Corazón de sirena (final)

Desgraciadamente nuestra felicidad nos hizo olvidar que nos habíamos escapado y que seguramente la Reina nos estaría buscando. Debo decir que nos confiamos por el hecho de que habían pasado ya unos años y no había pasado nada. Creíamos que habrían perdido nuestra pista. Pero no fue así. Una noche que yo estaba con mis hermanas nadando entre delfines, tuve un negro presentimiento, se lo comenté a ellas y decidí volver a casa, ya no estaba tranquila. Ellas me acompañaron a la playa. Nada más llegar a la orilla vi horrorizada como unos guardias se llevaban al hombre que amaba y prendían fuego a la cabaña. Quise correr tras ellos, pero todavía tenía la cola y mis hermanas me retenían en el agua rogando que no fuera una insensata. Me obligaron a sumergirme y gracias a dios que lo hicieron, porque algunos guardias recorrían la orilla con antorchas buscándome. Seguramente mi madre les había prevenido que lo hicieran.
Yo quería subir a la superficie, correr en busca de mi amor, pero mis hermanas no me dejaban. Acudimos a nuestro padre para que me aconsejara en esos momentos tan difíciles.
El entendía lo que estaba pasando y que quisiera salvar al joven, pero su corazón temía por lo que me pasara y por no volver a verme nunca más. Yo sabía que la Reina no me haría nada, me necesitaba, pero a él podría hacerle cualquier cosa. Volví a tierra y emprendí el regreso a lugar al que me había jurado no volver. Viajaba lo más rápido posible, sin apenas detenerme a descansar. En cuanto llegué a las puertas del castillo, la guardia me escoltó y me condujo hasta la Reina. Me enfrenté a ella y le exigí que pusiera en libertad a mi amante. Ella se negaba, decía que era reo de traición y que debía ser castigado por secuestrar a la princesa. Al oír esto no pude evitar ponerme a reír. Le contesté que las dos sabíamos perfectamente que nadie me había secuestrado y que si no lo dejaba libre, yo me volvería al mar y se quedaría sin heredera. Al final comprendió que no le quedaba otra opción y le dejo libre. El pobre estaba bastante maltrecho, pero por lo menos estaba vivo. Pasamos esa noche juntos, abrazados. Mi madre había decidido liberarlo a cambio de desterrarlo del reino… bueno y de mi matrimonio con el príncipe que ella había elegido. Acepté porque lo primero era que él estuviera libre. Evidentemente no pensaba cumplir mis promesas. Le pedí que fuera hasta la isla donde yo nací y que me esperara allí, que yo volvería. Nada nos podría separar. Así lo hizo, al día siguiente el partió al destierro y yo volví a mis obligaciones para con el reino. Nada en mi comportamiento denotaba que estuviera tramando mi venganza. A simple vista era la perfecta princesa. Al final llegó el gran día, esa noche se anunciaría mi compromiso oficial. En una gran recepción ante los más importantes miembros de las monarquías vecinas. Esa noche sería mi gran noche, pero no como pensaba todo el mundo. Ordené que la fiesta se hiciera en uno de los jardines que tenía un gran estanque. Eso era primordial porque llené de sal sus aguas, quería crear lo más parecido al mar que pudiera lograr. La noche antes comprobé que su grado de sal fuera el correcto, me sumergí en él y… sí, mi preciosa cola volvía a surgir, tan bella como siempre.
Llegó la gran noche y justo en el momento más importante, zas, fingí que resbalaba y caí en el estanque. Y allí estaba la sirena, delante de todo el mundo. NO puedo describirte la cara que pusieron mis futuros suegros, ni mi prometido. Sólo te diré que se marcharon muy ofendidos y rompieron el compromiso. En realidad todo el mundo abandonó la fiesta horrorizados antes esa “criatura monstruosa”
La Reina no daba crédito a lo que veía. No entendía porque lo había hecho. Nunca entendería que cuando amas a alguien de verdad eres capaz de todo por esa persona.
Al día siguiente, el consejo le exigió a mi madre que nombrara otro heredero entre los parientes de sangre real auténtica. Ese mismo día yo recogía mis cosas y me marchaba para siempre de allí. Ni siquiera me despedí de ella.
Cuando llegué a la pequeña isla donde nací, allí estaba él, esperándome en la misma cabaña en la que yo había nacido. Esa noche de reencuentro la pasamos nadando entre los arrecifes.
Fuimos muy felices, pero quizás por mi doble naturaleza estaba condenada a vivir una vida a medias, a no ser completamente feliz. Pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

-Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
-Nos cuentas otro, abuela -pidieron a coro los niños.
-Niños, es muy tarde. Así que a lavarse los dientes y a la cama. Mañana, si os portáis bien, la abuela os contará más cuentos.

Una enorme sonrisa se pintaba en su rostro mientras llevaba al pequeño a su cunita. Ellos no podían saberlo, pero era un día muy especial para ella. Tal día como este, pero hacía muchos años, había nacido un gran “contador de cuentos”. Bueno, en realidad eran dos. Porque su querido abuelo también había nacido el mismo día que el gran Andersen.

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Corazón de sirena (2 parte)

Que poco sabía lo que me aguardaba. El día en que cumplía los 16 años, una edad importante en el mundo marino, recibí el peor regalo de todos. Tenía que volver a la superficie. Mi madre exigía que fuera a vivir con ella. Tras más de 15 años sin saber de mí, de repente quería recuperar el tiempo perdido.
Mi padre no quiso escuchar mis razones. Así que una mañana de otoño, gris y tormentosa, volví con él a la playa en la que nací. Y allí me esperaba una señora de aspecto regio, de pelo rojo y piel de nácar. Un desconocida que decía ser mi madre. Vino a mí, y quiso abrazarme, pero no la dejé, no pensaba ponérselo fácil, volvería al océano, de eso estaba segura.
Mi padre la miró, con su aspecto más severo.
-Eres su madre y no puedo impedirte que te la lleves. -le recriminó. -Pero eso debiste haberlo recordado hace 15 años y no dejarla abandonada. No te extrañes que te rechace, para ella eres una extraña que la aleja de todo lo que ama.
Me abrazó, despidiéndose de mí.
-Este mundo también es el tuyo, tienes derecho a conocerlo. -Me dijo con la voz queda por la emoción que sentía. -Pero si alguna vez te sientes desgraciada y me necesitas, sólo tienes que llamarme, cualquier fuente, estanque o lago te servirá.
Papá, no te preocupes por mí -le aseguré. -Volveré con vosotros. Muy pronto, ya lo verás.
El viaje hacia mi nuevo hogar fue agotador y se me hizo interminable. Sentimientos contradictorios me dominaban. Por un lado odiaba a ese ser que me había separado de todo lo que conocía y amaba; pero por otro lado, todo ese mundo nuevo al que mi padre decía que también pertenecía me fascinaba. El sol, cálido y dorado; el cielo, de un azul más pálido al de mi medio natural, pero lleno también de vida; las blancas nubes que parecían tan hermosas, de repente se convertían en jirones grises y amenazadores; las montañas con su manto verde y sus enormes árboles. De todas esas maravillas lo que más me gustó fueron los pájaros y sus hermosos cantos. Me hicieron sentir como si estuviera en los acantilados a los que solía nadar con mis hermanas y desde allí cantar las más bellas canciones. Deseé ponerme a cantar, pero la mirada severa de la que decía ser mi madre me hizo callar en el acto.
Sentadas en un elegante carruaje, mi madre me explicaba lo que se esperaba de mí. Porque no me había reclamado a su lado porque me echara de menos, no. Ella resultaba ser la reina del lugar a donde nos dirigíamos. Por eso nos había abandonado a mi padre y a mí, para cumplir con su deber y ocupar el trono a la muerte de su padre. Se había casado con un príncipe de un estado fronterizo con el que interesaba mantener buenas relaciones. Era una cuestión de estado, y aunque no le amaba no había sido desgraciada, su esposo era bueno y comprensivo y habían tenido un heredero, un niño al que había querido con todo su corazón. Pero desgraciadamente el niño había contraído la misma enfermedad que padeció su madre cuando era joven. Lamentablemente, el niño falleció antes de poder trasladarlo a un lugar cálido. La reina, con el corazón roto por el dolor, pero sabiendo que su principal deber era dar un heredero a su reino, confesó el secreto que durante quince años había ocultado a todo el mundo. Sabía que por su edad ya no podría concebir otro hijo, así que decidió confesar al reino la existencia de su hija secreta, recuperarla y convertirla en la princesa heredera y futura reina, como ella lo fue en su día. Con cada palabra que mi madre me decía un dolor insoportable se apoderaba de mi corazón. Yo sólo quería volver a mi océano, a nadar entre los delfines con mis hermanas, a ser una joven sirena traviesa y despreocupada.
Cuando llegamos a mi nuevo hogar, me quedé sorprendida, estaba rodeado por montañas enormes, que ya casi me parecían los muros de la prisión que me separaba del mar que amaba. Atravesamos un hermoso valle cubierto de flores y pequeños pueblecitos con casitas de madera, para llegar a un enorme castillo de piedra, casi tan amenazador como las montañas… o como la mirada de desaprobación de la Reina.

Y qué decir de mi vida en el castillo. Desde mi llegada, cada una de mis horas estaba decidida de antemano. Interminables clases de comportamiento y protocolo, clases de equitación y baile. Apenas tenía un momento para mí, para escaparme a mi pequeño jardín. Mi rincón privado y secreto. Allí junto al pequeño estanque lleno de nenúfares blancos, hablaba cada día con mi padre. Le contaba todo lo que hacía, lo sola que me sentía, el rígido protocolo apenas permitía a unas cuantas personas acercarse a mí. Y casi todas eran mis serios y severos profesores. Hiciera lo que hiciese, nunca estaban satisfechos.

Deseaba poder escaparme de todo eso y poder aventurarme fuera del castillo. Me moría por bañarme en uno de esos enormes lagos. Eso sería lo más parecido a volver a mi océano. Si por lo menos tuviera algún amigo no sería tan infeliz.

El tiempo fue pasando, al final me resigné a mi suerte. Hacía lo que se me ordenaba como un autómata. Saludaba y sonreía cuando me decían, pronunciaba un discurso que alguien me escribía. Habían pasado dos años desde que llegué allí, añoraba el mar… ¿pero cómo escapar de allí si ni siquiera sabía en qué dirección estaba el mar? La Reina había prohibido y confiscado todos los mapas que llevaran a él, bajo pena de muerte o destierro. No, estaba claro que jamás volvería al mar.

Una fría noche de invierno mi madre me llamó a sus aposentos. Era algo sorprendente, nunca solía hacerlo. Si tenía algo que comunicarme lo hacía mediante su secretario, nunca en persona. Extrañada acudí a su habitación. Me dijo que ya era lo suficientemente mayor como para pensar en mis deberes para con el reino, que tenía la edad adecuada para comprometerme y que en breve llegarían al reino los pretendientes para lograr mi mano. Que ella estudiaría la mejor opción y se me haría saber el elegido. Dicho esto, me despidió.

Salí de sus aposentos con las lágrimas quemándome en los ojos. Me dirigí a mi estanque y llamé a mi padre. Le necesitaba más que nunca. Había llegado el momento de marcharme de allí. Encontraría el camino al mar aunque fuera lo último que hiciera. Así que tras meter algunas cosas en una pequeña bolsa, salí de mi habitación dispuesta a dejar el castillo.
Estaba ya preparada para salir de mi prisión de piedra. No sabía dónde me dirigirían mis pasos, pero me dejaría guiar por el corazón y lo conseguiría. Pensaba que no me sería difícil salir del castillo, que equivocada estaba, nada más salir de mis aposentos me detuvo un joven guardia. Le dije que solo quería dar un pequeño paseo a la luz de la luna, que estaba un poco melancólica y eso me reconfortaría. Asintió y me dejó pasar, pero cuál fue mi sorpresa al ver que me seguía. Le ordené que me dejara sola, pero me aseguró que su misión era protegerme y que eso era lo que haría. Le miré fijamente poniendo mi cara más severa, pero vi que era inútil. Derrotada, dejé caer la bolsa con lo poco que me llevaba de allí, y no pude evitar romper a llorar. Eso lo desconcertó, pero se mostró impasible. Le dije que tenía que salir de allí, que me sentía prisionera, que era muy desgraciada y que si no me marchaba de allí moriría de pena y me convertiría en espuma de mar. Que aquel no era mi mundo, que debía regresar al mar al que pertenecía. Supongo que eso le ablandó el corazón, porque tendiéndome un pañuelo, me pidió que lo esperara unos minutos, que intentara ayudarme.
No habían pasado ni dos minutos cuando le vi aparecer por el corredor, llevaba una mochila y un mapa en la mano.
-Está bien princesa. -me dijo. -Sí vamos a buscar el mar, por lo menos hagámoslo bien. No pensaría que voy a dejarla marchar sola. Allí fuera hay demasiados peligros y vos no estáis acostumbrada a afrontarlos.
Le di las gracias con una sonrisa y nos pusimos en marcha. Me condujo por una serie de pasadizos que yo ni siquiera sabía que existían. Se trataba de un pasaje secreto que salía al valle. Fue construido hacía siglos para evitar asedios y para facilitar huidas rápidas.
La luna ya estaba muy alta cuando salimos al valle. Por suerte era noche de luna llena y su resplandor nos iluminaba. Al llegar al pueblo, el joven tomó prestados un par de caballos y nos dirigimos en dirección sur.
Me sentía tan feliz por dejar atrás mi prisión, era maravilloso poder cabalgar libre bajo la luna. Apenas hablábamos. No sabía que decirle. El muchacho había arruinado su carrera en palacio y era un hecho que no podría volver allí. Me sentí agradecida pero también un poco culpable.
Cabalgamos toda la noche, sólo parábamos lo indispensable para que los caballos descansaran o bebieran agua en los múltiples arroyos que atravesábamos. Necesitábamos alejarnos lo máximo posible antes que se supiera que nos habíamos marchado.
Faltaban unas horas para el alba cuando llegamos a una pequeña aldea en las estribaciones de una de la montaña que nos separaba de la libertad. Estábamos agotados, teníamos que dormir algo antes de iniciar la dura ascensión. Nos cobijamos en un establo e improvisamos unos lechos de paja para descansar. Nunca había pensado que podían ser tan cómodos. De su mochila sacó un par de panecillos y un trozo de queso. ¡Ni me había dado cuenta lo hambrienta que estaba hasta ese momento! Aproveché ese momento para conversar con mi salvador, del que ni siquiera sabía su nombre. Le pregunté por qué lo había hecho. Me contó que era capitán de la guardia de palacio, que la misma reina le había encargado mi seguridad y que había jurado protegerme con su propia vida si era necesario, pero que lo que realmente le había llevado a ayudarme a escapar, había sido la tristeza tan profunda que leyó en mis ojos, y entonces supo que en verdad moriría de pena si seguía en el castillo. Y también supo que en ese momento que daría su vida por mí, y por verme feliz.
Dormimos unas horas, y al alba nos pusimos en marcha. Atravesamos la montaña, nos llevó todo el día, pero lo conseguimos. El descenso fue mucho más rápido y al anochecer estábamos en un pequeño pueblo al otro lado de la frontera. Pedimos alojamiento en una pequeña posada. El, caballeroso, durmió en el suelo y me cedió la cama. Estábamos tan agotados que nos dormimos sin hablar apenas. La difícil subida nos había unido mucho. Notaba que algo diferente a la simple gratitud me nacía en el corazón. Y estaba bastante claro que él también tenía sentimientos hacia mí. Pero el sólo conocía un aspecto de mí. Temía que si sabía también era una sirena me considerara un monstruo y me odiara. Recordaba lo que me había dicho mi madre cuando viajábamos al castillo. Me había advertido que nunca le contara a nadie mi pequeña particularidad o todos me odiarían. Pero cuando le miraba a los ojos, algo me decía que él no sería como los demás.
Esa mañana desayunamos en la posada, un desayuno de verdad, necesitábamos reponer fuerzas. Él estudiaba el mapa, buscando el camino más corto y rápido hacia la costa. A partir de hora el camino se hacía más fácil y en un par de días estaríamos en la costa.
El resto del viaje se me pasó muy rápido. Hablábamos de mil cosas, me pidió que le hablara del mar, pues él nunca lo había visto. En su pequeño pueblo lo consideraban peligroso y decían que lo habitaban monstruos y que los que iban a él, nunca volvían. Le conté que no era cierto, que el mar era algo maravilloso, pero que también había tormentas. Le hablé del arrecife, de los delfines, de las noches de luna y las canciones sobre los arrecifes. Y no pude evitarlo, empecé a cantar la canción con la que me acunaba siempre mi madre adoptiva. Y así, entre canciones, risas y confidencias llegamos a la costa. Después de dos años deseando volver a verlo, justo ahora que lo tenía delante sentí un pequeño pinchazo en el corazón. Me había enamorado de ese joven que tanto había arriesgado por mí.
-Princesa, -me dijo, con un deje de tristeza en la voz. -prometí que te traería a la costa sana y salva y aquí la tienes. Misión cumplida. Y ahora que veo el mar, debo decir que tenéis razón, es fascinante. Y tiene el mismo color que vuestros bellos ojos, mi señora.
Bajamos hasta la playa, y en la misma orilla le pedí que se bañara conmigo. Quería ver que pensaba cuando viera surgir mi preciosa cola. Me senté en la orilla, dejando que el agua me fuera cubriendo las piernas. Al sentir en mi piel el agua salada mis piernas se transformaron en mi añorada cola. Se quedó mirando el prodigio, asombrado. En ese momento temía su reacción y a la vez la necesitaba. Porque de eso dependía mi decisión. Si me consideraba un engendro, nadaría de vuelta al arrecife y al palacio de coral; pero si me aceptaba como era, aunque fuera diferente a los demás, me quedaría allí, en la costa con él.
Se acercó a mí, y mirándome a los ojos me besó.
Me sentía muy feliz. Nos habíamos establecido en una pequeña aldea de pescadores, teníamos una pequeña cabaña, muy pequeña y sencilla, pero no nos importaba. Nos teníamos el uno al otro. Por las noches nadaba al encuentro de mi padre y de mis hermanas. Me veían tan feliz junto a él, que aprobaban mi decisión; y algunas de mis hermanas me envidiaban muchísimo pues aún no habían encontrado al amor de su vida como yo.
(continuará)

Hoy se conmemora el 205 aniversario del nacimiento de Hans Christian Andersen. Este es mi pequeño homenaje al genial “cuentista” y a su personaje más famoso, la Sirenita.

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Corazón de sirena (1ª parte)

Vacaciones de Semana Santa. Otra vez de canguro. No es que se quejara, adoraba a sus nietos, pero eran agotadores. “Sólo serán cuatro días” le había dicho su hija. Ellos trabajaban hasta el jueves a mediodía. Claro que ella no contaba los otros cuatro días, porque evidentemente se quedarían allí, con ella. Toda la familia reunida como en los viejos tiempos. “Para que no te sientas sola”, le había dicho. Olvidaba que ella ya no tenía la vitalidad de antes, que había ratos en los que le agotaba su energía desbordante. Pero como había dicho sólo serían cuatro días. Y los dos mayores eran muy formalitos. Josep, con sus trece años ya era todo un hombrecito. Le encantaba hacerse el importante, el hermano mayor. Eso sí, no había manera que te diera un beso, “eso es cosa de bebés, abuela” le decía cuando ella intentaba besarlo. Por suerte su pequeña princesita era tan cariñosa que siempre tenía para ella un abrazo, de esos tan apretados que parecía que se iba a quedar sin aire. Y un montón de besos. Pero claro Núria sólo tenía cinco años. Todavía creía en hadas y princesas, aunque ahora le había dado por querer ser mosquetera, como su muñeca favorita. Pero quién realmente le había robado su corazón era su pequeño duendecillo. Casi dos añitos, lengua de trapo y más travesuras que los dos mayores juntos. Adoraba al pequeño Oriol, tenía una sonrisa capaz de derretir los casquetes polares, algo que utilizaba cuando acababa de hacer alguna barrabasada.
-Abuela, nos contarás un cuento como el otro día.
-Sí, uno de esos de fantasmas que dan tanto miedo –le pide Josep emocionado.
-Jo, abuela. Yo quiero uno de princesas. ¿Tu abuelo no te contó ninguno cuando eras pequeña? –la pidió Núria ilusionada.
-Vaya rollo. Esos cuentos son aburridos, llenos de besos. No tienen acción, ni emoción.
-Chicos, calmaos. Os contaré uno que me contó mi abuelo. Hay princesas, pero también hay mucha acción. Y el abuelo siempre me juró que era una historia de verdad. ¿Queréis que os lo cuente?
-Síiiiiiiii –corearon los tres. Oriol afirmaba con su cabeza, mientras se acurrucaba en el regazo de su abuela.
Muy bien, niños. Pero no quiero que me interrumpáis. Mi memoria ya no es lo que era y puedo perder el hilo.

Cuando mi abuelo era joven le gustaba mucho el mar. Vivía en un pequeño pueblo costero. Un pueblo donde las casas eran blancas y las pequeñas barcas sembraban la playa. Entonces la gente no tomaba el sol, no estaba de moda; y la playa sólo era para las barcas y las redes. A él le gustaba mucho escaparse para ver atardecer en una pequeña calita cerca de su casa. Le gustaba por que podía disfrutar del paisaje y la magia del sol tiñendo de diamantes la superficie del mar antes de desaparecer. Un día, al llegar a su rincón vio a un anciano sentado en la playa. Era el más anciano del lugar. Decían que estaba algo loco, siempre hablando de su juventud, de sus aventuras en alta mar pues había sido marino en un mercante. Se sentó a su lado y lo saludó. Y él, mirándole fijamente a los ojos, le preguntó si estaba esperando a la sirena. Mi abuelo, intrigado, quiso saber a qué sirena se refería. El anciano se rió, una risa limpia, casi como la de un bebé, y le contó que a veces, a la caída del sol, solía llegar a esa cala una sirena. Él la había visto de niño, pero ella se marchó asustada en cuanto lo vio. Cuando lo contó en el pueblo nadie le creyó. Pero él soñaba con encontrarla, por eso se fue de polizón en un mercante. Por eso se pasó toda su vida recorriendo los siete mares. Pero no la había vuelto a ver. “Quizás tu tengas más suerte” le dijo, levantándose y marchándose.
Y mi abuelo me contó que un día, al llegar a la cala después de unos días alejado del lugar porque un temporal había azotado el pueblo, vio que en la orilla había un cuerpo tendido. Parecía uno de esos ahogados que el mar devuelve. Se acercó con cautela y descubrió que era se trataba de una joven. Estaba desnuda y cubierta de algas, conchas y todas esas cosas que arrastra el mar tras el temporal. Tenía el pelo larguísimo, de un color rojo fuego y la piel tan blanca y fina que parecía de nácar. Sintió una pena enorme, parecía tan joven, casi una niña. No podía estar muerta. Seguro que se había quedado dormida. Le tocó el hombro para despertarla, con cariño no como lo despertaba su madre, que casi le arrancaba un brazo cada madrugada para ir a ayudar a padre. Y para su sorpresa la joven se movió ligeramente. Mi abuelo la ayudó a incorporarse. Estaba muy débil pero viva. La miró a los ojos, tan azules como el mismo mar y le sonrió. Ella intentó levantarse, pero volvió a caer. Y rompió a llorar. Mi abuelo no sabía qué hacer, sólo era un niño. Le dijo que todo iría bien, que él la ayudaría. Vivía muy cerca, la llevaría a su casa, avisarían al médico y se recuperaría. Ella le miró sonriéndole, fue como si el sol hubiera vuelto a salir. Y le dijo que no era necesario, que pronto subiría la marea y ella se marcharía. Volvería a su mundo. Y en ese momento mi abuelo recordó la historia de la sirena que le había contado el anciano. “Eres una sirena” exclamó él. No era una pregunta, no sabía por qué pero sabía la respuesta. Pero ¿dónde estaba la cola? La sirena le volvió a sonreír. Quiso saber su historia, pero ella le dijo que estaba demasiado débil para eso. Pero le aseguró que si volvía al día siguiente, cuando la luna brillara, ella le contaría toda su historia. Pero le hizo prometer que no le contaría a nadie lo que había visto. Sería su secreto. Mi abuelo le juró que no lo diría a nadie. ¿Quién le creería? Le tomarían por loco. Pero le aseguró que al día siguiente volvería a verla. Le encantaban las historias.
Mi abuelo volvió a casa. Esa noche soñó con sirenas en palacios de coral rojo, rodeadas de caballitos de mar. Y nunca antes un día se le había hecho tan largo como ese día, esperando la llegada de la sirena. Pero por fin, con la luna llena iluminando las aguas, vio llegar a la sirena.
Se acercó a ella, justo donde las olas rompen. Se veía recuperada y feliz. Le sonrió, sintiéndose algo tímido. Ella se dio cuenta y se rió. Su risa era un sonido maravilloso. Y mi abuelo se sintió mejor. Y ella le habló:

