Azul, el tranvía mágico.

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Azul, el tranvía mágico.

Había una vez una ciudad al lado del mar. Era una pequeña ciudad cuyas murallas que antiguamente le habían protegido de piratas y peligros, ahora le impedían crecer y convertirse en la ciudad moderna y cosmopolita que estaba destinada a ser. Los tiempos cambiaban, y a falta de enemigos, las murallas fueron derribadas liberando la ciudad, que empezó a crecer tanto y tanto que absorbió a los pueblos de alrededor. Tan grande se hizo en tan poco tiempo que los viejos carruajes de caballos apenas daban abasto para acercar a todos los nuevos barrios que se iban construyendo.

Así surgieron unos nuevos habitantes de la ciudad, los tranvías, unos extraños carruajes de madera que en lugar de caballos corrían sobre unos raíles de hierro y que con su brazo metálico articulado se agarraba a un cable eléctrico que le daba energía a la vez que evitaba que descarrilara en las curvas. Por toda la ciudad viajaban raudos, uniendo a la gente. Cada uno de ellos estaba pintado de un color, diferente para  cada uno. Así la gente sabía cual tenía que coger para ir a un sitio o a otro. Los había de color amarillo, rojo, verde, lila o azul. Amarillo bajaba hasta las playas, Verde unía los dos ríos y Azul que subía a la montaña del Tibidabo.

Durante mucho tiempo fueron los reyes indiscutibles, pero como siempre pasa nuevos tiempos tienen nuevos inventos. Aparecieron los automóviles, autobuses y trolebuses que, impulsados por gasolina, no necesitaban los raíles ni el tendido eléctrico para moverse lo que facilitaba que llegaran a todos los rincones de una ciudad en continuo crecimiento. Así, uno a uno, los tranvías fueron sustituidos, almacenados y olvidados en los baúles del tiempo y la memoria.

Pero uno de ellos no acabó como sus hermanos. Azul, el pequeño tranvía que unía la ciudad con su montaña más alta. Y os preguntaréis como pudo Azul librarse de tan oscuro destino. Pues veréis, ¡Azul era un tranvía mágico! El único de sus hermanos que lo era y eso lo salvó del olvido.

¿Cómo llegó a ser mágico, os preguntaréis? Sí, esa es una buena pregunta… Como os he dicho, Azul subía cada día a la cima de la montaña del Tibidabo, la montaña mágica, como también se la conocía en la ciudad. Pero aunque todo el mundo la llamaba así, casi nadie sabía a qué se debía. Sólo algunos sabían que en lo alto de la montaña vivía un mago muy poderoso. Le encantaba su casa en la montaña, rodeado de espesos bosques donde se respiraba un aire mucho más limpio que el del resto de la ciudad, cuyas fábricas empezaban a escupir negros humos por oscuras chimeneas de ladrillos rojos… el progreso tiene un precio, como bien sabía el mago. Pero se sentía un poco solo pues bajar a ver a sus amigos era cansado, la montaña era bastante alta. Y pocos de ellos se atrevían a subir a verle a él.

Pero todo eso cambió con la llegada de Azul, el viajero incansable, que cada día subía y bajaba la montaña sin esfuerzo. El mago podía visitar la ciudad cada vez que lo necesitaba y sus amigos subían a su casa para disfrutar de las vistas y la naturaleza. Así empezó la amistad entre Azul y el mago. Una amistad que duraría más allá del tiempo y el espacio. El mago, agradecido, le concedió a su tranvía un don. Con su poderosa magia convirtió a Azul en un tranvía parlanchín y divertido. Aunque no todos podían escucharlo, sólo aquellos que aún creían en la magia eran capaces de escucharlo y hablar con él. Por eso Azul se convirtió en el favorito de toda la chiquillería de la ciudad, y de algunos adultos, apenas unos cuantos, que nunca habían perdido de vista el niño que un día fueron. Eso fue lo que le salvó del retiro y del desguace como a sus hermanos.

