Noche de miedo.

En esta noche tan especial quiero compartir con vosotros uno de los relatos que más me han aterrado. Lo leí de niña y debo reconocer que muchas fueron las noches que me desperté por las horribles pesadillas que sus palabras me crearon. Y aún hoy en día, que he crecido y ya no me asustan las mismas cosas de entonces, aún sigo sintiendo ese estremecimiento en la columna cada vez que lo releo.

Ahora, sin más preámbulos, os dejo con:

El monte de las ánimas. (Gustavo Adolfo Bécquer)

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé…. en el monte acaso.

-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.

-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

Centenario del nacimiento de Miguel Hernández.

Hoy se conmemora el centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández. Y creo que la mejor manera de celebrar esta efemérides es con sus versos. He elegido las Nanas de la cebolla, porque creo que es uno de sus poemas más bellos.

Nanas de la cebolla. Miguel Hernández.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Rinconcito poético XIV.

Te amo. Pablo Neruda.

Te amo,
te amo de una manera inexplicable,
de una forma inconfesable,
de un modo contradictorio.

Te amo
con mis estados de ánimo que son muchos,
y cambian de humor continuamente.
por lo que ya sabes,
el tiempo, la vida, la muerte.

Te amo…
con el mundo que no entiendo,
con la gente que no comprende,
con la ambivalencia de mi alma,
con la incoherencia de mis actos,
con la fatalidad del destino,
con la conspiración del deseo,
con la ambigüedad de los hechos.

Aún cuando te digo que no te amo, te amo,
hasta cuando te engaño, no te engaño,
en el fondo, llevo a cabo un plan,
para amarte mejor.

Te amo…
sin reflexionar, inconscientemente,
irresponsablemente, espontáneamente,
involuntariamente, por instinto,
por impulso, irracionalmente.

En efecto no tengo argumentos lógicos,
ni siquiera improvisados
para fundamentar este amor que siento por ti,
que surgió misteriosamente de la nada,
que no ha resuelto mágicamente nada,
y que milagrosamente, de a poco, con poco y nada
ha mejorado lo peor de mí.

Te amo. (Pablo Neruda)

Te amo,
te amo con un cuerpo que no piensa,
con un corazón que no razona,
con una cabeza que no coordina.

Te amo
incomprensiblemente,
sin preguntarme por qué te amo,
sin importarme por qué te amo,
sin cuestionarme por qué te amo.

Te amo
sencillamente porque te amo,
yo mismo no sé por qué te amo.

Trilogía de Venecia 3: El palazzo encantado.

