Annie’s song

Ya es viernes. Seguro que muchos de vosotros estábais deseando que llegara este momento para llegar a casa y relajaros al pensar que por delante hay dos días de descanso. Dos días para disfrutar de la vida, de la familia y sí, por supuesto que sí, del amor.
Así que hoy voy a dejaros una preciosa canción. Una de mis favoritas. Se titula Annie’s song y es de John Denver. Una canción que compuso para Annie, su esposa. Toda una declaración de amor.
Porque en amor nunca hay que dar nada por seguro. Porque es como una planta que hay que regar y cuidar cada día para que no se marchite. Para que crezca fuerte. Porque a veces olvidamos de decir a esa persona lo mucho que la amamos. Y cuando digo decir, no me refiero sólo a las palabras. Me refiero sobretodo a ese otro lenguaje, mucho más rico que el verbal, el lenguaje de los gestos, de las caricias, el lenguaje de los sentimientos.

Disfrutad de esta preciosa canción.

Canción para Annie (Annie’s song. John Denver)

Tu llenas mis sentidos
como una noche en el bosque.
Como las montañas en Primavera,
como un paseo bajo la lluvia.
Como una tormenta en el desierto,
como un soñoliento océano azul.
Tú llenas mis sentidos,
ven y lléname otra vez.

Ven y déjame amarte,
deja que te ofrezca mi vida.
Déjame ahogarme en tu sonrisa,
déjame morir en tus brazos.
Déjame reposar a tu lado,
déjame estar siempre contigo.
Ven, déjame amarte,
ven y ámame otra vez.

Déjame ofrecerte mi vida.
Ven, permíteme amarte.
Ven, ámame de nuevo.

Tú llenas mis sentidos
como una noche en el bosque.
Como las montañas en Primavera,
como un paseo bajo la lluvia.
Como una tormenta en el desierto,
como un soñoliento océano azul.
Tú llenas mis sentidos,
ven y lléname otra vez.

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Un ángel muy especial.

A veces, cuando más lo necesitas, se cruzan en tu camino personas que te cambian la vida. Que se convierten en tus ángeles protectores. Que te brindan apoyo y cariño, que se convierten en tu brújula y tu guía cuando no encuentras salida. Que iluminan tus horas más oscuras. Porque hasta las hadas necesitamos a veces que nos cuiden y protejan. Por eso quiero contaros la historia de mi “ángel”.
Cuando nos conocimos yo era una pobre hada perdida en un mundo demasiado frío y gris. Sin brillo, con el alma fría y gris. La magia me había abandonado. Él me recogió y no se muy bien como pudo descubrir en mi esa pequeña chispa de brillo que tan profundamente se ocultaba entre tanta frialdad. Y gracias a sus cuidados y su amistad, poco a poco, volví a ser la misma hada silvana, traviesa y atrevida, que salió de su bosque natal para vivir mil aventuras. He de decir que no fue nada fácil. Una vez el hielo lastra las alas de las hadas es difícil que éstas puedan volver a volar. Se necesita mucho tiempo y mucho cariño, y también confianza en ti misma, algo de lo que no andaba muy sobrada. Pero allí estaba él, enseñándome a volar de nuevo y ayudándome a levantarme después de cada caída. Y por fin una mañana volví a sentirme viva y feliz. Supe que era el momento de partir, de volar en pos de nuevas aventuras. Él también había adivinado que había llegado el momento de dejarme partir. Me regaló un pequeño colgante en forma de estrella. Para que siempre recordara que los amigos son como las estrellas, que no siempre puedes verlas pero que siempre están ahí. ¡¡Cómo si necesitara algo para recordarlo!! Me había regalado algo mucho más valioso, su amistad, su cariño y un pedazo de su corazón. Le prometí que pasara lo que pasara, por muy lejos que volara, siempre volvería a visitarlo y a contarle mis aventuras. Y los mejores relatos e historias que escuchara en mis viajes. Y cada madrugada, mientras él aún duerme, me cuelo por su ventana y le soplo un poquito de polvo de hadas para iluminar su mañana y que la suerte le acompañe en su camino.

