Azul, el tranvía mágico.

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Azul, el tranvía mágico.

Había una vez una ciudad al lado del mar. Era una pequeña ciudad cuyas murallas que antiguamente le habían protegido de piratas y peligros, ahora le impedían crecer y convertirse en la ciudad moderna y cosmopolita que estaba destinada a ser. Los tiempos cambiaban, y a falta de enemigos, las murallas fueron derribadas liberando la ciudad, que empezó a crecer tanto y tanto que absorbió a los pueblos de alrededor. Tan grande se hizo en tan poco tiempo que los viejos carruajes de caballos apenas daban abasto para acercar a todos los nuevos barrios que se iban construyendo.

Así surgieron unos nuevos habitantes de la ciudad, los tranvías, unos extraños carruajes de madera que en lugar de caballos corrían sobre unos raíles de hierro y que con su brazo metálico articulado se agarraba a un cable eléctrico que le daba energía a la vez que evitaba que descarrilara en las curvas. Por toda la ciudad viajaban raudos, uniendo a la gente. Cada uno de ellos estaba pintado de un color, diferente para  cada uno. Así la gente sabía cual tenía que coger para ir a un sitio o a otro. Los había de color amarillo, rojo, verde, lila o azul. Amarillo bajaba hasta las playas, Verde unía los dos ríos y Azul que subía a la montaña del Tibidabo.

Durante mucho tiempo fueron los reyes indiscutibles, pero como siempre pasa nuevos tiempos tienen nuevos inventos. Aparecieron los automóviles, autobuses y trolebuses que, impulsados por gasolina, no necesitaban los raíles ni el tendido eléctrico para moverse lo que facilitaba que llegaran a todos los rincones de una ciudad en continuo crecimiento. Así, uno a uno, los tranvías fueron sustituidos, almacenados y olvidados en los baúles del tiempo y la memoria.

Pero uno de ellos no acabó como sus hermanos. Azul, el pequeño tranvía que unía la ciudad con su montaña más alta. Y os preguntaréis como pudo Azul librarse de tan oscuro destino. Pues veréis, ¡Azul era un tranvía mágico! El único de sus hermanos que lo era y eso lo salvó del olvido.

¿Cómo llegó a ser mágico, os preguntaréis? Sí, esa es una buena pregunta… Como os he dicho, Azul subía cada día a la cima de la montaña del Tibidabo, la montaña mágica, como también se la conocía en la ciudad. Pero aunque todo el mundo la llamaba así, casi nadie sabía a qué se debía. Sólo algunos sabían que en lo alto de la montaña vivía un mago muy poderoso. Le encantaba su casa en la montaña, rodeado de espesos bosques donde se respiraba un aire mucho más limpio que el del resto de la ciudad, cuyas fábricas empezaban a escupir negros humos por oscuras chimeneas de ladrillos rojos… el progreso tiene un precio, como bien sabía el mago. Pero se sentía un poco solo pues bajar a ver a sus amigos era cansado, la montaña era bastante alta. Y pocos de ellos se atrevían a subir a verle a él.

Pero todo eso cambió con la llegada de Azul, el viajero incansable, que cada día subía y bajaba la montaña sin esfuerzo. El mago podía visitar la ciudad cada vez que lo necesitaba y sus amigos subían a su casa para disfrutar de las vistas y la naturaleza. Así empezó la amistad entre Azul y el mago. Una amistad que duraría más allá del tiempo y el espacio. El mago, agradecido, le concedió a su tranvía un don. Con su poderosa magia convirtió a Azul en un tranvía parlanchín y divertido. Aunque no todos podían escucharlo, sólo aquellos que aún creían en la magia eran capaces de escucharlo y hablar con él. Por eso Azul se convirtió en el favorito de toda la chiquillería de la ciudad, y de algunos adultos, apenas unos cuantos, que nunca habían perdido de vista el niño que un día fueron. Eso fue lo que le salvó del retiro y del desguace como a sus hermanos.

