Rinconcito poético XIX.

Descubriéndote (Rosana Arbelo)

Te imagino y la soledad se me llena de ti
Y no es fácil poder decir lo que llego a sentir

Llevo tiempo buscándote
En mi alma y mi piel
Llevo tiempo soñándote
No te quiero perder

Eres tan frágil como la luz, abres mi amancecer
Si no me alumbras yo, no me acabo de encender
Y soy un corazón que se derriba
Y late cada vez con menos vida

Llevo tiempo buscándote
En mi alma y mi piel
Llevo tiempo soñándote
No te quiero perder

Llévate mi alma en tu piel
Llevaré tu alma en mi piel.

Kaya y el unicornio. (2 parte)

Cada día que pasa es una nueva aventura para Kaya. Montada a lomos del unicornio recorre todo ese extraño y fantástico mundo. Un lugar maravilloso dónde hasta sus más pequeños sueños parecen realizarse. Hay una cadena de enormes montañas, que desde lejos parecen agrestes y amenazadoras, con sus cumbres cubiertas de nieves perpetuas, pero que al acercarse descubres que están formadas por chocolate y que lo que desde lejos has tomado por nieve no es otra cosa que nata, deliciosa nata montada, cremosa y dulce. También hay ríos de jarabe de grosella y un estanque de natillas… ¡¡¡con mucha canela por encima!!! Todo parece ser comestible a su alrededor. Y ella que tanto hambre pasara en el orfanato, no puede evitar probarlo todo. En los pocos días que lleva allí, sus mejillas han perdido esa palidez cerúlea y enfermiza, ha ganado un poco de peso y ya no se aprecian las costillas.
Pero Kaya no olvida que en cualquier momento puede despertar de ese sueño. Cada noche, cuando cansada se estira en la suave y mullida hierba, junto a su amigo, teme que al despertarse vuelva a estar sobre la fría piedra del sótano del horrible orfanato. Por eso cada noche se abraza al cuello del unicornio, como si de esa manera alejara la dura realidad de su vida.
Empezó a tener pesadillas. Aunque en realidad no eran pesadillas, sólo recuerdos que su mente había olvidado para protegerla y que ahora volvían a su mente en forma de sueños. Y el unicornio, que cada noche vigilaba su sueño, se quedó horrorizado al descubrir por lo que esa pobre chiquilla había pasado. Supo que sólo había una manera de ayudarla y de ponerla a salvo. La magia de ese lugar era temporal y limitada. Una vez se desvaneciera, Kaya volvería a su lugar. Esa era la ley y ni siquiera él podía cambiarla. Sólo había un lugar que tal vez podría ayudarla. Pero era un lugar secreto, que nadie había visitado jamás y que ni siquiera el conocía. Sólo había una criatura que podría ayudarla, alguien tan viejo como el tiempo, pero a ella hacía siglos que había dejado de importarle lo que pasara a su alrededor.

Al despertar, Kaya sintió que algo era diferente. No sabría decir porqué, pero algo había cambiado. Después de desayunar un delicioso chocolate con bollitos, se subió a lomos del unicornio, dispuesta a vivir nuevas y emocionantes aventuras. Pero ese día el paisaje por el que se adentraban era algo diferente. Atravesaron un bosque bastante sombrío, con árboles de aspecto fiero y amenazador. No sentía miedo, sabía que mientras estuviera con el unicornio nada malo le pasaría, pero no entendía porque la llevaba por esas zonas.
En el bosque es difícil saber la hora, el sol apenas podía filtrarse entre el tupido ramaje. Pero debía ser media tarde cuando llegaron a una inmensa ciénaga. Y en medio de ésta una isla agreste y rocosa.
El lugar era desolador, hasta parecía haberse desvanecido el fulgor y la alegría de su amigo. Ella misma sentía una opresión en el pecho como hacía mucho tiempo que no había sentido. Pero estaba claro que ese era el lugar al que quería llevarla el unicornio, por como le empujaba a meterse en ese agua pantanosa. Así que, con un poco de aprensión metió un pie en la orilla. Respirando hondo, avanzó paso a paso. Y de repente algo sucedió. Lo que había tomado por un islote rocoso no era sino el caparazón de una gigantesca tortuga.

-¿Quién osa despertarme? -rugió enfadada la tortuga.

Kaya se presentó lo más educadamente que pudo. Incluso hizo una cortés reverencia, como si en lugar de esa monstruosa criatura se encontrara ante la reina Victoria. Le explicó de donde venía y como había ido a para allí.
La tortuga, que primero parecía realmente vieja y severa, se mostraba a hora cuanto menos curiosa. Y eso es decir mucho para una criatura que en sus 900 años de vida ha visto todo lo imaginable. Sus pequeños y perspicaces ojos escrutaron a la niña. Y entendió porque el unicornio la había llevado hasta allí. La pobre necesitaba urgentemente encontrar la gran cascada, el lugar más sagrado y secreto de ese universo. Y les reveló el secreto que jamás creyó que revelaría. Pero les advirtió que no sería fácil y que no tendría vuelta atrás. Las aguas le exigirían un sacrificio.

(continuará)

Kaya y el unicorinio (primera parte)

Hoy es un día muy especial para este blog. Hace dos años se publicaba la primera entrada. Como ya he comentado alguna vez empecé a escribir cuentos por una persona muy especial y querida que atravesaba un momento duro. Por alguna extraña razón mis pequeñas historias le animaban. Así empezó mi andadura como escritora novel. Con mucha ilusión pero muchísima inexperiencia también. Quiero pensar que he ido mejorando con los años. Lo cierto es que cada letra que escribía me hacía ganar confianza en mi misma. Aunque hace unos meses que apenas escribo nada. Una crisis creativa que espero y supongo será pasajera. Pero para un día especial quiero regalaros algo especial… Y no podía ser otra cosa que un cuento inédito. Y uno que nació como este blog, para animar a esa persona, el ángel guardian y guía de este blog y de mi vida. Porque sin ti nada de esto habría sucedido. Por eso y por tantas cosas más éstas, como todas y cada una de mis letras son para ti.

Y sin más preámbulos os dejo con:

Kaya y el unicornio.

Kaya sonríe feliz. ¿Cuantas veces te encuentras un libro en medio de una de las calles más bulliciosas y sucias de Londres? A ella eso no suele pasarle. Además el libro tiene pinta de ser antiguo. Las tapas color del cobre están bastante gastadas. Pero el título resulta ilegible. No podía imaginarse un descubrimiento mejor. Kaya adora la lectura, aunque en el orfanato en el que vive apenas hay libros, y la mayoría son libros religiosos que la puritana señora Smith les obliga a aprenderse de memoria. Por suerte encontró, escondido entre varios mamotretos, un libro que le pareció diferente. Resultó ser Historia de dos ciudades de Dickens. Y le fascinó. Lo leía a escondidas siempre que podía. Le servía de refugio cuando más lo necesitaba. Ya se lo sabía de memoria. Ojeó su nueva adquisición, le sorprendió que estuviera escrito con una tinta verde esmeralda que parecía iluminarlo todo. También le sorprendió que el principio de cada capítulo estuviera ilustrado con los más bellos dibujos de unicornios. Los ojos se le llenaron de lágrimas… ¡¡¡adoraba los unicornios!!! Apretó el libro contra su pecho y corrió hacia el orfanato, deseaba llegar cuanto antes al refugio de su habitación y poder esconder su tesoro.
Pero no contaba con encontrarse con la señora Jenkins, la cocinera y su pesadilla particular. Sus chillidos le hicieron recordar que se había marchado sin terminar de lavar platos. Intentó zafarse, pero demasiado tarde, tirándole de las orejas, la encerró en el frío sótano.
conteniendo las lágrimas que le quemaban en los ojos, se estiró en el suelo, y para consolarse, abrió el libro y se sumergió en la lectura. Hablaba de un país de ensueño, donde el sol siempre brillaba cálido y cada flor escondía un hada. ¡Cómo deseaba visitar ese lugar!.
Pero estaba tan cansada que se acurrucó lo mejor posible, con el libro aferrado a su pecho, y se quedó dormida. Esa noche, los mas bellos sueños surgian en su mente. Soñó que el cuerno de un dorado unicornio le acariciaba la mejilla. Y se despertó, y notó como en lugar de la fría piedra, estaba acostada sobre un hermoso prado cuajado de florecillas silvestres, y un sol radiante y cálido templaba su piel. Y, a su lado estaba el más bello de los unicornios.

(Continuará)

¡¡¡¡¡¡GRACIAS A TODOS VOSOTROS POR VUESTRA AMISTAD. POR ESTAR SIEMPRE AHÍ!!!!!!

Un viaje a la nostalgia.

