Los cuentos del hada Jengibre en La noche encendida de Kiss fm.

En mayo estuve unos días ingresada en el hospital y para entretener las largas noches de hospital, que se hacen eternas, escuchaba la raqdio. Así descubrí un programa que me encantó: La noche encendida en Kiss fm, presentado por Enrique Marrón. El programa tiene varias secciones entre ellas una llamada “relato en 200 palabras”. Y un día me animé a enviar uno de mis relatos, uno al que le tengo un especial cariño: La caja de música. No sabía si lo leerían, pues aunque es breve, tiene más de 200 palabras. Pero sí, al final lo han leído. Anoche fue la gran noche. Os dejo la grabación del cuento en la voz de Enrique Marrón, que le da un encanto muy especial al relato.

Muchas gracias a Kiss fm y a Enrique Marrón por encender mi relato.

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Balada de otoño.

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Balada de otoño (Joan Manuel Serrat)

  Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.

Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece
un niño que el viento mece
con su balada en otoño.

Una balada en otoño,
un canto triste de melancolía,
que nace al morir el día.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados
sobre los campos, llueve.

Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.

Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.

Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.

Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados…

Pink Candy.

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Este cuento va dedicado a todas esas mujeres maravillosas que han luchado, luchan o lucharán con valor y coraje. Y también para sus parejas, sus familias que también sufren y luchan sin descanso junto a ellas. Dejarme que lo dedique especialmente a dos de esas mujeres. María y Pilar, mis tías. Dos guerreras que han luchado y han ganado esta partida. Va por vosotras.

Pink candy (por Jengibre)

Era su primer día en el colegio. Acababa de llegar a la ciudad y por eso empezaba unos días más tarde que los demás niños. Estaba un poco asustada, sólo tenía 5 años y ya había dejado atrás toda su visa. Mamá decía que se adaptaría y que haría nuevos amigos. “Sólo tienes que sonreír como haces siempre” le había dicho mientras le cepillaba su larga melena de un intenso color rojo. Suspiró pensando en los amigos que había dejado atrás y que había estado a su lado desde que era poco más que un bebé. Si crecer era eso la verdad es que era un rollo repollo.
Entró en el colegio sintiéndose un poco perdida pero no pudo evitar sonreír al ver que no era tan malo como lo había imaginado. De la mano de su madre entró en la clase y mientras ésta hablaba con la que sería su profesora ella sintió como las miradas de unos veinte niños fijas en ella lo que hizo que se pusiera tan roja como su pelo, pero se sobrepuso y levantó su cabeza orgullosa y los miró con curiosidad. No pudo evitar fijarse en un niño que sentado en la última fila la miraba a escondidas y tan colorado como antes lo había estado ella. Cuando la profesora le indicó que se sentara junto a él, al pobre casi le da un colapso y apenas fue capaz de murmurar un saludo cuando ella le sonrió amistosa, se sentía sola y necesitaba un amigo. Pero él apenas levantó la mirada de su cuaderno en todo el día.
Y así cada mañana. Ella llegaba a clase con su mejor sonrisa, esa que según decía su mamá era capaz de encantar a todos los que la rodeaban. Le miraba, esperanzada, deseando que él le dijera más de dos palabras seguidas; pero no, seguía sin siquiera mirarla. Ella suspiraba resignada. Quería ser su amiga, aunque ya no se sentía sola porque como predijo su madre, se había adaptado y tenía muchos amigos, pero algo dentro de ella le decía que su mudo compañero de pupitre era alguien muy especial.
Pero un día todo volvió a cambiar para ella. Una mañana encontró a su mamá llorando en la cocina y a su papá muy serio esperándola para desayunar con ella. Le explicó que su mamá estaba enferma y que tendría que estar unos días en el hospital. Algo sobre un bulto que le tenían que quitar, no lo entendió muy bien, pero su papá le dijo que los médicos la curarían y que ella tenía que ser fuerte, que ya era una niña mayor y que las niñas mayores no lloraban.
Pero al llegar a la clase no pudo más ser una niña mayor y en cuanto su papá le dio un beso de despedida, rompió a llorar con todo su alma, desconsolada. Y allí estaba él, a su lado, mirándola como nunca lo había hecho y ofreciéndole una pirueta. Se quedó tan sorprendida que dejó de llorar, ¡él la estaba mirando! y no había vuelto a bajar la mirada a su cuaderno y además ¡le estaba hablando!. Le decía que podía contarle lo que le pasara, que era su amigo y que eso es lo que hacían los amigos. Y se lo contó todo, lo del bulto ese que tenían que quitarle a su mamá, de lo triste que estaba su papá y del miedo que sentía ella. Contarle todo eso hizo que se sintiera mejor. En ese momento supo que había hecho un amigo para siempre y eso le devolvió su sonrisa.