“No he olvidado que te debo mi historia, si todavía quieres escucharla. Cómo ya te habrás dado cuenta soy una sirena. Bueno, en realidad sólo soy mitad sirena. Nací en una pequeña isla perdida del mar egeo. Mi madre era una joven mortal. Una princesa de un país perdido entre las montañas. La joven había contraído una extraña y grave enfermedad pulmonar y el frío clima de su país la estaba matando. Por eso el médico de la corte les había recomendado a sus padres que la enviaran a algún lugar al sur, cerca del mar; dónde el sol brillara con fuerza. Sólo así sería posible que la princesa sanase. Por eso la enviaron a esa isla. Allí, el calor del sol y el aire del mar hacían que se sintiera mejor y se recuperara. Cada mañana, muy temprano, justo cuando el sol salía, la joven acostumbraba a bañarse en una pequeña playa de arena blanca. Le gustaba bajar a la playa a esa hora y bañarse desnuda, jugando con los delfines de los que ya se había hecho amiga. Un día, dio la casualidad que el rey Tritón pasaba por aquella playa y al ver a la princesa quedó prendado de ella. Se acercó a ella con cuidado, no quería asustarla. Le llamaba particularmente la atención la larga melena de un color tan rojo como los corales de su palacio en las profundidades. Un color que contrastaba con la blancura nacarada de su piel. Cuando la joven reparó en la presencia del Tritón, lejos de sentir temor se sintió atraída por los ojos de él, tan azules y profundos como un mar sin fondo. Y en ese momento fue como si el mundo se detuviera. Y los dos cayeron presos de un hechizo, tan antiguo como el tiempo e inexorable como él. Desde ese día, la joven se escapaba a la playa todas las noches, y en ese mar que ya tanto amaba descubría la pasión en brazos de su tritón. Cuando descubrió que estaba embarazada, se sintió la más feliz de las mujeres. Al llegar el momento, ella daba a luz en una cabaña de pescadores cerca de la playa, y él nadaba nervioso entre los arrecifes. Así nací yo. Lo primero que hizo mi madre después de dar a luz, fue esa misma noche llevarme a la playa y sumergirme en el agua del mar. Y mis pequeñas y blancas piernecitas se transformaron en la preciosa cola de pez que has podido ver, y como si un instinto ancestral me guiase, empecé a nadar hacia la luna llena. Y recuerdo los brazos de mi padre rodeándome y su olor a salitre y yodo.
Pero pronto todo cambió. A mi madre le llegó un mensaje urgente de su familia. Su padre estaba muy enfermo, debía regresar a su reino para asumir sus funciones como princesa heredera. El deber le llamaba, debía irse y además no podía llevarme a mí con ella. Por eso una noche triste y oscura, mi madre se despidió de las personas que más amaba. Tenía el corazón destrozado, pero no derramó ni una lágrima. Ni siquiera quiso besarnos. Me dejó en brazos de mi padre y se marchó sin mirar atrás. Yo lloré y lloré durante horas, hasta que al final me quedé dormida justo al amanecer, en brazos de mi padre que no se había movido de esa playa. Y lo último que vi antes de dormir fue brillar una lágrima en sus ojos azules.
Con el corazón destrozado, mi padre se sumergió, abandonando esa playa donde tan feliz había sido. Y nadando veloz, pero con suavidad para no despertarme se dirigió a su palacio de nácar y coral, en lo más profundo del océano.
Desperté justo cuando atravesábamos las puertas del palacio. Para mí, que sólo conocía aquella tranquila isla y su pequeña playa aquello era lo más maravilloso que había visto nunca.
Su llegada había creado un gran revuelo, no en vano hacía muchas mareas que el rey había dejado su palacio. Toda la corte le esperaba en el gran salón, pero él no estaba de humor para una recepción oficial. Los despidió a todos menos a la más joven de sus cien esposas, una joven sirena con quien acaba de casarse poco antes de conocer a mi madre (y por ello todas la demás esposas se reían de ella por no haberlo sabido conservar a su lado).
-Quizás me odies por alejarte de tu hogar y de todo lo que amabas, y luego dejarte aquí abandonada y romperte el corazón. -le dijo -Si te sirve de consuelo, mi corazón también lo está en este momento. Pero hay algo que quisiera pedirte. -y señalándome le pidió, casi le suplicó. -Esta pobre niña acaba de perder a su madre y ha dejado atrás, quizás para siempre, todo el mundo que conoce para adentrarse en un mundo nuevo y misterioso para ella. Te suplico que la cuides tú, como si fuera tu hija.
Ella le miró incrédula. Como podía ser tan cínico de pedirle eso justamente a ella. Porque no se lo había pedido a cualquiera de las otras esposas. ¿Acaso quería terminar de destrozarle su maltrecho corazón? Pero en cuanto Tritón me dejó en sus brazos y me miró a los ojos, sintió algo muy especial por dentro. Y me abrazó con fuerza contra su pecho empezando a cantar una bellísima canción, que me hizo quedarme dormida en sus brazos.
Está bien, mi señor. -asintió ella. -Cuidaré de ella, como si fuera mía. Y ahora que veo el dolor que hay en tus ojos y en tu corazón he de decirte que lo siento, de veras. Pero déjame decirte que no se merece que sufras por ella, si de verdad te hubiera amado nada la habría separado de ti ni de su hija.
Tritón la miró, sorprendido y también admirado. Había esperado su odio y sus reproches, pero no había esperado esto. Y sus palabras encerraban una gran verdad. Desterraría a esa ingrata de su corazón, pues no se merecía ni una sola lágrima más.
Mi vida en el palacio de coral transcurría plácida y muy feliz. No echaba de menos mi vida anterior. A veces en mis sueños veía un círculo dorado y brillante sobre un azul más claro que el del agua donde vivía, y a una mujer de pelo rojo como el coral y los ojos verdes; pero sólo eran eso, sueños. Disfrutaba nadando por los océanos con mis hermanas mayores, que me enseñaban a hablar con los delfines y evitar a los tiburones, a cantar sobre los acantilados en las noches de luna llena.
Una de esas noches, descubrí algo que ya no recordaba. Al salir del agua y reposar en el acantilado mi cola de pez desapareció, transformándose en un par de piernas. Al principio creí que era normal y que a las demás también les sucedía. Pero me fijé en las demás y no, seguían con sus hermosas colas de escamas de colores, y no con esas pálidas cosas. No les dije nada por temor a que me dejaran de lado por ser diferente. Pero al volver a palacio se lo comenté a la que creía mi madre. Ella me contó la verdadera historia de mi nacimiento, de quién era en realidad mi madre y porqué al salir del agua del mar mi cola desaparecía. Que no me preocupara por las demás, todo el palacio lo sabía y todos me querían tal y como era. La abracé, y le aseguré que para mí no había otra madre que ella, que había estado siempre a mi lado, y que nada nos separaría.
(Continuará)

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