Kaya y el unicornio. (3ª parte)

Cuando abandonaron la ciénaga, Kaya, por primera vez, tenía la certeza de adonde se dirigía. Y la tortuga tenía razón, el camino no era fácil. Salieron del bosque para encontrarse en la falda de una cordillera impresionante. Gigantescas montañas de hielo les rodeaban. Hacía frío y el viento y la nieve les dificultaban la marcha. La niña estaba algo asustada, no tenía muy claro como conseguirían ascender a la cima, si ese era su destino. Pero de repente se fijó en lo que había tomado por una grieta del hielo y que no era otra cosa que un angosto desfiladero, tan estrecho que apenas cabía una persona. Avanzaron con dificultad hasta la entrada y al llegar descubrieron que una enorme serpiente blanca franqueaba la entrada. Parecía dormida, pero al acercarse, se irguió en toda su longitud, amenazadora. Pero Kaya no había llegado hasta allí para amedrentarse ahora. Se bajó del unicornio y se acercó con decisión a la serpiente. Lo más cortés y educada que pudo, le pidió que le dejara pasar. Que tenía que llegar a la cascada, que era un asunto de vital importancia. Pero la serpiente no se movió un ápice. Y con un suave y sibilante voz le dijo que para llegar a su destino debería pagar un tributo, y le señaló una afiladísima columna de hielo. Kaya entendió de que tipo de tributo se trataba y se acercó a la mortal estalagtita, pero se le había adelantado el unicornio. Kaya trató de detenerlo, no podía dejar que su único amigo se sacrificara por ella. Pero antes de que la afilada hoja llegara a lastimar al animal, la serpiente se movió dejándoles el paso franco. Kaya se abrazó llorosa al unicornio, tenía miedo que el sacrificio que le exigieran fuera la vida del unicornio. Eso no podía consentirlo. Prefería mil veces volver a enfrentarse a su triste vida en el orfanato, pero sabiendo que el animal corría libre, a vivir en ese mundo feliz, sabiéndose la causante de la muerte del mejor amigo que había tenido jamás.
Avanzaban muy lentamente por el helado desfiladero. A lo lejos, una hermosa y cálida luz les animaba a continuar. Se escuchaba un rumor de fondo, algo que sonaba como las risas de mil bebés. Algo extraño y mágico. Algo que les encendía el corazón y les llenaba de esperanza.
Al llegar al final del desfiladero contemplaron lo más maravilloso que habían visto. La cascada más imponente que había visto se alzaba ante ellos, y todo el valle era un enorme lago de aguas brillantes y cantarinas. De ellas procedía el sonido que antes escuchara. Kaya quiso correr a la orilla del lago, sumergirse en él, llenarse de su brillo y su alegría, pero. Pero una vez más se lo impidió otra gigantesca serpiente. Esta de color negro, tan amenazadora como sus predecesora.
Kaya paró en seco, temerosa del sacrificio que se le exigiría.
La serpiente negra le explicó que nunca nadie había llegado a ese lugar sagrado y mágico. El corazón de su mundo. Le contó que si se sumergía en lo más profundo del lago, formaría ya parte para siempre de ese lugar. Pero que para eso debería dejar atrás todo lo que era y a todos los que quería. A sus padres y amigos. Incluso debería renunciar a su nombre. Debería entrar en el agua como si de un bebé se tratase, pues en realidad eso es lo que sería, como nacer de nuevo.
Kaya avanzó decidida hacia la serpiente. No era un gran sacrificio. No había nada de su vida que fuera a echar de menos. Ni padres ni amigos, y además odiaba el nombre que le pusieron en el orfanato. No lo echaría de menos. Pero de pronto recordó al unicornio y sitió una punzada en el corazón. Se preguntó si volvería a verlo alguna vez, y si lo recordaría. Quiso despedirse de él, pero al girarse vio que ya se había marchado. Con las lágrimas quemándole en los ojos, se desprendió de su harapiento vestido y desnuda como llegó al mundo se sumergió en las aguas centelleantes. Le sorprendió que el agua estuviera templada, era una sensación agradable. Cómo debía ser una mañana de navidad. Y empezó a reír sin control y sin motivo. Se sentía viva y feliz. Y así fue llegando hasta la parte más profunda del lago, sorprendida por seguir respirando aún bajo el agua. Pero no, no era eso en realidad. Era como si toda ella se hubiera vuelto líquida. Se hubiera convertido en parte de ese lago mágico. Y olvidó todo su pasado, su nombre y su vida. Y fue feliz en esa agua de vida. Formándose y transformándose como un bebé en el útero materno. Cuando emergió a la superficie era la misma pero era distinta a la vez. Seguía siendo una niña, pero ahora tenía la eternidad por delante. Su rostro apenas había cambiado, excepto por sus ojos, antes verde azulados y ahora dorados, cálidos y brillantes.
Y una nueva ilusión en el corazón. Utilizaría sus recién adquiridos poderes, para convertir ese mundo en un refugio para todo aquel que lo necesitara. Un mundo donde todo tuviera cabida, donde todas las criaturas fueran importantes y los deseos fueran la llave y el pasaporte para viajar. Y se puso manos a la obra en esa tarea… pero eso es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

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Kaya y el unicornio. (2 parte)

Cada día que pasa es una nueva aventura para Kaya. Montada a lomos del unicornio recorre todo ese extraño y fantástico mundo. Un lugar maravilloso dónde hasta sus más pequeños sueños parecen realizarse. Hay una cadena de enormes montañas, que desde lejos parecen agrestes y amenazadoras, con sus cumbres cubiertas de nieves perpetuas, pero que al acercarse descubres que están formadas por chocolate y que lo que desde lejos has tomado por nieve no es otra cosa que nata, deliciosa nata montada, cremosa y dulce. También hay ríos de jarabe de grosella y un estanque de natillas… ¡¡¡con mucha canela por encima!!! Todo parece ser comestible a su alrededor. Y ella que tanto hambre pasara en el orfanato, no puede evitar probarlo todo. En los pocos días que lleva allí, sus mejillas han perdido esa palidez cerúlea y enfermiza, ha ganado un poco de peso y ya no se aprecian las costillas.
Pero Kaya no olvida que en cualquier momento puede despertar de ese sueño. Cada noche, cuando cansada se estira en la suave y mullida hierba, junto a su amigo, teme que al despertarse vuelva a estar sobre la fría piedra del sótano del horrible orfanato. Por eso cada noche se abraza al cuello del unicornio, como si de esa manera alejara la dura realidad de su vida.
Empezó a tener pesadillas. Aunque en realidad no eran pesadillas, sólo recuerdos que su mente había olvidado para protegerla y que ahora volvían a su mente en forma de sueños. Y el unicornio, que cada noche vigilaba su sueño, se quedó horrorizado al descubrir por lo que esa pobre chiquilla había pasado. Supo que sólo había una manera de ayudarla y de ponerla a salvo. La magia de ese lugar era temporal y limitada. Una vez se desvaneciera, Kaya volvería a su lugar. Esa era la ley y ni siquiera él podía cambiarla. Sólo había un lugar que tal vez podría ayudarla. Pero era un lugar secreto, que nadie había visitado jamás y que ni siquiera el conocía. Sólo había una criatura que podría ayudarla, alguien tan viejo como el tiempo, pero a ella hacía siglos que había dejado de importarle lo que pasara a su alrededor.

Al despertar, Kaya sintió que algo era diferente. No sabría decir porqué, pero algo había cambiado. Después de desayunar un delicioso chocolate con bollitos, se subió a lomos del unicornio, dispuesta a vivir nuevas y emocionantes aventuras. Pero ese día el paisaje por el que se adentraban era algo diferente. Atravesaron un bosque bastante sombrío, con árboles de aspecto fiero y amenazador. No sentía miedo, sabía que mientras estuviera con el unicornio nada malo le pasaría, pero no entendía porque la llevaba por esas zonas.
En el bosque es difícil saber la hora, el sol apenas podía filtrarse entre el tupido ramaje. Pero debía ser media tarde cuando llegaron a una inmensa ciénaga. Y en medio de ésta una isla agreste y rocosa.
El lugar era desolador, hasta parecía haberse desvanecido el fulgor y la alegría de su amigo. Ella misma sentía una opresión en el pecho como hacía mucho tiempo que no había sentido. Pero estaba claro que ese era el lugar al que quería llevarla el unicornio, por como le empujaba a meterse en ese agua pantanosa. Así que, con un poco de aprensión metió un pie en la orilla. Respirando hondo, avanzó paso a paso. Y de repente algo sucedió. Lo que había tomado por un islote rocoso no era sino el caparazón de una gigantesca tortuga.

-¿Quién osa despertarme? -rugió enfadada la tortuga.

Kaya se presentó lo más educadamente que pudo. Incluso hizo una cortés reverencia, como si en lugar de esa monstruosa criatura se encontrara ante la reina Victoria. Le explicó de donde venía y como había ido a para allí.
La tortuga, que primero parecía realmente vieja y severa, se mostraba a hora cuanto menos curiosa. Y eso es decir mucho para una criatura que en sus 900 años de vida ha visto todo lo imaginable. Sus pequeños y perspicaces ojos escrutaron a la niña. Y entendió porque el unicornio la había llevado hasta allí. La pobre necesitaba urgentemente encontrar la gran cascada, el lugar más sagrado y secreto de ese universo. Y les reveló el secreto que jamás creyó que revelaría. Pero les advirtió que no sería fácil y que no tendría vuelta atrás. Las aguas le exigirían un sacrificio.

(continuará)

Kaya y el unicorinio (primera parte)

Hoy es un día muy especial para este blog. Hace dos años se publicaba la primera entrada. Como ya he comentado alguna vez empecé a escribir cuentos por una persona muy especial y querida que atravesaba un momento duro. Por alguna extraña razón mis pequeñas historias le animaban. Así empezó mi andadura como escritora novel. Con mucha ilusión pero muchísima inexperiencia también. Quiero pensar que he ido mejorando con los años. Lo cierto es que cada letra que escribía me hacía ganar confianza en mi misma. Aunque hace unos meses que apenas escribo nada. Una crisis creativa que espero y supongo será pasajera. Pero para un día especial quiero regalaros algo especial… Y no podía ser otra cosa que un cuento inédito. Y uno que nació como este blog, para animar a esa persona, el ángel guardian y guía de este blog y de mi vida. Porque sin ti nada de esto habría sucedido. Por eso y por tantas cosas más éstas, como todas y cada una de mis letras son para ti.

Y sin más preámbulos os dejo con:

Kaya y el unicornio.

Kaya sonríe feliz. ¿Cuantas veces te encuentras un libro en medio de una de las calles más bulliciosas y sucias de Londres? A ella eso no suele pasarle. Además el libro tiene pinta de ser antiguo. Las tapas color del cobre están bastante gastadas. Pero el título resulta ilegible. No podía imaginarse un descubrimiento mejor. Kaya adora la lectura, aunque en el orfanato en el que vive apenas hay libros, y la mayoría son libros religiosos que la puritana señora Smith les obliga a aprenderse de memoria. Por suerte encontró, escondido entre varios mamotretos, un libro que le pareció diferente. Resultó ser Historia de dos ciudades de Dickens. Y le fascinó. Lo leía a escondidas siempre que podía. Le servía de refugio cuando más lo necesitaba. Ya se lo sabía de memoria. Ojeó su nueva adquisición, le sorprendió que estuviera escrito con una tinta verde esmeralda que parecía iluminarlo todo. También le sorprendió que el principio de cada capítulo estuviera ilustrado con los más bellos dibujos de unicornios. Los ojos se le llenaron de lágrimas… ¡¡¡adoraba los unicornios!!! Apretó el libro contra su pecho y corrió hacia el orfanato, deseaba llegar cuanto antes al refugio de su habitación y poder esconder su tesoro.
Pero no contaba con encontrarse con la señora Jenkins, la cocinera y su pesadilla particular. Sus chillidos le hicieron recordar que se había marchado sin terminar de lavar platos. Intentó zafarse, pero demasiado tarde, tirándole de las orejas, la encerró en el frío sótano.
conteniendo las lágrimas que le quemaban en los ojos, se estiró en el suelo, y para consolarse, abrió el libro y se sumergió en la lectura. Hablaba de un país de ensueño, donde el sol siempre brillaba cálido y cada flor escondía un hada. ¡Cómo deseaba visitar ese lugar!.
Pero estaba tan cansada que se acurrucó lo mejor posible, con el libro aferrado a su pecho, y se quedó dormida. Esa noche, los mas bellos sueños surgian en su mente. Soñó que el cuerno de un dorado unicornio le acariciaba la mejilla. Y se despertó, y notó como en lugar de la fría piedra, estaba acostada sobre un hermoso prado cuajado de florecillas silvestres, y un sol radiante y cálido templaba su piel. Y, a su lado estaba el más bello de los unicornios.

(Continuará)

¡¡¡¡¡¡GRACIAS A TODOS VOSOTROS POR VUESTRA AMISTAD. POR ESTAR SIEMPRE AHÍ!!!!!!