Publicado en cuentos, minirelatos

Dorado sol de noviembre.

 

Dorado sol de noviembre.
Se había despertado con la idea de hacer un pastel de manzana. Hacía mucho tiempo que no sacaba su vena repostera. Desde que los niños habían crecido, abandonando el nido familiar, no había sentido la necesidad de volver a hornear sus premiadas galletas de jengibre. Tampoco su pastel de manzana, ese que tan rico sabía cuando lo hacía con las manzanas del huerto, que estaban tan maduras y doradas que podrían haber salido del mismísimo jardín de las Hespérides. Bien podían pasar por las doradas manzanas del sol además eran tan dulces como ambrosía.
Esa noche había soñado con los viejos tiempos, cuando era una niña traviesa de largas trenzas del color de las zanahorias, un millón de pecas repartidas por su rostro dando un toque de color a su piel lechosa. Una cara casi vulgar si no fuera por unos ojos alegres y expresivos, de un verde tan intenso que parecían dos esmeraldas. En el sueño estaba otra vez entre los manzanos que crecían frondosos en la granja donde se crió, recolectando el precioso fruto junto a su padre. No debía tener más de 6 o 7 años y su padre le explicaba lo importantes que eran esas manzanas para ellos. El futuro de toda la familia dependía de una buena cosecha… eran tiempos duros.
Se despertó con el recuerdo de su padre y pensó en hacer pastel de manzana, aquel que entonces hacía su madre con las manzanas feas o golpeadas, esas que no podían venderse; las más dulces, como siempre decía su padre cuando ella se quejaba porque no eran tan lustrosas como las otras, las que destinaban a la venta y les garantizaban la supervivencia.
Se levantó de la cama sintiendo que le caían de golpe todos los años que habían pasado desde entonces. Sus preciosas trenzas habían caído dejando en su lugar una melena corta y plateada. Sus manos hinchadas y deformadas por la artrosis no parecían sus manos. Suspiró.
Intentó recordar dónde había guardado las recetas de mamá. Esas que tan primorosamente recopiló en un cuaderno para que no se perdieran. Para no olvidarlas. Con la mirada recorrió la habitación sin reconocer nada de lo que en ella había. Fue entonces cuando recordó que ya no vivía en su casa. Que no podría hornear su delicioso pastel. Como una niña abandonada volvió a estirarse en la cama, llorando desconsolada.
Cuando, poco después, la enfermera de la mañana le llevó el desayuno la encontró en la cama, encogida sobre sí misma. Tranquila, con la mirada, antaño vivaz, perdida en algún lugar más allá de la ventana desde la que se divisaba un hermoso árbol cuajado de manzanas brillando doradas bajo el tibio sol de Noviembre.
Parc sanitari Pere Virgili, 7/11/2017
Jengibre.

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Autor:

Investigadora dual...

2 comentarios sobre “Dorado sol de noviembre.

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