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Rinconcito poético IV


Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

Lope de Vega.

Siete.

Supongo que os preguntaréis el porqué de que un número titule una de mis entradas. Algo particularmente raro teniendo en cuenta mi odio casi visceral hacia los números y las matemáticas. Bueno, para ser más exacta debería haberla titulado “Séptimo”. Pero supongo que me he dejado llevar por la magia y la fama del número 7. Siete son las maravillas de la antigüedad, los días de la semana, los enanitos de Blancanieves, siete son las estrellas que componen Las Pléyades, siete eran las cabritillas del cuento. Y ayer 25 de Abril se cumplían 7 años de la operación en que me extirparon el sarcoma sinovial de mi pierna izquierda. El día que cambio para siempre el aspecto de mi pierna. El día que volví a nacer.
Esta entrada quería haberla publicado ayer. Pero he tenido un fin de semana muy movido y no ha podido ser. Pero quería compartir con vosotros esta fecha tan importante para mí. Porque estos siete años se me han pasado volando. Parece que fue ayer que estaba ingresada, esperando el día de la operación. Me ingresaron el 8 de abril de 2003. La operación estaba programada para el día 10, pero una inoportuna infección aconsejo retrasarla hasta el día 25. Y hasta entonces reposo absoluto y antibiótico por vía venosa. Y pasar la semana santa en el hospital. Un horror pensaréis. Pues no, me lo pasé muy bien. Me divertí mucho. Tenía una compañera de habitación estupenda y divertidísima. María, una abuelita encantadora a la que le habían puesto prótesis de cadera y rodilla, siempre estaba alegre y congeniamos enseguida. Nuestra habitación siempre era la más ruidosa. Y sus familiares también eran encantadores. Y que voy a decir del personal sanitario de la segunda planta del hospital traumatológico de Vall d’Hebrón. Excelentes profesionales y mejores personas. Me trataron como una reina. Me sentí muy mimada.
De la operación guardo muy gratos recuerdos. Me pasaron a quirófano a las 11:00. En la antesala me esperaba mi doctor, con su bata naranja de quirófano y su gorro de Piolín. Recuerdo que me hizo mucha gracia y le comenté que llevaba un gorro muy bonito a lo que me contestó que era su gorro de la suerte. Me sentí como en un episodio de Urgencias, pues en EEUU es habitual que los cirujanos lleven gorros de colores y dibujos (por suerte mi médico es mucho más agradable y simpático que el dr. Romano). Y recuerdo a la anestesista, una doctora muy simpática. Me pusieron anestesia epidural, y lo recuerdo muy bien, porque para ello me tuve que recostar sobre un auxiliar que era guapísimo, creo que ni siquiera sentí el pinchazo en la columna, los ojos de ese muchacho me sirvieron de anestesia. No quería dormirme, así que cuando empecé a sentir los efectos de la sedación, luché con todas mis fuerzas para no dormirme… y no me dormí. Eso sí, era como si hubiera cogido un cuelgue monumental. Me pasé toda la operación hablando con la anestesista (que debió maldecirse por no haber puesto una dosis mucho mayor de sedante)y no me puse a cantar o a contar chistes malos porque no me dio por ahí. Y recuerdo que cuando terminaron de operar, mi cirujano estaba eufórico. Me dijo que todo había ido muy bien, mejor de lo que se esperaban. Claro que faltaba el veredicto del análisis del tumor.
