Publicado en cuentos, especiales

Pink Candy.

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Este cuento va dedicado a todas esas mujeres maravillosas que han luchado, luchan o lucharán con valor y coraje. Y también para sus parejas, sus familias que también sufren y luchan sin descanso junto a ellas. Dejarme que lo dedique especialmente a dos de esas mujeres. María y Pilar, mis tías. Dos guerreras que han luchado y han ganado esta partida. Va por vosotras.

Pink candy (por Jengibre)

Era su primer día en el colegio. Acababa de llegar a la ciudad y por eso empezaba unos días más tarde que los demás niños. Estaba un poco asustada, sólo tenía 5 años y ya había dejado atrás toda su visa. Mamá decía que se adaptaría y que haría nuevos amigos. “Sólo tienes que sonreír como haces siempre” le había dicho mientras le cepillaba su larga melena de un intenso color rojo. Suspiró pensando en los amigos que había dejado atrás y que había estado a su lado desde que era poco más que un bebé. Si crecer era eso la verdad es que era un rollo repollo.
Entró en el colegio sintiéndose un poco perdida pero no pudo evitar sonreír al ver que no era tan malo como lo había imaginado. De la mano de su madre entró en la clase y mientras ésta hablaba con la que sería su profesora ella sintió como las miradas de unos veinte niños fijas en ella lo que hizo que se pusiera tan roja como su pelo, pero se sobrepuso y levantó su cabeza orgullosa y los miró con curiosidad. No pudo evitar fijarse en un niño que sentado en la última fila la miraba a escondidas y tan colorado como antes lo había estado ella. Cuando la profesora le indicó que se sentara junto a él, al pobre casi le da un colapso y apenas fue capaz de murmurar un saludo cuando ella le sonrió amistosa, se sentía sola y necesitaba un amigo. Pero él apenas levantó la mirada de su cuaderno en todo el día.
Y así cada mañana. Ella llegaba a clase con su mejor sonrisa, esa que según decía su mamá era capaz de encantar a todos los que la rodeaban. Le miraba, esperanzada, deseando que él le dijera más de dos palabras seguidas; pero no, seguía sin siquiera mirarla. Ella suspiraba resignada. Quería ser su amiga, aunque ya no se sentía sola porque como predijo su madre, se había adaptado y tenía muchos amigos, pero algo dentro de ella le decía que su mudo compañero de pupitre era alguien muy especial.
Pero un día todo volvió a cambiar para ella. Una mañana encontró a su mamá llorando en la cocina y a su papá muy serio esperándola para desayunar con ella. Le explicó que su mamá estaba enferma y que tendría que estar unos días en el hospital. Algo sobre un bulto que le tenían que quitar, no lo entendió muy bien, pero su papá le dijo que los médicos la curarían y que ella tenía que ser fuerte, que ya era una niña mayor y que las niñas mayores no lloraban.
Pero al llegar a la clase no pudo más ser una niña mayor y en cuanto su papá le dio un beso de despedida, rompió a llorar con todo su alma, desconsolada. Y allí estaba él, a su lado, mirándola como nunca lo había hecho y ofreciéndole una pirueta. Se quedó tan sorprendida que dejó de llorar, ¡él la estaba mirando! y no había vuelto a bajar la mirada a su cuaderno y además ¡le estaba hablando!. Le decía que podía contarle lo que le pasara, que era su amigo y que eso es lo que hacían los amigos. Y se lo contó todo, lo del bulto ese que tenían que quitarle a su mamá, de lo triste que estaba su papá y del miedo que sentía ella. Contarle todo eso hizo que se sintiera mejor. En ese momento supo que había hecho un amigo para siempre y eso le devolvió su sonrisa.

Cuando llegó el día de la operación de su mamá estaba un poco nerviosa, pero el médico le había prometido que todo iría bien y que se recuperaría y ella le creyó. Todo fue bien, unos días en el hospital y de vuelta a casa y a seguir los tratamientos. En ese tiempo ella se comportó mejor que nunca, nada de travesuras, se dedicaba a mimarla y hacerla reír algo que se le daba muy bien. No siempre era fácil, pero ella era una niña muy valiente y no se daba por vencida. Cuando su mamá se cortó el pelo muy corto ella le regaló un pañuelo rosa precioso y se compró uno igual para ella. Estaban divinas, las dos iguales.

Como todos los cuentos, este también tiene un final feliz. Su mamá se recuperó y olvidaron todos los momentos difíciles. Ya no necesitaban los pañuelos y como eran tan especiales para ellas decidieron guardarlos en la caja donde su mamá guardaba sus recuerdos. Antes de cerrarla se acordó de aquella piruleta que le regaló su compañero de pupitre y que resultó ser el más poderoso de los talismanes.

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Autor:

Investigadora dual...

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