Cada día subían más y más niños a la montaña. Esperaban muy formalitos en la parada a que Azul llegara, sonriente y saludando a todos con un “Buenos días pequeñajos” que hacía las delicias de toda la chiquillería. Subían uno a uno, formalitos, saludando al tranvía con un cortes “buenos días, Sr. Tranvía” y se sentaban en los bancos de madera, bien sentaditos para no caerse en las numerosas curvas del camino. Azul saludaba a cada uno, preguntándoles como estaban y si habían dormido bien, y cuando estaban todos bien sentados emprendía el viaje hacia la aventura, como le gustaba creer que era allí hacia donde se dirigían. Y en el fondo, para cada uno de aquellos niños, lo era.

Toda esa chiquillería invadiendo “su” montaña lejos que enfadar al mago le dio una idea genial. Se le ocurrió convertir la montaña en un inmenso parque de atracciones, el primero que se crearía en la ciudad. Tal como lo pensó se puso manos a la obra, y como por arte de magia la montaña cobró vida con unas atracciones que nunca antes se habían visto en la ciudad. Había una noria gigantesca, un gran carrusel que giraba al son de una maravillosa e hipnótica música, un palacio de espejos mágicos que transformaban la realidad y un pequeño aeroplano. También había unos maravillosos autómatas, figuras que parecían tener vida propia y cuya magia fascinaba por igual a chicos y grandes. Huelga decir que la inauguración del parque fue el éxito más sonado de su época. Todos los niños de la ciudad se morían de ganas de visitarlo. Y con frecuencia los padres utilizaban la visita al parque como premio a un año de estudios y buenas notas.

El tiempo no se detiene por nada, y discurre imparable cambiándolo todo, pero a diferencia de los tranvía que desaparecieron, el parque fue creciendo más y más con cada década que pasaba. Nuevas atracciones surgían en la montaña, acompañando a las antiguas y haciendo grande el parque. Montañas rusas, autos de choque o tazas giratorias eran ahora las que hacía las delicias de pequeños y grandes.

La montaña se hizo tan famosa y concurrida que la casa del mago, que años atrás era un lugar solitario y tranquilo, se convirtió en un lugar demasiado concurrido para su gusto. Así que decidió emigrar a otro lugar más tranquilo, pero antes de irse se despidió de su gran amigo Azul. El tranvía se sentía culpable, porque creía que era culpa suya que él se marchara, y aunque ahora hablaba con un montón de niños cada día, echaría mucho de menos las conversaciones que mantenía con su gran amigo. Fue una despedida muy triste en la que ambos lloraron más de los que les gusta reconocer, pero antes de irse el mago aseguró a su pequeño tranvía que nunca nadie lo sustituiría, no importaba cuanto avanzaran las tecnologías él seguiría discurriendo por sus raíles mientras el tiempo fuera tiempo.

Y así sigue hoy en día, cuando la ciudad que lo vio nacer es una de las más modernas y cosmopolitas del mundo. Azul sigue su camino, feliz e incansable subiendo a todos los niños de la ciudad y a la multitud de turistas que vienen desde rincones lejano para verlo. Porque Azul no ha cambiado nada, cada mañana sigue recibiendo y saludando a los niños, hablando con ellos, escuchando sus historias, viendo sus caritas felices deseando que se ponga en marcha y empiece la aventura. Eso le hace feliz, aunque cada día extraña la amistad que lo unió al Mago pues los niños crecen, cambian y se olvidan de la magia y de él. Desearía volver a tener un amigo de verdad… Y piensa en la pequeña que desde hace unos días pasa cada día por su parada para saludarlo… pero que nunca sube en él… y no entiende por qué siente algo muy especial cada mañana cuando la ve…

Pero eso es otra historia que debe ser contada en otra ocasión.

por Jengibre.