Lo bueno de la anestesia epidural es que sales de quirófano consciente y bien. Así los familiares te ven estupenda y el suspiro de alivio es general. Así me recibieron mis padres y hermanos cuando me sacaron del quirófano para llevarme a reanimación. ¿Reanimación? pensé yo… ¡¡¡pero si estoy muy animada!!! Pues sí, me llevaron a reanimación, la sala donde estás controlada hasta que pasan los efectos de la anestesia. Un horror, cada 5 minutos se activaba el tensiómetro y te apretaba el brazo, y encima tenía esa pantallita que indica el ritmo cardíaco y el pulso. Lo dicho, como si estuviera en un capítulo de cualquier serie de médicos que se precie. Pero sin George Clonney, que pena. Por suerte tenía una pequeña ventanita al lado de la cama desde la que podía ver el Tibidabo. Y cada 5 minutos un internista que te preguntaba si notabas algo. Recuerdo que una de las veces que vino me preguntó si podía mover las piernas. Cómo no se me había ocurrido probar de mover nada, le dije que no había probado. Me pidió que moviera la derecha (por motivos obvios la izquierda quedaba descartada de esa prueba) y casi le doy una patada, porque como creía que seguía dormida la levanté con más fuerza de la que hubiera sido necesaria. Eso le convenció de que ya estaba para que me pasaran a la habitación.
Eran sobre las 17:00 cuando llegaba a mi habitación, la hora de merendar. Así que pedí algo de comer, y para mi sorpresa me sirvieron un zumo. Ventajas de la epidural.
Pero lo que mejor recuerdo de ese día fue que uno de los médicos, quizás con el que más confianza tenía, me dijo que me dolería más la zona donde me habían quitado piel para el injerto que la operación en sí. A mí me hizo mucha gracia, me habían quitado como unos 10 cms de gemelo ¿cómo podría doler más una zona en la que sólo habían quitado una fina capa de epidermis?. Pues sí, el médico tenía toda la razón ¡¡¡no veas como dolía ese puñetero cuadradito!!! Bueno, tampoco hay que exagerar, tampoco necesite demasiados calmantes. La recuperación fue muy rápida. A los siete días de operarme me dejaron levantarme y utilizar una silla de ruedas. Un modelo “tuneado” con una tabla para poder llevar las piernas estiradas. Y recuerdo que poder levantarme de la cama y recorrer los pasillos fue todo un logro. Le cogí el truco en seguida y alcanzaba velocidades increíbles. ¡¡¡Me llamaban el Terror de los pasillos!!! Y por fin el 8 de Mayo pude ponerme de pie y dar mis primeros pasos. Recuerdo que estaba mi madre conmigo en la habitación y que cuando el médico me dijo que me levantara y andara me sentí como Lázaro. Y recuerdo que el dolor al estirar por primera vez mi pierna operada fue muy fuerte. Pero dar aquel primer paso me emocionó tanto que me puse a llorar. De ilusión y también de alivio, de saber que volvería a caminar, por mucho que doliera. Y al día siguiente me dieron el alta. Salía del hospital tras un mes y un día de hospitalización.

