Rinconcito poetico XXI

Yo no soy esa (Mari Trini)

Yo no soy esa

que tu te imaginas

una señorita tranquila y sencilla

que un dia abandonas

y siempre perdona

esa niña si..no..

esa no soy yo

yo no soy esa

que tu te creias

la paloma blanca

que te baila al agua

que rie por nada

diciendo si a todo

esa niña si..no..

esa no soy yo

No podras presumir jamas

de haber jugado con la verdad

con el amor, de los demas

Si en verdad me quieres

yo ya no soy esa

que se acobarda

frente a una borrasca

luchando entre olas

encuentra la playa

esa niña si..no..

esa no soy yo

Pero si buscas

tan solo aventuras

amigos por guardia

a toda tu casa

yo no soy esa

que pierde esperanzas

piensalo ya

Yo no soy esa

que tu te imaginas

una señorita tranquila y sencilla

que un dia abandonas

y siempre perdona

esa niña si..no..

esa no soy si..no..

esa no soy yo

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La princesa Dragón.

Hoy voy a contaros la historia de la princesa Dragón. Es una historia antiquísima, de los tiempos en que los dragones aun vivían en tu mundo. Tiempos duros y salvajes. 
Cuenta la leyenda que un joven y ambicioso general hizo un pacto con un dragón para poder vencer a todos sus adversarios y derrocar al emperador. El dragón, a cambio de su ayuda le exigió que le entregara a su primer hijo. El general aceptó encantado, no le parecía mal acuerdo. Lograría ser el emperador más poderoso de la tierra a cambio de un simple niño. Tendría más, las más bellas mujeres del reino serían sus concubinas. 
Tras una cruenta guerra derrocó al anciano y sabio emperador. Éste, la noche antes de la última batalla, viendo que su final se acercaba se dirigió a su hija y con lágrimas en los ojos le rogó que escapara de palacio. La joven se negaba a separarse de su padre. No ignoraba la suerte que correrían todos los habitantes del palacio real; pero no quería abandonar a su padre. El emperador, viendo que no conseguía que su hija se marchara, hizo algo que nunca había hecho, le ordenó no ya como padre sino como su emperador, que se fuera. Le pidió al jefe de su guardia que la pusiera a salvo en las montañas y que la protegiera con su propia vida si era necesario. Y abrazándola por última vez se despidió de ella. La última imagen que guardaron sus ojos fueron sus bellos ojos anegados en llanto.
El joven capitán condujo a la princesita por un pasaje secreto que nadie conocía, y que les llevaría fuera del palacio y lejos de las huestes del general renegado. La princesa, vestida como una vulgar campesina, lloraba en silencio. El pasadizo era angosto y resbaladizo y a ella le costaba seguir el paso, pero ahí estaba el capitán para ayudarla y sostenerla.  Cuando salieron a campo abierto ya estaba amaneciendo. El cielo estaba rojo, y ella no pudo evitar volverse para mirar por última vez al que había sido su hogar que ya era pasto de las llamas.  Se secó las lágrimas, y con valor y determinación dio la espalda a su antigua vida y siguió a su protector hasta las montañas, más allá de su reino.  
El viaje fue largo y penoso. Y cuando llegaron a su destino, apenas quedaba rastro de la princesa que había sido. Su hermoso y sedoso cabello negro estaba sucio y enmarañado. Su cutis tan blanco como la luna, se veía ahora ajado y sucio. Nadie habría reconocido a la hija del emperador en esa sucia pordiosera. 
Se refugiaron en un pequeño pueblo situado entre altísimas montañas. Allí se dirigieron a un pequeño y antiguo monasterio donde vivía un anciano, el antiguo mentor de su padre al que debían entregar un mensaje. En él, le relataba como el general renegado se había aliado con dragones negros para acceder al poder, y que debía cuidar de su hija e iniciarla en los secretos arcanos que como futura emperatriz debía dominar para restablecer el equilibrio en el país y recuperar la paz y la armonía. Pero nadie debía saber quién era ella en realidad. 
Se alojaron un una pequeña cabaña de madera, sencilla y austera. El capitán se negaba a separarse de ella, por eso dijeron a todo el mundo que eran hermanos y que había perdido todo cuando los soldados quemaron su casa y sus campos. Nadie puso en duda su historia, era algo demasiado frecuente desde que el nuevo emperador había subido al trono.
El joven la admiraba cada día más. Desde aquella mañana en que escaparon de palacio, nunca la había vuelto a ver llorar. Había soportado las fatigas del viaje sin una queja. Incluso había compartido su poca comida con aquellos más necesitados que ellos. Pensaba que habría sido una gran emperatriz, una digna sucesora de su padre, sabia y benévola. Y se juró que daría hasta la última gota de su sangre por ella, y porque llegara un día en que ocupara el lugar que debía.

2-

El general rebelde entró a sangre y fuego en el palacio imperial, pasando a cuchillo a todos los que allí se encontraban. Pero dio ordenes a sus hombre de respetar a las mujeres del palacio, bajo pena de muerte para el que no cumpliera sus órdenes. Sus tropas encontraron rara esta orden, pero conocían la crueldad de su general y nadie se atrevió a desobedecerle, y todas las mujeres de palacio, tanto sirvientas, concubinas y las damas de la corte fueron llevadas al salón del trono, junto al cadáver del emperador. Todas temblando de miedo, esperando que crueldades tendría con ellas. Sólo una de ellas permanecía serena. Algo que no pasó desapercibido para el rebelde. Se dirigió a las asustadas y llorosas mujeres y les preguntó cual de ellas era la princesa. El silencio fue total, la princesa no se encontraba entre ellas. Volvió a repetir la pregunta, y ante el nuevo silencio empezó a encolerizarse. Se dirigió a una de las más jóvenes entre ellas, y le puso una daga en el cuello. Amenazó con ir matándolas una a una si la princesa no aparecía. Pero si ésta se identificaba, les perdonaría la vida a todas y no sufrirían ningún daño ni ninguna violencia. Fue entonces que la más joven de las concubinas, la única que permanecía serena, dio un paso al frente y afirmó ser la princesa. La joven, aunque no era la hija del emperador, era la hija de un caudillo de las estepas y por tanto una princesa. Se acercó a él, sin miedo y desafiante como le habían enseñado, hija de un pueblo guerrero y valiente. No sabía que tormentos le aguardaban pero prefería mil veces morir libre a vivir como una esclava. El general la miró, complacido, era una joven muy hermosa pero también tenía coraje, algo que el valoraba. La tomó de la mano y la condujo fuera, al patio donde todos sus hombres le esperaban. Allí anunció que desposaría a la princesa heredera y desde ese momento él era el legítimo emperador. Tras eso, la condujo a los aposentos del emperador y la tomó por la fuerza, consumando así su unión.
La muchacha soportó la ordalía sin derramar ni una sola lágrima, sin un grito o un lamento. Su mente y su espíritu lejos de allí, vagando libre por las praderas que tanto amaba. Demostrándole que podía dominar su cuerpo, pero que nunca tendría su espíritu. Y el nuevo emperador, tan acostumbrado a sembrar el terror en todas sus víctimas, no pudo evitar sentir admiración por la joven. Sólo esperaba legitimizar su ascenso al trono y un vientre donde sembrar su dinastía y se encontró con coraje, valentía e inteligencia. Si su alma no hubiera estado tan corrompida por el odio y el fuego del dragón quizás habría podido llegar a amarla, pero en su alma ya sólo había sitio para el odio, la destrucción y la muerte.
Tras unas semanas para asegurarse de dejarla encinta y cumplir la promesa hecha al dragón, aburrido de la vida en palacio, se marchó a continuar guerreando y saqueando, confiando a la emperatriz la administración de palacio. Había conseguido un trono, ahora tocaba consolidar su poder.
La joven emperatriz tomó las riendas de palacio con mano firme. Puesto que toda la antigua administración de palacio había sido asesinada, sólo había los generales y guerreros. Hombres rudos y crueles por lo general. Desde un primer momento dejó bien claro que no se tolerarían ningún tipo de violencia, so pena de muerte. La medida no fue muy popular, pero como el mismo emperador dio su aprobación no les quedó mas remedio que acatarlo. Y poco a poco, seducidos por los lujos y comodidades del palacio, fueron perdiendo fiereza y ganando en educación.
Las mujeres de palacio adoraban a su emperatriz. Las había salvado cuando ya habían perdido la esperanza, sufriendo la brutalidad de su nuevo amo.
Pero ¿Qué pensaba la emperatriz? Difícil saberlo. Desde aquel día, había levantado un muro que ocultaba sus sentimientos y sus pensamientos. Era todo lo que le habían enseñado a ser. Dura e inflexible cuando tenía que lidiar con los generales, pero amable y paciente cuando de calmar a las asustadas y llorosas concubinas. Pero ni siquiera cuando fue evidente su embarazo, nadie podía saber si era feliz o no.
Pero por las noches, en la soledad de sus aposentos, acariciaba su creciente vientre y recordaba su llegada a palacio. Y la bondad del anciano emperador la primera vez que estuvo a solas con él. Apenas había dejado la niñez, era una joven doncella lejos de su tierra y su pueblo. Recordó sus palabras tranquilizadoras, no tenía ninguna intención de consumar su unión. ¡Aprendió tantas cosas a su lado! Esperaba que, por lo menos, la princesita estuviera sana y a salvo.

(continuará)