Rinconcito romántico V

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la humana ciencia no descubra
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a do camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

Gustavo Adolfo Bécquer.

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Dana

Dana se sentía feliz. Por primera vez en su vida podía sentirse así. Su nueva familia era encantadora. Llevaba un mes con ellos y su vida había dado un cambio increíble. Y para mejor, algo a lo que no estaba acostumbrada. Gracias a ellos había descubierto lo que eran las caricias y los mimos. Y sentirse querida. Una sensación maravillosa. Algo que no había sentido desde que era un cachorrillo. Su vida no había sido nada fácil. Aunque al principio, cuando era una pequeña bolita de pelo blanco, había creído que todo sería cariño y felicidad, en seguida descubrió que en lugar de mimos y caricias sólo recibiría gritos, castigos y malos tratos. Hasta que un día la abandonaron en una carretera. Casi fue un milagro que no muriera atropellada en aquel lugar. Pero consiguió alejarse de aquella trampa mortal y se adentró por los campos.
Hambrienta, cansada y herida, llegó a un pueblecito. Allí tuvo suerte y unos niños que jugaban en la calle la vieron y apenados por su triste aspecto, la llevaron a su casa. Allí la alimentaron e incluso curaron sus heridas. Pero no podía quedarse allí. El asma de uno de los niños lo impedía. Pero por suerte para Dana, en las afueras del pueblo unas chicas habían creado un refugio para animales abandonados. Allí la llevaron con la esperanza de que ellas pudieran encontrarle un nuevo hogar. Los niños lloraron al despedirse de la perrita. Y Dana también lloró, habían sido muy buenos con ella.
En el refugio conoció a otros animales en su situación. Algunos muy malheridos, viejos o enfermos. Las cuidadoras luchaban, con muchas dificultades y muy poca ayuda, por cuidarlos y buscarles un buen hogar. Y así fue como conoció a su nueva familia, una pareja joven . Lo suyo fue “amor” a primera vista. Quizás por la bondad que trasmitían. O por las miradas de complicidad y cariño entre ellos. O por la ternura de esas primeras caricias que le dedicaron. Pero lo cierto es que en ese momento supo que quería ir con ellos. Y ellos ya no pudieron dejarla allí. Le hicieron un hueco en su casa, en su corazón y en su vida.
Ahora, un mes después, se había convertido en la “reina” de la casa. Empezaba a ser una perrita feliz, mimosa y traviesa. Pero lo mejor de todo fue descubrir que las manos también servían para dar cariño y no para lastimar, como hasta ahora había conocido.

Reencuentro (Homenaje a Antoine de Saint-Exupéry)

Hace unos días, visitando el blog de mi amigo Canoso y su interesante post sobre el doodle con el que google conmemoraba el nacimiento del autor de El Principito, se me ocurrió este pequeño relato. Mi humilde homenaje al escritor de uno de los libros que más marcó mi infancia y que me enseñó a no olvidar nunca la niña que fui.

Reencuentro.

Iba por su sexta puesta de sol. Se sentía algo melancólico. Algo que no le había pasado desde que regresó a casa. Recordar la sorpresa y la alegría de su rosa cuando le vio regresar hizo que esbozara una pequeña sonrisa. Había cambiado mucho, bueno todo su planeta lo había hecho. No, por suerte no habían crecido los temidos baobabs, ni los volcanes habían entrado en erupción; pero alrededor de su rosa revoloteaban algunas mariposas y estaba acompañada por algunas florecillas silvestres con las que conversaba animadamente, aunque por sus gestos se veía que no había perdido ese orgullo tan suyo… ¡¡¡era una rosa!!!. Pero cuando lo vio llegar, su cara cambió, y unas lágrimas mojaron sus bellos pétalos. “Has vuelto”, gritó emocionada, pero fue incapaz de decir nada más. Sólo podía sollozar. El principito se acercó a ella, y besó sus pétalos, sus ojos también anegados en lágrimas. Lágrimas de felicidad por estar en casa.
Desde aquel día, la relación entre ellos fue mucho mejor. El la cuidaba con esmero y ella ya no lo torturaba con sus caprichos. Pero cada noche, el principito miraba a las estrellas, buscando ese pequeño punto azul. Ese pequeño planeta de fuentes cantarinas, donde había dejado un amigo.
Y hoy lo añoraba más que nunca. No sabría decir porqué. Se había levantado como siempre. Había deshollinado los volcanes, soltado al pequeño cordero para que le ayudara a limpiar las malas hierbas. No había podido ponerle el bozal, pero cuando lo dejaba suelto, le ponía el globo de cristal a su querida flor. Quizás en ese momento recordó los esbozos del aviador y una punzada de nostalgia le embargó. Y se sentó a contemplar la puesta de sol.
Pero un rugido sordo, el sonido como de un motor girando, le hizo salir de sus pensamientos. Miró al cielo, buscando el origen de ese estruendo y se quedó mudo de asombro. Allí, surcando el cielo, estaba el avión de su querido amigo. El corazón le latía descontroladamente y su risa cantarina, esa que tanto gustaba al aviador, volvió a escucharse por todo el planeta.
Tras un perfecto aterrizaje, el aviador bajó de su nave, sonriendo feliz. Se fundieron en un cálido abrazo.
-Tenía que traerte la correa del bozal -le dijo a modo de saludo -no podía dejar que el cordero se comiera a la rosa.

Quiero agradecer muy especialmente a Sagitaire17, que con su comentario me dio la idea para este relato.

Rinconcito poético VII.

Hola de nuevo, mis queridos lectores y seguidores. Abro de nuevo el blog tras un pequeño paréntesis, y quiero hacerlo con una de las secciones que creo que más ha gustado: el rinconcito poético.
Pero primero quiero disculparme con todos vosotros por cerrar el chiringuito sin previo aviso. Y sin ni siquiera contestar a vuestros comentarios. Una descortesía imperdonable. Os debo una explicación. Mi vuelta al trabajo ha sido agotadora, no sólo físicamente, sino también aniímicamente. Necesitaba tiempo, alejarme un poco de todo, para volver a ser la misma. Además, tenía unos días libres, que he aprovechado para ir a la playa y cargar baterías. Algo que me ha ido muy bien, y ahora estoy un poco mejor.

Para estrenar esta nueva “etapa” os he preparado un poema precioso de uno de los grandes de la poesía en lengua castellana: Federico García Lorca. Quizás uno de sus más populares y conocidos romances, perteneciente al Romancero Gitano: el Romance sonámbulo. Espero que os guste.

Romance sonámbulo

A Gloria Giner y Fernando de los Ríos

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser, con
las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna por
donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde cama, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.