Y el resto ya es historia.

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Día de Sant Jordi, día de la Rosa.

Hoy, día de Sant Jordi, patrón de Cataluña, es tradicional regalar rosas. De hecho, la mayoría de parejas catalanas es hoy cuando celebran su día de los enamorados. La tradición de regalar rosas viene de antiguo. Según cuenta una leyenda, un dragón atemorizaba a la villa de Montblanc. Para aplacarlo cada día se sorteaba quien debería sacrificarse para aplacar al dragón. Un día le tocó a la princesa ser sacrificada. Pero San Jorge, que pasaba por allí, le clavó su lanza al dragón, salvando a la princesa. De la sangre derramada por el dragón surgió un bello rosal de rosas rojas. De ahí la costumbre de que los hombres regalen la rosa, no sólo a sus parejas, también a sus hijas, madres y hermanas. Incluso algunos jefes la regalan a sus empleadas.

Como a mi me gustan mucho las tradiciones, he decidido regalaros una rosa a todos vosotros, en señal de afecto y amistad. Sólo tenéis que cogerla, es vuestra.

Feliz día de Sant Jordi para todos.

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Lyra.

Desde el blog de Abedul nos animan con una iniciativa curiosa y diferente. Publicar la sexta entrada de nuestros blogs, para conocernos un poco mejor. Me ha parecido original y divertido así que aquí os dejo la sexta entrada que publiqué. Un cuento llamado Lyra. Un cuento muy especial para mí, pues es uno de los primeros que escribí. Lo hice para regalárselo a unos amigos míos que celebraban su aniversario de boda. Espero que os guste.

Lyra.

Esta es la historia de Lyra, mi hermana del alma y mi mejor amiga en el bosque donde nacimos. Abandonamos juntas nuestro país para visitar vuestro mundo. Una vez allí ella eligió un pequeño pueblecito situado en un hermoso valle alpino, un lugar muy pintoresco y acogedor. Le encantaba pasearse por sus callejuelas, observando a sus habitantes, siguiendo sus vidas. Así conoció a una pareja de ancianos, que vivían en una encantadora casita, toda cubierta de flores trepadoras. Le encantaba observarlos pues entre ellos se veía tanto amor y afecto en cada uno de sus gestos y sus miradas, que Lyra quedo fascinada por ellos. Sobretodo le encantaba verlos despertar, pues cada día él la despertaba de la misma manera, le decía “buenos días mi estrella” y la besaba con un amor, una ternura que desarmaba… Estaba tan emocionada con ellos que poco a poco fue acercándose más a la casita, descubriendo con sorpresa que los ancianos la podían ver, y además la invitaron a entrar en su casa y compartir su desayuno. Les contó su historia, les habló del bosque donde nació, de sus hermanas, de como sentía que le faltaba algo, que tenía como un vacío en su interior. Ellos se sonrieron, sabían perfectamente que es lo que el hada andaba buscando, porque ¿de qué sirve la inmortalidad si no tienes a alguien a quien amar? Le ofrecieron quedarse con ellos por un tiempo, y ella encantada se quedó.

Aprendió con ellos muchísimas cosas sobre los mortales y sus sentimientos, y con cada día que pasaba en la compañía de los ancianos, iba deseando, cada vez con más intensidad volverse mortal. Así llegó el otoño, la época dorada de todas las hadas silvanas, y llegó de visita al pueblo Kaspar, un joven escritor, sobrino de la pareja de ancianos. Atravesaba una crisis creativa, se sentía vacío y seco por dentro, por eso creía que pasar una temporada en el campo le serviría para recuperarse, físicamente al menos.

Kaspar era un joven tremendamente tímido y reservado, soñador empedernido, con el cabello del color del trigo y dulces ojos color miel. Adoraba a sus tíos, a los que consideraba como sus padres, pues estos habían muerto cuando apenas era un niño y el había vivido con ellos desde entonces; aunque tuvo que marcharse a una gran ciudad para estudiar y conseguir su sueño de ser escritor, siempre volvía a la que consideraba su casa, por lo menos una vez al año. Estaba un poco preocupado porque sus tíos se hacían muy mayores y estaban solos, pero aunque había intentado convencerlos de que se fueran a vivir con él a la ciudad, ellos se negaban en rotundo a dejar su casita y su valle. Por eso al conocer a Lyra, se sintió agradecido al ver la solicitud y el cariño con que trataba a sus seres queridos. En seguida se acostumbró a ver su sonrisa cada mañana, cuando bajaba a desayunar y la encontraba cantando y preparando alguna de las sabrosas tartas que tanto le gustaban. Se sorprendió deseando pasar más tiempo a su lado, él que se había refugiado en esa casa para alejarse de todo contacto humano, ahora ansiaba de su compañía, se sentía muy bien cuando estaban juntos, no sabía si era por la calidez de su sonrisa o por sus ojos dorados y brillantes que parecían dos pequeñas estrellas que inundaban todo con su luz, o la musicalidad de su voz, alegre y cantarina, o por su risa que siempre terminaba contagiándole y haciéndole reír como no lo había hecho en meses; pero gracias a todo eso cada noche, cuando volvía a su habitación, era capaz de plasmar en un papel nuevas historias que volvían a cobraban vida en su cabeza. Y que puedo decir de Lyra, que en cuanto conoció a Kaspar, tan triste y desvalido, hizo todo lo posible por ayudarlo, consolarlo y sobretodo inspirarlo, pues está en nuestra naturaleza de hada ayudar a todo el que lo necesita. Cada mañana se despertaba muy temprano, pensando que nuevas delicias cocinaría para él, al que tanto parecía gustarle sus dulces, recogía las últimas flores del otoño para adornar su habitación; sin apenas darse cuenta, aquel vacío que sentía en su corazón fue llenándose, se sentía feliz cuando por las noches después de cenar, cuando los ancianos se retiraban a descansar, se quedaban hablando y Kaspar le contaba mil anécdotas de su niñez en el valle que la hacían reír como hacía siglos que no lo hacía.