La luz del sol inundaba la habitación. Una habitación de lo que fue un típico palazzo ahora reconvertido en hotel. En ella un joven sentado frente al ventanal dibuja en su vieja libreta de esbozos. Lleva así desde el alba, el pequeño carboncillo sin parar de trazar líneas y más líneas, bocetos que intentan captar la belleza singular de un rostro. El rostro de una joven desconocida con la que pasó la noche más extraña y mágica de su vida. Pero sus dedos han perdido la práctica, hacía tanto que no cogían un lápiz o un pincel, que ninguno de sus trazos le convence, no se acercan siquiera a la belleza de la joven. Cerró los ojos por un momento, recordando todos los detalles de la noche anterior. Recordaba hasta el más mínimo detalle del precioso disfraz que llevaba. Muy costoso, eso seguro. Y antiguo, uno de esos vestidos renacentistas que solían vestir las damas en los cuadros de los grandes pintores venecianos. Pero lo que recordaba con más claridad era el rojo tan intenso de sus cabellos, casi parecían una hoguera encendida en lo alto de su cabeza. Casi tan rojos como sus labios, perfectos, resaltando con la blancura casi marmórea de su piel. Abrió los ojos, casi podía sentir en sus labios la dulzura de ese beso. ¡Hacía tanto tiempo que no besaba a una mujer! Pero no entendía porque ella había huido de él. Quizás la asustó. Había algo en ella, una especie de ingenuidad, casi como si de una niña se tratase. Corrió tras de ella, pero perdió su rastro en una pequeña plaza, justo delante de un bello palazzo, ahora convertido en un museo. Ni siquiera sabía su nombre. Derrotado, volvió al hotel cuando los primeros rayos de sol iluminaban el gran canal. Y empezó a dibujar su rostro. Para no olvidarla. Deseó no haber perdido su habilidad con el carboncillo, pero desgraciadamente los años que había pasado sin utilizarlo habían pasado factura. No había vuelto a pintar desde que su esposa se marchara. Se había sentido culpable por ello. Si ni hubiera dado tanta importancia a su arte y a su carrera habría sabido que ella no estaba bien. Pero siempre estaba en su estudio o de viaje en Nueva York, Londres o Tokio. Y ella nunca le hizo ningún reproche, al contrario, siempre le animaba, le decía lo muy orgullosa que se sentía de él. Hasta aquel fatídico día, hacía ahora cuatro años. Su exposición más importante, en el corazón de la gran Manzana. Todos los críticos y los medios rendidos a su arte. Y la llamada, en medio de toda esa vorágine, rompiendo su mundo en dos. Desde aquel día no había vuelto a pintar. Vendió su estudio. No quiso saber nada más de su obra. Se encerró en sí mismo, a solas con su dolor y su sentimiento de culpa. Hasta esa mañana. Se alegró de haberse dejado convencer para hacer ese viaje. Su hermano, preocupado por su estado y su salud mental, decidió sacar los billetes sin decírselo. La excusa, sorprender a su esposa, enamorada de Venecia, y pasar el carnaval en la ciudad de los canales. Se habría negado a ir, como había hecho anteriormente con todos los intentos de sacarlo de sí mismo, pero desde hacía unas semanas tenía extraños sueños con Venecia, sueños de los que apenas recordaba nada, sólo sombras enmascaradas que corrían por las estrechas callejas y de una sala bellamente decorada y una estatua de mármol.
Dejó la libreta en la mesa y decidió salir a buscarla. A la luz del día quizás encontrara algún rastro que le hubiera pasado desapercibido. Recorrió las mismas calles por las que había perseguido a la joven. Atravesó los mismos puentes. Llegó al lugar donde perdió su rastro. Era un bello edificio renacentista, convertido en un museo. Una cola de gente esperaba su turno para visitarlo. Recordando la extraña sala de sus sueños, pensó en visitarlo. No perdería nada. Una vez dentro, una guía les iba contando, con su voz monocorde, la historia del lugar. Les habló del rico mercader que construyó, que se volvió loco cuando su única hija se fugó con un pintos, y que terminó sus días en un asilo para lunáticos, gritando que la estatua de su hija tenía vida. Terminaba su historia abriendo la puerta doble, de madera finamente tallada. La puerta que daba entrada a una sala inmensa presidida por una estatua de mármol blanquísimo, la estatua de una joven de una belleza inigualable. Al pobre casi le da un vahído al verla. ¡Está en la sala que veía en sus sueños! Y esa es la estatua con la que soñaba. Pero lo que realmente hizo que su corazón casi llegara a dejar de latir fue comprobar que esos eran los mismos rasgos de la muchacha con la que había estado la noche anterior. Esos eran los labios que había besado. Se acercó a la estatua. Sólo un cordón de seda negra los separaba. Admiró la pureza y belleza de líneas de la estatua. Sin duda un gran escultor. Casi parecía que tuviera vida. Entendía porque el padre se había vuelto loco. Él estaba empezando a volverse loco también. Se quedó atrás mientras el grupo seguía visitando el museo y cuando se quedó solo, bajó a la sala. No quería irse de allí sin besar esos labios. Apartó el cordón que la protegía de los visitantes, se subió al pedestal y cerrando los ojos la besó, poniendo toda su alma en ese beso. Sintiendo como en lugar de fría piedra, sus labios besaban algo cálido y suave. Abrió los ojos, sorprendido. Allí estaba ella. Los ojos cerrados, lágrimas resbalando por su bello rostro. Abrió sus ojos y le sonrió. Pero las piernas apenas podían sostenerla. Escucharon como la guía volvía con otro grupo de visitantes. Sin pensárselo dos veces, la tomó en brazos y se la llevó de allí. En cuanto la joven salió a la luz del día, empezó a recuperarse. Llevaba demasiado tiempo sin sentir el sol en su piel. Y empezó a reír, una risa tímida al principio, pero se convirtió en una carcajada. Y él se contagió de esa risa, y todos los paseantes los miraban. Llamaban la atención, él llevando en brazos a una joven que parecía sacada de un cuadro de Tiziano y los dos riendo a carcajadas. Incluso unos turistas japoneses no paraban de fotografiarles. Cosas del carnaval.

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Trilogía de Venecia 2: La dama de mármol.

La Dama contemplaba la vida pasar desde su pedestal. ¡Cuántos cambios había visto desde su prisión de piedra! Había olvidado cuanto tiempo llevaba convertida en estatua. El tiempo había dejado de tener importancia para ella. Seguía en el palacio en el que había nacido, fija, inmutable, cuando todo a su alrededor cambiaba. Otros días disfrutaba contemplando a sus visitantes. Cada día, cientos de personas visitaban el palacio. Le gustaba fijarse en sus caras, intentar adivinar lo que pensaban o sentían. Pero hoy no, hoy su mente sólo volvía una y otra vez a revivir la noche pasada. Sabía que era absurdo, que eso no cambiaría las cosas. Pero no podía evitarlo. Algo había sido diferente esa noche. Algo que hacía que su frío corazón volviera a latir y que soñara con volver a ser mortal. Recordó aquel fatídico día en que se despertó convertida en piedra. Ella, la más bella de las damas venecianas. Una belleza que terminó siendo su maldición. Fue la dama más deseada de toda la ciudad, pero ella los rechazaba a todos. Su corazón pertenecía a un joven pintor. Su padre le había encargado que la pintara en un cuadro, para que todo el mundo admirara la belleza de su hija. Ella era muy joven entonces, y aunque nunca les dejaron solos en las largas sesiones en las que posó para él, su corazón se sintió cautivado. Nuevas sensaciones y emociones, sentimientos nunca antes conocidos se agolpaban en su alma. Trató de hacer todo lo posible por poder quedarse a solas con él. Y por fin, una noche de carnaval, escondida tras su máscara, pudo reunirse con su amante. Esa noche, en brazos del pintor, conoció el fuego de la pasión, la dulzura de una caricia y el poder del amor. Deseó poder quedarse allí eternamente, entre los brazos de su amante, pero el tiempo no se detiene y debía estar en su casa antes del amanecer. Por un año vivieron intensamente esta pasión, pero su sino no era estar juntos. Su padre había concertado su matrimonio con uno de los principales de la ciudad. Un hombre rudo y desagradable, que había enterrado ya a tres esposas. Escuchó esta nueva como si de una condena se tratara. Lloró y le suplicó a su padre que no la casara, que antes prefería entrar en un convento. Pero él no la quiso escuchar. Sus negocios no habían ido muy bien últimamente y ese matrimonio era su salvación. Esa noche corrió a encontrarse con su amante. Juntos planearon huir de la ciudad, Su talento le abriría las puertas en cualquiera de las ciudades. Y hacía tiempo que quería establecerse en Florencia, donde había un gran e importante mecenas donde podría encontrar protección. Pero nunca pudieron ver realizados sus planes. Al despertar, descubrió el cuerpo ensangrentado de su amante. Y vio a su prometido a los pies de la cama, recitando un extraño ensalmo. Y empezó a sentir como el frío de la piedra se apoderaba de todo su cuerpo. Menos de su corazón, que no paraba de llorar por el amante perdido. Lágrimas de sangre, lágrimas que nadie podría ver. Y por la ciudad corrió la noticia de su huida con el pintor. Su padre ni siquiera trato de buscarla, incluso prohibió a los sirvientes mencionar su nombre. Pero cuando, a los pocos días, recibió como regalo una estatua de su pequeña, la instaló en el salón principal. Era tan hermosa, el escultor había realizado un trabajo tan excelente que casi creyó que la estatua tenía vida.

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Trilogía de Venecia 1: Noche de Carnaval.

Las luces del alba empezaban a teñir de violeta el cielo. Un nuevo amanecer, pensó suspirando con tristeza. Podía sentir como el sol empezaba a salir. El frío de la piedra extendiéndose por todos sus músculos. Su blanca y suave piel volviéndose otra vez fino mármol de Carrara. Otro día en su prisión de frío y piedra. Resignada, recordó la noche anterior. La luna adriática obró su magia. Y con cada rayo de luz, sintió como la vida volvía a su cuerpo. Hacía tanto tiempo que dormía el sueño de la piedra que casi había olvidado como se caminaba. Pero no perdió el tiempo y salto de su pedestal, perdiéndose en la noche veneciana. Noche de carnaval, noche mágica. Se perdió entre las gentes que enmascaradas rondaban las calles. el bullicio la aturdió y sufrió un desvanecimiento. Pero unos brazos fuertes la sujetaron, impidiéndole caer. Un joven enmascarado, le sonrió. Sólo se le veían los ojos, unos brillantes ojos azules, y una sonrisa pícara. La cogió del talle y la llevó a un baile de máscaras. Toda la noche bailó entre sus brazos. La música, las luces, esos brazos que la llevaban flotando por la sala, todo eso hizo volver a latir su corazón como una vez hiciera, hace tanto tiempo de aquello. Era ya casi el alba cuando él la besó. Un beso dulce y tierno. Pero el alba se acercaba y sentía como el frío empezaba a extenderse por su cuerpo. Rompió el abrazo y escapo corriendo. De vuelta a su peana, de nuevo presa de ese mármol. Habría llorado, lágrimas de alegría, pero las estatuas no lloran, las estatuas no sienten. Ojalá, pensó, esta vez fuera diferente. Ojalá esta vez, él la encuentre. Ojalá pueda romper el hechizo. Pero prefiere no hacerse ilusiones. Siempre hay un amanecer de piedra tras cada noche de pasión.

