Escribiendo en una servilleta.

Rinconcito romántico V

Escribiendo en una servilleta. (relato original de Jengibre)

Había llegado el frío. Atrás quedaba un otoño que empezó cálido y soleado. Pero hoy había amanecido una mañana de noviembre fría, muy fría. No sabía por qué pero siempre asociaba el undécimo mes del año con el frío. Bueno, no sólo con eso, también con la oscuridad y la tristeza; con la pena y, cómo no, también con la muerte.
Quizás por esa razón, esa mañana se había levantado, se había arreglado y había salido de casa, pero su ánimo se había quedado olvidado entre las sábanas. Lo malo era que ni siquiera lo echó en falta cuando notó que su sonrisa, perezosa, se negaba a salir. Lo achacó al frío pre-invernal que había tomado las calles de la ciudad y pensó, al pasar junto a su cafetería favorita, que quizás un café con leche bien calentito templaría su destemplado corazón y entró en ella.
Saludó al camarero al entrar, y la sonrisa con que le obsequió el joven consiguió que su propia sonrisa se sacudiese un poco la pereza y se decidiera a esbozarse ligeramente en su rostro. El efecto fue inmediato y la dejó muy sorprendida. Una sensación de calidez se extendía por su pecho. Fue en ese momento cuando echó de menos su ánimo olvidado. Cuando volviera a casa tendría que hablar muy seriamente con él.
Se sentó en su mesa favorita, la que estaba junto al gran ventanal desde donde podía ver la vida pasar. Ese era su pasatiempo favorito, observar la gente que pasaba junto a su mirador. Le gustaba imaginar sus vidas, sus tristezas y alegrías para, ya de vuelta en su casa, sentarse frente a una hoja en blanco y llenarla de vidas, de historias inventadas que cobraban vida con cada palabra que escribía.
O eso era a lo que se dedicaba antes de que su mente se quedara tan blanca como el papel que debía transformar. Antes de que llegara el fatídico undécimo mes, el oscuro, aquel que no debe ser nombrado. Ahora de nada servía sentarse en su mirador, la vida seguía pasando igual ante ella, pero ella apenas la veía. Sólo eran gente que pasaba, no historias para ser contadas.
Estaba sumida en si misma cuando una risa cantarina y contagiosa hizo que regresara a la realidad. Justo en la mesa contigua a la suya una joven pareja era la causante de esa felicidad tan contagiosa. Le picó la curiosidad y quiso saber la causa de tanta alegría a primera hora una fría mañana y oscura. Quizás pensó que algo de esa felicidad se le contagiaría a ella, alejándola de la tristeza y la pena que siempre la invadía como un okupa indeseado cada mes de Noviembre.
Descubrió que la causa de tanto alboroto era un pequeño objeto rectangular y alargado, parecido a un termómetro clínico, y en el que se podían observar ¡unas rayitas de color rosa! ¡La pareja estaba esperando un bebé!
Se sintió extraña, mareada. La vida le había regalado una lección magistral. Ella que siempre había creído que nada bueno podría surgir del frío y la oscuridad ahora tenía que aceptar que Noviembre también podía crear vida, alegría y amor. Entonces sintió en su cabeza una especie de clic, y un cosquilleo en su mano derecha, ese que siempre surgía antes de escribir las grandes historias, anunciaba que una de ellas estaba pugnando salir.
No se lo pensó dos veces, temiendo que si la aparcaba hasta llegar a casa se perdiera para siempre sin remedio. Por eso sacó un bolígrafo de su bolso y, a falta de papel mejor, cogió unas servilletas de papel con el logotipo de la cafetería y empezó a escribir.

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Claire de lune (Claro de luna).