Cuando llegó el día de la operación de su mamá estaba un poco nerviosa, pero el médico le había prometido que todo iría bien y que se recuperaría y ella le creyó. Todo fue bien, unos días en el hospital y de vuelta a casa y a seguir los tratamientos. En ese tiempo ella se comportó mejor que nunca, nada de travesuras, se dedicaba a mimarla y hacerla reír algo que se le daba muy bien. No siempre era fácil, pero ella era una niña muy valiente y no se daba por vencida. Cuando su mamá se cortó el pelo muy corto ella le regaló un pañuelo rosa precioso y se compró uno igual para ella. Estaban divinas, las dos iguales.

Como todos los cuentos, este también tiene un final feliz. Su mamá se recuperó y olvidaron todos los momentos difíciles. Ya no necesitaban los pañuelos y como eran tan especiales para ellas decidieron guardarlos en la caja donde su mamá guardaba sus recuerdos. Antes de cerrarla se acordó de aquella piruleta que le regaló su compañero de pupitre y que resultó ser el más poderoso de los talismanes.

Concurso de relatos brevísimos Mandarin.

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Me he presentado al concurso de relatos brevísimos Mandarin. Este año el tema era la gastronomía. 150 palabras para emocionar a los jueces.  Os dejo el enlace a la página del concurso, por si queréis degustar mis relatos. Espero que os gusten.

¡Deseadme suerte, por favor!

http://www.relatosbrevisimosmandarin.com/787-el-bizcocho-del-amor/

http://www.relatosbrevisimosmandarin.com/938-corazon-de-caramelo/

Canción de otoño en primavera.

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Canción de otoño en primavera (Rubén Darío)

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé…
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.
Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía…
En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé…
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe…
Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.
Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también…
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín…
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
¡Mas es mía el Alba de oro!

Carta abierta: al Otoño.

Querido Otoño:

¡Me alegro mucho de que estés de vuelta! la verdad es que te he extrañado mucho desde que nos dejó, cediendo el paso al invierno frío y desolador.

Ha sido un año duro y difícil. El invierno se me hizo largo (¿seguro que no duró más días de los que le tocan por convenio?), esperé la primavera con esperanza de que su luz y su calor consiguieran reparar mi espíritu. Pero no, esta vez la srta Primavera tenía otros planes o simplemente reservo su calor para alguien más necesitado de ellos que yo.  Ella también pasó por mi vida con más pena que gloria, dejándome enferma y herida. El verano todavía fue más deprimente, sus regalos fueron soledad y tristeza; heridas abiertas que se negaron a cerrarse bajo los rayos ardientes del sol del verano.

¡Y ahora por fin estás tú aquí, mi estación favorita! Y espero que vengas cargado de energía porque tengo muchas esperanzas puestas en ti; sé que no me defraudarás. Siempre ha sido así, será porque yo soy flor de otoño y es bajo tu luz dorada y cálida que mi alma renace y se regenera. Este año tienes doble trabajo pues no sólo es mi alma lo que necesita de tus cuidados. Pero sé que lo lograrás. Que cuando tengas que marcharte yo estaré sino totalmente regenerada sí por lo menos mi alma volverá a ser lo que fue.

Es curioso como la gente puede decir de ti que eres gris y melancólico.  No te conocen bien, no tanto como yo. Eres todo lo contrario, estás lleno de colores, como bien saben los que hayan paseado por un bosque en estas fechas, hay tantos tonos diferentes que van desde el verde al dorado que todo el espacio parece brillar. Esa maravilla de luz dorada y cálida es el regalo del sol, su canto del cisne antes de la llegada del invierno.

Este año me gustaría que te quedaras hasta la primavera, ya sabes que no me gusta el invierno, que odio el frío, ese frío que hiela el alma. Se que no puede hacerlo, por eso espero que seas generoso conmigo y me dejes “a full” de tu energía mágica y reparadora para afrontar lo que quiera que me traigan tus hermanos.

Gracias, querido otoño, por no defraudarme nunca.