El otoño fue pasando, llegó el invierno y con las primeras nieves Lyra y Kaspar se veían obligados a pasar más tiempo juntos, pues el mal tiempo no dejaba a Kaspar realizar los largos paseos a los que tanto se había aficionado; pero no le importaba, estar con Lyra era fascinante. Le gustaba ayudarla en la cocina, intentaban amasar un nuevo dulce, pero terminaban llenos de harina y riéndose como niños. Los ancianos los miraban y se sonreían, les alegraba verlos tan felices, estaba claro que entre ellos había nacido un sentimiento muy profundo aunque ninguno de los dos quisiera reconocerlo.

Por eso la anciana decidió hablar con Lyra, y una mañana mientras Kaspar había ido a buscar leña para el hogar, le preguntó que sentía por su sobrino. Lyra, al principio se sintió muy extrañada por esa pregunta, no sabía que contestar. Le dijo que solo había tratado de ayudar a Kaspar, que le dio tanta pena cuando llegó, había tanta tristeza en sus ojos, que la había conmovido, pero en seguida fue consciente que había algo más, ¿Cuánto tiempo hacía que no había vuelto a pensar en su bosque, ni en volver al país de las hadas? En ese momento fue consciente que estaba profundamente enamorada del joven escritor, que no deseaba volver a su mundo, que quería pasar el resto de su vida junto a él. Así se lo confesó a la anciana entre lágrimas, pues en ese instante también sintió el temor y la incertidumbre de que él no sintiera lo mismo por ella. Justo en ese instante entró Kaspar, y al verla llorar fue corriendo hacia ella, abrazándola y consolándola como si de un bebé se tratara, preguntándole que le pasaba, extrañado pues nunca la había visto llorar y esa visión se le había clavado en el corazón. Ella apenas podía hablar, sólo sollozaba entre sus brazos y en ese momento decidió hacer lo que llevaba mucho tiempo deseando hacer, besó sus labios, tan suaves y bellos como alas de mariposa. Al separarse, Kaspar se encontró de frente los ojos de Lyra, más brillantes que nunca y una amplia sonrisa dibujada en su cara.

Esa primavera se casaron, y yo fui su dama de honor. Fue una boda sencilla y bonita, y debo decir que lloré durante toda la ceremonia, de emoción pero también un poco de pena. Lyra había renunciado a sus alas, a su inmortalidad por vivir una vida mortal junto al hombre que amaba, eso significaba que un día nos separaríamos definitivamente. Y así se lo dije la noche antes de su boda, la última noche que pasó en nuestro bosque natal, pero ella me aseguró que nunca estaríamos separadas, porque dentro del corazón de cada una vivía un trozo de la otra, y eso nadie podría quitárnoslo.

La última vez que los visité, eran unos ancianitos tan unidos y enamorados como aquella vez… pero ahora rodeados de toda una familia numerosa, cuatro hijos y diez nietos que esperan emocionados las visitas de su “madrina”