La vida es verso I.

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No te detengas. (Walt Whitman)

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

¡¡¡Bienvenidos!!!

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“Todavía no había salido el sol, pero ya se sentía llena de energía. Y de emoción. Se había levantado muy temprano, ¡tenía tantas cosas que hacer!, que no podía perder el tiempo en cosas tan nimias como dormir. Desde que había regresado a su bosque encantado, Jengibre, el hada pródiga, no había tenido un momento de descanso. Había pasado tanto tiempo en el mundo de los humanos que su pequeño refugio estaba medio en ruinas. Debía reconstruir su casa urgentemente. No es que no tuviera donde vivir, sus hermanas se habían alegrado mucho de verla y le dieron cobijo. Pero ella quería recuperar su hogar. Echar raíces en el bosque que la vio nacer y del que había estado tanto tiempo separada. Lo había echado de menos, aunque le había costado reconocerlo. Se marchó para vivir grandes aventuras y vaya si las había vivido. Pero estar demasiado tiempo en el mundo mortal es peligroso para un hada. Y ella había estado más tiempo que ninguna otra. No se arrepentía de nada. Había sido muy feliz, había saboreado las mieles del amor, pero también su amargura. También había llorado y, estos últimos tiempos, se había sentido enferma y herida. En esos momento sintió la llamada de su mundo, deseó mas que nada, volver a recorrer el bosque a lomos de Lunita, su añorado unicornio. Supo que había llegado el momento de regresar a casa aunque dejaría una parte de su corazón tras de si. Por eso no se despidió de él, no le gustaban las despedidas. Esa última noche se amaron como nunca antes lo habían hecho, como si nunca se hubieran herido. Al amanecer se marchó, besando sus ojos cerrados. No le dejo una nota, no era necesario, él sabía donde iba; sabía que allí no podría seguirla. Pero también sabía que ella volvería cuando su alma volviera a brillar.

Pero no había tiempo para los recuerdos, tenía una fiesta que organizar ahora que aquellas ruinas se habían convertido otra vez en su hogar. Quería que todo saliera bien, todo el bosque estaba invitado… y ella quería ser una buena anfitriona. Sus hermanas, sus amigos habían estado ahí cuando tanto los necesitaba y ahora quería corresponderles, contarles todas sus aventuras.

El tiempo pasaba y Jengibre ya tenía su hogar preparado para la fiesta. Las diminutas copas con agua de rocío e hidromiel, pastelillos de semillas y de flores (pues las hadas son muy golosas), pequeñas estrellitas iluminando la sala. Sólo faltaban los invitados que no tardarían en llegar. En ese momento tuvo un recuerdo para aquel a quien tanto amaba, no era un recuerdo triste porque sabía que de alguna manera él siempre estaría con ella. Se acarició, distraída, un pequeño colgante con forma de tortuga que siempre llevaba al cuello y pensó que nunca había brillado tanto.”

¡¡¡¡Bienvenidos a todos al nuevo hogar del hada Jengibre!!!! No se me ocurrió otra manera de recibiros que con un pequeño relato original, tal como lo hice en la primera entrada del blog, hace cuatro años. 

¿qué vais a encontrar en el blog? Tranquilos, no va a cambiar mucho… bueno, algo sí va a cambiar ¡¡¡no quiero volver a dejarlo abandonado!!!!. Iré alternando la poesía con los cuentos, tanto míos como la nueva sección de las leyendas del mundo. Y también las cartas abiertas. No voy a hablar de una periodicidad determinada, pero me gustaría publicar dos veces por semana. 

También he trasladado los otros dos blogs. Podéis acceder a ellos desde aquí. Hay un enlace en la barra lateral, en el apartado mis otros mundos. 

Eso es todo, espero que os guste y os sintáis cómodos.

Muchas gracias a todos.