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Claire de lune (claro de luna). (Jengibre)
No podía dejar de escuchar la dulce melodía que salía de la caja de madera, esa que tantos años atrás la había fascinado. Apenas era una cría que se colaba en la habitación de su abuela y, con la emoción de lo prohibido, abrir la caja una y otra vez para escuchar la música que, como por arte de magia, surgía de la madera de caoba de la que estaba fabricada la caja. Ni se fijaba en las joyas que contenía, las joyas que con tanto esmero cuidaba su abuela. Las joyas de la familia, decía orgullosa, de un lugar  lejano y un tiempo olvidado. Para ella sólo eran cristales de colores brillantes, nada más. ¡Pero la música era otra cosa! Era tan hermosa y mágica que sólo tenía que cerrar los ojos y era como volar sobre un rayo de luna. Le hacía sentir ingrávida y etérea. Y hermosa, como la luna llena, tan brillante y luminosa como ella.
Y ahora, cuando su vida se acercaba ocaso tras una vida alejada de la tradición familiar, la caja llegaba hasta ella. En el correo de la mañana, entre las facturas y folletos publicitarios, como si fuera algo vulgar, sin valor. Una caja de cartón sencilla. No conocía el remitente. Pero un pálpito le hizo abrirla con emoción. Allí estaba la caja, protegida por capas de papel de seda y junto a ella una carta. Un sobre del grueso papel que su abuela usó toda su vida, y su nombre escrito en él con la hermosa letra, anticuada y poderosa, de su abuela. Sin necesidad de leerla supo que había sido perdonada. Que su abuela, la persona más importante de toda su infancia la había perdonado.
Abrió la caja, la música, ese Claro de Luna, volvió a envolverla como antaño sintiendo como todo su cuerpo se volvía luz, tan pálida y bella como un rayo de luna.

Tu canción. (Your song)

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Tú canción. (Your song) 
Toda mi vida sujetando mi corazón, negándome cualquier tipo de sentimiento, bloqueando los recuerdos. Pero el azar es caprichoso y en un segundo, cuando más seguro me sentía, un piano sonando en un anuncio de televisión y toda mi vida se vino abajo como un castillo de naipes bajo un vendaval. La reconocí en el acto, era “Tu canción”, nuestra canción. Aquella que un día me susurraste al oído, sentados en la banqueta del viejo piano que te legó tu abuelo, tan juntos que ni el aire podía colarse entre nosotros. Eran los días felices, éramos jóvenes, estábamos enamorados e íbamos a comernos el mundo. Te sentaste al piano, como cada tarde, siempre decías que la práctica hacía la perfección. Yo trataba de convencerte para que nos fuéramos a “quemar” la ciudad. Era mi cumpleaños y sólo quería celebrarlo contigo. Pero tú me engatusaste para que nos quedáramos allí. Me pediste que me sentara a tu lado y, como regalo, compusiste esa canción. “Siempre podrás contarle a la gente que es tu canción” me decías, “¿cuánta gente es dueña de una canción?” me asegurabas. ¡Qué feliz era en ese instante! Fue la última canción que me regalaste. Tú mejor canción. También la última. El azar cruel te alejaba para siempre de mi dejándome, como eterno recordatorio de lo que fue, la canción. Tu gran éxito. El dolor era tan grande que tomé la única decisión posible. Me alejé del que hasta entonces había sido mi mundo, amurallé mi corazón y me obligué a olvidar. Hasta hoy, tantos años después. Sólo unas notas y todo ha vuelto a mi. Tu recuerdo como un ciclón que derriba a su paso todas las defensas que tan duramente construí. Y, entre las lágrimas tanto tiempo reprimidas, he sentido tu presencia a mi lado susurrándome que esta siempre será mi canción. 

Pink Candy.

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Este cuento va dedicado a todas esas mujeres maravillosas que han luchado, luchan o lucharán con valor y coraje. Y también para sus parejas, sus familias que también sufren y luchan sin descanso junto a ellas. Dejarme que lo dedique especialmente a dos de esas mujeres. María y Pilar, mis tías. Dos guerreras que han luchado y han ganado esta partida. Va por vosotras.

Pink candy (por Jengibre)

