Claire de lune (Claro de luna).

image

Claire de lune (claro de luna). (Jengibre)
No podía dejar de escuchar la dulce melodía que salía de la caja de madera, esa que tantos años atrás la había fascinado. Apenas era una cría que se colaba en la habitación de su abuela y, con la emoción de lo prohibido, abrir la caja una y otra vez para escuchar la música que, como por arte de magia, surgía de la madera de caoba de la que estaba fabricada la caja. Ni se fijaba en las joyas que contenía, las joyas que con tanto esmero cuidaba su abuela. Las joyas de la familia, decía orgullosa, de un lugar  lejano y un tiempo olvidado. Para ella sólo eran cristales de colores brillantes, nada más. ¡Pero la música era otra cosa! Era tan hermosa y mágica que sólo tenía que cerrar los ojos y era como volar sobre un rayo de luna. Le hacía sentir ingrávida y etérea. Y hermosa, como la luna llena, tan brillante y luminosa como ella.
Y ahora, cuando su vida se acercaba ocaso tras una vida alejada de la tradición familiar, la caja llegaba hasta ella. En el correo de la mañana, entre las facturas y folletos publicitarios, como si fuera algo vulgar, sin valor. Una caja de cartón sencilla. No conocía el remitente. Pero un pálpito le hizo abrirla con emoción. Allí estaba la caja, protegida por capas de papel de seda y junto a ella una carta. Un sobre del grueso papel que su abuela usó toda su vida, y su nombre escrito en él con la hermosa letra, anticuada y poderosa, de su abuela. Sin necesidad de leerla supo que había sido perdonada. Que su abuela, la persona más importante de toda su infancia la había perdonado.
Abrió la caja, la música, ese Claro de Luna, volvió a envolverla como antaño sintiendo como todo su cuerpo se volvía luz, tan pálida y bella como un rayo de luna.

Anuncios

Tu canción. (Your song)

image

Tú canción. (Your song) 
Toda mi vida sujetando mi corazón, negándome cualquier tipo de sentimiento, bloqueando los recuerdos. Pero el azar es caprichoso y en un segundo, cuando más seguro me sentía, un piano sonando en un anuncio de televisión y toda mi vida se vino abajo como un castillo de naipes bajo un vendaval. La reconocí en el acto, era “Tu canción”, nuestra canción. Aquella que un día me susurraste al oído, sentados en la banqueta del viejo piano que te legó tu abuelo, tan juntos que ni el aire podía colarse entre nosotros. Eran los días felices, éramos jóvenes, estábamos enamorados e íbamos a comernos el mundo. Te sentaste al piano, como cada tarde, siempre decías que la práctica hacía la perfección. Yo trataba de convencerte para que nos fuéramos a “quemar” la ciudad. Era mi cumpleaños y sólo quería celebrarlo contigo. Pero tú me engatusaste para que nos quedáramos allí. Me pediste que me sentara a tu lado y, como regalo, compusiste esa canción. “Siempre podrás contarle a la gente que es tu canción” me decías, “¿cuánta gente es dueña de una canción?” me asegurabas. ¡Qué feliz era en ese instante! Fue la última canción que me regalaste. Tú mejor canción. También la última. El azar cruel te alejaba para siempre de mi dejándome, como eterno recordatorio de lo que fue, la canción. Tu gran éxito. El dolor era tan grande que tomé la única decisión posible. Me alejé del que hasta entonces había sido mi mundo, amurallé mi corazón y me obligué a olvidar. Hasta hoy, tantos años después. Sólo unas notas y todo ha vuelto a mi. Tu recuerdo como un ciclón que derriba a su paso todas las defensas que tan duramente construí. Y, entre las lágrimas tanto tiempo reprimidas, he sentido tu presencia a mi lado susurrándome que esta siempre será mi canción. 