Leyendas del mundo: El pájaro de fuego (leyenda popular rusa)

El pájaro de fuego. 
Una vez, en tiempos remotos, vivía en su retiro el zar Vislav con sus tres hijos los zareviches Demetrio, Basilio e Iván. Poseía un espléndido jardín en el que había un manzano que daba frutos de oro. El zar lo quería tanto como a las niñas de sus ojos y lo cuidaba con gran esmero.
Llegó un día en que se notó la falta de varias manzanas de oro, y el zar se desconsoló tanto, que llegó a enflaquecer de tristeza. Los zareviches, sus hijos, al verlo así se llegaron a él y le dijeron:
— Permítenos, padre y señor, que, alternando, montemos una guardia cerca de tu manzano predilecto.
— Mucho os lo agradezco, queridos hijos — les contestó—, y al que logre coger al ladrón y me lo traiga vivo le daré como recompensa la mitad de mi reino y a mi muerte será mi único heredero.
La primera noche le tocó hacer la guardia al zarevich Demetrio, quien apenas se sentó al pie del manzano quedóse profundamente dormido. Por la mañana, cuando despertó, vio que en el árbol faltaban aún más manzanas.
La segunda noche tocóle el turno al zarevich Basilio y ocurrióle lo mismo, pues le invadió un sueño tan profundo como a su hermano.
Al fin le llegó la vez al zarevich Iván. No bien acababa de sentarse al pie del manzano cuando sintió un gran deseo de dormir; se le cerraban los ojos y daba grandes cabezadas. Entonces, haciendo un esfuerzo, se puso en pie, se apoyó en el arco y quedó así en guardia esperando.
A medianoche iluminóse de súbito el jardín y apareció, no se sabe por dónde, el Pájaro de Fuego, que se puso a picotear las manzanas de oro.
Iván zarevich tendió su arco y lanzó una flecha contra él; pero sólo logró hacerle perder una pluma y el pájaro pudo escapar.
Al amanecer, cuando el zar se despertó, Iván Zarevich le contó quién hacía desaparecer las manzanas de oro y le entregó al mismo tiempo la pluma.
El zar dio las gracias a su hijo menor y elogió su valentía; pero los hermanos mayores sintieron envidia y dijeron a su padre:
— No creemos, padre, que sea una gran proeza arrancar a un pájaro una de sus plumas. Nosotros iremos en busca del Pájaro de Fuego y te lo traeremos.
Reflexionó el zar unos instantes y al fin consintió en ello. Los zareviches Demetrio y Basilio hicieron sus preparativos para el viaje, y una vez terminados se pusieron en camino. Iván Zarevich pidió también permiso a su padre para que lo dejase marchar, y aunque el zar quiso disuadirle, tuvo que ceder al fin a sus ruegos y lo dejó partir.
Iván Zarevich, después de atravesar extensas llanuras y altas montañas, se encontró en un sitio del que partían tres caminos y donde había un poste con la siguiente inscripción: ‘Aquel que tome el camino de enfrente no llevará a cabo su empresa, porque perderá el tiempo en diversiones; el que tome el de la derecha, conservará la vida, si bien perderá su caballo, y el que siga el de la izquierda, morirá.’
Iván Zarevich reflexionó un rato y tomó al fin el camino de la derecha.
Y siguió adelante un día tras otro, hasta que de pronto se presentó ante él en el camino un lobo gris que se abalanzó al caballo y lo despedazó. Iván continuó su camino a pie y siguió andando, andando, hasta que sintió gran cansancio y se detuvo para tomar aliento y reposar un poco; pero le invadió una gran pena y rompió en amargo llanto. Entonces se le apareció de nuevo el Lobo Gris, que le dijo:
— Siento, Iván Zarevich, haberte privado de tu caballo; por lo tanto, móntate sobre mí y dime dónde quieres que te lleve.
Iván Zarevich montóse sobre él, y apenas nombró al Pájaro de Fuego, el Lobo Gris echó a correr tan rápido como el viento. Al llegar ante un fuerte muro de piedra, paróse y dijo a Iván:
— Escala este muro, que rodea a un jardín en el que está el Pájaro de Fuego encerrado en su jaula de oro. Coge el pájaro, pero guárdate bien de tocar la jaula.
Iván Zarevich franqueó el muro y se encontró en medio del jardín.
Sacó al pájaro de la jaula y se disponía a salir, cuando pensó que no le sería fácil el llevarlo sin jaula. Decidió, pues, cogerla, y apenas la hubo tocado cuando sonaron mil campanillas que pendían de infinidad de cuerdecitas tendidas en la jaula. Despertáronse los guardianes y cogieron a Iván Zarevich, llevándolo ante el zar Dolmat, el cual le dijo enfadado:
— ¿Quién eres? ¿De qué país provienes? ¿Cómo te llamas?
Contóle Iván toda su historia, y el zar le dijo:
— ¿Te parece digna del hijo de un zar la acción que acabas de realizar? Si hubieses venido a mí directamente y me hubieses pedido el Pájaro de Fuego, yo te lo habría dado de buen grado; pero ahora tendrás que ir a mil leguas de aquí y traerme el Caballo de las Crines de Oro, que pertenece al zar Afrón. Si consigues esto, te entregaré el Pájaro de Fuego, y si no, no te lo daré.
Volvió Iván Zarevich junto al Lobo Gris que, al verle, le dijo:
— ¡Ay, Iván! ¿Por qué no hiciste caso de lo que te dije? ¿Qué haremos ahora?
— He prometido al zar Dolmat que le traeré el Caballo de las Crines de Oro — contestóle Iván—, y tengo que cumplirlo, porque si no, no me dará el Pájaro de Fuego.
— Bien; pues móntate otra vez sobre mí y vamos allá.
Y más rápido que el viento se lanzó el Lobo Gris, llevando sobre sus lomos a Iván. Por la noche se hallaba ante la caballeriza del zar Afrón y otra vez habló el Lobo a nuestro héroe en esta forma:
— Entra en esta cuadra; los mozos duermen profundamente; saca de ella al Caballo de las Crines de Oro; pero no vayas a coger la rienda, que también es de oro, porque si lo haces tendrás un gran disgusto.
Iván Zarevich entró con gran sigilo, desató el caballo y miró la rienda, que era tan preciosa y le gustó tanto, que, sin poderse contener, alargó un poco la mano con intención tan sólo de tocarla. No bien la hubo tocado cuando empezaron a sonar todos los cascabeles y campanillas que estaban atados a las cuerdas tendidas sobre ella. Los mozos guardianes se despertaron, cogieron a Iván y lo llevaron ante el zar Afrón, que al verlo gritó:
— ¡Dime de qué país vienes y cuál es tu origen!
Iván Zarevich contó de nuevo su historia, a la que el zar hubo de replicar:
— ¿Y te parece bien robar caballos siendo hijo de un zar? Si te hubieses presentado a mí, te habría regalado el Caballo de las Crines de Oro; pero ahora tendrás que ir lejos, muy lejos, a mil leguas de aquí, a buscar a la infanta Elena la Bella. Si consigues traérmela, te daré el caballo y también la rienda, y si no, no te lo daré.
Prometió poner en práctica la voluntad del zar y salió. Al verlo el Lobo Gris le dijo:
— ¡Ay, Iván Zarevich! ¿Por qué me has desobedecido?
— He prometido al zar Afrón — contestó Iván— que le traeré a Elena la Bella. Es preciso que cumpla mi promesa, porque si no, no conseguiré tener el caballo.
— Bien; no te desanimes, que también te ayudaré en esta nueva empresa.
Montóse de nuevo Iván sobre el Lobo, que salió disparado como una flecha. No sabemos lo que duraría este viaje, pero sí que al fin paróse el Lobo ante una verja dorada que cercaba al jardín de Elena la Bella. Al detenerse habló de este modo a Iván:
— Esta vez voy a ser yo quien haga todo. Espéranos a la infanta y a mí en el prado al pie del roble verde.
Obedecióle Iván, y el Lobo saltó por encima de la verja, escondiéndose entre unos zarzales.
Al atardecer, salió Elena la Bella al jardín para dar un paseo, acompañada de sus damas y doncellas, y cuando llegaron junto a los zarzales donde estaba escondido el Lobo Gris, éste les salió al encuentro, cogió a la infanta, saltó la verja y desapareció. Las damas y las doncellas pidieron socorro y mandaron a los guardianes que persiguieran al Lobo Gris. Éste llevó a la infanta junto a Iván Zarevich y le dijo:
— Móntate, Iván; coge en brazos a Elena la Bella y vámonos en busca del zar Afrón.
Iván, al ver a Elena, prendóse de tal modo de sus encantos, que se le desgarraba el corazón al pensar que tenía que dejársela al zar Afrón, y sin poderse contener rompió en amargo llanto.
— ¿Por qué lloras? — preguntóle entonces el Lobo Gris.