Para mi pequeña sirenita, cuya risa es el combustible que ha vuelto a poner en marcha el motor de mis cuentos. Te quiero!!!!!

¡¡¡Bienvenidos!!!

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“Todavía no había salido el sol, pero ya se sentía llena de energía. Y de emoción. Se había levantado muy temprano, ¡tenía tantas cosas que hacer!, que no podía perder el tiempo en cosas tan nimias como dormir. Desde que había regresado a su bosque encantado, Jengibre, el hada pródiga, no había tenido un momento de descanso. Había pasado tanto tiempo en el mundo de los humanos que su pequeño refugio estaba medio en ruinas. Debía reconstruir su casa urgentemente. No es que no tuviera donde vivir, sus hermanas se habían alegrado mucho de verla y le dieron cobijo. Pero ella quería recuperar su hogar. Echar raíces en el bosque que la vio nacer y del que había estado tanto tiempo separada. Lo había echado de menos, aunque le había costado reconocerlo. Se marchó para vivir grandes aventuras y vaya si las había vivido. Pero estar demasiado tiempo en el mundo mortal es peligroso para un hada. Y ella había estado más tiempo que ninguna otra. No se arrepentía de nada. Había sido muy feliz, había saboreado las mieles del amor, pero también su amargura. También había llorado y, estos últimos tiempos, se había sentido enferma y herida. En esos momento sintió la llamada de su mundo, deseó mas que nada, volver a recorrer el bosque a lomos de Lunita, su añorado unicornio. Supo que había llegado el momento de regresar a casa aunque dejaría una parte de su corazón tras de si. Por eso no se despidió de él, no le gustaban las despedidas. Esa última noche se amaron como nunca antes lo habían hecho, como si nunca se hubieran herido. Al amanecer se marchó, besando sus ojos cerrados. No le dejo una nota, no era necesario, él sabía donde iba; sabía que allí no podría seguirla. Pero también sabía que ella volvería cuando su alma volviera a brillar.

Pero no había tiempo para los recuerdos, tenía una fiesta que organizar ahora que aquellas ruinas se habían convertido otra vez en su hogar. Quería que todo saliera bien, todo el bosque estaba invitado… y ella quería ser una buena anfitriona. Sus hermanas, sus amigos habían estado ahí cuando tanto los necesitaba y ahora quería corresponderles, contarles todas sus aventuras.

El tiempo pasaba y Jengibre ya tenía su hogar preparado para la fiesta. Las diminutas copas con agua de rocío e hidromiel, pastelillos de semillas y de flores (pues las hadas son muy golosas), pequeñas estrellitas iluminando la sala. Sólo faltaban los invitados que no tardarían en llegar. En ese momento tuvo un recuerdo para aquel a quien tanto amaba, no era un recuerdo triste porque sabía que de alguna manera él siempre estaría con ella. Se acarició, distraída, un pequeño colgante con forma de tortuga que siempre llevaba al cuello y pensó que nunca había brillado tanto.”

¡¡¡¡Bienvenidos a todos al nuevo hogar del hada Jengibre!!!! No se me ocurrió otra manera de recibiros que con un pequeño relato original, tal como lo hice en la primera entrada del blog, hace cuatro años. 

¿qué vais a encontrar en el blog? Tranquilos, no va a cambiar mucho… bueno, algo sí va a cambiar ¡¡¡no quiero volver a dejarlo abandonado!!!!. Iré alternando la poesía con los cuentos, tanto míos como la nueva sección de las leyendas del mundo. Y también las cartas abiertas. No voy a hablar de una periodicidad determinada, pero me gustaría publicar dos veces por semana. 

También he trasladado los otros dos blogs. Podéis acceder a ellos desde aquí. Hay un enlace en la barra lateral, en el apartado mis otros mundos. 

Eso es todo, espero que os guste y os sintáis cómodos.

Muchas gracias a todos.

El ángel oscuro.

