God save the Queen! In memoriam.

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Querido Freddy:

Así es como siempre te recuerdo, sobre un escenario, espectáculo en estado puro. Como en este concierto mítico en el mítico estadio de Wembley (el desaparecido Wembley). Siempre recordaré ese Band Aid. Un concierto como aquel sólo podíais abrirlo vosotros.

Creo que sigues con el show allá donde quiera que estés. Te imagino cantando Bohemian Rhapsody tocando el piano a cuatro manos junto a Mozart, Janis Joplin a los coros, Jimmy Hendrix cogería su guitarra para acompañarte. Puedo ver la cara de Dios, o como cada uno quiera llamar a ese ser superior, aplaudiendo a rabiar, afortunado por poder disfrutarte. Nosotros, pobres mortales, tenemos que conformarnos con tus discos y vídeos…

Y te aseguro que cuando me llegue el momento de cruzar el telón de este mundo, pediré entrada de primera fila, mejor aún, un pase de backstage para poder cantar contigo We are the champions. Y seré feliz, como siempre lo soy cuando te escucho.

Gracias Freddy, por todo.

Otoño poético’15

Rinconcito romántico V

Peces de ciudad, Joaquín Sabina.

Se peinaba a lo garçon
la viajera que quiso enseñarme a besar
en la gare d’Austerlitz.
Primavera de un amor
amarillo y frugal como el sol
del veranillo de san Martín.
Hay quien dice que fui yo
el primero en olvidar
cuando en un si bemol de Jacques Brel
conocí a mademoiselle Amsterdam.
En la fatua Nueva York
da más sombra que los limoneros
la estatua de la libertad,
pero en desolation row
las sirenas de los petroleros
no dejan reír ni volar
y, en el coro de Babel,
desafina un español.
No hay más ley que la ley del tesoro
en las minas del rey Salomón.
Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis sueños va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje,
luciendo los tatuajes
de un pasado bucanero,
de un velero al abordaje,
de un no te quiero querer.
Y cómo huir
cuando no quedan
islas para naufragar
al país
donde los sabios se retiran
del agravio de buscar
labios que sacan de quicio,
mentiras que ganan juicios
tan sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios
de los peces de ciudad
que mordieron el anzuelo,
que bucean a ras del suelo,
que no merecen nadar.
El Dorado era un champú,
la virtud unos brazos en cruz,
el pecado una página web.
En Comala comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver.
Cuando en vuelo regular
pisé el cielo de Madrid
me esperaba una recién casada
que no se acordaba de mí.
Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis venas va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje,
luciendo los tatuajes
de un pasado bucanero,
de un velero al abordaje,
de un liguero de mujer.
Y cómo huir
cuando no quedan
islas para naufragar
al país
donde los sabios se retiran
del agravio de buscar
labios que sacan de quicio,
mentiras que ganan juicios
tan sumarios que envilecen
el cristal de los acuarios
de los peces de ciudad
que perdieron las agallas
en un banco de morralla,
en una playa sin mar.

Tengo un sueño. (Carta a mi misma)

