La Dama de las Estrellas 3ª parte.

Cae la noche sobre el poblado. Noche oscura, noche sin luna. Los aldeanos se refugian en sus hogares, al amor de un buen fuego en el hogar. En noches así el bosque es territorio de trasgos y demás espíritus malignos. 
Sólo un joven druida se atreve a adentrarse en el bosque sagrado en una noche así. Cada noche, en cuanto cae el sol, coje su dorada hoz y se dirige a un pequeño claro del bosque. Allí, en soledad, espera a que las estrellas iluminen el cielo. Estrellas tan luminosas y bellas como los ojos de su dama. Estrellas que le cuentan que ella sigue amándole.
Ya ha pasado un año desde aquella mágica noche en que el destino y amor llegaron a su vida. La quemadura que desfiguraba su rostro está casi cicatrizada y queda disimulada por una incipiente barba. Pero la quemadura que aquella bella y misteriosa dama dejó en su corazón no cicatrizará nunca. Aunque ha seguido con su vida, es imposible olvidarla. Busca en todas las jóvenes de la aldea el brillo y la dulzura de aquella a la que un día perdió. Búsqueda absurda, ninguna de ellas puede curar su herida. 
Por eso pasa las noches al raso, en el lugar donde sus destinos se unieron. Cierra los ojos y puede volver a sentir el sabor de  aquel beso. Pero llega el alba y las estrellas le abandonan. Se siente perdido. Daría todo su ser por volver a pasar una noche con ella. 
Esa noche siente que será especial. Las noches sin luna siempre lo son. Esas noches sus estrellas son más brillantes y luminosas que nunca. Y su corazón vuelve a llenarse de esperanza.
Camina tan abstraído en esas cavilaciones que no ha advertido que el claro está extrañamente iluminado. Cientos de lucecitas ténues y sutiles alumbran el lugar donde una vez bailó el ser más bello que pisó este mundo. Y rodeada de ellas su Dama le espera, regalándole sus últimas lágrimas, sus últimas estrellas.

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La Dama de las estrellas 2ª parte.

La Dama de las estrellas fue uno de los primeros cuentos que escribí. Y también uno de los más especiales para mi. Es el primer cuento(propiamente) que publiqué en el blog. 
Y creo que es de ley que el primer cuento que publique este año sea su continuación. Quizás porque tras el largo parón que supuso el año pasado para este blog, esta entrada es como un nuevo comienzo. 

LA DAMA DE LAS ESTRELLAS 2ª PARTE. 

Encerrada en su torre de mármol la tristeza consumía a Deneb. La que antaño había sido la más bella y brillante de las hadas nocturnas se iba apagando. Sus hermanas estaba realmente preocupadas por ella, ¿y si la perdían para siempre?. Pero no podían hacer nada por ayudarla o consolarla. Desde su vuelta se había encerrado en la torre y no permitía que nadie la visitara. Ni siquiera dejaba a entrar a Noa, que era más que una amiga para ella. Al principio no le dieron demasiada importancia, creyeron que con el paso de los días el dolor remitiría y les dejaría entrar en la torre, pero no fue así. Lo que más las preocupaba era que las brillantes estrellas que cada noche salían de la torre, sembrando de luz el vacío, cada vez eran menos brillantes y numerosas. Y eso no era una buena señal.
Noa no estaba dispuesta a perderla sin luchar. Acudió al Alquimista en busca de consejo y ayuda. Le explicó todo lo que sucedía y éste, que una vez fue mortal y sintió la gloria y el dolor que sólo el amor puede causar, supo a ciencia cierta que era lo que consumía la vida de Deneb. 
Y él, que no solía abandonar su laboratorio en el corazón del país de las hadas, acompañó a Noa a las montañas de la luna, para hablar con ella. Tenía que verla, hablar con ella, para poder encontrar un remedio a su dolor y su pena.
Pero Deneb no quería ver a nadie. Sólo accedió a recibirlos cuando el Alquimista le habló desde la base de la torre. Y ella no pudo negarse a recibir a aquel a quien tanto debían todas las hadas. Intentó componerse lo mejor que pudo, pero nada podía disimular sus ojeras, ni la tristeza de su alma. Trató de dibujar una sonrisa cuando vio llegar a su querida Noa, pero ¡había olvidado sonreír!. A Noa casi se le rompió el corazón al verla, corrió a abrazarla, a consolarla. Le repetía que todo iría bien. Deneb se dejó abrazar y consolar. Y por primera sintió que el nudo que había en su alma empezaba a aflojarse. Y notó como las palabras empezaban a salir como un torrente. Les contó todo lo que había pasado. Su encuentro con el joven en aquel claro del bosque y como su corazón sintió algo nuevo y extraño para ella, pero tan cálido y bello que se dejó llevar. También les habló del horror al ver el rostro desfigurado de su amante. Del dolor y la culpa de saberse la causa de su desgracia. Por eso había vuelto y se había encerrado en la torre. Por que su amor sólo servía para herir al ser al que amaba. Por eso estaba mejor sola. No quería volver a dañar a nadie más.
Noa no daba crédito a lo que oía. Deneb era la persona más buena y dulce que conocía. Y se rebeló contra su amiga por pensar eso.
El Alquimista había permanecido en silencio mientras Deneb hablaba, pero en su mente había surgido una idea. Conseguiría una poción que “enfriara” el brillo del hada. Perdería su brillo y luminosidad pero podría estar junto a su amado, si así lo deseaba.
La vida volvió a Deneb al escuchar las palabras de su creador. Recuperó la sonrisa y las lágrimas desaparecieron de su rostro. Bebió de un sorbo la poción, sintiendo como desde el primer sorbo el hielo apagaba su fuego y su brillo interior. Por un segundo sintió un poco de tristeza por todas esas estrellas que ya nunca surgirían, pero al recordar la dulzura de aquel beso, supo que hacía lo correcto.
Le dió las gracias al Alquimista y abrazó a Noa, que se resistía a dejarla partir. Entre ellas sobraban las palabras. Sabía lo mucho que le debía. Pero ahora debía marcharse. Debía buscar a aquel a quien tanto amaba. Debía saber si él seguía sintiendo lo mismo.

La Dama de las Estrellas

Como la experiencia de volver a publicar uno de los cuentos antiguos fue un éxito, he decidido recuperar algunos de los más significativos de los primeros días del blog. Historias que por algún motivo son especiales para mí. Ese es el caso del que voy a publicar hoy: La Dama de las Estrellas.
Seguramente no es uno de mis mejores cuentos. Está lleno de errores, de repeticiones y fallos varios. Pero le tengo mucho cariño. Está muy influenciado por Tolkien, escritor al que admiro profundamente. Pero claro, él era un genio y yo una simple aprendiza en el arte de ligar palabras.
Debo decir que en el año transcurrido desde que lo escribí, mi estilo ha mejorado un poco. Seguramente si lo reescribiera desparecerían muchos de los errores que contiene. Pero entonces sería otro cuento diferente. Diferente porque yo ya no sería la misma persona que lo escribió, hay otras vivencias que se filtrarían en la historia y lo cambiarían completamente. Seguramente sería un relato mejor, pero sería un relato diferente.
Pero mejor que tanta presentación será que lo juzguéis vosotros mismo.

Aquí os dejo LA DAMA DE LAS ESTRELLAS

Hoy quisiera contaros una bella historia. Es la historia de “La Dama de las estrellas”, como se la llama entre las hadas nocturnas. Las hadas nocturnas son las hadas más tímidas y reservadas del país. Viven en los picos más elevados de la mayor cordillera del país “Las Montañas de la Luna”. De hecho, según una leyenda ancestral, la Luna que alumbra vuestro mundo no es sino un hada, que fascinada por vuestro mundo pero demasiado tímida para acercarse, quedó para siempre atrapada entre los dos mundos, desde donde lo que más le gusta es amparar y proteger a los amantes; por eso es la Luna la que rige los ciclos vitales… Por eso todas las mujeres enamoradas invocan a la luna, saben que las bendecirá con ver su amor correspondido.
Pero no era de la Luna de quien quería hablaros, sino de la Dama. En su juventud fue un hada llamada Deneb, la más brillante y luminosa de todas las hadas nocturnas. Y como casi todas nosotras en algún momento de nuestras vidas, sintió la llamada de la aventura y visitó vuestro mundo. Por entonces vuestro mundo era joven, cuando todavía los mortales respetaban todo lo que les rodeaba, vivían en armonía con la naturaleza y le rendían culto.
La joven Deneb se sintió fascinada sobretodo por un hermoso robledal, extenso y tupido, y le gustaba pasear bajo sus árboles durante el día, y bailar en un hermoso claro sembrado de flores, en las noches a la luz de la luna llena.
En una de esas noches de luna llena dio la casualidad que pasaba por allí un joven druida, que estaba recolectando el sagrado muérdago para sus ceremonias mágicas, le sorprendió la luz que se desprendía del claro, pues era noche cerrada y aunque había luna llena, las altas y frondosas copas de los robles la ocultaban en parte. El druida, curioso, decidió investigar y descubrir a que se debía ese fenómeno; y cual fue su sorpresa al ver que la causante de aquel resplandor no era otra cosa que una hermosísima doncella, vestida de blanco y que resplandecía casi más que la misma luna, y que bailaba, casi flotaba etérea en el claro, sobre un lecho de flores silvestres. La visión le dejó unos minutos como privado de sus sentidos, incapaz de moverse, de articular palabra, casi sintió que se le paraba el corazón… Al recobrar sus sentidos sintió como si su corazón se inundara de esa luz que emanaba la doncella, y en su mente sólo había espacio para una sola cosa, saber quien era, de donde venía, acercarse a ella. En ese momento ella se paró, le miró a los ojos, y empezó a cantar una canción, la melodía era tan hermosa que aunque el joven druida no entendía, pues Deneb cantaba en la lengua de las hadas, su corazón se llenó de amor por ella. Se acercó hacia ella, despacio, temiendo que se asustase y se marchase, o que fuera un espejismo, fruto de su imaginación… quería comprobar que era real. Cuando terminó la canción, ella se acercó y lentamente le besó en los labios, un beso dulce lleno de amor y ternura. Pero desgraciadamente no pensó que su brillo, su luz esa energía tan intensa que tenía, pudiera dañar al joven mortal. El rostro del druida quedó completamente desfigurado. Al ver lo que su amor había hecho al druida, Deneb se sintió desolada y rompió a llorar, y sus lágrimas eran diminutas lucecitas. El druida intentó consolarla diciéndole que no le importaba su aspecto, que no le había dolido, que no quería que se marchase; pero ella sabía que jamás podrían estar juntos, pues su amor le mataría. Pero antes de marcharse, y como regalo para él, las lágrimas luminosas que había derramado, las esparció al aire, sembrando todo el cielo de lucecitas diminutas y brillantes, que cada noche brillarían, alumbrándolo y recordándole que aunque su unión fuera imposible, Deneb siempre le amaría.
Cuando regresó a las Montañas de la Luna, se encerró en el más alto de los picos, en la torre de Mármol, y desde allí todas las noches siembra de estrellas el cielo, cumpliendo así su promesa de amor.

Permitidme que dedique esta historia a una persona muy especial. Alguien que cree en las hadas, que le gustan los cuentos, pero sobretodo los finales felices. La persona a la que van dedicados todos estos cuentos, pues sin ella no existirían. ¡Que la luz de las hadas siempre te ilumine!

La Dama de las Estrellas

Hoy quisiera contaros una bella historia. Es la historia de “La Dama de las estrellas”, como se la llama entre las hadas nocturnas. Las hadas nocturnas son las hadas más tímidas y reservadas del país. Viven en los picos más elevados de la mayor cordillera del país “Las Montañas de la Luna”. De hecho, según una leyenda ancestral, la Luna que alumbra vuestro mundo no es sino un hada, que fascinada por vuestro mundo pero demasiado tímida para acercarse, quedó para siempre atrapada entre los dos mundos, desde donde lo que más le gusta es amparar y proteger a los amantes; por eso es la Luna la que rige los ciclos vitales… Por eso todas las mujeres enamoradas invocan a la luna, saben que las bendecirá con ver su amor correspondido.
Pero no era de la Luna de quien quería hablaros, sino de la Dama. En su juventud fue un hada llamada Deneb, la más brillante y luminosa de todas las hadas nocturnas. Y como casi todas nosotras en algún momento de nuestras vidas, sintió la llamada de la aventura y visitó vuestro mundo. Por entonces vuestro mundo era joven, cuando todavía los mortales respetaban todo lo que les rodeaba, vivían en armonía con la naturaleza y le rendían culto.
La joven Deneb se sintió fascinada sobretodo por un hermoso robledal, extenso y tupido, y le gustaba pasear bajo sus árboles durante el día, y bailar en un hermoso claro sembrado de flores, en las noches a la luz de la luna llena.
En una de esas noches de luna llena dio la casualidad que pasaba por allí un joven druida, que estaba recolectando el sagrado muérdago para sus ceremonias mágicas, le sorprendió la luz que se desprendía del claro, pues era noche cerrada y aunque había luna llena, las altas y frondosas copas de los robles la ocultaban en parte. El druida, curioso, decidió investigar y descubrir a que se debía ese fenómeno; y cual fue su sorpresa al ver que la causante de aquel resplandor no era otra cosa que una hermosísima doncella, vestida de blanco y que resplandecía casi más que la misma luna, y que bailaba, casi flotaba etérea en el claro, sobre un lecho de flores silvestres. La visión le dejó unos minutos como privado de sus sentidos, incapaz de moverse, de articular palabra, casi sintió que se le paraba el corazón… Al recobrar sus sentidos sintió como si su corazón se inundara de esa luz que emanaba la doncella, y en su mente sólo había espacio para una sola cosa, saber quien era, de donde venía, acercarse a ella. En ese momento ella se paró, le miró a los ojos, y empezó a cantar una canción, la melodía era tan hermosa que aunque el joven druida no entendía, pues Deneb cantaba en la lengua de las hadas, su corazón se llenó de amor por ella. Se acercó hacia ella, despacio, temiendo que se asustase y se marchase, o que fuera un espejismo, fruto de su imaginación… quería comprobar que era real. Cuando terminó la canción, ella se acercó y lentamente le besó en los labios, un beso dulce lleno de amor y ternura. Pero desgraciadamente no pensó que su brillo, su luz esa energía tan intensa que tenía, pudiera dañar al joven mortal. El rostro del druida quedó completamente desfigurado. Al ver lo que su amor había hecho al druida, Deneb se sintió desolada y rompió a llorar, y sus lágrimas eran diminutas lucecitas. El druida intentó consolarla diciéndole que no le importaba su aspecto, que no le había dolido, que no quería que se marchase; pero ella sabía que jamás podrían estar juntos, pues su amor le mataría. Pero antes de marcharse, y como regalo para él, las lágrimas luminosas que había derramado, las esparció al aire, sembrando todo el cielo de lucecitas diminutas y brillantes, que cada noche brillarían, alumbrándolo y recordándole que aunque su unión fuera imposible, Deneb siempre le amaría.
Cuando regresó a las Montañas de la Luna, se encerró en el más alto de los picos, en la torre de Mármol, y desde allí todas las noches siembra de estrellas el cielo, cumpliendo así su promesa de amor.

Permitidme que dedique esta historia a una persona muy especial. Alguien que cree en las hadas, que le gustan los cuentos, pero sobretodo los finales felices. La persona a la que van dedicados todos estos cuentos, pues sin ella no existirían. ¡Que la luz de las hadas siempre te ilumine!