Se sentía frágil y vulnerable. Y perdida. Nunca antes se había sentido así. Ella que se había ganado a pulso sus negras alas. La más fría y despiadada de todas las huestes de la oscuridad.
Su misión era sencilla, otro arcángel más que corromper, un nuevo ángel caído para sus filas… ¡y tantos habían caído!. No entendía porque esta vez había sido diferente.

Sólo era un arcángel más, y ni siquiera de los hermosos de las huestes celestiales… esos habían sido presa fácil para ella. Sólo un joven sencillo, algo tímido y retraído. De rostro dulce y ojos llenos de ternura. Ese fue su error. Nunca debió mirarse en sus ojos. En ellos vio reflejada su alma negra y comprendió que el veía su verdadero aspecto y aún así ponía su vida y su alma en sus manos. Y algo se rompió dentro de ella. Quizás fueran las rejas que aprisionaban su corazón. Pero lo cierto es que sintió un dolor lacerante en el pecho y no pudo condenar a aquel espíritu puro. Se alejó de él tan rápida como le permitieron sus alas, buscando un lugar donde esconderse y pensar. Sabía que estaba condenada, la oscuridad no toleraba los fracasos. Pero eso no le importaba, su ángel estaba a salvo. Encontró un escondite en un antiguo mausoleo semi derruído. Rodeada de ángeles de granito rompió a llorar recordando la ternura que siempre le había brindado, la dulzura con la que siempre la había tratado aún cuando él sabía quien era. Deseó con todas sus fuerzas que él estuviera allí, junto a ella. Que la abrazará y la protegiera. Por primera vez entendió lo que era el Amor y tuvo la seguridad de que le había perdido. Ella no se merecía su amor. Se dejó caer en el frío suelo de mármol, llorando sin consuelo hasta que agotada se quedó dormida.


La Dama de las Estrellas 3ª parte.

Cae la noche sobre el poblado. Noche oscura, noche sin luna. Los aldeanos se refugian en sus hogares, al amor de un buen fuego en el hogar. En noches así el bosque es territorio de trasgos y demás espíritus malignos. 
Sólo un joven druida se atreve a adentrarse en el bosque sagrado en una noche así. Cada noche, en cuanto cae el sol, coje su dorada hoz y se dirige a un pequeño claro del bosque. Allí, en soledad, espera a que las estrellas iluminen el cielo. Estrellas tan luminosas y bellas como los ojos de su dama. Estrellas que le cuentan que ella sigue amándole.
Ya ha pasado un año desde aquella mágica noche en que el destino y amor llegaron a su vida. La quemadura que desfiguraba su rostro está casi cicatrizada y queda disimulada por una incipiente barba. Pero la quemadura que aquella bella y misteriosa dama dejó en su corazón no cicatrizará nunca. Aunque ha seguido con su vida, es imposible olvidarla. Busca en todas las jóvenes de la aldea el brillo y la dulzura de aquella a la que un día perdió. Búsqueda absurda, ninguna de ellas puede curar su herida. 
Por eso pasa las noches al raso, en el lugar donde sus destinos se unieron. Cierra los ojos y puede volver a sentir el sabor de  aquel beso. Pero llega el alba y las estrellas le abandonan. Se siente perdido. Daría todo su ser por volver a pasar una noche con ella. 
Esa noche siente que será especial. Las noches sin luna siempre lo son. Esas noches sus estrellas son más brillantes y luminosas que nunca. Y su corazón vuelve a llenarse de esperanza.
Camina tan abstraído en esas cavilaciones que no ha advertido que el claro está extrañamente iluminado. Cientos de lucecitas ténues y sutiles alumbran el lugar donde una vez bailó el ser más bello que pisó este mundo. Y rodeada de ellas su Dama le espera, regalándole sus últimas lágrimas, sus últimas estrellas.

La Dama de las estrellas 2ª parte.