Tengo un sueño, quizás el más antiguo de entre los muchos que sueño. He sido una niña soñadora que ahora es una adulta que no ha perdido la capacidad de hacerlo. Muchos de esos sueños se han ido quedando por el camino, otros los he ido cumpliendo. Pero este sueño primigenio sigue ahí, latente, no sé bien porqué. Bueno, en realidad sí que intuyo porqué nunca lo he cumplido ni lo he abandonado. Se trata de un sueño que es demasiado importante para mí. Por eso yo misma lo he ido bloqueando.
Mi más secreto deseo desde siempre es ser escritora. Recuerdo que en el colegio cada vez que como tarea nos pedían una redacción era simplemente feliz, más si el tema era libre. Cogía mi libreta, el bolígrafo y me dejaba llevar, llenando páginas de palabras que se convertían en aventuras maravillosas que vivía al tiempo que las escribía. Si en clase tenía que leerlas en voz alta, no había problema, olvidaba mi timidez innata en cuanto me volvía a sumergir en la historia que yo misma había creado.
Pero crecí y aunque seguía fascinándome el poder de crear historias, me podía el miedo a que los demás pudieran leerlas y, lo que es peor, juzgarlas con dureza. Por eso yo misma bloqueé ese sueño.
Seguí con mi vida, o por lo menos con la vida que se suponía que debía seguir. El sueño seguía ahí, negándose a abandonarme, esperando paciente a tener su oportunidad de cumplirse.
Dicen que todo pasa por un motivo, que nada hay casual. Debe ser cierto porque la vida me puso en una encrucijada, debía elegir seguir como hasta entonces o dar un golpe de timón y vivir “mi” tiempo y “mi” vida a mi manera. Así que tomé las riendas de mi vida, momento que aprovechó ese sueño que se había quedado atascado en mi subconsciente, reclamando la oportunidad que le había sido negada. Justo en ese momento conocí a una persona muy especial, que me hizo ver que no pasaba nada porque la gente leyera mis escritos, que para eso se creaban. Él, su confianza en mí cuando yo no lo hacía, fue lo que devolvió a mi vida el placer de tejer palabras para volver a crear historias.
Las primeras salían tímidas, un poco asustadas de presentarse al mundo, pero con cada nueva historia éstas se volvían más audaces. Cuanto más escribía, con más facilidad se generaban nuevas historias. Historias que me hacían feliz, sentirme plena y que se llevaban un pedazo de mi, mayor de lo que imaginaba.
Pero no me di cuenta de cuan frágil era aquella nueva determinación. Cuando llegaron los momentos difíciles opté por convencerme de que no era lo suficiente buena y abandoné a su suerte un montón de historias. Volví a encerrar ese sueño, creyendo que esta vez sería para siempre… Dejé de escribir ficción, perdí el hábito de escribir y terminé abandonado el blog.
De nuevo la vida decidió echarme un cable en la forma de una niña muy querida. Me pidió que le escribiera un cuento. Esas fueron las palabras mágicas que liberaron todas esas historias cautivas. Escribí un cuento, el primero en años. Sentí como volvía la magia a mis dedos. Pero me faltaba algo.
El último empujón me lo dieron en un taller de coaching sobre creatividad. Era a nivel general, pues la creatividad está presente en todos los aspectos de nuestra vida; cada uno de los asistentes lo adaptaba a su necesidad. Allí descubrí que mi problema, además de falta de autoconfianza, era falta de materialización de las ideas que pueblan mi cabeza. También descubrí que en realidad mi sueño se ha cumplido. Se cumplió cuando creé el blog y empecé a escribir mis relatos para todos los que quisieran leerlos. Por eso debería decir: Yo tenía un sueño…
… que se convirtió en una realidad.

La respuesta está en el viento… In memoriam…

rola-lazo-luto

Blowing in the wind. (Bob Dylan)

How many roads must a man walk down,
Before you can call him a man?
How many seas must a white dove sail,
Before she sleeps in the sand?
Yes, and how many times must cannonballs fly,
Before they’re forever banned?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind

Yes, and how many years can a mountain exist,
Before it’s washed to the seas (sea)
Yes, and how many years can some people exist,
Before they’re allowed to be free?
Yes, and how many times can a man turn his head,
And pretend that he just doesn’t see?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind.