— ¿Cómo no he de llorar si me he enamorado con toda mi alma de Elena y ahora es preciso que se la entregue al zar Afrón?
— Pues escúchame — contestóle el Lobo—. Yo me transformaré en infanta y tú me llevarás ante el zar. Cuando recibas el Caballo de las Crines de Oro, márchate inmediatamente con ella, y cuando pienses en mí, volveré a reunirme contigo.
Cuando llegaron al reino del zar Afrón, el Lobo se revolcó en el suelo y quedó transformado en la infanta Elena la Bella; y mientras que el zarevich Iván se presentaba ante el zar con la fingida infanta, la verdadera se quedó en el bosque esperándole.
Alegróse grandemente el zar Afrón al verlos llegar, e inmediatamente le dio el caballo prometido, despidiéndole con mucha cortesía.
Iván Zarevich montó sobre el caballo, llevando consigo a la infanta, y se dirigió hacia el reino del zar Dolmat para que le entregase el Pájaro de Fuego.
Mientras tanto el Lobo Gris seguía viviendo en el palacio del zar Afrón. Pasó un día y luego otro y un tercero, hasta que al cuarto le pidió al zar permiso para dar un paseo por el campo. Consintió el zar y salió la supuesta Elena acompañada de damas y doncellas; pero de pronto desapareció sin que las que la acompañaban pudieran decir al zar otra cosa sino que se había transformado en un lobo gris.
Iván Zarevich seguía su camino con su amada, cuando sintió como una punzada en el corazón, y al mismo tiempo se dijo:
— ¿Dónde estará ahora mi amigo el Lobo Gris?
Y en el mismo instante se le presentó éste delante diciendo:
— Aquí me tienes. Siéntate, Iván, si quieres, en mi lomo.
Pusiéronse los tres en marcha y, por fin, llegaron al reino de Dolmat; cerca ya del palacio, el zarevich dijo al Lobo:
— Amigo mío, óyeme y hazme, si puedes, el último favor; yo quisiera que el zar Dolmat me entregase el Pájaro de Fuego sin tener necesidad de desprenderme del Caballo de las Crines de Oro, pues me gustaría mucho poderlo conservar a mi lado.
Transformóse el Lobo en caballo y dijo al zarevich:
— Llévame ante el zar Dolmat y recibirás el Pájaro de Fuego.
Mucho se alegró el zar al ver a Iván, a quien dispensó una gran acogida, saliendo a recibirlo al gran patio de su palacio. Le dio las gracias por haberle traído el Caballo de las Crines de Oro, le obsequió con un gran banquete, que duró todo el día, y sólo cuando empezaba a anochecer le dejó marchar, entregándole el pájaro con jaula y todo.
Acababa de salir el sol cuando Dolmat, que estaba impaciente por estrenar su caballo nuevo, mandó que lo ensillaran, y montándose en él salió a dar un paseo; pero en cuanto estuvieron en pleno campo empezó el caballo a dar coces y a encabritarse hasta que lo tiró al suelo. Entonces el zar vio, con gran asombro, cómo el Caballo de las Crines de Oro se transformaba en un lobo gris que desaparecía con la rapidez de una flecha.
Llegóse el Lobo hasta donde estaba el zarevich y le dijo:
— Móntate sobre mí mientras que la hermosa Elena se sirve del Caballo de las Crines de Oro.
Entonces lo llevó hasta donde al principio del viaje le mató el caballo, y le habló de este modo:
— Ahora, adiós, Iván Zarevich; te serví fielmente, pero ya debo dejarte.
Y diciendo esto desapareció.
Iván Zarevich y Elena la Bella se dirigieron al reino de su padre; pero cuando estaban cerca de él quisieron descansar al pie de un árbol.
Ató Iván el caballo, puso junto a sí la jaula con el Pájaro de Fuego, se tumbó en el musgo y se durmió; Elena la Bella durmióse también a su lado.
En tanto, los hermanos de Iván volvían a su casa con las manos vacías. Habían escogido en la encrucijada el camino que se veía enfrente; bebieron, se divirtieron grandemente y ni siquiera habían oído hablar del Pájaro de Fuego. Una vez que hubieron malgastado todo el dinero, decidieron volver al reino de su padre, y cuando regresaban vieron al pie de un árbol a su hermano Iván que dormía junto a una joven de belleza indescriptible. A su lado estaba atado el Caballo de las Crines de Oro, y también descubrieron al Pájaro de Fuego encerrado en su jaula.