Un aniversario especial.

image

Hoy es un día muy especial para mi. Hoy celebro un “cumpleaños” muy especial. Tal día como hoy, pero hace ya 40 años llegaba a la ciudad de Barcelona. Era 1976, una época convulsa y muy importante en la historia de este país y yo, a mis 8 años, me veía obligada a dejar atrás toda mi vida y empezar de nuevo en otro lugar, lejos de todos mis amigos y la gran parte de mi familia.
Mentiría si dijera que el traslado no fue un poco traumático. Los primeros días, cada noche cuando me iba a dormir quería que al despertarme volviera a estar en la ciudad donde había nacido y vivido hasta ese fatídico 8 de marzo.  Echaba de menos a todos mis amigos, a mis abuelos a los que iba a visitar cada fin de semana y que con el traslado sólo podría ver dos o tres veces al año. Creía que no volvería a hacer amigos.
Pero los días iban pasando, los nuevos vecinos nos acogieron con los brazos abiertos y creo que a la semana ya había hecho una amiga del alma y un montón de nuevos compañeros de juegos y travesuras.
Y el MAR… el mar fue la gran revelación, el motivo que hizo más fácil mi adaptación a la nueva y enorme ciudad. Ahora no concibo vivir alejada de este mediterráneo que me “adoptó” y me acogió entre sus aguas, esas aguas donde, como cantaba Serrat, sigue jugando mi niñez. Ese mar frente al que he llorado penas de amor, el que ha vivido conmigo el miedo, la esperanza y la felicidad más absoluta. El que me ha dado fuerzas para no desfallecer cuando se hacía difícil luchar contra ese sarcoma y sus puñeteros efectos secundarios. Ese en el que tengo el mono de sumergirme en cuanto el estado de mi pierna operada me permita hacerlo.
El mar lo cambia  todo. No puedo explicar porqué. Y en un día como hoy sólo siento no poder estar a su orilla para celebrar nuestro aniversario tan especial. Pero sé que muy pronto volveremos a estar juntos.

¡¡¡FELIZ ANIVERSARIO, MI QUERIDA BARCELONA!!!!

¡¡De vuelta a casa!!

Semana de hospital.

 Parece mentira, pero ya hace casi mes y medio que despedía de todos vosotros por un tiempo que esperaba y confiaba no fuera demasiado largo. Motivos de salud me obligaban a ello. Llevaba casi dos años en lista de espera para una operación más que necesaria. Dicen que todo llega al que sabe esperar, es cierto…

El 25 de enero entraba en quirófano, en el hospital de trauma de la Vall d’Hebrón. A las 8:30, entraba como las divas o la realeza pues ya estaban todos dentro esperándome. El quirófano era enorme y muy moderno, de paredes azules y unas regletas de luces de colores en el techo. La verdad… por unos minutos lamenté que me fueran a dormir y no poder seguir admirando todos los gadgets y demás accesorios del quirófano. Pero sólo por un instante… en cuanto conocí al que sería mi anestesista, un doctor moreno,  alto y delgado como un lápiz, simpático, mucho, incluso a esa hora temprana de la mañana de un lunes. Vamos que en cuanto le conocí sólo tuve ganas de ponerme en sus expertas manos y dejar que me llevara al reino de los sueños.

Diez horas más tarde me despertaba en la unidad de reanimación. Despertar es una manera muy optimista de decirlo… muy despierta no estaba. Recuerdo que cuando volví en mí lo primero que se me ocurrió preguntar fue “¿ya no tengo barriga?”, nada de como había ido la operación o algo por el estilo… Así soy yo… Y no recuerdo mucho más de ese momento. Mis familiares me decían cosas que yo con la cantidad de calmantes que llevaba encima ni siquiera recuerdo. La verdad… benditos calmantes… gracias a ellos la noche en reanimación fue llevadera y conseguía dormir a pesar del manguito del tensiómetro apretando mi brazo cada 5 minutos, los gritos de pacientes desorientados o los miles de pitidos de los miles de aparatos que controlaban las constantes vitales, sueros y calmantes de 13 pacientes recién operados.

Contado así parecería que ese lugar hubiera sido la antesala del mismo infierno, pero tampoco fue tan horrible, también hubo un momento de buen humor, justo de madrugada cuando la mayoría de pacientes dormía plácidamente (hasta el pobre anciano que se había pasado la noche desorientado, chillando y arrancándose vías y sondas). En ese momento dos pacientes estábamos despiertos y con las enfermeras más relajadas tras la dura noche pasada, hicimos unas risas, todos empezamos a decir lo que nos apetecía para desayunar. Contando que la mayoría llevábamos casi 24 horas en ayunas la cosa tenia su gracia. Lástima que apareciera un médico aguafiestas y nos cortara el rollo…

Parezco una abuelita contando batallitas… esta entrada sólo era para decir ¡¡¡¡hola, he vuelto!!!!! Pero ahora que lo pienso, no sería mala idea relatar mis aventuras en el hospital. Total mientras dura la convalecencia no tengo demasiadas cosas que hacer…

Como terminaría mi escritor favorito: “esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión”