El gato que está…

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El gato que está…
Hace muchos años, un cantante brasileño consiguió la fama gracias a un gato muy peculiar. Ese gato estaba triste, era de color azul (lo que ya es raro en un gato), también tenía una memoria prodigiosa. Además de tener rayos x en los ojos, para poder  ver si en tu alma hay lágrimas o detectar la presencia de gente en las estrellas. Vamos, lo que viene siendo un gato multifunción.
No es el caso del gato con el que me he cruzado esta mañana. Éste era un gato atigrado, de color beige. No sé si estaba triste o había alcanzado el nirvana y la iluminación, o simplemente estaba descansando al tibio sol que a ratos se colaba entre las nubes que hoy cubrían el cielo, tiñéndolo de un gris plomizo.
Allí estaba, sentado sobre sus patas traseras, más tieso que la profesora MgGonagall en la tapia del número 4 de Privet Drive, la cola abrazando sus patas delanteras y los ojos casi cerrados, mostrando sólo una rendija por la que debía ver el mundo, sin prestarle atención a nada ni a nadie, imperturbable. Daba igual lo que pasara a su alrededor, no le importaba. Casi esperaba que sacara un mapa y se pusiera a estudiarlo… o que apareciera Dumbledore…
Mi gato había elegido un lugar estratégico donde el sol calentaba y a la vez estaba al abrigo del frío viento de noviembre que hoy soplaba en la ciudad. También era sitio de paso obligado para entrar y salir de la cafetería del complejo sanitario, pero eso a él le daba lo mismo. Él había elegido su sitio y de ahí lo no movía nada. Éramos los que entrabamos y salíamos del bar los que nos apartábamos del camino, eso sí, tras quedarse un poco embobados con el dichoso gato. No ha faltado quien ha sacado su móvil y ha empezado a fotografiarlo a discreción.
Ni eso ha sacado al minino de su calma, ni se ha dignado a mover la cola. Seguía impasible, sentado en el lugar que había elegido, ignorando a esos humanos como una molestia necesaria a la que ya se ha acostumbrado.
Cuando el sol se ha escondido tras los amenazantes y grises nubarrones el gato, muy digno él, se ha levantado y caminando lenta y majestuosamente se ha escabullido entre la espesa vegetación que rodea el edificio, como si en lugar de un gato fuera uno de esos grandes felinos adentrándose en la selva amazónica. No ha dirigido ni una mirada a los que allí se congregaban, dejándolos a todos sorprendidos pero con una sonrisa en la cara.
Posiblemente a estas alturas sea toda una celebridad en las redes sociales, pero la verdad, dudo que al impasible minino le importe demasiado.

Parc sanitari Pere Virgili 8/11/17
Jengibre.

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Dorado sol de noviembre.

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Dorado sol de noviembre.
Se había despertado con la idea de hacer un pastel de manzana. Hacía mucho tiempo que no sacaba su vena repostera. Desde que los niños habían crecido, abandonando el nido familiar, no había sentido la necesidad de volver a hornear sus premiadas galletas de jengibre. Tampoco su pastel de manzana, ese que tan rico sabía cuando lo hacía con las manzanas del huerto, que estaban tan maduras y doradas que podrían haber salido del mismísimo jardín de las Hespérides. Bien podían pasar por las doradas manzanas del sol además eran tan dulces como ambrosía.
Esa noche había soñado con los viejos tiempos, cuando era una niña traviesa de largas trenzas del color de las zanahorias, un millón de pecas repartidas por su rostro dando un toque de color a su piel lechosa. Una cara casi vulgar si no fuera por unos ojos alegres y expresivos, de un verde tan intenso que parecían dos esmeraldas. En el sueño estaba otra vez entre los manzanos que crecían frondosos en la granja donde se crió, recolectando el precioso fruto junto a su padre. No debía tener más de 6 o 7 años y su padre le explicaba lo importantes que eran esas manzanas para ellos. El futuro de toda la familia dependía de una buena cosecha… eran tiempos duros.
Se despertó con el recuerdo de su padre y pensó en hacer pastel de manzana, aquel que entonces hacía su madre con las manzanas feas o golpeadas, esas que no podían venderse; las más dulces, como siempre decía su padre cuando ella se quejaba porque no eran tan lustrosas como las otras, las que destinaban a la venta y les garantizaban la supervivencia.
Se levantó de la cama sintiendo que le caían de golpe todos los años que habían pasado desde entonces. Sus preciosas trenzas habían caído dejando en su lugar una melena corta y plateada. Sus manos hinchadas y deformadas por la artrosis no parecían sus manos. Suspiró.
Intentó recordar dónde había guardado las recetas de mamá. Esas que tan primorosamente recopiló en un cuaderno para que no se perdieran. Para no olvidarlas. Con la mirada recorrió la habitación sin reconocer nada de lo que en ella había. Fue entonces cuando recordó que ya no vivía en su casa. Que no podría hornear su delicioso pastel. Como una niña abandonada volvió a estirarse en la cama, llorando desconsolada.
Cuando, poco después, la enfermera de la mañana le llevó el desayuno la encontró en la cama, encogida sobre sí misma. Tranquila, con la mirada, antaño vivaz, perdida en algún lugar más allá de la ventana desde la que se divisaba un hermoso árbol cuajado de manzanas brillando doradas bajo el tibio sol de Noviembre.

 
Parc sanitari Pere Virgili, 7/11/2017
Jengibre.

Ultraviolet (ultravioleta).

Un café se enfría encima de la mesa de la cafetería. Es una de esas mesas con las que las marcas de bebidas llenan la mayoría de las terrazas de este país. Ésta es negra, con el sobre de plástico negro y las patas metálicas en color blanco. Cuadrada, dos sillas a juego la flanquean.

No me gusta el café americano, demasiado aguado para mi gusto, más acostumbrado a los deliciosos y poderosos “ristreto”, fuertes en intensos en un sólo sorbo. Pero desde que apenas puedo beber refrescos por el elevado contenido en azúcar (de los refrescos y de mi sangre) me conformo con el café aguado, cafeína a tragos largos sin un gramo de azúcar, el enemigo a batir.

Escucho la radio, rockfm. Con los años me he vuelto mucho más rockera, más dura… sólo musicalmente hablando (o eso creo). Ahora mismo suena un viejo tema de los U2, Ultraviolet. Una canción de los principios de los noventa. Cierro los ojos, bebo un trago largo de mi café deseando que pudiera ser algo mucho más fuerte. Hay recuerdos que sólo pueden rememorarse con un buen trago de “agua de vida”, mínimo 12 años. Pero no, hasta eso me ha quitado la maldita diabetes. No importa, puedo sobrevivir a eso, sólo se trata de una simple canción, o eso quiero pensar, sabiendo que nunca son simples canciones. Algunas son auténtica goma dos conectada al corazón.

Abro los ojos, el momento ha pasado. Las canciones, como la vida misma, tienen un tiempo limitado, y el suyo ha pasado.

Apuro de un sorbo el brebaje que queda en la taza. Miro el reloj, mi tiempo de relax se acaba. Debo subir a la sala de rehabitilación.

Sonrío con melancolía. A veces el tiempo es mucho más relativo de lo que creía Albert Einstein.

Parc sanitari Pere Virgili, 24/10/2017

Jengibre.

Quédate conmigo (Stand by me). Relato original.

Stand by me.

Una canción, stand by me, suena por mis auriculares adentrándose directamente en mi cerebro. Y, como si de un gramo de goma dos se tratara, estalla. Su onda expansiva sonora alcanza mi maltrecho corazón, tan maltrecho que lleva meses “cerrado por derribo” como cantaba Sabina.
Stand by me, quédate conmigo. Palabras repetidas hasta el agotamiento. Como siempre, nunca sirven para que te quedes conmigo, siempre te marchas. Una y otra vez.
No importa que vuelvas, esas migajas de tiempo que me dedicas no son suficientes y los sabes. Da igual, te marchas sin importar lo mucho que te suplique que te quedes conmigo, que no me abandones, que no puedo vivir sin ti. Bueno, sí puedo hacerlo, pero no quiero.
Pero al final he de hacerlo. Un día tras otro, vivir sin ti en mi vida.
Siento que me ahogo de soledad y tristeza. No importa lo mucho que te lo suplique, nunca te quedarás a mi lado. Siento que todas tus promesas de vivir mil vidas juntos son sólo eso, promesas, vacías y vanas, que jamás se cumplirán.
Terminaré siendo la “dueña de un corazón solitario”, pero no estoy segura que sea mejor que ser la “dueña de un corazón roto” pues hace tiempo que mi pobre corazón se quebró, cansado de latir en soledad.
Suspiro, la canción se acabo hace un buen rato, lástima que el destrozo que ha causado no sea tan breve. Suena otra canción que apenas escucho, perdida en mi propia memoria. A ésa le siguen otras muchas canciones que se suceden unas a otras como los días en mi vida. Días contigo a medias, días vividos a medias, días que se van y que nunca recuperaremos.
Dicen que cuando se abrió la caja de Pandora y salieron todos los males, lo último en salir fue la Esperanza, y que por eso es lo último que se pierde. Yo siento que hasta eso estoy perdiendo. Ya no espero que un día me sorprendas y te quedes conmigo sin que tenga que pedírtelo.
Pero aquí me tienes, suplicando que no me dejes cada vez que te vas…

(Barcelona activa, 27/10/2017)
Jengibre.

El rinconcito poético: El poeta Halley.

Hoy traigo una de las canciones cuya letra me ha sorprendido y enamorado a partes iguales. El poeta Halley, que así se titula el poema/canción, la verdad es que no sabría decir si es más poema que canción. Sus autores, el grupo indie Love of Lesbian.

Todo el poema es impresionante, pero si además consigues que Joan Manuel Serrat recite el fragmento final de tu composición ya debe ser como tocar el cielo con las dos manos. Por eso adjunto el videoclip de la canción, para que disfrutéis tanto como yo lo he hecho.

El poeta Halley. (Love of Lesbian)

Me atraparás al vuelo y nunca a la pared
Y si me dejas aire en tus líneas dormiré
Palabras de una musa de baja maternal

Puede que al fin me conozcan muy bien
Si fueran puntos grises mis rarezas cada tara que cree
De seguirlos con un lápiz al final verías mi cara en el papel

Por eso estoy por aquí otra vez
Rebuscando en mi almacén esa palabra con su débil timidez
Ojalá encuentre la forma, más me vale, tengo un tema que acabar

Si no aparece nunca o entiendo que no di con la palabra justa
Y cuando al fin la encuentro
Llega aquel mar de dudas

Si cuando me decido tú me detienes
Siempre
Me aprietas justo aquí
Dices no, mi leal traidora inspiración

Cuando apareces menos soy

Y soy yo

Te quedarás dormida, menuda novedad,
Es peor mi geniocidio cuando no te dejo hablar
En la autopista de la vida si te saltas la salida hay que esperar

Puede que no haya aprendido a aceptar
Que escuadrones de moral judeocristiana con su culpabilidad
Nos seguirán por tierra, por el aire y sobretodo por amar

Puede que esté demorando la acción
A los doce tuve un sueño en que ganaba pero el sueño me venció
Desde entonces mis derrotas son las huellas del carné de ese tal yo

Ahora escúchame, ya he encontrado la palabra justa
Mejor prepárate, tiene algo que a todos asusta

Sí, la voy a soltar, la quiero soltar

Pronunciaré esperanza, la gritaré por dentro
Si es lo que hace falta
La escribiré mil veces
Me alejaré de espaldas
Quizás de repetirla algo me quede

No puedo permitir tu negación
Mi leal traidora inspiración
De intermitente aparición
Como un ángel hallado en un ascensor
Que bien funcionas como recuerdo

Acojo en mi hogar
Palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera
Examino cada jaula y allí, narrando vocales y consonantes
Encuentro a sucios verbos que lloran después de ser abandonados por un
Sujeto que un día fue su amo
Y de tan creído que era prescindió del predicado

Esta misma semana han encontrado a un par de adjetivos trastornados,
A tres adverbios muertos de frío
Y a otros tanto de la raza pronombre
Que sueñan en sus jaulas con ser la sombra de un niño

Se llama entonces a las palabras que llevan más días abandonadas
Y me las llevo a casa
Las vacuno de la rabia
Y las peino a mi manera
Como si fueran hijas únicas
Porque en verdad todas son únicas

Acto seguido y antes de integrarlas en un parvulario de relatos o canciones
Les doy un beso de tinta
Y les digo que si quieres ganarte el respeto nunca hay que olvidarse los
Acentos en el patio

A veces les pongo a mis palabras diéresis de colores imitando diademas
Y yo solo observo como juegan en el patio de un poema

Casi siempre te abandonan demasiado pronto
Y las escuchas en bocas ajenas
Y te alegras
Y te enojas contigo mismo como con todo lo que amamos con cierto egoísmo

Y uno se queda en casa, inerte y algo vacío
Acariciando aquel vocablo mudo llamado silencio
Siempre fiel, siempre contigo

Pero todo es ley de vida

Como un día me dijo el poeta Halley,
Si las palabras se atraen, que se unan entre ellas
Y a brillar, que son dos sílabas-“

 

Escribiendo en una servilleta.