Cada día subían más y más niños a la montaña. Esperaban muy formalitos en la parada a que Azul llegara, sonriente y saludando a todos con un “Buenos días pequeñajos” que hacía las delicias de toda la chiquillería. Subían uno a uno, formalitos, saludando al tranvía con un cortes “buenos días, Sr. Tranvía” y se sentaban en los bancos de madera, bien sentaditos para no caerse en las numerosas curvas del camino. Azul saludaba a cada uno, preguntándoles como estaban y si habían dormido bien, y cuando estaban todos bien sentados emprendía el viaje hacia la aventura, como le gustaba creer que era allí hacia donde se dirigían. Y en el fondo, para cada uno de aquellos niños, lo era.

Toda esa chiquillería invadiendo “su” montaña lejos que enfadar al mago le dio una idea genial. Se le ocurrió convertir la montaña en un inmenso parque de atracciones, el primero que se crearía en la ciudad. Tal como lo pensó se puso manos a la obra, y como por arte de magia la montaña cobró vida con unas atracciones que nunca antes se habían visto en la ciudad. Había una noria gigantesca, un gran carrusel que giraba al son de una maravillosa e hipnótica música, un palacio de espejos mágicos que transformaban la realidad y un pequeño aeroplano. También había unos maravillosos autómatas, figuras que parecían tener vida propia y cuya magia fascinaba por igual a chicos y grandes. Huelga decir que la inauguración del parque fue el éxito más sonado de su época. Todos los niños de la ciudad se morían de ganas de visitarlo. Y con frecuencia los padres utilizaban la visita al parque como premio a un año de estudios y buenas notas.

El tiempo no se detiene por nada, y discurre imparable cambiándolo todo, pero a diferencia de los tranvía que desaparecieron, el parque fue creciendo más y más con cada década que pasaba. Nuevas atracciones surgían en la montaña, acompañando a las antiguas y haciendo grande el parque. Montañas rusas, autos de choque o tazas giratorias eran ahora las que hacía las delicias de pequeños y grandes.

La montaña se hizo tan famosa y concurrida que la casa del mago, que años atrás era un lugar solitario y tranquilo, se convirtió en un lugar demasiado concurrido para su gusto. Así que decidió emigrar a otro lugar más tranquilo, pero antes de irse se despidió de su gran amigo Azul. El tranvía se sentía culpable, porque creía que era culpa suya que él se marchara, y aunque ahora hablaba con un montón de niños cada día, echaría mucho de menos las conversaciones que mantenía con su gran amigo. Fue una despedida muy triste en la que ambos lloraron más de los que les gusta reconocer, pero antes de irse el mago aseguró a su pequeño tranvía que nunca nadie lo sustituiría, no importaba cuanto avanzaran las tecnologías él seguiría discurriendo por sus raíles mientras el tiempo fuera tiempo.

Y así sigue hoy en día, cuando la ciudad que lo vio nacer es una de las más modernas y cosmopolitas del mundo. Azul sigue su camino, feliz e incansable subiendo a todos los niños de la ciudad y a la multitud de turistas que vienen desde rincones lejano para verlo. Porque Azul no ha cambiado nada, cada mañana sigue recibiendo y saludando a los niños, hablando con ellos, escuchando sus historias, viendo sus caritas felices deseando que se ponga en marcha y empiece la aventura. Eso le hace feliz, aunque cada día extraña la amistad que lo unió al Mago pues los niños crecen, cambian y se olvidan de la magia y de él. Desearía volver a tener un amigo de verdad… Y piensa en la pequeña que desde hace unos días pasa cada día por su parada para saludarlo… pero que nunca sube en él… y no entiende por qué siente algo muy especial cada mañana cuando la ve…

Pero eso es otra historia que debe ser contada en otra ocasión.

por Jengibre.

Para mi pequeña sirenita, cuya risa es el combustible que ha vuelto a poner en marcha el motor de mis cuentos. Te quiero!!!!!

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