El corazón compartido. Epílogo.

Los cuentos siempre terminan con el “… y fueron felices y comieron perdices.” Pero ¿es ese realmente el final de la historia? ¡¡¡¡Por supuesto que no!!!! La historia, como la vida, siempre sigue adelante, y no siempre es tan feliz como sugieren esas palabras. Porque la felicidad no es algo inmutable, que una vez la has logrado ya te dura para toda la vida, no, la felicidad es algo que tienes que ir trabajando y logrando cada día. Que la Felicidad no es otra cosa que un montón de pequeñas alegrías.
Nuestra pareja protagonista fue muy feliz. Al llegar la primavera se casaron en la pequeña iglesia del pueblo donde había vivido él. Fue una boda muy concurrida y animada, se celebró un pequeño banquete en honor de los recién casados, del cual, y por unos minutos, los jóvenes esposos se ausentaron para ir al bosque a ver a la sabia y anciana curandera. Molly no había querido ir al pueblo, un enfrentamiento con el párroco hacía muchísimos años los había enemistado, y no era bien recibida en la iglesia aunque hacía tanto tiempo que ninguno de los dos recordaba el motivo de la disputa, pero ninguno quería dar su brazo a torcer. Los recibió con sus mejores galas y una sonrisa de satisfacción en su ajado rostro; desde aquella lejana noche siempre supo que terminarían juntos, pues además del corazón que ambos compartían les unían muchas cosas. Les regalo un extraño amuleto, en forma de corazón para que no se olvidaran de ella. Antes de regresar al banquete, pasaron por el claro del bosque donde se cruzaron sus destinos. Estaba cubierto de flores de todos los colores con las que tejieron una especie de corona que la hermosa novia se puso en el pelo.
Se instalaron en la ciudad, en casa del sabio profesor. Ella seguía en la pastelería y él terminó sus estudios con las mejores calificaciones de su promoción y le ofrecieron una plaza como profesor suplente. Fueron tiempos difíciles, pues un joven profesor no tiene un gran sueldo y la familia había empezado a crecer, dos preciosos bebés, un niño y una niña, habían colmado de felicidad a la pareja, pero también de muchos gastos inesperados. Pero cuando hay amor todo se supera.
Al morir su mentor, este ocupó su plaza, siendo el más joven profesor en esa cátedra. También recibió una fabulosa herencia, la casa en la que vivían y su enorme colección de libros, no sólo de su especialidad, sino también libros de aventuras y novelas de los grandes clásicos.
Los pasteleros, cansados de tantos años de duro trabajo, decidieron retirarse a vivir al campo, a la granja de su hija y su yerno, a unos kilómetros de la ciudad. Pero antes de marcharse les cedieron el negocio, que ya por entonces era famoso en toda la ciudad y alrededores.
La vida les sonreía. La familia seguía aumentado, a los mellizos le siguieron 5 hijos más, dos niños y tres niñas. En su casa siempre había bullicio y risas, bueno y también pequeñas riñas y muchísimas travesuras.
Y ellos… Ellos tuvieron sus pequeñas discusiones. Cada uno tenía sus ideas y su carácter, por eso a veces tenían pequeños roces. Pero tenían dos cosas muy clara, que el amor que sentían el uno por el otro era lo mejor que les había pasado en la vida, y que no podían vivir el uno sin el otro. Porque ¿para que quieres un corazón si no tienes a nadie con quien compartirlo?

Quisiera dedicar este cuento a una persona especialmente. A un buen amigo, corrector de estilo y muchas cosas más. Nicolas este cuento es para tí. Por animarme a crear este blog, por visitarme y dejarme tus comentarios y consejos… y también tus correcciones. Gracias por tu amistad.

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El corazón compartido. (4ª parte)

El sol empezaba a asomar por encima de los tejados de la ciudad que se despertaba con el bullicio habitual de esas horas de la mañana; los tenderos abrían sus comercios, los campesinos de las poblaciones cercanas ponían sus puestos en la plaza para vender sus mercancías, las amas de casa y las criadas hacían sus compras, jóvenes estudiantes regresaban a sus habitaciones después de alguna juerga nocturna… el típico trajín de todas las mañanas en una gran ciudad.
En una de las buhardillas un joven contempla la ciudad, pero está tan absorto en sus pensamientos que apenas ve la escena que se desarrolla delante de sus ojos. Se ha levantado con el mismo sueño que desde hace unos meses tiene cada noche, un sueño que le ha llevado hasta esta ciudad, a la que se había jurado no volver.
Y todo por los extraños sucesos que le habían sucedido ahora hacía justo un año. Recordó aquella noche fría en la que se encontró con una joven medio muerta de frío en medio del bosque, y como la joven cambió su vida cediéndole una parte de su corazón. Una sonrisa iluminó su cara al recordar aquel momento, cuando se despertó en la cabaña de Molly y por primera vez en su vida sintió el latido de su corazón. Su primer impulso entonces fue buscar a la muchacha que tan generosa había sido con él, su primer sentimiento fue el de gratitud hacia ella, pero por más que busco en la cabaña y por el bosque, no pudo encontrarla, se había marchado y quizás jamás volvería a verla, ni siquiera sabía su nombre, ni de donde venía. Se sintió entristecido por eso, no sabía muy bien porque, quizás estaba preocupado pues ella no sentía muchas ganas de seguir viviendo y era posible que volviera a intentar lo que él había evitado; de todas formas, ya no podía hacer nada. Respiró el frío aire de la mañana y se acordó de su familia, y sintió el deseo irrefrenable de correr hacia ellos y abrazarlos y sentir todo ese amor que hasta entonces le había sido negado.
Recordó el rencuentro con su madre, el abrazo interminable en el que se sumieron y las lágrimas que ambos derramaron, sus primeras lágrimas y le sorprendió comprobar que tenían sabor a sal. Ese día lo pasó con ellos, riendo con las historias de sus hermanas, hablando con su padre sobre ciertas ideas que había tenido para mejorar la granja. Sentía un calor muy dentro de él, algo que nunca antes había sentido. Caía ya la tarde cuando se dirigió al pueblo para visitar a algunos de sus antiguos compañeros de clase, que se alegraron mucho de verlo sonreír y tomando unas cervezas en la taberna les contó lo que le había pasado. Estaba tremendamente feliz, pero recordó que no podía quedarse demasiado en el pueblo, todavía pesaba sobre él la sombra de un delito que no había cometido y tenía que mantenerse escondido. Eso le hizo conocer por primera vez la ira, contra todos aquellos que lo habían condenado sin ni siquiera haberle dado la oportunidad de defenderse.
Regresó al bosque y a la cabaña de Molly, a su vida que ahora sentía monótona y aburrida. Tenía nostalgia de sus estudios, se había sentido seguro entre sus números y sus estrellas.
Y por entonces empezaron los sueños. Soñaba con la joven desconocida, y se levantaba con una extraña opresión en el pecho. Le habló de sus sueños a Molly, y también de la extraña melancolía que sentía, y de que a pesar de no saber ni su nombre, la recordaba perfectamente, cada pequeño detalle de su aspecto, como las pequeñas pequitas que adornaban sus mejillas o sus ojos de un verde tan profundo como el mismo bosque.
Le contó su preocupación por ella, le asustaba que hubiera vuelto a intentar acabar con su vida, o que ya lo hubiera hecho. La anciana y sabia curandera le tranquilizó diciéndole que si a ella le hubiera pasado algo malo él lo sabría… lo sentiría en su corazón; pero le aconsejó que si tanto le importaba la muchacha, debería ir a buscarla.
Y así lo hizo, durante meses recorrió todos los pueblos y pequeñas ciudades de los alrededores sin hallar ni una pequeña pista del paradero de la que tanto deseaba volver a ver. Al final, desanimado, volvió a su hogar, con un sentimiento de fracaso y tristeza en su corazón. Se había resignado, no volvería a verla jamás.
Pero al llegar a casa le esperaba una sorpresa. En su ausencia se había recibido una extensa carta de uno de sus profesores de la Universidad, un anciano profesor de matemáticas, sabio y de buen corazón. En ella le relataba que después de muchos esfuerzos por parte de varios de sus compañeros y de algunos profesores, habían conseguido que la verdad saliera a la luz y que la hija de su antigua patrona confesara que lo había acusado por despecho; por lo que habían dejado de perseguirlo y podía volver a sus estudios. Es más, le ofrecía alojamiento en su casa, donde su esposa y él estarían encantados de recibirlo.
Y allí estaba ahora, en una hermosa habitación abuhardillada, contemplando los tejados y perdido en sus pensamientos. Estaba feliz por volver al mundo al que pertenecía, a estudiar los planetas y a sus números perfectos; pero sentía que le faltaba algo, sobretodo después de esos sueños. Cada noche igual, soñaba con la muchacha tendida en la nieve, dormida; quería correr a despertarla pero sus pies no le obedecían y la joven se volvía una figura de hielo que se derretía ante sus ojos.
Pero se le hacía tarde, las clases no esperaban por nadie, y apenas tenía tiempo de terminar de vestirse, tendría que marcharse sin desayunar. Se pararía por el camino, le habían hablado muy bien de una pequeña pastelería cerca de la universidad. Hoy se concedería un pequeño capricho, quizás un dulce le quitara la amarga sensación que le dejaban los sueños.
Nada más entrar en el establecimiento, su corazón empezó a latir descontroladamente sin motivo que lo justificara, y una alegría inmensa inundó todo su ser, empezó a reír como nunca en su vida lo había hecho. Toda la clientela que llenaba el obrador en ese momento le miró con reprobación pero justo en ese momento salía la dependienta de la trastienda, llevaba las manos ocupadas con unas bandejas de pasteles que le habían pedido e iba absorta en sus quehaceres. Al verla sintió que se le paraba el corazón… allí estaba la generosa desconocida que le había cedido parte de su corazón. Corrió hasta el mostrador, apartando a cuantos se interponían en su camino, hasta llegar a su lado. En cuanto sus miradas se cruzaron, se reconocieron mutuamente y fue como si el mundo se hubiera parado en torno a ellos. Un sentimiento cálido los envolvió, ella dejó las bandejas en el mostrador y corrió a fundirse en un abrazo con aquel que le había devuelto a la vida.

El corazón compartido (3ª parte)

Un año ha pasado desde aquel día en el que dos perfectos desconocidos decidieron compartir un corazón. Parece mentira, se dijo para sí la joven. Y desde ese día sus vidas habían seguido caminos diferentes. Después de un extraño ritual realizado por Molly, la curandera del bosque, donde gracias a una magia arcana y casi tan antigua como la misma tierra, los dos jóvenes compartieron el mismo corazón. Al terminar el conjuro la anciana les dio a beber una potente poción somnífera, último paso para lograr el milagro.
Recordó aquella mañana. Al despertarse, se sintió un poco extraña, no sentía la inmensa pena que la había llevado a tomar tan drástica decisión, sólo sentía como un recuerdo lejano. Miró al joven que todavía dormía a su lado, le dio un suave beso en la mejilla, le susurró al oído un deseo de buena suerte y se marchó de la cabaña y del bosque para siempre. No sabía donde le llevarían sus pasos, pero se dio cuenta que eso no le importaba, se había descubierto una nueva fuerza interior, buscaría un lugar donde volver a empezar su vida, no le asustaba el trabajo duro y gracias a las dulces monjitas que la habían cuidado desde que era un bebé, podía buscar trabajo. Se decidió por ir a una gran ciudad, donde sería más fácil encontrar una buena colocación. Tuvo suerte, y al dejar el bosque y regresar al camino que conducía al pueblo pasaba por él un carro con una familia de granjeros que se dirigían a la ciudad, pues era día de mercado y querían vender sus cosechas y obtener un mejor precio que si las vendieran en el pueblo. Los granjeros le ofrecieron llevarla a la ciudad, la vieron tan frágil e indefensa, sola por el camino, tenían una hija que sería como ella y jamás la dejarían que fuera sola así por el mundo. Durante el largo viaje, les contó su historia y descubrió que podía hablar de ello sin romper a llorar, y se sintió feliz por primera vez en meses. La matriarca de la familia se apiadó de la pobre huerfanita, que tan mal la había tratado la vida, y quiso ayudarla, en la ciudad a la que se dirigían vivían unos parientes lejanos que regentaban una pastelería, les pediría que le dieran trabajo.
Al llegar al mercado, la muchacha se quedó a ayudarles a vender su mercancía, pues ellos habían sido tan amables de traerla. Fue un día muy divertido para ella, le gusto ese contacto con tanta gente y tan diversa, descubrió que se le daba bien tratar a la gente; y al llegar el ocaso y ayudar a desmontar la parada a sus nuevos amigos, porque la verdad es que a esas alturas consideraba a esa bondadosa familia como sus únicos amigos, sintió una poco de pena, pero las sorpresas en ese día no terminaban todavía… la señora quería que la acompañara a visitar a uno parientes que quizás podrían darle trabajo… no podía creérselo, de repente su suerte empezaba a cambiar, la gente era amable con ella en lugar de hacerle la vida imposible.
En la pequeña pastelería les esperaba un matrimonio ya mayor, les recibieron con mucho cariño, y les ofrecieron unas golosinas. Tras las frases de cortesía tradicionales, el amable pastelero le ofreció un trabajo en su negocio, pero le advirtió que eran tiempos duros y que su sueldo no sería muy elevado; pero que podría quedarse con ellos y dormir en la que fuera la habitación de su hija. No se lo pensó dos veces y aceptó encantada, los dulces eran la especialidad de las monjas y a ella siempre se le dieron muy bien todo tipo de golosinas y pasteles.
Se despidió de sus amigos con lágrimas en los ojos, pero esta vez eran de felicidad, prometió escribirles a menudo y ellos prometieron venir a verla los días que vinieran al mercado.
¿Por qué se habría puesto a recordar eso justo esta mañana? No lo sabía, hacía mucho tiempo que no pensaba en eso. Su vida ahora era tan diferente que a veces creía que era otra persona, que quizás sí que una parte de ella murió en aquel extraño bosque y que volvió a nacer al llegar a esta ciudad y a su nueva vida.
Ahora era feliz, tenía una vida tranquila. Seguía viviendo con los pasteleros, que no la trataban como una empleada sino como una segunda hija que la vida les había regalado. El negocio subía como la espuma, en parte gracias a los deliciosos dulces que preparaba, sobretodo una receta de su propia invención, el bizcocho de almendras, el dulce que más les pedían… pero si incluso algunos nobles le habían pedido que cocinara para ellos. Se sentía halagada pero declinaba todas las ofertas que le hacían, por muy tentadoras que fuesen, jamás abandonaría a los que consideraba como los padres que nunca tuvo.
Pero a veces tenía extraño sueños, sueños que apenas recordaba al despertar. Sueños que la dejaban melancólica y un poco triste. Y durante ese día sentía unos pinchazos en el corazón, no eran realmente dolorosos, mas bien como esas molestias de las cicatrices que no terminan de curar. Al día siguiente todo volvía a la normalidad, por eso no le daba mucha importancia, claro que últimamente eso ocurría con más frecuencia. Se sorprendió pensando en aquel joven tan extraordinario que le salvo la vida en aquella noche fría. Pero tenía mucho trabajo que realizar y lo desechó de su mente.
Lo que ella no podía saber es que en ese momento, más cerca de lo que ella creía, él también estaba en ese momento pensado en ella. También se había despertado recordando lo acaecido aquel día. Y sentido esos pinchazos en el corazón…

El corazón compartido (2ª parte)

La vida en el bosque seguía su curso, el invierno había tomado el relevo de un otoño dorado y luminoso, la nieve cubría con su blanco manto toda la comarca, dándole al bosque un aspecto casi de cuento de hadas, pero un frío glacial lo hacía menos idílico y más real.
Molly estaba encantada con su inesperado ayudante. Le gustaba tenerlo a su lado, era un joven muy inteligente y tenía una sed de conocimientos casi infinita; en el tiempo que llevaba viviendo con ella casi había absorbido todos sus conocimientos; cierto era que había perdido algo de su independencia, pero lo había ganado con su amena compañía. Pero últimamente lo notaba como distraído, llevaba ya algunos meses en el bosque, desde que aquel desagradable incidente con aquella chica, del que tuvo que salir huyendo y dejar sus estudios de astronomía; él no decía nada, pero ella intuía que echaba de menos sus clases y sus cálculos. Todas las noches salía al claro para observar las estrellas, ni el frío intenso ni la nevada le hacían desistir de salir.
Una noche en que el frío era más intenso que de costumbre, divisó un pequeño bulto en medio del claro. Le pareció un animalito muerto de frío, pero al acercarse descubrió que se trataba de una joven, seguramente se habría perdido y se quedó dormida. Al acercarse descubrió que a pesar de estar helada, todavía respiraba, así que no perdió tiempo, se quitó su abrigo y la cubrió con el, y cogiéndola en sus brazos, la llevó a la cabaña.
Cuando llegaron a la cabaña, la anciana curandera no perdió el tiempo con preguntas, con una rapidez casi imposible en una persona de su edad, avivó el fuego, preparó mantas para abrigarla y empezó a preparar una infusión para combatir el estado de congelación de la muchacha. Indicó a su ayudante que le quitara la ropa mojada, que la cubriera con las mantas y la acostara en el camastro. También le indicó un frasquito en lo alto de una alacena, y le pidió que le diera unas friegas con el líquido que contenía, para hacerla entrar en calor lo más rápido posible.
La aterida muchacha poco a poco fue recobrando el conocimiento, y al despertar y ver que estaba en una habitación cálida y rodeada de cuidados hizo algo totalmente inesperado, por lo menos para sus benefactores, rompió a llorar desconsoladamente. Entre sollozos pedía que la devolvieran al bosque, que solo quisiera dormirse y no despertar y que ya no tenía ni fuerzas ni ganas de seguir adelante.
Él no sabía que hacer, habría sentido una pena inmensa por esa joven perdida e indefensa que quería morir, pero claro… no tenía corazón; por eso hizo lo que había visto a hacer a su madre cuando alguna de sus hermanas lloraba, la abrazó y le acarició el pelo. Consiguió tranquilizarla, le secó las lágrimas que mojaban sus mejillas y le pidió que se bebiera la infusión que la anciana le había preparado. Ella dudó un momento, pero algo en la mirada de ese extraño joven le tranquilizaba, se bebió todo el líquido, que sorprendentemente tenía un sabor dulzón y agradable, y volvió a dormirse casi en el acto, pues el bebedizo que la hechicera le había dado contenía semillas de amapola, uno de los somníferos más fuertes que conocía.
Al día siguiente, el joven se dedicó a vigilar y cuidar a su protegida. Molly se había marchado al pueblo para atender un parto y de paso indagar quien era esa chica, si tenía familia y alguien la estaba buscando.
Al despertar, el joven le preguntó solícito como se encontraba. Ella lo miró, en intentando incorporarse le preguntó porque no la había dejado donde la encontró. Le dijo que cuando llego al bosque, buscó un el lugar más apartado, un lugar donde nadie la encontrara nunca, y cuando descubrió el claro, le pareció un bello lugar para descansar. Se quedó dormida enseguida, ya no sentía frío, ni hambre, ni siquiera miedo; tenía un sueño tan hermoso y feliz como nunca lo había sido su vida, que no quería despertarse nunca, solo quería formar parte de ese sueño para siempre.
Le habló de su triste vida, su madre trabajaba de criada para una rica familia, nunca supo quien era su padre. Al saberse que estaba embarazada sus señores la echaron de casa por inmoral, pues era una joven soltera. Por eso, en cuanto nació la abandonó a su suerte. La recogieron unas monjitas que la cuidaron y le enseñaron cosas útiles para una joven huérfana, es decir a cocinar, coser y planchar. Las monjitas eran muy buenas con ella y fueron los únicos años felices en su vida. Al cumplir los 14 años le consiguieron un trabajo en una buena casa, como ayudante de la cocinera. Allí vivió un infierno, la cocinera era una mujer amargada e iracunda que la hacía trabajar en jornadas de 20 horas, sin apenas descanso y que además la maltrataba siempre que tenía ocasión, sin ningún motivo. Las cosas fueron a peor cuando la cocinera enfermó y ella paso a hacerse cargo de sus tareas, demostrando ser mejor cocinera que ella. Los señores la alabaron y la nombraron cocinera y degradaron a la anterior a ayudante. Desde ese momento conspiró contra ella hasta lograr que la despidieran por ladrona, al esconder entre sus escasas pertenencias una valiosa alhaja de su señora. Tan grave era la acusación que nadie le quería dar trabajo, desesperada volvió al convento donde se crió, llegó tan desnutrida y enferma que las monjitas se compadecieron de ella y la acogieron. Su estado de salud era tan delicado que temieron por su vida y avisaron a un joven doctor que vivía en el pueblo. El doctor se interesó por la historia de su paciente, se sintió apenado por ella y quiso ayudarla de alguna manera, necesitaba una enfermera para el consultorio y creía que esa joven sería perfecta. Así fue como una vez repuesta dejó el convento para trabajar en la consulta del doctor. Demostró ser una enfermera muy competente; los niños la adoraban, les contaba historias que los entretenían mientras los examinaban y se olvidaban de llorar. Conforme pasaban los meses el doctor se fue dando cuenta que se estaba enamorando de su enfermera, decidió pedirle que se casara con él, pero antes decidió escribir a sus padres, que vivían en la capital, contándole sus intenciones de contraer matrimonio. Su familia se alegró mucho de que su hijo hubiera decidido formar una familia, así que se presentaron en casa de su hijo con intención de conocer a la afortunada joven que había conquistado su corazón. Eran acomodados burgueses que pensaban que su futura nuera sería alguien adecuado a su nivel, pero cuando supieron que era una huérfana recogida por unas monjas, sin ninguna posición social, se opusieron frontalmente a la boda. Amenazaron con desheredarlo si contraía matrimonio sin su consentimiento. En un principio, el se mantuvo firme, le juró que su amor era eterno, pero cuando vio que su padre le suspendía su asignación y que los pacientes de recursos le daban la espalda, decidió abandonarla a su suerte, sin ni siquiera una despedida. Le rompió el corazón y por eso decidió dejar de sufrir para siempre.
Al acabar su historia, las lágrimas volvían a inundar su cara.
No quiero que sientas lástima por mí –le dijo entre lágrimas.
Tranquila, no siento lástima… de hecho no puedo sentir nada, yo no tengo corazón… -le respondió.
Ojalá yo no lo tuviera, es mejor no tener corazón que tenerlo roto –aseguró ella.
El le contó su historia, le habló lo mucho que le gustaría poder sentir algo, ser como los demás, reír y llorar, pero eso solo sería posible si alguien le cediera una parte de su corazón.
La muchacha sonrió por primera vez desde que llegó a la cabaña, se acercó a su salvador, le besó en la mejilla y le ofreció su corazón.

El corazón compartido. (1ª parte)

Erase una vez, hace muchos, muchos años, en un pequeño pueblo entre montañas vivía una familia. Era una familia absolutamente corriente, tenían una pequeña granja y un pequeño huerto que les daba lo suficiente para vivir. Era una familia más, como las demás que vivían en el valle. El padre trabajaba los campos y se cuidaba de los animales, la madre se ocupaba del huerto y del cuidado de sus dos hijas pequeñas, y además hacia las más ricas confituras de toda la comarca. Se sentía un poco cansada, estaba esperando su tercer hijo y estaba en la recta final de su embarazo. Deseaba por encima de todas las cosas que esta vez fuera un niño. Aunque cuando se lo comentaba a su marido este siempre le decía que daba igual lo que fuera, que no cambiaría a sus niñas por nada del mundo, ella sabía que un niño les ayudaría mucho en el trabajo de la granja.
Estaba tan obsesionada con eso, que cuando supo que estaba embarazada acudió a la vieja Molly, una anciana que vivía en una pequeña cabaña en el bosque, que tenía fama de hechicera y a quien muchas veces acudían buscando remedio para mil cosas, desde remedios para quitar las verrugas a pócimas para el mal de amores. Algunos la consideraban una loca, otros una charlatana, pero los que habían recibido alguno de sus remedios o emplastos la consideraban casi una santa, sus recetas sencillas y caseras funcionaban mucho mejor que los carísimos medicamentos del médico local.
Cuando llegó a la cabaña de Molly, esta nada más verla le adivinó a lo que venía, le toco la barriga y le dio a beber una infusión de bayas del bosque, de sabor dulce y agradable. La miró a los ojos y le dijo que sí, que esta vez sería un niño. Estaba tan contenta que no se fijo en que la cara de la anciana se había quedado lívida por un segundo antes de darle tan buenas y ansiadas noticias. Se despidió no sin antes prometerle sus mejores confituras.
De eso hacía casi ocho meses, desde el principio fue un embarazo muy tranquilo, ni una sola molestia, ni una arcada, nada… se sentía llena de energía y vitalidad. Y ya que se acercaba el momento del alumbramiento, estaba impaciente porque se produjera, deseaba verle la carita a su pequeño, pero sobretodo ver la gran alegría que se llevaría su esposo al ver a su primer hijo varón.
Estaba tan ensimismada en esas reflexiones que no se dio cuenta que había una visita en la entrada. La vieja Molly, que casi nunca salía de su cabaña, estaba en el umbral de su casa. En ese momento sintió las primeras contracciones, el bebe iba a nacer.
Molly se acerco hacia ella y sujetándola para que no cayera, la acompañó hasta la habitación y allí la acostó en la cama. Tranquilizo a las niñas que estaban muy asustadas pues no sabían que le pasaba a su madre, y les ordenó que fueran a buscar a su padre.
Fue un parto muy rápido, todo parecía ir bien, pero el niño no lloraba, ni con los tradicionales azotes en las nalgas, lo raro es que el niño estaba morado, y tenía los ojos muy abiertos y movía las manitas. Estaba vivo, de eso no había duda, pero ¿por qué no había llorado como los demás bebés?
Es un niño muy especial –le dijo Molly. Es un niño sano y fuerte, pero no tiene corazón. No tiene sentimientos y no puede sentir emociones. Por eso no ha llorado y por eso jamás reirá, ni podrá sentir amor u odio. Pero por lo demás será un niño normal.
Los años fueron pasando, el niño fue creciendo, pero pronto se hicieron evidentes sus diferencias con el resto de los niños. Nunca reía, ni lloraba, ni sentía miedo o temor. Los demás niños le tenían miedo y se apartaban de él. Algunos lo consideraban un monstruo, y no querían que sus hijos tuvieran contacto con el. Cuando tuvo la edad de empezar en la escuela, tuvo que intervenir el párroco para calmar los ánimos de los padres que no querían que el chico fuera a la escuela. Gracias a él, que apeló a los buenos sentimientos, pero sobretodo porque amenazó con excomulgar a todos los que se opusieran a la escolarización del chico, este pudo recibir clases como todos sus compañeros.
Y demostró que su falta de sentimientos no implicaba que no fuera inteligente. En poco tiempo superó a todos sus compañeros, pero como tampoco era soberbio o vanidoso ni se jactaba de sus triunfos, fue ganándose sino el afecto, si la admiración de sus compañeros. Y como además no sentía nunca miedo, era el primero en los juegos más arriesgados o en las travesuras más peligrosas, poco a poco fue haciendo amigos.
Sus logros académicos llamaron la atención en toda la comarca, y le concedieron una beca para ir a estudiar a una prestigiosa universidad de una gran ciudad. Era una gran oportunidad para el hijo de un granjero y no podía desaprovecharla. La mañana de la partida, su madre lloraba no se sabía muy bien si de pena o de satisfacción, y llenaba a su hijo de besos, él mostraba su cara indiferente de siempre, no podía sentir pena ni nostalgia.
Al llegar a la ciudad, lo primero que hizo fue buscar un alojamiento adecuado a sus posibilidades. Le habían dado la dirección de una pensión cercana a la universidad, económica pero limpia y bonita. La patrona era una viuda de mediana edad, ajada por el tiempo y el duro trabajo, tuvo que luchar para sacar adelante a dos hijos cuando su marido falleció a una edad muy temprana, pero su aspecto era bondadoso y dulce. Le sonrió al entrar, le presentó a sus hijos, un chico y una chica que la ayudaban en la pensión y le acompañó a su habitación, en la buhardilla del edificio, pequeña pero muy acogedora. Le explicó las normas y los horarios de las comidas y le dejo que se instalara. Le llevó poco tiempo acomodarse, solo había traído lo imprescindible.
Al día siguiente empezó la universidad. Había elegido estudiar astronomía, le gustaban las ciencias exactas, desprovistas de emoción como él. Encajó muy bien en el ambiente universitario, las clases ocupaban casi todo su tiempo, y cuando llegaba a la pensión, ayudaba a la patrona y se sacaba un dinerito para comprar libros y materiales para sus clases, y pasaba gran parte de la noche observando el cielo o inmerso en complicados cálculos.
Tan enfrascado en sus estudios estaba, que no se dio cuenta que la hija de su patrona, una joven de extraordinaria belleza que tenía enamorados a todos los jóvenes de la ciudad, se había prendado de él, y siempre buscaba su compañía, y quedarse a solas con él. Y una noche, mientras estaba estudiando un complicado problema matemático, la joven se presentó en su habitación para confesarle su amor, llevaba su mejor vestido y un peinado muy favorecedor, convencida que su belleza le haría caer rendido a sus pies. Con lo que la joven no contaba era con la total indiferencia de él. Lloró y suplicó, pero el no sólo no sabía lo que era el amor, tampoco podía sentirlo, y aunque trató de explicárselo, ella no quería creerlo, le dijo cosas horribles y le llamó monstruo saliendo de la habitación furiosa, decidida a hacerle pagar caro su despecho. El siguió como si nada hubiera pasado, sumido en sus cálculos.
Pero a la mañana siguiente, muy temprano subió la patrona muy enfadada. Le acusó de haber traicionado su confianza, lo había tratado como a un hijo y el se lo había pagado aprovechándose de su pobre hija. Le dio el tiempo justo de recoger sus cosas y marcharse antes de que avisara a las autoridades, denunciándolo por haber intentado forzar a su hija.
Se marchó de la pensión lo más rápido que pudo, pensando donde iría, pues en la universidad sería el primer lugar que lo buscarían. Decidió volver a su pueblo, a su casa, no por nostalgia, sino por ser el único sitio que conocía. Al llegar a su casa le explicó a sus padres lo que le había ocurrido, no lo entendía, el no le había hecho nada a la chica, pero nadie le creía, no le habían dejado explicar la verdad. Por eso había huido, porque nadie le creía, le condenarían a pesar de ser inocente. Su madre le dijo que no se preocupara, que lo protegerían. Pero él sabia que allí seria el primer lugar donde lo buscarían, por eso su madre le aconsejo que fuera a visitar a la vieja Molly, quizás pudiera ayudarle, y vivía en lo profundo del bosque, nadie lo buscaría allí.
Llegó a la cabaña de Molly, que parecía estar esperándolo. Le recibió con los brazos abiertos y lo alojó en su cabaña. Le ayudaba a recoger plantas para sus remedios y ella le explicaba los secretos de su arte, y por las noches iba a un claro del bosque a observar el cielo nocturno que tanto había estudiado. Pero una noche se quedó en la cabaña junto a Molly y le preguntó porque era diferente, porque no podía tener sentimientos ni emociones como toda la gente. Ella se quedó un rato meditando la respuesta y le contestó que el tenía una pequeña particularidad, no tenía corazón. El se quedo extrañado, eso no podía ser, sin corazón no podría vivir, la sangre no circularía, eso lo había aprendido en sus estudios. Pero ella le dijo que hay muchas más cosas en el mundo de las que se enseñan en las universidades, cosas que no pueden explicar los sabios, y el era la prueba, le llevó su mano al pecho para que sintiera sus propios latidos, no pudo encontrarlos… Se quedó callado un rato, pensando como hacer la pregunta que le estaba naciendo en la mente. Por fin encontró las palabras adecuadas, le preguntó si había alguna posibilidad para él de tener un corazón. Quería ser como los demás, quería reír y llorar, tener amigos, sentir alegría y pena, y enfadarse como todos los demás. Ella se lo quedó mirando, y le dijo que la única solución es que alguien libremente decidiera compartir su corazón con el. Pero ¿quién querría compartir su corazón con él?
(Continuará)