Publicado en minirelatos, trilogía de Nueva York

New York city. (trilogía de Nueva York 2)

Desde lo alto del Empire State, con el mundo a sus pies y la increíble vista de la ciudad, en lo único en lo que podía pensar era en sus profundos y tristes ojos azules. La echaba de menos, nunca creyó que tanto. Sólo podía pensar en la inmensa tristeza de aquellos maravillosos ojos cuando le dijo que no la amaba, que sólo sentía por ella aprecio y mucho cariño. No, no lloró, sólo le miró con sus inmensos ojos y se marchó. Sin una lágrima ni un reproche. Fue la última vez que la vio. La última vez que supo de ella. Hasta aquella fría y brumosa tarde de octubre. Cuando, por casualidad, supo que había fallecido. Una grave enfermedad de la que nunca le habló. Y allí estaba él. En lo más alto del Empire Estate, el lugar al que ella siempre quiso ir. Deseando haberle dicho la verdad aquella tarde. Haberle dicho que la amaba con toda su alma. Que estaba enamorado de ella como nunca lo había estado. Cerró los ojos y saltó.

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Publicado en minirelatos

Ella.

Se miró al espejo y le gustó su aspecto. Esos mechones grises, cada vez más abundantes, lejos de deprimirla (como a la mayoría de sus amigas) le hicieron sonreír. Pensó ilusionada que había heredado el precicoso tono plateado que tenía el pelo de su abuela. Se sentía feliz como hacía tiempo no lo había sido. Le había resultado muy difícil encontrarse a si misma. Escuchar su propia voz entre la multitud de voces a su alrededor. Sabía que había roto algunas reglas, había decepcionado a los que querían moldearla a su gusto. Pero había ganado una vida, su vida. Y se sentía bien consigo misma, con sus patas de gallo, sus canas y su sobrepeso. Se sentía atrevida y sensual como una chiquilla que vive su primera vez. Le sonrió al espejo, lanzándole un beso.

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Publicado en poesía

Rinconcito poético XI.

Nadie más que yo. (Rosana Arbelo).

En el mar mas profundo me guardo el sentimiento
y si el amor nos ata, lo esparcire en silencio
hare que la ternura te llegue entre las olas
y que el rocio del alba jamas te encuentre a solas
que la espuma te arrulle dormido entre mis brazos
y ser como la brisa besandote los labios y

oceanos en calma se haran en noches largas
mar calido, mar bravo, mar nuestro, mar salado
mareas en movimiento que en el peor momento
nos funda en un abrazo y sea el final del cuento
que no hay amor perfecto sin ti, y que asi

no habra nadie que te quiera mas que yo
dentro y fuera de esta tierra como yo
puede ser que no lo veas o talvez que no lo creas
bien lo sabe dios que en el mundo del amor
no habra nadie que te quiera mas que yo

en el mar mas profundo inventare mil sueños
que caigan lentamente como del mismo cielo
en tus ojos cariño, cerrados o despiertos
y en medio de los años hare que sean eternos
hare de mi un refugio cuando el dolor te duela
poruqe en lo mas hermoso tambien se tiene penas y

oceanos en calma se haran en noches largas…
no habra nadie que te quiera mas que yo

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Publicado en cuentos de hadas

Violeta.

Violeta abrió su ventana, juraría que había visto algo brillante posarse en ella. Pero, seguramente era otro copo de nieve. “Quizás si que mamá tenga razón y las hadas no existen” pensó entristecida. Volvió a cerrarla antes de que el calor de la habitación se evaporara. Vivía en una pequeña buhardilla, junto a su madre. Su padre las había abandonado antes de que ella naciera, aunque su madre siempre decía que era viuda. No solían contratar a una madre soltera y ella necesitaba el trabajo para mantener a su hija. Su familia la había repudiado cuando se quedó embarazada. Ni siquiera habían querido conocer a la pequeña. No es que le importara. No se arrepentía de lo que había hecho. Le había amado con toda su alma. Él la había hecho más feliz de lo que había sido nunca. Pero le faltó valor para romper con lo establecido. No le juzgaba. Le había regalado algo maravilloso, su pequeña Violeta. Una niña traviesa y cariñosa que creía en los cuentos de hadas que le contaba su casera. La anciana dama vivía sola y se apiadó de ella, ofreciéndole ser su dama de compañía. Ella se había quedado viuda muy joven y comprendía por lo que estaba pasando. Por eso les ofreció la buhardilla como vivienda.
La anciana adoraba a la pequeña. Su hijo vivía en la India y apenas podía ver a sus nietos, Violeta era para ella como una nieta. La mimaba , le contaba fantásticas historias de lagos encantados y tesoros escondidos donde nace el arco iris. Pero las historias que más le gustaban eran las de hadas. Soñaba con ver uno de esos seres fantásticos. Le sonrió con cariño. Se desanimaba cuando creía que había visto una y resultaba no ser así. La consoló diciéndole que hacía mucho frío para que las hadas volaran. “El frío invierno de Londres no es bueno para ellas” le dijo.
Pero de repente, también ella creyó ver algo brillante junto al cristal. Algo que parpadeaba y que no podía ser un copo de nieve. Corrió a la ventana y la abrió con cuidado. Sí, allí había algo pequeño y brillante que temblaba de frío. Con mucho cuidado, lo cogió entre sus manos, y cerrando la ventana, lo depositó encima de la mesa.
-¡¿Es un hada?! -preguntó Violeta, esperzanzada.
Lo era. Y parecía muerta de frío. Sin perder tiempo, la cubrieron con una pequeña mantita de lana, y pusieron un tronco más en la estufa.
Poco a poco fue abriendo sus ojitos, dorados y brillantes. Una ligera sonrisa se dibujó en su boca y abrió sus preciosas alas transparentes y brillantes. Tras un pequeño vuelo por la habitación, mirando curiosa todos los objetos que había, se posó en la mesa y les agradeció su bondad con una graciosa reverencia, que hizo reír a su niña. El hada les contó divertidas historias de su país. Historias que Violeta escuchaba asombrada, hasta que el sueño la venció y se quedó dormida encima de la mesa. La llevo a su cama, y junto a ella también se acurrucó el hada.
A la mañana siguiente, al despertarse, vio la ventana abierta. Se había marchado, pero junto a su niña había dejado un pequeño objeto. Era una pequeña bolsa que brillaba como si contuviera la más pura luz. Al lado, una breve nota de despedida. Les daba las gracias y les dejaba un regalo, la llave a su mundo.

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As long as you’re mine.

Se sentía como presa de un hechizo. Su voz, dulce como la miel, la embrujaba y nublaba su razón y sus sentidos. Y sus ojos, dorados y brillantes, la hipnotizaban anulando su voluntad.
De repente, sus fríos labios se posaron en su cuello, en un beso tierno. Abandonada a su abrazo, sintió el leve pinchazo de sus colmillos afilados.

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Publicado en poesía

Rinconcito romántico VII.



RIMA LXXIII 

Cerraron sus ojos 
que aún tenía abiertos, 
taparon su cara 
con un blanco lienzo, 
y unos sollozando, 
otros en silencio, 
de la triste alcoba 
todos se salieron. 

La luz que en un vaso 
ardía en el suelo, 
al muro arrojaba 
la sombra del lecho; 
y entre aquella sombra 
veíase a intérvalos 
dibujarse rígida 
la forma del cuerpo. 

Despertaba el día, 
y, a su albor primero, 
con sus mil rüidos 
despertaba el pueblo. 
Ante aquel contraste 
de vida y misterio, 
de luz y tinieblas, 
yo pensé un momento: 

—¡Dios mío, qué solos 
se quedan los muertos! 

* 

De la casa, en hombros, 
lleváronla al templo 
y en una capilla 
dejaron el féretro. 
Allí rodearon 
sus pálidos restos 
de amarillas velas 
y de paños negros. 

Al dar de las Ánimas 
el toque postrero, 
acabó una vieja 
sus últimos rezos, 
cruzó la ancha nave, 
las puertas gimieron, 
y el santo recinto 
quedóse desierto. 

De un reloj se oía 
compasado el péndulo, 
y de algunos cirios 
el chisporroteo. 
Tan medroso y triste, 
tan oscuro y yerto 
todo se encontraba 
que pensé un momento: 

¡Dios mío, qué solos 
se quedan los muertos! 

* 

De la alta campana 
la lengua de hierro 
le dio volteando 
su adiós lastimero. 
El luto en las ropas, 
amigos y deudos 
cruzaron en fila 
formando el cortejo. 

Del último asilo, 
oscuro y estrecho, 
abrió la piqueta 
el nicho a un extremo. 
Allí la acostaron, 
tapiáronle luego, 
y con un saludo 
despidióse el duelo. 

La piqueta al hombro 
el sepulturero, 
cantando entre dientes, 
se perdió a lo lejos. 
La noche se entraba, 
el sol se había puesto: 
perdido en las sombras 
yo pensé un momento: 

¡Dios mío, qué solos 
se quedan los muertos! 

* 

En las largas noches 
del helado invierno, 
cuando las maderas 
crujir hace el viento 
y azota los vidrios 
el fuerte aguacero, 
de la pobre niña 
a veces me acuerdo. 

Allí cae la lluvia 
con un son eterno; 
allí la combate 
el soplo del cierzo. 
Del húmedo muro 
tendida en el hueco, 
¡acaso de frío 
se hielan sus huesos…! 

* 

¿Vuelve el polvo al polvo? 
¿Vuela el alma al cielo? 
¿Todo es sin espíritu, 
podredumbre y cieno? 
No sé; pero hay algo 
que explicar no puedo, 
algo que repugna 
aunque es fuerza hacerlo, 
el dejar tan tristes, 
tan solos los muertos.


Gustavo Adolfo Bécquer.







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She.




by Jasmine Becket-Griffith.

Le gustaba contemplarla así, dormida entre sus brazos. Su cara, pálida como la luna, reflejaba tranquilidad y paz; justo lo que ella había traído a su vida. Y luz, aún cerrados, sus enormes ojos azules seguían brillando. Besó sus párpados cerrados. Las estrellas que habían dado sentido a su vida. A veces se pasaba así casi toda la noche, viéndola dormir. Como si quisiera asegurarse que seguía allí, junto a él. Entonces la abrazaba con más fuerza, como si con sus brazos pudiera evitar que abriera sus alas y volara. Lejos de él, de vuelta a su mundo.

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