Yes, and how many times must a man look up,
Before he can see the sky?
Yes, and how many ears must one man have,
Before he can hear people cry?
Yes, and how many deaths will it take till he knows
That too many people have died?
The answer, my friend, is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind

¿Cuantas muertes más necesitamos para comprender que ya ha muerto demasiada gente?  Desgraciadamente, la respuesta sigue estando en el viento…

Cada día que paso sin ti… In memoriam…

Querido y añorado tío.
Hace ya 27 años que decidiste marcharte para siempre. Sí, no me mires con esa cara… los dos sabemos que ya te habías rendido, que habías dejado de luchar, semanas antes de ese 14 de noviembre fatídico.
Nunca voy a entender porque te rendiste tan pronto, porqué, cuando todos los demás estábamos ahí, luchando hasta el final, tú decidiste que estabas cansado de vivir. Lo tenías todo a favor, tenías el mejor equipo médico atendiéndote, tenías un donante compatible (con lo difícil que es de encontrar) y una médula que estaba funcionando. Pero falto lo principal, tus ganas de vivir, de superarlo, de seguir luchando.
¿Sabes lo que más me duele de tu muerte? No es el que nos dejaras tan pronto, es la imagen con la que me quedé de ti y que siempre estará presente cuando piense en ti. No te imaginas lo que duele recordarte derrotado y sin ánimo ni ganas de vivir. Porque eso me ha robado todos los recuerdos buenos y alegres que tengo de ti. Porque tú no eras ese ser hundido y derrotado. Tú eras la alegría personificada. Y eras mi tío favorito. Ese que siempre me hacía reír, que me regalaba lo que más deseaba. ¡Que convenció a mis padres para que me compraran el radiocassette más grande y mejor que había en la tienda porque la música era lo que más me gustaba en este mundo! Eso es lo que yo quería recordar siempre aunque ya no estuvieras a mi lado. Por eso nunca he podido perdonarte.
Sé que me dirías que no era una lucha fácil. Lo sé, sé lo que es luchar contra un cáncer. Sé que no es fácil, que hay momentos en que tirarías la toalla y descansarías para siempre. Pero ves a los que están a tu lado, a los que te quieren y que están sufriendo tanto o más que tú, ves como luchan por ti. Déjame decirte que fuiste muy egoísta. ¿No se te ocurrió pensar en como nos íbamos a quedar nosotros? No, tú ya no estabas para ver el dolor reflejado en los ojos de tus padres… Tú no estabas aquella tarde, cuando sonó el teléfono… nos habías dejado ya. Me tocó quedarme yo con ellos. Sólo tenía 21 años, era la primera vez que me enfrentaba a algo así y mientras viva nunca olvidaré aquel momento. Aún hoy, aunque ha pasado casi media vida de aquello, puedo escuchar los llantos de la abuela, y nunca olvidaré el dolor tan profundo que vi en los ojos del abuelo. Aquel día él empezó a morir. y eso tampoco te lo he perdonado. En poco tiempo el también se nos fue. En 5 años perdí a las dos personas que más quería.
Desde aquel día nada fue igual. Tampoco viste como quedó tu hermana (mi madre), tu donante. Creí que ella también se nos iba. Se convirtió en un espectro. La gente pasaba a su lado y ni la conocía. Pero me juré que no dejaría que hiciera como tú, me costara lo que me costase.
Ahora, que ha pasado el tiempo, que he vivido y he madurado, que he sufrido, me he dado cuenta que todo eso que me hiciste vivir aquel mes de Noviembre no ha sido en vano. Aquel día me enseñaste a luchar, a no tirar la toalla, a no renunciar nunca. También aprendí que por muy dura y difícil que fuera lo que tuviera que afrontar nunca dejaría que los que me quieren me vieran hundida o desanimada. Que la vida y la muerte son las dos caras de la misma moneda, que llegado el momento sólo querría dejar a mi alrededor recuerdos buenos, alegres y positivos. Que cuando me recordaran lo hicieran con una gran sonrisa.
Y aquí estoy hoy, escribiendo esta carta para reconciliarme con tu recuerdo. Porque estoy cansada de estar triste, de odiar el mes de noviembre. Porque quiero dejar atrás el dolor de tu marcha y sólo quedarme con el recuerdo de todos esos momentos maravillosos que viví contigo.