Los zareviches desenvainaron sus espadas, mataron a su hermano e hicieron pedazos su cuerpo.
Despertóse Elena, y al ver muerto y destrozado a Iván rompió en amargo llanto.
— ¿Quién eres, hermosa joven? — Preguntó el zarevich Demetrio.
Y ella le contestó:
— Soy la infanta Elena la Bella; a mi reino fue a buscarme el zarevich
Iván, a quien acabáis de matar.
— Escucha, Elena — le dijeron los zareviches—: haremos contigo lo mismo que con Iván si te niegas a decir que fuimos nosotros los que te sacamos de tu reino, lo mismo que al caballo y al pájaro.
Temió Elena la muerte y prometió decir todo lo que le ordenasen.
Entonces los zareviches Demetrio y Basilio la llevaron, junto con el caballo y el pájaro, a casa de su padre y se alabaron ante éste de su arrojo y valentía. Los zareviches estaban satisfechísimos, pero la hermosa Elena lloraba incesantemente, el Caballo de las Crines de Oro caminaba con la cabeza tan baja que casi tocaba al suelo con ella, y el Pájaro de Fuego estaba triste y deslucido; tanto, que el resplandor que despedía su plumaje era muy débil.
El cuerpo destrozado de Iván quedó por algún tiempo al pie del árbol, y ya empezaban a acercarse las fieras y las aves de rapiña para devorarlo, cuando acertó a pasar por allí el Lobo Gris, que se estremeció mucho al reconocer el cuerpo de su amigo.
— ¡Pobre Iván Zarevich! ¡Apenas te dejé, te sobrevino una desgracia! Es menester que te auxilie una vez más.
Ahuyentó a los pájaros y fieras que rodeaban ya el cuerpo de su amigo y se escondió detrás de un zarzal. A poco vio venir volando a un cuervo que, acompañado de sus pequeñuelos, venía a picotear en el cadáver; cuando pasaron delante de él, saltó desde el zarzal y se abalanzó sobre los pequeños; pero el Cuervo padre le gritó:
— ¡Oh, Lobo Gris! ¡No te comas a mis hijos!
— Los despedazaré si no me traes en seguida el agua de la muerte y el agua de la vida.
Elevó el vuelo el cuervo padre y se perdió de vista. Al tercer día volvió trayendo dos frascos; entonces el Lobo Gris hizo pedazos a uno de los cuervecitos y lo roció con el agua de la muerte, y al momento los pedacitos volvieron a unirse; cogió el frasco del agua de la vida, rociólo igualmente con ella y el cuervecito sacudió sus plumas y echó a volar.
Entonces el Lobo Gris repitió con el zarevich la misma operación de rociarlo con las dos aguas, que le hicieron resucitar y levantarse, diciendo:
— ¿Cuánto tiempo he dormido?
El Lobo Gris le contestó:
— Habrías dormido eternamente si yo no te hubiese resucitado, porque tus hermanos, después de matarte, hicieron pedazos tu cuerpo. Hoy tu hermano Demetrio debe casarse con Elena la Bella y el zar cede todo su reino a tu hermano Basilio a cambio del Caballo de las Crines de Oro y del Pájaro de Fuego; pero móntate sobre tu Lobo Gris, que en un abrir y cerrar de ojos te llevará a presencia de tu padre.
Cuando el Lobo apareció con el zarevich en el vasto patio del palacio todo pareció tomar más vida: Elena la Bella sonrió, secando sus lágrimas; oyóse relinchar en la cuadra al Caballo de las Crines de Oro, y el Pájaro de Fuego esparció tal resplandor, que llenó de luz todo el palacio.
Al entrar Iván en éste vio todos los preparativos para el banquete de boda y que estaban ya reunidos los invitados a la ceremonia para acompañar a los novios Demetrio y Elena. Ésta, al ver a su antiguo prometido, se le echó al cuello abrazándolo estrechamente; pasado este primer ímpetu de alegría, contó al zar cómo fue Iván quien la sacó de su reino, así como quien consiguió traer al Caballo de las Crines de Oro y al Pájaro de Fuego; que después, mientras Iván dormía, sus hermanos lo habían matado y que a ella le habían hecho callar con amenazas. El zar Vislav, lleno de cólera, ordenó que expulsasen de su reino a sus dos hijos mayores.
El zarevich Iván se casó con Elena la Bella y vivieron una vida de paz y amor.
¡Al Lobo Gris no se le volvió a ver más, ni nadie se acordó de él nunca!