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El lazo rosa.

Había empezado con un pequeño bulto, apenas perceptible, pero perfectamente palpable y duro al tacto. Algo que antes no estaba. No quise preocuparme antes de tiempo, pero llamé a mi doctora para pedirle cita. Tras las pruebas de rigor el temido diagnóstico. Allí, sentada en la consulta, como quien espera el veredicto de un juez. A mi lado mi chico, apretándome la mano. Tan nervioso como yo, pero manteniendo la calma por mí. “Nos preocuparemos cuando tengamos que preocuparnos” me había dicho, mientras me abrazaba y secaba mis lágrimas cuando le hablé del bulto. Juntos escuchamos a la doctora hablar de los pasos a seguir, de los tratamientos, de probabilidades. Y juntos sentimos como si un terremoto sacudiera nuestras vidas. Porque eso es lo que pasa cuando te dicen que tienes cáncer. Miles de preguntas se agolpan en tu mente. Apreté fuerte la mano de mi pareja para llenarme de su fuerza e hice la pregunta más importante, ¿cuando empezamos la lucha? La doctora y mi amor me miraron casi con desconcierto. No se esperaban esa reacción. Como decirles que no había otra, que estaba muerta de miedo, pero que esconder la cabeza y lamentarme de mi suerte no me ayudaría a vencer a la enfermedad. Sabía que sería duro. Sabía que los tratamientos eran muy agresivos, que tenían efectos secundarios devastadores. Sabía también que podía morir. Pero tenía muy claro que no se lo iba a poner fácil. Iba a luchar con todas mis fuerzas.
A la semana siguiente entraba en quirófano. Cuando entraba en él, dije: “tranquilos, que enseguida salgo.” Mi niño me besó, conteniendo las lágrimas, y mi madre, que no había soltado mi mano desde que me ingresaron, me dejó ir con un ligero beso en la frente. Respiré hondo cuando la puerta se cerró. Atrás dejaba a las dos personas que más quería. Pero algo dentro de mí me decía que todo iría bien. La operación fue un éxito y bastó con cirugía conservativa. Lo que significaba que no fue necesario extirpar toda la mama. Luego los tratamientos, radioterapia y quimioterapia. Largas sesiones en el hospital, donde te das cuenta que no eres única, que hay mucha gente que está pasando o ha pasado por lo mismo que tú. Y que se hace las mismas preguntas. Y te sorprende gratamente el vínculo que se forma entre nosotros. Una camaradería increíble. Algo que no había sentido fuera. Cada pequeña mejoría, cada vez que alguien terminaba su tratamiento era celebrado por todos. Y que decir del trato del personal sanitario. Tanto médicos como enfermeras. Me sentía protegida y arropada. Nunca me sentí sola. Recuerdo que el primer día, esperando en la sala para que me dieran el tratamiento, con esa cara de novata y el aire de conejillo asustado, una de las señoras “veteranas” se sentó a nuestro lado y nos tranquilizó. Y recuerdo que cuando yo ya era una de las veteranas también hice lo propio con las recién llegadas.
No diré que fue fácil. Hubo días en que no tenía fuerzas ni para salir de la cama. Pero descubrí que si me dejaba llevar por el desánimo, todavía me encontraba mucho peor. Por eso, aún en los peores días me mantenía activa, con la mente ocupada. Manteniendo el miedo a raya.
Luego vinieron las revisiones periódicas. Los nervios en el estómago antes de las visitas. Y las buenas noticias. Porque aunque cuando al principio te dicen que tienes un cáncer y no crees que pueda haber buenas noticias, resulta que sí que las hay, que diagnosticado a tiempo el cáncer se cura. Que se puede vencer a la enfermedad, como lo he hecho yo. Y lo mejor de esta historia es que cada día somos más las que lo hacemos. Por eso es tan importante la autoexploración mamaria y las mamografías periódicas. Por que son los “príncipes azules” de este cuento, los que consiguen que tenga un final feliz.

Quiero dedicar este relato de hoy, día internacional contra el cáncer de mama, a todas esas mujeres estupendas, valientes y luchadoras que se han enfrentado, se enfrentan o se enfrentarán en el futuro a esa enfermedad. Con él quiero expresarles todo mi cariño y mi solidaridad. Porque su lucha es la de todos. También quiero hacerlo extensivo a todos aquellos que padecen cualquier tipo de cáncer. Una enfermedad que algunos todavía temen incluso nombrarla y que muchos todavía asocian con la muerte. Para demostrarles a todos que no hay que temer a una palabra y que los avances en los tratamientos y en la detección precoz han conseguido que los índices de supervivencia sean hoy por hoy muy elevados. Y de ello puedo dar fe.

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