Rinconcito romántico V

Escribiendo en una servilleta. (relato original de Jengibre)

Había llegado el frío. Atrás quedaba un otoño que empezó cálido y soleado. Pero hoy había amanecido una mañana de noviembre fría, muy fría. No sabía por qué pero siempre asociaba el undécimo mes del año con el frío. Bueno, no sólo con eso, también con la oscuridad y la tristeza; con la pena y, cómo no, también con la muerte.
Quizás por esa razón, esa mañana se había levantado, se había arreglado y había salido de casa, pero su ánimo se había quedado olvidado entre las sábanas. Lo malo era que ni siquiera lo echó en falta cuando notó que su sonrisa, perezosa, se negaba a salir. Lo achacó al frío pre-invernal que había tomado las calles de la ciudad y pensó, al pasar junto a su cafetería favorita, que quizás un café con leche bien calentito templaría su destemplado corazón y entró en ella.
Saludó al camarero al entrar, y la sonrisa con que le obsequió el joven consiguió que su propia sonrisa se sacudiese un poco la pereza y se decidiera a esbozarse ligeramente en su rostro. El efecto fue inmediato y la dejó muy sorprendida. Una sensación de calidez se extendía por su pecho. Fue en ese momento cuando echó de menos su ánimo olvidado. Cuando volviera a casa tendría que hablar muy seriamente con él.
Se sentó en su mesa favorita, la que estaba junto al gran ventanal desde donde podía ver la vida pasar. Ese era su pasatiempo favorito, observar la gente que pasaba junto a su mirador. Le gustaba imaginar sus vidas, sus tristezas y alegrías para, ya de vuelta en su casa, sentarse frente a una hoja en blanco y llenarla de vidas, de historias inventadas que cobraban vida con cada palabra que escribía.
O eso era a lo que se dedicaba antes de que su mente se quedara tan blanca como el papel que debía transformar. Antes de que llegara el fatídico undécimo mes, el oscuro, aquel que no debe ser nombrado. Ahora de nada servía sentarse en su mirador, la vida seguía pasando igual ante ella, pero ella apenas la veía. Sólo eran gente que pasaba, no historias para ser contadas.
Estaba sumida en si misma cuando una risa cantarina y contagiosa hizo que regresara a la realidad. Justo en la mesa contigua a la suya una joven pareja era la causante de esa felicidad tan contagiosa. Le picó la curiosidad y quiso saber la causa de tanta alegría a primera hora una fría mañana y oscura. Quizás pensó que algo de esa felicidad se le contagiaría a ella, alejándola de la tristeza y la pena que siempre la invadía como un okupa indeseado cada mes de Noviembre.
Descubrió que la causa de tanto alboroto era un pequeño objeto rectangular y alargado, parecido a un termómetro clínico, y en el que se podían observar ¡unas rayitas de color rosa! ¡La pareja estaba esperando un bebé!
Se sintió extraña, mareada. La vida le había regalado una lección magistral. Ella que siempre había creído que nada bueno podría surgir del frío y la oscuridad ahora tenía que aceptar que Noviembre también podía crear vida, alegría y amor. Entonces sintió en su cabeza una especie de clic, y un cosquilleo en su mano derecha, ese que siempre surgía antes de escribir las grandes historias, anunciaba que una de ellas estaba pugnando salir.
No se lo pensó dos veces, temiendo que si la aparcaba hasta llegar a casa se perdiera para siempre sin remedio. Por eso sacó un bolígrafo de su bolso y, a falta de papel mejor, cogió unas servilletas de papel con el logotipo de la cafetería y empezó a escribir.

Rinconcito poético: Lo peor del amor.

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Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.

Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…

Joaquín Sabina.