Dicen que donde has sido feliz es mejor no regresar y la verdad es que no puedo estar mas en desacuerdo con eso. Creo que a veces, cuando atraviesas un momento difícil o complicado, es bueno volver la vista atrás y recuperar aquellos lugares y vivencias que han marcado tu vida.

Podréis decirme que no es bueno aferrarse y vivir en el pasado. Aquí sí que os tengo que dar la razón. Pero yo no me refería a eso. Lo que yo quiero decir es que es bueno, cuando te cuesta ver la salida y seguir adelante, hacer un viaje (real o imaginado) a todo eso que ha marcado tu infancia. Esos lugares y esas vivencias que te hicieron tan feliz y que son los que te han hecho ser quien eres y como eres. No para quedarte perdido en esos recuerdos, sino para que al recordar todos esos momentos y lugares que forman los cimientos, las bases de tu vida, puedas tomar impulso y a partir de ahí volver a ser quien eres. Para volver a encontrar la fuerza para volver a ser tú mismo y recuperar la alegría y la ilusión que antes no lograbas encontrar.

Eso es lo que he hecho yo estos últimos días. Llevaba unos meses un poco perdida en mi propia vida. Demasiada presión en el trabajo, una situación algo complicada sentimentalmente… Me temo que no llevo muy bien la presión. No conseguía encontrarme a mi misma. Era incapaz de escribir más de dos letras seguidas. Me faltaba la fe en mi misma. No voy a decir que estuviera sola. Soy inmensamente afortunada y tengo a mi alrededor mucha gente que me quiere, apoya y cree en mí. Pero si tú misma no tienes fe en ti no importa que los demás sí la tengan, tu no lo verás.

Por suerte he tenido unos días de vacaciones, no han sido muchos. Poco más que un fin de semana largo. Así que me he subido a un tren camino de un pequeño pueblecito de la provincia de Cuenca. El lugar donde tantos veranos he pasado en los días felices de mi infancia. Aunque yo nací en Albacete, ciudad en la que viví hasta los 8 años, mis padres eran originarios de ese pueblo. Allí vivían mis abuelos. Por eso todos los veranos los pasaba allí. Nos juntábamos todos los primos y, como se diría hoy, “la liábamos parda”

No voy a negar que fueron los veranos más felices de mi vida. Nunca olvidaré aquellas mañanas jugando en las heras; las tardes interminables en el río, aquellos baños al atardecer, las caminatas hasta el manantial de agua más fría y buena que he probado nunca, recogiendo moras por el camino y para terminar esas meriendas al ponerse el sol, luchando contra los mosquitos… Tampoco se me olvidan esas noches de verano, jugando en la calle mientras los mayores tomaban el fresco, sentados a la puerta con los demás vecinos.

Por todo eso, hace unos días me subí a un tren destino a mis recuerdos. Desfortunadamente mis abuelos ya no pueden recibirme con sus besos y abrazos, esos tan apretados que casi te dejaban sin aliento… Es ley de vida… Se les echa de menos, pero se que ellos siempre están ahí, dentro de mí. Por suerte, en la estación estaban mis tíos, es en su casa donde me he quedado estos días, ese hospital de mi ánimo.

Nada más subir en ese tren sentí como si los lazos que me atenazaban empezaran a aflojarse. Y eso que llegaba de una despedida triste y difícil. Tengo que decir que no soporto las despedidas. Nunca me han gustado, si siquiera esas que sólo son un breve hasta luego. Suelo llorar y, como diría cierta persona, ponerme emocional, no importa que esa despedida sea el principio de la mayor aventura de mi vida. Pero para mi sorpresa, esta vez me mantuve serena, aunque como he dicho esta era una despedida de esas que parecen romperte el corazón. Y ni una lágrima… ¡la cosa empezaba bien!

Claro que lo mejor estaba por venir. Han sido unos días de relax y tranquilidad. De dormir como un bebé y recuperar las horas de sueño perdidas. De comer de capricho… (mi tía me mima demasiado, no podía faltar la tradicional fideuá…)De caminar por el monte, merienda en el río incluida. No importa que la pequeña aldea junto al mismo, que en mi infancia estaba llena de vida y bullicio, estuviera medio abandonada. O que el manantial se haya secado y no fuera el tiempo de las moras. Volvía a ser la misma niña alegre y despreocupada de entonces.

La nostalgia volvía a ser mi terapia particular. La vía para reencontrarme conmigo misma. Recordar lo que me ha hecho ser lo que hoy soy.