Era su primer día en el colegio. Acababa de llegar a la ciudad y por eso empezaba unos días más tarde que los demás niños. Estaba un poco asustada, sólo tenía 5 años y ya había dejado atrás toda su visa. Mamá decía que se adaptaría y que haría nuevos amigos. “Sólo tienes que sonreír como haces siempre” le había dicho mientras le cepillaba su larga melena de un intenso color rojo. Suspiró pensando en los amigos que había dejado atrás y que había estado a su lado desde que era poco más que un bebé. Si crecer era eso la verdad es que era un rollo repollo.
Entró en el colegio sintiéndose un poco perdida pero no pudo evitar sonreír al ver que no era tan malo como lo había imaginado. De la mano de su madre entró en la clase y mientras ésta hablaba con la que sería su profesora ella sintió como las miradas de unos veinte niños fijas en ella lo que hizo que se pusiera tan roja como su pelo, pero se sobrepuso y levantó su cabeza orgullosa y los miró con curiosidad. No pudo evitar fijarse en un niño que sentado en la última fila la miraba a escondidas y tan colorado como antes lo había estado ella. Cuando la profesora le indicó que se sentara junto a él, al pobre casi le da un colapso y apenas fue capaz de murmurar un saludo cuando ella le sonrió amistosa, se sentía sola y necesitaba un amigo. Pero él apenas levantó la mirada de su cuaderno en todo el día.
Y así cada mañana. Ella llegaba a clase con su mejor sonrisa, esa que según decía su mamá era capaz de encantar a todos los que la rodeaban. Le miraba, esperanzada, deseando que él le dijera más de dos palabras seguidas; pero no, seguía sin siquiera mirarla. Ella suspiraba resignada. Quería ser su amiga, aunque ya no se sentía sola porque como predijo su madre, se había adaptado y tenía muchos amigos, pero algo dentro de ella le decía que su mudo compañero de pupitre era alguien muy especial.
Pero un día todo volvió a cambiar para ella. Una mañana encontró a su mamá llorando en la cocina y a su papá muy serio esperándola para desayunar con ella. Le explicó que su mamá estaba enferma y que tendría que estar unos días en el hospital. Algo sobre un bulto que le tenían que quitar, no lo entendió muy bien, pero su papá le dijo que los médicos la curarían y que ella tenía que ser fuerte, que ya era una niña mayor y que las niñas mayores no lloraban.
Pero al llegar a la clase no pudo más ser una niña mayor y en cuanto su papá le dio un beso de despedida, rompió a llorar con todo su alma, desconsolada. Y allí estaba él, a su lado, mirándola como nunca lo había hecho y ofreciéndole una pirueta. Se quedó tan sorprendida que dejó de llorar, ¡él la estaba mirando! y no había vuelto a bajar la mirada a su cuaderno y además ¡le estaba hablando!. Le decía que podía contarle lo que le pasara, que era su amigo y que eso es lo que hacían los amigos. Y se lo contó todo, lo del bulto ese que tenían que quitarle a su mamá, de lo triste que estaba su papá y del miedo que sentía ella. Contarle todo eso hizo que se sintiera mejor. En ese momento supo que había hecho un amigo para siempre y eso le devolvió su sonrisa.

Cuando llegó el día de la operación de su mamá estaba un poco nerviosa, pero el médico le había prometido que todo iría bien y que se recuperaría y ella le creyó. Todo fue bien, unos días en el hospital y de vuelta a casa y a seguir los tratamientos. En ese tiempo ella se comportó mejor que nunca, nada de travesuras, se dedicaba a mimarla y hacerla reír algo que se le daba muy bien. No siempre era fácil, pero ella era una niña muy valiente y no se daba por vencida. Cuando su mamá se cortó el pelo muy corto ella le regaló un pañuelo rosa precioso y se compró uno igual para ella. Estaban divinas, las dos iguales.

Como todos los cuentos, este también tiene un final feliz. Su mamá se recuperó y olvidaron todos los momentos difíciles. Ya no necesitaban los pañuelos y como eran tan especiales para ellas decidieron guardarlos en la caja donde su mamá guardaba sus recuerdos. Antes de cerrarla se acordó de aquella piruleta que le regaló su compañero de pupitre y que resultó ser el más poderoso de los talismanes.

La bruja de Abril.

Hoy quiero presentaros un cuento precioso, tierno y lleno de sensibilidad de uno de los escritores que más admiro, Ray Bradbury. Creo que este escritor norteamericano es un auténtico mago del cuento breve. Para mi es un maestro, aunque tengo que decir que, de momento, sólo llego a ser una aprendiza bastante torpe y patosa.

Pero mejor os dejo con su relato…

La bruja de Abril (Ray Bradbury)

En el aire, sobre los valles, bajo las estrellas, sobre un río, un estanque, un camino, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de la primavera, fragante como el aroma de los tréboles que se alzaba en los campos a la tarde, ella volaba. Se deslizaba en palomas suaves como el armiño blanco, se detenía en los árboles y vivía en los capullos, abriéndose en pétalos cuando soplaba la brisa. Se posaba en una rana verde, fresca como la menta, a orillas de un charco brillante. Trotaba en un perro zarzoso y ladraba para oír ecos que venían de graneros lejanos. Vivía en las nuevas hierbas de abril, en suaves y claros líquidos que se alzaban de la tierra de almizcle.
Es primavera, pensaba Cecy. Esta noche estaré en todas las cosas vivas del mundo.
Ahora vivía en grillos claros en los arroyos de alquitrán de los caminos, ahora caía como el rocío en una verja de hierro. Era la suya una mente que se adaptaba con rapidez, y volaba invisible en los vientos de Illinois esta noche única de su vida. Acababa de cumplir diecisiete años.
—Quiero enamorarme —dijo.
Lo había dicho a la hora de la cena. Y sus padres habían abierto los ojos y se habían reclinado tiesamente en sus sillas.
—Cuidado —le habían aconsejado—. Recuerda que eres una criatura notable. Toda nuestra familia es rara y notable. No podemos mezclarnos o casarnos con gente ordinaria. Perderíamos nuestros poderes mágicos si lo hiciésemos. ¿No te gustaría no poder “viajar” por medios mágicos, no es verdad? Entonces, cuidado. ¡Cuidado!
Pero en su alto dormitorio, Cecy se había perfumado la garganta, y se había tendido temblorosa y aprensiva en su carruaje de cuatro caballos, como una luna de leche que se alza sobre los campos de Illinois, transformando los ríos en cremas y los caminos en platino.
—Sí —suspiró—. Soy de una familia rara. Dormimos de día y volamos de noche como cometas negras en el viento. Si lo deseamos, podemos dormir en un topo durante el invierno, en la tibia tierra. Puedo vivir en cualquier cosa: un guijarro, una flor de azafrán, o una manta religiosa. Puedo abandonar mi cuerpo simple y huesudo y lanzar mi mente a la aventura. ¡Ahora!
El viento la llevó sobre campos y praderas.
Cecy vio las cálidas luces primaverales de mansiones y granjas que brillaban con colores crepusculares. Yo no puedo enamorarme porque soy sencilla y rara-, pero me enamoré por medio de alguna otra, pensó.
En los campos de una granja, en la noche de primavera, una muchacha de pelo oscuro, de no más de diecinueve años, sacaba agua de un profundo pozo de piedra, y cantaba.
Cecy cayó —una hoja verde— en el pozo. Se tendió en el tierno musgo del pozo, mirando hacia arriba en la sombría frescura. Luego se animó en una palpitante e invisible ameba. ¡Luego en una gota de agua! Al fin, en un tazón frío, se sintió llevada a los tibios labios de la muchacha. Se oyó un suave y nocturno sonido; la muchacha bebía.
Cecy miró el mundo desde los ojos de la muchacha.
Desde el interior de la oscura cabeza, desde los ojos brillantes, miró las manos que tiraban de la tosca cuerda. Escuchó a través de las orejas de caracol el mundo de la muchacha. Olió un particular universo por la delicada nariz, sintió que aquel corazón especial batía y batía. Sintió que aquella lengua extraña se movía cantando.
¿Sabrá que estoy aquí? pensó Cecy.
La muchacha abrió la boca. Miró fijamente los prados nocturnos.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
—Sólo el viento —murmuró Cecy.
La muchacha se rió de sí misma, pero se estremeció.
—Sólo el viento.
Era un buen cuerpo, el cuerpo de la muchacha. Tenía huesos del más fino y delicado marfil, envueltos redondamente en carne. El cerebro era como una pálida rosa té, que colgaba en la oscuridad, y había un aroma de manzanas en la boca. Los labios se apoyaban firmemente en los blancos, blancos dientes, y las cejas se arqueaban nítidamente ante el mundo, y el pelo caía hermoso y suave en la nuca de leche. Los poros se apretaban diminutos y cerrados. La nariz apuntaba a la luna y las mejillas brillaban con pequeños fuegos. El cuerpo se movía con el equilibrio de una pluma y parecía como si siempre se cantase a sí mismo. Estar en este cuerpo, esta cabeza, era como calentarse en una estufa, vivir en el ronroneo de un gato dormido, dejarse llevar por las tibias aguas de un arroyo que corría de noche hacia el mar.
Me gustará estar aquí, pensó Cecy.
—¿Qué? —preguntó la muchacha como si hubiese oído una voz.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Cecy cuidadosamente.
—Ann Leary. —La muchacha se estremeció—. ¿Pero por qué digo esto en voz alta?
—Ann, Ann —murmuró Cecy—. Ann, vas a enamorarte.
Como si fuese una respuesta, un trueno estalló en el camino, un repiqueteo y un retumbar de ruedas en la grava. Apareció un nombre alto que manejaba un carro, sosteniendo las riendas en los brazos monstruosos, y con una sonrisa brillante que cruzaba el patio de la granja.
—¡Ann!
—¿Eres tú, Tom?
—¿Quién otro podía ser?
Tom saltó del carro y ató las riendas a la verja.
—¡Yo no hablo contigo!
Ann dio media vuelta con el balde en la mano, salpicando el suelo.
—¡No! —gritó Cecy.
Ann se detuvo. Miró las lomas y las primeras estrellas de la primavera. Miró al hombre llamado Tom. Cecy le hizo dejar caer el balde.
—¡Mira lo que has hecho!
Tom corrió.
—¡Mira lo que me has hecho hacer!
Tom le limpió los zapatos con un pañuelo riéndose.
—¡Apártate!
Ann le pateó las manos, pero Tom se rió otra vez, y desde kilómetros de distancia, Cecy le miró la forma de la cabeza, el tamaño del cráneo, la línea de la nariz, el ancho de los hombros, y la dura fuerza de las manos que hacían esa cosa delicada con el pañuelo. Asomándose a la secreta bohardilla de la encantadora cabeza, Cecy tiró de un oculto alambre de ventrílocuo, y la hermosa boca se abrió y dijo:
—¡Gracias!
—Oh, entonces eres cortés —dijo Tom.
El olor de cuero de sus manos, el olor del caballo en sus ropas se elevaron hasta la tierna nariz, y Cecy, lejos, muy lejos, sobre prados nocturnos y campos florecidos, se movió como en sueños.
—¡No! ¡No contigo! —dijo Ann.
—Vamos, habla suavemente —dijo Cecy.
Movió los dedos de Ann hacia la cabeza de Tom. Ann echó atrás la mano.
—¡Me he vuelto loca!
—Así es —asintió Tom, sonriendo, pero sorprendido—. ¿Ibas a tocarme entonces?
—No sé. ¡Oh, vete!
En las mejillas de Ann brillaban rosados carbones.
—¿Por qué no corres? No te retengo. —Tom se incorporó—. ¿Has cambiado de parecer? ¿Irás al baile conmigo esta noche? Es un baile especial. Te diré por qué más tarde.
—No —dijo Ann.
—¡Sí! —gritó Cecy—-. Nunca bailé. Quiero bailar. Nunca llevé un largo vestido susurrante. Quiero bailar toda la noche. No sé que es estar en una mujer, bailando. Papá y mamá nunca me lo permitirían. He conocido perros, gatos, langostas, hojas, todo lo que hay en el mundo en un tiempo o en otro, pero nunca una mujer en primavera, nunca en una noche como la de hoy. Oh, por favor … debemos ir a ese baile.
Cecy extendió sus pensamientos como dedos dentro de un guante nuevo.
—Sí —dijo Ann Leary—. Iré. No sé por qué, pero iré contigo al baile esta noche, Tom.
—¡Ahora adentro, pronto! —gritó Cecy—. Debes lavarte, avisar a tu gente, preparar el vestido, calentar la plancha. ¡A tu cuarto!
—Mamá —dijo Ann—, ¡he cambiado de parecer!

El caballo de Tom galopó a lo largo de la cerca, los cuartos de la granja volvieron a la vida, el agua hirvió para un baño, la estufa de carbón calentó la plancha que plancharía el vestido, la madre corrió, corrió con una hilera de alfileres en la boca.
—¿Qué te ha pasado, Ann? ¡Tom no te gusta!
Ann se detuvo en medio de aquella gran fiebre.
—Es cierto.
¡Pero es primavera! pensó Cecy.
—Es primavera —dijo Ann.
Y es una hermosa noche para bailar, pensó Cecy.
—… para bailar —murmuró Ann Leary.
La muchacha se metió en la bañera y la espuma le cubrió los blancos hombros de delfín, y el jabón hizo pequeños nidos bajo sus brazos, y la carne de sus pechos tibios se movió en sus manos, y Cecy movió la boca, modelando la sonrisa, guiando los movimientos de Ann. No podía permitirse una pausa, ni un titubeo, ¡o toda la pantomima se haría pedazos! Había que obligar a Ann Leary a moverse, a actuar, a lavarse aquí, a enjabonarse allá. Ahora, ¡afuera! ¡Sécate con una toalla! ¡Ahora perfume y polvo!
—¡Tú! —Ann se vio en el espejo, toda blanca y rosada como lirios y claveles—. ¿Quién eres esta noche?
—Soy una muchacha de diecisiete años. —Cecy la miró desde los ojos violetas—. No puedes verme. ¿Sabes que estoy aquí?
Ann Leary sacudió la cabeza.
—Le he alquilado el cuerpo a alguna bruja de abril.
—¡Cerca, muy cerca! —rió Cecy—. Bueno, ahora con tu vestido.
¡El placer de sentir una hermosa ropa sobre un gran cuerpo! Y luego el saludo afuera.
—¡Ann! ¡Llegó Tom!
—Dile que espere. —Ann se sentó de pronto—. Dile que no voy al baile.
—¿Qué? —dijo su madre en la puerta.
Cecy volvió rápidamente a su puesto. Había sido un descuido fatal, había dejado el cuerpo de Ann un fatal instante. Había oído el ruido lejano de los cascos del caballo y el carro que traqueteaba cruzando el campo primaveral iluminado por la luna. Durante un segundo había pensado: iré a buscar a Tom y me instalaré en su cabeza y veré qué es ser un hombre: de veintidós años en una noche como ésta. Y se había lanzado a cruzar rápidamente un campo de brezos. Regresó volando, como un pájaro a su jaula, y susurró y batió en la cabeza de Ann Leary.
—¡Ann!
—¡Dile que se vaya!
Cecy se calmó y extendió sus pensamientos.
—¡Ann!
Pero Ann se había rebelado.
—¡No, no, lo odio!
No debía haberme ido, ni siquiera un momento. Cecy derramó su mente en las manos de la muchacha, en el corazón, en la cabeza, suavemente, suavemente.
De pie, pensó.
Ann se incorporó.
Ponte el abrigo.
Ann se puso el abrigo.
Ahora, ¡en marchal
¡No! pensó Ann Leary.
¡En marcha!
—Ann —dijo la madre—, no hagas esperar a Tom. Sal y déjate de tonterías. ¿Qué te pasa?
—Nada, mamá. Buenas noches. Volveremos tarde.
Ann y Cecy corrieron juntas hacia la noche de primavera.

Una sala de palomas que bailaban suavemente rizando sus silenciosas y arrastradas plumas, una sala de pavos reales, una sala de ojos y luces de arco iris. Y en el centro, dando vueltas, y vueltas, y vueltas, bailaba Ann Leary.
—Oh, es una hermosa noche —dijo Cecy.
—Oh, es una hermosa noche —dijo Ann.
—Estás rara.—dijo Tom.
La música los hacía girar en la oscuridad, en ríos de canciones; flotaban, asomaban, se hundían, se alzaban en busca de aire, jadeaban, se tomaban el uno del otro como si estuviesen ahogándose, y giraban otra vez, con movimientos de abanico, con murmullos y suspiros al compás de Hermoso Ohio.
Cecy tarareó. Los labios de Ann se abrieron y salió música.
—Sí, estoy rara —dijo Cecy.
—No eres la misma —dijo Tom.
—No, no esta noche.
—No eres la Ann Leary que conozco.
—No, de ningún modo, de ningún modo —murmuró Cecy, a kilómetros y kilómetros de distancia—. No, de ningún modo —dijeron los labios de Ann.
—Tengo una sensación rarísima —dijo Tom.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de ti. —Tom apoyó la mano en la espalda de Ann y la hizo bailar mirando la cara resplandeciente de la muchacha, buscando algo—. Tus ojos —dijo—, no puedo verlos realmente.
—¿Me ves? —preguntó Cecy.
—Una parte tuya está aquí, Ann, y otra parte no está.
Tom la hizo girar cuidadosamente, perturbado.
—Sí.
—¿Por qué viniste conmigo?
—Yo no quería venir —dijo Ann.
—¿Por qué, entonces?
—Algo me obligó.
—¿Qué?
—No sé.
La voz de Ann era casi histérica.
—Bueno, bueno, bueno —susurró Cecy—. Tranquila. Da vueltas, da vueltas.
Murmuraron y susurraron y se alzaron y cayeron en la sala oscura, con la música que se movía y le hacía girar.
—Pero has venido al baile —dijo Tom.
—Sí —dijo Cecy.
—Vamos.
Y Tom la llevó bailando ligeramente hacia una puerta abierta y la hizo caminar en silencio alejándola de la sala y la música y la gente.
Subieron al carro y se sentaron juntos.
—Ann —dijo Tom, tomándole las manos, temblando—. Ann. —Pero dijo el nombre de ella come si no fuese su verdadero nombre. Se quedó mirando aquel rostro pálido. Ann había abierto otra vez los ojos—. Yo te quise siempre, lo sabes —dijo.
—Lo sé.
—Pero tú fuiste siempre veleidosa, y yo no quería sufrir.
—No tiene importancia, somos muy jóvenes.
—No, quiero decir lo siento —dijo Cecy.
—¿Qué quieres decir?
Tom dejó caer las manos de Ann y se endureció
La noche era cálida y el olor de la tierra subía estremeciéndose alrededor del carro, y el aliento de los árboles frescos empujaba las hojas unas contra otras con una sacudida y un susurro.
—No sé —dijo Ann.
—Oh, pero yo lo sé —dijo Cecy—. Eres alto, y el hombre más atractivo del mundo. Esta es una hermosa noche; recordaré siempre que he pasado esta noche contigo.
Cecy extendió una mano fría y extraña hacia la mano temerosa de Tom, y la acercó y la apretó y calentó,
—Pero —dijo Tom, parpadeando— esta noche estás aquí, estás allí. En un instante de un modo, y en el siguiente de otro. Yo quería traerte al baile esta noche en recuerdo de los viejos tiempos. No pensaba en nada al principio, cuando te lo pedí. Y luego, cuando estábamos junto al pozo, supe que en ti algo había cambiado, realmente. Estás distinta. Hay en ti algo nuevo y blando, algo … —Tom buscó a tientas la palabra—. No sé. No puedo decirlo. El modo cómo miras. Algo en tu voz. Y ahora sé que estoy enamorado de ti otra vez.
—No —dijo Cecy—, de mí, de mí.
—Y temo estar enamorado de ti —dijo Tom—. Me harás daño otra vez.
—Sí —dijo Ann.
No, no, ¡te quiero de veras! pensó Cecy. Ann, díselo, díselo por mí. Dile que lo quieres de veras.
Ann no dijo nada.
Tom se acercó suavemente un poco más y alzó la mano para tomarle la barbilla.
—Me voy, Ann. Conseguí un trabajo a ciento cincuenta kilómetros de aquí. ¿Me extrañarás?
—Sí —dijeron Ann y Cecy.
—¿Puedo despedirme de ti con un beso entonces?
—Sí —dijo Cecy antes que ningún otro pudiese hablar.
Tom apoyó los labios en aquella extraña boca. Besó la extraña boca, temblando.
Ann parecía una estatua blanca.
—¡Ann! —dijo Cecy—. ¡Mueve tus brazos, abrázalo!
Ann era como una muñeca de madera a la luz de la luna.
Tom la besó otra vez.
—Te quiero —susurró Cecy—. Estoy aquí. Me ves a mí en los ojos de Ann, a mí. Y yo te quiero a pesar de ella.
Tom se apartó y pareció un hombre que hubiese corrido una larga distancia.
—No sé qué pasa —dijo—. Durante un momento …
—¿Sí? —preguntó Cecy.
—Durante un momento pensé… —Se llevó las manos a los ojos—. No importa. ¿Te llevo ahora a tu casa?
—Por favor —dijo Ann Leary.
Tom le cloqueó al caballo, sacudió cansadamente las riendas, y el carro se alejó. Iban en las sacudidas y crujidos y movimientos del carro iluminado por la luna, en la todavía temprana —eran sólo las once— noche primaveral, y los campos brillantes y los suaves prados de trébol pasaban deslizándose.
Y Cecy, mirando los campos y prados, pensaba: daría cualquier cosa, sí, lo daría todo por estar siempre con él desde esta noche. Y oyó otra vez la voz de sus padres, débilmente: “Cuidado. No querrás perder tus poderes mágicos, casándote con un simple mortal. Cuidado.”
Sí, sí, pensó Cecy, hasta a eso renunciaría, ahora mismo, si él me tuviese en cambio. No necesitaría entonces pasear en las noches de primavera, no necesitaría vivir en pájaros y perros y gatos y zorros. Sólo necesitaría estar con él. Sólo con él. Sólo con él.
El camino pasaba debajo de ellos, suspirando.
—Tom —dijo Ann al fin.
Tom miraba fríamente el camino, el caballo, los árboles, el cielo, las estrellas.
—¿Qué?
—Si estás alguna vez en los años próximos, alguna vez, en Green Town, Illinois, a unos pocos kilómetros de aquí, ¿me harías un favor?
—Quizás.
Ann Leary habló con una voz vacilante y torpe:
—¿Me harías el favor de ver a una amiga mía?
—¿Por qué?
—Es una buena amiga. Te he hablado de ella. Te daré su dirección. Un momento. —El carro se detuvo ante la casa de Ann y la muchacha sacó lápiz y papel de su pequeño bolso y escribió a la luz de la luna, apoyando el papel en la rodilla—. Toma. ¿Se lee bien?
Tom miró el papel y asintió aturdido.
—Cecy Elliot. Calle de los Alamos, 12. Green Town, Illinois —leyó.
—¿La visitarás algún día? —preguntó Ann.
—Algún día —dijo Tom.
—¿Me lo prometes?
—¿Qué tiene que ver esto con nosotros? —gritó Tom furiosamente—. ¿Para que quiero papeles y nombres?
Apretó el papel y se metió la arrugada pelota en el bolsillo de la chaqueta.
—¡Oh, por favor, promételo! —suplicó Cecy.
—… promételo —dijo Ann.
—¡Muy bien, muy bien, déjame en paz! —gritó Tom.
Estoy cansada, pensó Cecy. No aguanto más. Tengo que ir a casa. Me siento débil. Mi poder sólo alcanza para pasar unas pocas horas como éstas, de noche, viajando, viajando. Pero antes de irme… —… antes de irme…. —dijo Ann.
Besó a Tom en la boca.
—Soy yo quien te besa —dijo Cecy.
Tom se apartó y miró a Ann Leary, adentro, muy adentro. No dijo nada, pero se le ablandó la cara, lentamente, muy lentamente, y los rasgos se le desdibujaron, y la boca perdió su dureza, y miró otra vez el interior de aquel rostro bañado por la luna.
Luego bajó a Ann del carro y sin siquiera unas buenas noches se alejó rápidamente camino abajo.
Cecy dejó a Ann.
La muchacha, gritando, como si saliese de una cárcel, corrió por el sendero lunar hacia su casa y cerró de un portazo.
Cecy se demoró allí cerca unos instantes. En los ojos de un grillo vio el nocturno mundo primaveral. En los ojos de una rana se quedó un momento a solas junto a un estanque. En los ojos de un ave nocturna miró desde un olmo alto, hechizado por la luna, y vio cómo se apagaban las luces en dos granjas, una allí, y otra a un kilómetro. Pensó en sí misma, su familia, y sus extraños poderes, y en que nadie de su familia podía casarse con ninguna de las gentes de aquel vasto mundo, más allá de las colinas.
—¿Tom? —Su mente cada vez más débil voló con un ave nocturna bajo los árboles y sobre los campos de mostaza silvestre—. ¿Tienes todavía el papel, Tom? ¿Vendrás algún día, algún año, alguna vez, a verme? ¿Me conocerás entonces? ¿Me mirarás a la cara y recordarás entonces cuando me viste por última vez, y sabrás que me quieres como yo te quiero, de verdad y para siempre?
Se detuvo en el fresco aire de la noche, a un millón de kilómetros de pueblos y gentes, sobre granjas y continentes y ríos y montañas.
—¿Tom? —preguntó suavemente. Tom dormía. Era tarde; las ropas estaban colgadas en sillas, u ordenadamente plegadas a los pies de la cama. Y en una mano inmóvil, puesta con cuidado sobre la almohada blanca, junto a su rostro, había un trozo de papel escrito. Lentamente, lentamente, una fracción de centímetro cada vez, los dedos se fueron plegando y se cerraron sobre el papel. Y Tom ni siquiera se movió cuando un ave negra, débilmente, maravillosamente, aleteó con suavidad unos instantes contra los vidrios de la ventana, claros a la luz de la luna, y luego, abriendo en silencio las alas, se alejó volando hacia el este, sobre la tierra dormida.