La Dama de las estrellas fue uno de los primeros cuentos que escribí. Y también uno de los más especiales para mi. Es el primer cuento(propiamente) que publiqué en el blog. 
Y creo que es de ley que el primer cuento que publique este año sea su continuación. Quizás porque tras el largo parón que supuso el año pasado para este blog, esta entrada es como un nuevo comienzo. 

LA DAMA DE LAS ESTRELLAS 2ª PARTE. 

Encerrada en su torre de mármol la tristeza consumía a Deneb. La que antaño había sido la más bella y brillante de las hadas nocturnas se iba apagando. Sus hermanas estaba realmente preocupadas por ella, ¿y si la perdían para siempre?. Pero no podían hacer nada por ayudarla o consolarla. Desde su vuelta se había encerrado en la torre y no permitía que nadie la visitara. Ni siquiera dejaba a entrar a Noa, que era más que una amiga para ella. Al principio no le dieron demasiada importancia, creyeron que con el paso de los días el dolor remitiría y les dejaría entrar en la torre, pero no fue así. Lo que más las preocupaba era que las brillantes estrellas que cada noche salían de la torre, sembrando de luz el vacío, cada vez eran menos brillantes y numerosas. Y eso no era una buena señal.
Noa no estaba dispuesta a perderla sin luchar. Acudió al Alquimista en busca de consejo y ayuda. Le explicó todo lo que sucedía y éste, que una vez fue mortal y sintió la gloria y el dolor que sólo el amor puede causar, supo a ciencia cierta que era lo que consumía la vida de Deneb. 
Y él, que no solía abandonar su laboratorio en el corazón del país de las hadas, acompañó a Noa a las montañas de la luna, para hablar con ella. Tenía que verla, hablar con ella, para poder encontrar un remedio a su dolor y su pena.
Pero Deneb no quería ver a nadie. Sólo accedió a recibirlos cuando el Alquimista le habló desde la base de la torre. Y ella no pudo negarse a recibir a aquel a quien tanto debían todas las hadas. Intentó componerse lo mejor que pudo, pero nada podía disimular sus ojeras, ni la tristeza de su alma. Trató de dibujar una sonrisa cuando vio llegar a su querida Noa, pero ¡había olvidado sonreír!. A Noa casi se le rompió el corazón al verla, corrió a abrazarla, a consolarla. Le repetía que todo iría bien. Deneb se dejó abrazar y consolar. Y por primera sintió que el nudo que había en su alma empezaba a aflojarse. Y notó como las palabras empezaban a salir como un torrente. Les contó todo lo que había pasado. Su encuentro con el joven en aquel claro del bosque y como su corazón sintió algo nuevo y extraño para ella, pero tan cálido y bello que se dejó llevar. También les habló del horror al ver el rostro desfigurado de su amante. Del dolor y la culpa de saberse la causa de su desgracia. Por eso había vuelto y se había encerrado en la torre. Por que su amor sólo servía para herir al ser al que amaba. Por eso estaba mejor sola. No quería volver a dañar a nadie más.
Noa no daba crédito a lo que oía. Deneb era la persona más buena y dulce que conocía. Y se rebeló contra su amiga por pensar eso.
El Alquimista había permanecido en silencio mientras Deneb hablaba, pero en su mente había surgido una idea. Conseguiría una poción que “enfriara” el brillo del hada. Perdería su brillo y luminosidad pero podría estar junto a su amado, si así lo deseaba.
La vida volvió a Deneb al escuchar las palabras de su creador. Recuperó la sonrisa y las lágrimas desaparecieron de su rostro. Bebió de un sorbo la poción, sintiendo como desde el primer sorbo el hielo apagaba su fuego y su brillo interior. Por un segundo sintió un poco de tristeza por todas esas estrellas que ya nunca surgirían, pero al recordar la dulzura de aquel beso, supo que hacía lo correcto.
Le dió las gracias al Alquimista y abrazó a Noa, que se resistía a dejarla partir. Entre ellas sobraban las palabras. Sabía lo mucho que le debía. Pero ahora debía marcharse. Debía buscar a aquel a quien tanto amaba. Debía saber si él seguía sintiendo lo mismo.

Una navidad especial.

Hoy quiero contaros un cuento muy especial. Uno de esos con un final muy feliz. Y lo mejor de todo es que es como esos telefilmes que tanto le gustan a mi madre… eso que dicen estar “basados en hechos reales”… Un cuento lleno de ternura y esperanza, pero también de valentía y tesón.

Érase una vez en un reino encantado vivía un joven príncipe muy feliz. Tenía todo lo que podía desear, una esposa a la que amaba y un hijo que colmaba de felicidad a todo el reino. Y cuando la joven princesa le anunció que estaba de nuevo en cinta creía que no podría ser más feliz. 


Pero una malvada bruja, envidiosa de la felicidad de la pareja preparó un poderoso bebedizo para helar el corazón de la princesa. Y como a la joven era muy golosa, la bruja vertió el veneno en un de los pastelitos favoritos de la princesa. Cuidando con mucho celo que el fatal pastel llegara hasta la princesa.


En cuanto la joven probó el dulce, cayó desvanecida, sin sentido. El príncipe apenas pudo hacer otra cosa que correr a su lado y sujetarla entre sus brazos. Pasaban los minutos y no recobraba el sentido. El médico de la corte tenía que tomar una dramática decisión, peligraba no sólo la vida de la princesa sino también del bebé que llevaba en su vientre. Tendría que sacar al bebé aunque todavía no era el tiempo. Pero sólo así podría tener la posibilidad de salvarlos a ambos. 


El bebé era muy pequeño, sólo pesaba 500g y estaba todavía muy inmaduro. Era muy difícil que saliera adelante. Se preparó una de las estancias del palacio para poder cuidar del pequeño. Pero de todas formas nadie se hacia ilusiones de que la criatura pudiera sobrevivir. 


Cuando la princesa se despertó, lo primero que vio fue la cara de tristeza de su esposo y supo que algo pasaba. El médico le explicó lo sucedido y ella sintió que el corazón se le paraba. Rompió en llanto, abrazada a su esposo. Pero éste la tranquilizo. Él se negaba a perder la esperanza. El niño estaba vivo y luchando con fuerza cada hora. Sabía que no sería fácil, pero algo dentro de él le decía que ese niño saldría adelante. Lo sabía por la manera en que se aferraba a la vida cada segundo.


Y cada día que pasaba les sorprendía con un nuevo progreso. El niño había salido tragón y cada día iba ganando peso. Y había salido peleón. sólo había que ver la fuerza con la que lloraba cuando le hacían algo que no le gustaba. En su estancia, protegido como si del útero materno se tratara, el niño se empeñaba en demostrar lo equivocados que estaban los que decían que no sobreviviría.


Y llegó el día de Navidad. El pequeño, que ya pesaba 2600g, estaba preparado para dejar su habitación especial y salir al mundo. Y ese fue el mejor regalo de navidad que sus padres y todo el reino recibió jamás. 


Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

Hugo, este cuento es para ti.

El taller mágico.

Sophie era la mas feliz de las niñas. Tenía el cuarto de juegos mas grande de todas sus amigas. Tan grande que ocupaba toda la planta baja del edificio donde vivían. Es lo que tiene ser la única hija del mas reputado juguetero de París. Toda la tienda era su patio de juegos. Su padre nunca le regañaba. Siempre decía que los juguetes son para y por los niños y que era un crimen tener tantos juguetes allí, esperando a que un pequeño les de utilidad. Así que dejaba que su hija curioseara por la tienda en busca de algún juguete que le llamara la atención. Pero había una pequeña excepción. Un pequeño cuartito situado al fondo de la trastienda y que siempre estaba cerrado con llave. 
Sophie se moría de curiosidad por saber que se guardaba allí dentro. Le había preguntado a su padre y le había contestado que era donde se guardaban las herramientas y que por eso estaba siempre cerrado con llave, para que nadie se hiciera daño, pues había objetos muy peligrosos si no se manipulaban con la debida corrección. No quería que por un descuido, su pequeña se hiciera daño. 
Pero lo curioso es que hacía muchos años que nadie trabajaba en el taller. Ya no recordaba cuando fue la última vez que su padre creó una nueva pieza. Ahora casi todo lo que se vendía en la tienda venía de los mejores talleres jugueteros. Eran preciosos pero no tenían aquello que tan famosos habían hecho a los juguetes de su padre. En otro tiempo su padre había sido el maestro juguetero más famoso, no sólo de Paris sino también de toda Europa. Sus creaciones sirvieron de recreo a todos los jóvenes delfines. De sus juguetes se decía que tenían alma. Pero un buen día, en la cumbre de su éxito, dejó su taller, despidió a sus ayudantes y sólo se dedicó a su tienda. 
Sophie sabía que aún hoy en día muchos de sus antiguos clientes le ofrecían cantidades exorbitadas por volver a tener uno de sus juguetes. Pero nada, su padre siempre se negaba.  Algunos le acusaban de malgastar el don que tenía. Pero el no creía en ese don. De hecho a veces pensaba que era una maldición, pero… ¿qué sabían ellos de su don?
Sophie no sabía que le había pasado a su padre para que dejara de crear. Había pasado cuando ella era apenas un bebé. Suponía que tenía que ver con la extraña desaparición de su madre. Pero ese era un tema tabú. Si hablaba sobre ella, su padre se ponía muy triste y se volvía huraño durante días. Por eso Sophie no volvía a sacarle el tema. Eso sí, bombardeaba a preguntas a su nany. No era lo mismo, pero eso saciaba su sed de información.
Se acercaba su cumpleaños y Sophie deseaba un juguete en especial. Algo que no había en la tienda de su padre. Y era extraño. En toda la tienda no había ni una sola casa de muñecas. Había muñecas de todos tamaños y diseños. Pero ni una sola casita de juguete.  Y Sophie quería una. Una de sus compañeras de clase tenía una preciosa. Una niña presumida e insoportable que se había burlado de ella por no tener ninguna. Y eso no podía ser. Le pediría a su padre que le hiciera una. La mejor de todas. Estaba convencida de que su padre no le negaría eso. Sabía lo mucho que la quería. 
Por eso, esa misma noche, decidió pedírselo. Pero no obtuvo la respuesta que quería escuchar. Su padre se negó rotundamente a complacer sus deseos. No volvería a construir una casa de muñecas nunca más. Eso la llenó de asombro. ¿quería decir que antes había construido alguna? Y eso la llenó de esperanza. Esa casita debía estar en algún sitio. Sabía que en la tienda no había ninguna, así que miró en los libros de cuentas para saber si se había vendido alguna y quien fue su comprador. Pero nada. No se había vendido ninguna. Eso era de lo más raro. Podría haber sido un regalo, pero aún así habría quedado registrado en los libros. Su padre lo anotaba todo. También sabía que su padre nunca destruyó un juguete.  Sólo había un sitio donde pudiera estar, en la habitación prohibida. Pero ¿cómo entrar allí sin que se enterara que había entrado? Tampoco sabía cual de todas las llaves habría esa puerta. Tendría que ser más astuta. Una tarde lluviosa, vio a su padre salir del cuartito. Sophie se percató de que llave era y de dónde la guardaba. Sólo lo quedaba esperar su oportunidad. 
Unos días más tarde, su padre tuvo que marcharse de viaje unos días y ella aprovecho para entrar en la habitación. Sacó con cuidado la llave de su escondite, fijándose bien para volver a dejarla igual y que su padre no notara que la había cogido. Y con el corazón latiendo desbocado abrió la puerta prohibida. La tenue luz del quinqué que llevaba reveló un cuarto pequeño y aparentemente vacío. No había herramientas ni nada peligroso. Sólo una enorme casa de muñecas, la más bella que ella había visto jamás. Y a su lado una muñeca. Sophie corrió hacia esa muñeca, quería verla mejor. Sus rasgos le habían recordado a alguien muy querido. Al acercarse y verla mejor descubrió que era igual que su madre. El mismo pelo rubio,  sus mismos ojos. Y aquel vestido tan hermoso que ella tanto admiraba en el retrato que su padre guardaba en aquel camafeo. Rompió a llorar, no sabía muy bien porqué, pero las lágrimas se agolparon en sus ojos y no podía pararlas. Acarició el pelo de la muñeca con ternura. Y en aquel momento escuchó abrirse la puerta. Su padre acababa de abrirla. Su cara pálida, como si hubiera visto un espectro.  Corrió hasta su hija, apartándola con brusquedad de la casa de muñecas. Sin hacer caso de sus lloros y protestas la subió de nuevo a su habitación. Una vez allí, ya metida en su cama y con la muñeca en sus manos le explicó la verdad de aquella habitación. 
“Le contó que cuando era un joven aprendiz estuvo a las órdenes de un maestro juguetero excepcional. Se decía de él que era un mago o que había vendido su alma para conseguir su arte. Nada de esto era cierto. Provenía de una familia de larga tradición. Uno de sus antepasados creó algunos de los autómatas más bellos para el Basileion, en la bella Bizancio. Su arte pasó de padres a hijos hasta llegar a él. Pero el no tenía herederos, y viendo el talento de su aprendiz, le trasmitió su arte y su saber. Así logró crear los mejores artículos y crearse una bien merecida fama. Montó su propio negocio y conoció a una joven maravillosa con la que se casó. Y ahí empezó su desgracia. Un día, su esposa, embarazada de unos meses, le pidió que le construyera una casa de muñecas. Ella nunca había tenido ninguna y deseaba una para decorar el cuarto de juegos del bebé, que estaba convencida sería una niña. No vio motivo para negarse. Aunque nunca había construido ninguna (como no lo había hecho su maestro), se dedicó en cuerpo y alma a construir la más bella de todas las casas que pudieran existir. Puso en ella todo su alma. No le faltaba ningún detalle. El tiempo pasaba, su esposa dio a luz a una niña hermosa y sana, y él no podía ser más feliz. 
Y llegó el día en que la casa estuvo terminada. Era el cumpleaños de su esposa, y preparó todo para que ella disfrutara su gran día. Cenaron en uno de los mejores restaurantes de París. Ella estaba preciosa con su vestido de seda y encajes, su favorito. Cuando volvieron a casa, allí estaba la casita, en el centro del salón. Ella, entusiasmada corrió a verla. Admirando cada detalle, feliz y emocionada El fue a buscar unas copas para brindar con el mejor champán. Pero cuando ella abrió la puerta de entrada algo extraño sucedió. Sintió que todo le daba vueltas y perdió el conocimiento. Y cuando su esposo regresó, lo único que vio fue una preciosa muñeca de porcelana, totalmente idéntica a su esposa, dentro de la casita de muñecas. A partir de ese día, dejó de fabricar juguetes y escondió la casa maldita.”
Al terminar el relato Sophie lloraba desconsolada. En sus manos tenía a su madre, convertida en una muñeca de porcelana.  Le preguntó si no había algún modo de que volviera a su estado. Él le aseguró que lo había probado todo. Pero nada daba resultado. Por eso nunca quiso que ella se acercara a la casa, no quería perderla a ella también. 
Desde aquella noche, no volvieron a hablar del tema. La habitación volvió a cerrarse con llave, y Sophie guardó la muñeca en su habitación. 
Y algún día encontraría la manera de romper la maldición.