se pararía por el camino, le habían hablado muy bien de una pequeña pastelería cerca de la universidad. Hoy se concedería un pequeño capricho, quizás un dulce le quitara la amarga sensación que le dejaban los sueños.
Nada más entrar en el establecimiento, su corazón empezó a latir descontroladamente sin motivo que lo justificara, y una alegría inmensa inundó todo su ser, empezó a reír como nunca en su vida lo había hecho. Toda la clientela que llenaba el obrador en ese momento le miró con reprobación pero justo en ese momento salía la dependienta de la trastienda, llevaba las manos ocupadas con unas bandejas de pasteles que le habían pedido e iba absorta en sus quehaceres. Al verla sintió que se le paraba el corazón… allí estaba la generosa desconocida que le había cedido parte de su corazón. Corrió hasta el mostrador, apartando a cuantos se interponían en su camino, hasta llegar a su lado. En cuanto sus miradas se cruzaron, se reconocieron mutuamente y fue como si el mundo se hubiera parado en torno a ellos. Un sentimiento cálido los envolvió, ella dejó las bandejas en el mostrador y corrió a fundirse en un abrazo con aquel que le había devuelto a la vida.

El corazón compartido (3ª parte)

Un año ha pasado desde aquel día en el que dos perfectos desconocidos decidieron compartir un corazón. Parece mentira, se dijo para sí la joven. Y desde ese día sus vidas habían seguido caminos diferentes. Después de un extraño ritual realizado por Molly, la curandera del bosque, donde gracias a una magia arcana y casi tan antigua como la misma tierra, los dos jóvenes compartieron el mismo corazón. Al terminar el conjuro la anciana les dio a beber una potente poción somnífera, último paso para lograr el milagro.
Recordó aquella mañana. Al despertarse, se sintió un poco extraña, no sentía la inmensa pena que la había llevado a tomar tan drástica decisión, sólo sentía como un recuerdo lejano. Miró al joven que todavía dormía a su lado, le dio un suave beso en la mejilla, le susurró al oído un deseo de buena suerte y se marchó de la cabaña y del bosque para siempre. No sabía donde le llevarían sus pasos, pero se dio cuenta que eso no le importaba, se había descubierto una nueva fuerza interior, buscaría un lugar donde volver a empezar su vida, no le asustaba el trabajo duro y gracias a las dulces monjitas que la habían cuidado desde que era un bebé, podía buscar trabajo. Se decidió por ir a una gran ciudad, donde sería más fácil encontrar una buena colocación. Tuvo suerte, y al dejar el bosque y regresar al camino que conducía al pueblo pasaba por él un carro con una familia de granjeros que se dirigían a la ciudad, pues era día de mercado y querían vender sus cosechas y obtener un mejor precio que si las vendieran en el pueblo. Los granjeros le ofrecieron llevarla a la ciudad, la vieron tan frágil e indefensa, sola por el camino, tenían una hija que sería como ella y jamás la dejarían que fuera sola así por el mundo. Durante el largo viaje, les contó su historia y descubrió que podía hablar de ello sin romper a llorar, y se sintió feliz por primera vez en meses. La matriarca de la familia se apiadó de la pobre huerfanita, que tan mal la había tratado la vida, y quiso ayudarla, en la ciudad a la que se dirigían vivían unos parientes lejanos que regentaban una pastelería, les pediría que le dieran trabajo.
Al llegar al mercado, la muchacha se quedó a ayudarles a vender su mercancía, pues ellos habían sido tan amables de traerla. Fue un día muy divertido para ella, le gusto ese contacto con tanta gente y tan diversa, descubrió que se le daba bien tratar a la gente; y al llegar el ocaso y ayudar a desmontar la parada a sus nuevos amigos, porque la verdad es que a esas alturas consideraba a esa bondadosa familia como sus únicos amigos, sintió una poco de pena, pero las sorpresas en ese día no terminaban todavía… la señora quería que la acompañara a visitar a uno parientes que quizás podrían darle trabajo… no podía creérselo, de repente su suerte empezaba a cambiar, la gente era amable con ella en lugar de hacerle la vida imposible.
En la pequeña pastelería les esperaba un matrimonio ya mayor, les recibieron con mucho cariño, y les ofrecieron unas golosinas. Tras las frases de cortesía tradicionales, el amable pastelero le ofreció un trabajo en su negocio, pero le advirtió que eran tiempos duros y que su sueldo no sería muy elevado; pero que podría quedarse con ellos y dormir en la que fuera la habitación de su hija. No se lo pensó dos veces y aceptó encantada, los dulces eran la especialidad de las monjas y a ella siempre se le dieron muy bien todo tipo de golosinas y pasteles.
Se despidió de sus amigos con lágrimas en los ojos, pero esta vez eran de felicidad, prometió escribirles a menudo y ellos prometieron venir a verla los días que vinieran al mercado.
¿Por qué se habría puesto a recordar eso justo esta mañana? No lo sabía, hacía mucho tiempo que no pensaba en eso. Su vida ahora era tan diferente que a veces creía que era otra persona, que quizás sí que una parte de ella murió en aquel extraño bosque y que volvió a nacer al llegar a esta ciudad y a su nueva vida.
Ahora era feliz, tenía una vida tranquila. Seguía viviendo con los pasteleros, que no la trataban como una empleada sino como una segunda hija que la vida les había regalado. El negocio subía como la espuma, en parte gracias a los deliciosos dulces que preparaba, sobretodo una receta de su propia invención, el bizcocho de almendras, el dulce que más les pedían… pero si incluso algunos nobles le habían pedido que cocinara para ellos. Se sentía halagada pero declinaba todas las ofertas que le hacían, por muy tentadoras que fuesen, jamás abandonaría a los que consideraba como los padres que nunca tuvo.
Pero a veces tenía extraño sueños, sueños que apenas recordaba al despertar. Sueños que la dejaban melancólica y un poco triste. Y durante ese día sentía unos pinchazos en el corazón, no eran realmente dolorosos, mas bien como esas molestias de las cicatrices que no terminan de curar. Al día siguiente todo volvía a la normalidad, por eso no le daba mucha importancia, claro que últimamente eso ocurría con más frecuencia. Se sorprendió pensando en aquel joven tan extraordinario que le salvo la vida en aquella noche fría. Pero tenía mucho trabajo que realizar y lo desechó de su mente.
Lo que ella no podía saber es que en ese momento, más cerca de lo que ella creía, él también estaba en ese momento pensado en ella. También se había despertado recordando lo acaecido aquel día. Y sentido esos pinchazos en el corazón…