Carta abierta al: Solsticio de verano.

Querido verano:
¡No te imaginas lo mucho que me alegro de volver a verte!. Ha sido un invierno largo, bueno ya se que en realidad siempre tiene la misma duración, pero te aseguro que este año me ha parecido que duraba como tres meses más. No, no me llames exagerada… no te imaginas lo duro que se hace que a las 5 de la tarde el sol desaparezca y te deje tirada y abandonada al frío y la oscuridad. Todo parece peor en invierno. Por eso te tengo tantas ganas. Tengo ganas de esos días interminables, de esas tardes soleadas y animadas. De salir del trabajo, que el sol aún brille y tener ganas de hacer mil cosas y no encerrarte en casa. Porque aunque en realidad nada haya cambiado, la realidad siga muy chunga, todo parece mejor en verano. Nos das una dosis extra de optimismo y vitalidad. 
He oído que este año vienes menos cálido que años anteriores. La verdad, no se si creerlo. Seguro que allá por el mes de Agosto nos tienes reservados días de calor extremo. La verdad es que  no estaría mal que moderaras tus arrebatos calurosos, pero no seré yo la que me queje. Todos tenemos un lado oscuro y todos tenemos arrebatos de genio y tú no ibas a ser menos. Pero aún así prefiero mil veces tu compañía a la de tu hermano el invierno.
 Gracias por traer de vuelta la alegría de vivir y tantas cosas buenas que vienen contigo. Cosas como los días de playa, los helados, los chiringuitos y sobretodo, las vacaciones…
Bienvenido seas, querido verano.

Primavera poética II.

HAGAMOS UN TRATO (Mario Benedetti)
Compañera 
usted sabe 
puede contar 
conmigo 
no hasta dos 
o hasta diez 
sino contar 
conmigo 

si alguna vez 
advierte 
que la miro a los ojos 
y una veta de amor 
reconoce en los míos 
no alerte sus fusiles 
ni piense qué delirio 
a pesar de la veta 
o tal vez porque existe 
usted puede contar 
conmigo 

si otras veces 
me encuentra 
huraño sin motivo 
no piense qué flojera 
igual puede contar 
conmigo 

pero hagamos un trato 
yo quisiera contar 
con usted 

es tan lindo 
saber que usted existe 
uno se siente vivo 
y cuando digo esto 
quiero decir contar 
aunque sea hasta dos 
aunque sea hasta cinco 
no ya para que acuda 
presurosa en mi auxilio 
sino para saber 
a ciencia cierta 
que usted sabe que puede 
contar conmigo.

El hilo rojo (leyenda japonesa).


Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia. Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo : «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza. Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda. Y en el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente.