Los Fantasmas del Palacio del Rey Moro.

Hace un tiempo, cuando publiqué un cuento titulado La Promesa, me lanzásteis el reto de “darle una vuelta a la historia”. De hacerla un poco menos “edulcorada”, un final menos Disney. Acepté el reto, pero por diversas circunstancias he tardado un poco más de lo que me habría gustado en escribirla.

Y por fin, aquí lo tenéis. Espero que os guste.

Las ánimas del palacio del Rey Moro.

¡Abuela, esto es muy aburrido! ¿Cuándo dejará de nevar?
Estaban en pleno mes de marzo, con la primavera llamando a la puerta, pero el tiempo se había vuelto loco y les regalaba una de las peores nevadas que se recordaban en la región. Y ahora, encima, se habían quedado sin luz. La tarde amenazaba desastre. Tres niños, encerrados en una vieja casona y sin poder ver la tele ni jugar con sus videojuegos.
-Abuela, ¡¡¡me aburro!!! –gimió el más pequeño, tirando de su vestido para reclamar su atención.
Suspiró alejándose del ventanal. Los dos mayores también gritaban su aburrimiento como una cantinela sin fin. Cómo si el repetirlo fuera a hacer que la tormenta amainase o que la luz volviera a dar vida a sus “juguetes” preferidos.
-Niños, niños, calmaos. –intentó calmarlos. –Por mucho que chilléis no cambiarán las cosas. Hay que ver que pronto os aburrís los niños de hoy en día. Cuando era pequeña no había televisión, ni ordenadores, ni nada por el estilo y os aseguro que nunca estaba aburrida.
-¿No? –exclamaron los tres al unísono. – ¿Cómo hacías para no aburrirte?
-Los días como hoy, recuerdo que mi abuelo y yo nos sentábamos a la orilla de la chimenea y me contaba infinidad de historias. –explicó ella, reviviendo aquellas tardes de su infancia. -Cuentos de hadas, de príncipes convertidos en rana… Sabía muchas historias. Pero las mejores eran las de aparecidos. ¿Queréis que os cuente mi favorita?
-¡¡¡Sí!!! –corearon los tres. Se sentaron en la alfombra, rodeando la mecedora de su abuela, alumbrados por la rojiza luz que desprendía en cálido fuego que ardía en la chimenea.
-Está bien, os la contaré. Pero quiero que os estéis quietecitos y muy callados. A esta historia la llamaba “Las ánimas del palacio del Rey Moro”. La escuchó en su juventud, en Toledo, y allí aseguran que fue una historia real que sucedió en tiempos de la dominación árabe, cuando en la ciudad convivían las tres religiones.
La abuela se aclaró la voz y empezó su relato.
“Cuenta una vieja leyenda que hubo en la ciudad un médico judío cuya sabiduría y pericia en el arte de sanar le había ganado la admiración de toda la ciudad. Por eso, cuando enfermó el joven príncipe heredero, el sultán le mandó llamar. Ninguno de sus médicos reales había sido capaz de descubrir el mal que aquejaba al pequeño y éste se apagaba como una lamparita en medio de una galerna. Al sultán se le partía el corazón de ver así a su primogénito. Por eso, cuando el buen doctor consiguió determinar la dolencia que le aquejaba y tratarlo para que en unos pocos días estuviera curado, el soberano, agradecido, quiso recompensarlo. Le concedería su mayor deseo, fuera lo que fuese. Le cubriría de oro y de joyas, o le concedería privilegios y le nombraría su visir. Pero el galeno le decía que no era necesario, que saber que le príncipe estaba sano era suficiente recompensa. El sultán, admirado por su humildad, no insistió más. Le nombró su médico personal y le pidió que, por lo menos, aceptara su hospitalidad. Daría una gran fiesta en su honor. Ordenó a unos criados que lo acompañaran a los baños y que lo trataran como si fuera él mismo.
El pobre doctor se había quedado muy pensativo cuando el sultán se ofreció a cumplir su deseo. Tentado estuvo de revelarle su más íntimo deseo pero, ¿de qué serviría? No deseaba oro ni riquezas, ni ambicionaba poder. No, nada más lejos. Era feliz con lo que hacía y estaba casado con la mujer a la que amaba desde que eran niños. Pero no tenían hijos. Ese era su único deseo. Pero eso no estaba en la mano de ningún mortal. Pensó en su esposa, que era la partera de la Aljama, que traía al mundo a todos los niños de la comunidad, y en lo doloroso que esto era para ella. Lo mucho que le dolían los cuchicheos de las otras mujeres o las insinuaciones que le hacían al doctor para que la repudiara. Él intentaba tranquilizarla, le decía que no le importaban las demás mujeres. Que no le importaba que no tuvieran descendencia. Que no iba a repudiarla. Pero al final terminaban discutiendo, o peor aún, se encerraba en sí misma, sin hablarle si quiera. Era como si un muro de hielo los separara. Y últimamente ni siquiera dejaba que la tocara. Había olvidado cuando tuvieron relaciones por última vez. ¡Qué lejos quedaba ahora aquellos primeros tiempos de su matrimonio, aquellas noches llenas de pasión y deseo! Suspiró resignado y se dispuso a disfrutar de un buen baño y un masaje. Le sentaría bien.
El sultán había quedado impresionado con su nuevo médico. En un palacio dónde todos querían medrar, no era habitual que alguien no quisiera aprovecharse de su magnanimidad. Parecía una persona íntegra, aunque le pareció que alguna sombra pesaba en su alma, un velo de tristeza en sus ojos. Pero la llegada de su hija favorita le sacó de sus pensamientos. Adoraba a su hija mayor, era lo único que le quedaba de su amada sultana. A pesar del tiempo que hacía que la había perdido, no pasaba un segundo que no pensara en ella. Cierto que tenía otras esposa y todo un harén real. Pero a ninguna la había querido, pero necesitaba un heredero. Era su obligación. Por eso quería tanto a su “pequeña” Noor. Había heredado la belleza de su madre. Sus hermosos ojos azules, que contrastaban con su pelo negro azabache. Y también su carácter dulce y cariñoso. Adoraba a su hermano, de hecho no se había separado ni un momento de su lecho, tomando su manecita y cantándole bellas canciones para tranquilizarlo. Parecía cansada, pero su sonrisa seguía iluminando la estancia. ¡Que afortunado era por tenerla a su lado! Sabía que pronto tendría que buscarle un buen esposo. Pero todavía era muy joven para eso. Cierto que varios príncipes habían pedido su mano, y que su madre se convirtió en su esposa con la misma edad, pero él seguía viéndola como su niña. No quería perderla, su corazón no lo soportaría.
Poco imaginaba el sultán la causa de la sonrisa de Noor. Ni el porqué de sus ojeras. No sólo se debían al cansancio y la preocupación por la salud de su hermano. Durante esos días de cuidar a su hermano, la joven princesa había conocido al doctor. Y aunque ya no era joven, seguía siendo un hombre muy apuesto al que los mechones plateados que empezaban a colorear su pelo le hacían más interesante. Y la joven, que nunca había salido de palacio, que los únicos hombres que había conocido eran los eunucos que custodiaban el harén y los aposentos de las mujeres, se enamoró perdidamente del médico. Sabía que era una pasión prohibida, que debería olvidarle. Pero no podía. Y decidió utilizar todas sus armas para seducirlo y conquistarlo.
La fiesta fue digna de un rey. Los mejores músicos y las bailarinas más insinuantes. Un placer para los sentidos. El médico bebió el vino que le ofrecía el sultán. Sabía dulce y nada más beberlo embotó sus sentidos y confundió su mente. Se sentía eufórico y feliz. Al terminar se dirigió a los aposentos que le había asignado el soberano. Sólo pensaba en Rebeca, en lo mucho que desearía tenerla a su lado. En la alcoba una bellísima joven le esperaba envuelta en un velo transparente. Creyó que era una aparición, un ángel, era demasiado perfecta para ser real. Creyó que desaparecería al tocarla. Pero descubrió que era real, que estaba allí, a su lado. Y él, que hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, se dejó llevar por el deseo. La noche trascurrió como en un sueño. Creyó haber regresado a su juventud y a aquellas noches felices con Rebeca.
Pero al día siguiente se despertó con un horrible dolor de cabeza y abrazado a la princesa Noor. Se levantó en el acto, tenía que marcharse de allí. Si alguien descubría que había yacido con la hija del sultán era hombre muerto. Ella se despertó y le sonrió. Y supo que estaba perdido. Que el calor y la ternura de Noor habían derretido el hielo que había en su corazón.
A partir de aquella noche, los dos amantes se encontraban a escondidas, ajenos al mundo que los rodeaba. Él pasaba todo su tiempo en el palacio y apenas visitaba a su esposa. Sus obligaciones como médico real se lo impedían, eso le decía a Rebeca. Pero ella sabía que había algo más, que algo le escondía, ahora nunca le miraba a los ojos. Y supo que había otra mujer. Y ella, que antes lo había alejado de ella, sintió el doloroso aguijón de los celos. Se juró que averiguaría quien le había robado el corazón de su esposo y que le haría sentir todo el dolor que le había causado a ella.
Pero aunque los amantes ponían todo su cuidado en que nadie descubriera su secreto, no contaron con la naturaleza. El cuerpo de Noor empezó a cambiar, y pronto fue evidente que estaba embarazada. La noticia en seguida llegó a todos los rincones del palacio. El sultán, enfurecido, juró matar a quien hubiera deshonrado a su hija. La noticia del embarazo de la princesa llegó a toda la ciudad. Y por supuesto a la aljama y a Rebeca, que supo a ciencia cierta quien era el padre de esa criatura. La noticia la golpeó como un mazo. No sólo le había arrebatado a su esposo. Además le iba a dar un hijo. Lo que ella más había deseado. Y loca de celos y de dolor corrió al palacio, exigiendo ver al sultán. Le contó sus sospechas y que estaba segura que su esposo y la princesa eran amantes. El sultán mandó llamar a su hija y al médico. Estos al verse descubiertos, confesaron la verdad. Noor se arrodillo ante su padre y con los ojos anegados de lágrimas, le suplicó por la vida del médico. Le dijo que no había abusado de ella y que lo amaba con toda el alma. Ver a su hija llorar le ablandó el corazón. La miró a los ojos y supo que era sincera, y recordó lo que era amar de esa manera. Estaba dispuesto a perdonar al médico. Pero en ese momento la princesa se desplomó en el suelo en medio de un charco de sangre. Y a su lado, también ensangrentado yacía su amante. Rebeca, loca de celos, les había clavado un afiladísimo escalpelo en el costado. Y antes de que la guardia pudiera detenerla, se lo clavó en el corazón.
El sultán envejeció ese día. Había perdido las ganas de vivir. La gente empezó a decir que el palacio estaba maldito y las noches sin luna empezaron a oírse extraños sonidos. El llanto de un bebé. Algunos incluso vieron una figura fantasmal que cubierta de sangre, vaga por los salones implorando el perdón. Al fallecer el sultán, su hijo construyó otro palacio, más grande y bello. Y el antiguo palacio cayó en el olvido y quedó en ruinas. Pero todavía hoy, por sus ruinas se siguen escuchando el llanto de un bebé y los lamentos desesperados de una mujer. Y aseguran que cada noche, una figura ensangrentada vaga por los restos del palacio.”
-Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
En ese momento vuelve la luz. Y los niños lanzan exclamaciones de alegría. La abuela no sabe si porque les ha gustado el cuento o porque pueden volver a sus dibujos y a sus juegos electrónicos.
-Nos cuentas otro, abuela. –Le piden a coro los niños. –Ha sido genial.
Y la abuela mira al cielo y murmura: “Gracias, abuelo”.

La promesa

Hace muchos, muchos años, en la ciudad de Toledo vivía un médico judío, el mejor de toda la ciudad, su fama era tanta que había llegado hasta el sultán. Cuando uno de sus hijos enfermó de una extraña dolencia fue requerido para que examinara al pequeño príncipe. Ninguno de sus “insignes” médicos reales, que decían haber estudiado en Ispahán con el gran Avicena, era capaz de diagnosticar que mal padecía el pequeño. El buen doctor consiguió determinar la dolencia que le aquejaba y tratarlo para que en unos pocos días estuviera curado. El sultán agradecido le nombró su médico personal, y le quiso recompensar concediéndole su mayor deseo… El pobre doctor se quedó pensativo, no quería agraviar al sultán, pero creía imposible que pudiera concederle su mayor deseo, pues era algo que no estaba en manos de ningún mortal. Su mayor deseo, y el de Rebeca, su amada esposa, era tener un hijo… pero Dios no les había bendecido con uno. Y aunque gran parte de su familia le aconsejaba que repudiara a su esposa y se volviera a casar con alguna joven doncella, y poder asegurarse una descendencia, el no podía ni siquiera pensar en dejar a Rebeca, de la que seguía tan enamorado como cuando la vio por primera vez, cuando eran niños.
El médico todavía guardaba en su memoria ese mágico momento. Había estado jugando con otros niños a la orilla del río, y como tantas veces, habían terminado en una pelea, en la que él había terminado con la nariz sangrando y bastantes magulladuras… Estaba bastante preocupado, sabía que se ganaría una buena regañina de su padre, cuando se fijó en una niña solitaria que estaba cogiendo flores silvestres. La niña, al verle sangrar, acudió corriendo a socorrerlo. Entonces él la reconoció, se trataba de Rebeca, la hija de Miriam la partera de la Aljama, una niña extraña y solitaria. Rebeca le cortó la hemorragia nasal, y le limpió algunas de las magulladuras. Y él se sorprendió a darse cuenta que los ojos de Rebeca eran del color de la miel, y había en ellos una dulzura, que hacía olvidar el resto de su aspecto, bastante descuidado y vulgar. Desde ese día se hicieron amigos, él le contaba historias de lejanos lugares y de aventuras, y ella le hablaba de las plantas y de sus propiedades…

Así fueron creciendo, y llegó un momento que los demás no veían con buenos ojos el que estuvieran siempre juntos, según ellos no era apropiado, y quisieron separarlos…..”

El joven doctor tuvo que enfrentarse a su familia, que se oponían a su
amor por considerarla poco apropiada por su carácter rebelde y
extraño, además de poco agraciada. Incluso le habían concertado un
matrimonio con una bellísima doncella con muchas virtudes, la esposa
perfecta.
El joven doctor se opuso a los designios de su familia, y tras una
violenta discusión con su padre, este le expulso de casa,
desheredándolo y prohibiendo incluso la mención de su nombre.
El pobre joven abandonó el que hasta entonces había sido su hogar, tan
solo llevaba una pequeña bolsa con las escasas pertenencias que le
dejaron llevarse. Tenía la intención de ir a la ciudad de Córdoba,
donde quería estudiar medicina, algo que siempre había deseado pero a
lo que siempre se habían opuesto su familia. Pero antes de marchar
quería decirle a Rebeca que cuando se hubiera labrado un futuro para
los dos, volvería para casarse con ella, y ya nada ni nadie los
separaría jamás. Pero cuando llego a su casa, la encontró esperándole,
con una bolsa preparada y despidiéndose de su madre, que lloraba
desconsolada.
Al ver su cara de sorpresa, Rebeca le explico que si él se marchaba,
ella no quería seguir allí. Además, le dijo, ella tenía parientes en
Córdoba, que les acogerían.
La voz del sultán lo sacó de sus recuerdos. Le urgía a que le revelara su deseo. “Soy el sultán de los creyentes, mi palabra es la ley, tu pide y serás recompensado”. Ante estas palabras el buen doctor no tuvo más que confiarle su deseo, asustado ante la reacción del soberano. Era obvio que no podría recompensarlo y temía su furia y su castigo. Para su sorpresa, el mandatario no se enfadó, reconoció que eso sólo estaba en manos de Alá el grande y misericordioso, pero que por lo menos aceptara su hospitalidad, al menos por un día. Celebraría una gran fiesta en su honor. Pensó en Rebeca, que lo esperaría impaciente en casa; pero el sultán le aseguró que su esposa sería informada convenientemente del gran honor que se le dispensaba, así que no le quedó más remedio que aceptar. No era sensato enemistarse con tan poderoso señor.
El sultán dispuso que fuera tratado con los más altos honores. Fue conducido por dos sirvientes hasta los baños, donde disfrutó de las delicias de un baño aromático y de un masaje relajante que le hizo sentir mucho más joven. Los aromas de los aceites le transportaron a su juventud, a aquellos primeros días en Córdoba; se habían alojado con los tíos de Rebeca, que eran mercaderes de especias y aceites. ¡Cómo le hubiera gustado tener a su lado a la que tanto amaba!
Pero aunque el sultán no demostró su cólera ante el médico, no por eso dejaba de estar furioso. Él, el más poderoso había sido humillado por un simple medicucho y además judío. Eso era intolerable. Por eso mientras el doctor estaba disfrutando de las delicias de sus baños, él maquinaba la manera de que tuviera su deseo. Había dado su palabra y la cumpliría, costara lo que costara. Decidió que durante la fiesta le ofrecería el mejor vino especiado de todo el reino, y además le añadiría un potente alucinógeno. Mandó llamar a su hija mayor, la princesa más hermosa de la tierra y todavía doncella. Le ordenó que esa noche se vistiera con sus mejores galas pues debía pasar la noche con su invitado. Eso sí, no debería decir ni una palabra y marcharse antes del alba. La princesa, acostumbrada a obedecer a su padre y señor, se limitó a asentir con la cabeza aunque le extrañaba muchísimo la petición, siempre había vivido protegida, nunca había salido de palacio y había pena de muerte para aquel que se acercara a ella o la mirara si quiera. Se guardó sus dudas y miedos y se dispuso a cumplir la voluntad de su señor.
La fiesta fue digna de un rey. Los mejores músicos y las bailarinas más insinuantes. Un placer para los sentidos. El médico bebió el vino que le ofrecía el sultán. Sabía dulce y nada más beberlo embotó sus sentidos y confundió su mente. Se sentía eufórico y feliz. Al terminar se dirigió a los aposentos que le había asignado el soberano. Sólo pensaba en Rebeca, en lo mucho que desearía tenerla a su lado. Al entrar en la alcoba vio a una joven esperándole en ella. El negro pelo, suave y sedoso y sus ojos de miel le hicieron creer que era su esposa. La abrazó y la besó como si le fuera la vida en ello.
A la mañana siguiente se despertó con la vaga sensación que había tenido un sueño muy bello. Había soñado con Rebeca y aquella primera noche juntos. Pensó que el vino del sultán era realmente fuerte y que ya no estaba para esas fiestas de la corte. Se aseó y se preparó para volver a su casa. Al llegar, le recibió su esposa, le había preparado el desayuno como hacía cada mañana antes de que atendiera su consultorio. Mientras desayunaban le relató lo que le había pasado en palacio, pero omitió lo del sueño. No sabía porque lo había hecho, nunca le había ocultado nada, pero desechó este pensamiento, sólo era un sueño y tenía pacientes que atender.
La vida seguía su curso. Aquel incidente quedó olvidado rápidamente. El invierno trajo consigo una epidemia y el médico no daba abasto. Pasó el invierno y llegó una primavera cálida y muy soleada. La tranquilidad había vuelto a sus vidas.
Pero una mañana, nueve meses después de aquella fiesta en palacio, el doctor fue requerido urgentemente por el sultán. Pero esta vez requerían también a su esposa. Extrañados, acudieron a palacio lo más rápido posible. Les recibió el mismo sultán en persona. La princesa Noor estaba de parto y la cosa no iba bien, la vida de la joven peligraba. El soberano, con los ojos anegados de lágrimas le suplicaba que salvaran a su hija, que todo era culpa suya y que era demasiado joven para morir. Rebeca echó de la habitación a todas las mujeres que atendían a la princesa, que más que ayudar estaban estorbando, una vez solos examinaron a la paciente. Rebeca era una excelente partera, como lo había sido su madre. En seguida vio que el niño venía de nalgas y que la joven no dilataba. El doctor no se lo pensó, tenía que hacerle una incisión o morirían los dos. Miró a los ojos a la princesa para tranquilizarla y en ese momento recordó esa mirada y el sueño de aquella noche. Y tuvo un presentimiento, supo que aquello no había sido un sueño.
Ayudado por su esposa, practicó la cesárea a la joven y sacó al bebé. Era un varón que rompió a llorar con fuerza en cuanto Rebeca lo tomó en sus brazos. El doctor respiró, el bebe estaba a salvo, ahora debía salvar a la madre. Suturo la incisión en el vientre de la joven y la vendó cuidadosamente. Sí no había fiebre era posible que sobreviviera. Rebeca se quedó a su lado para cuidarla y su marido salió con el bebé a dárselo a su abuelo.
El sultán, al verlo se arrodilló en el suelo para agradecer a su dios que los hubiera salvado, que no le hubiera castigado por su arrogancia. Luego, sin querer coger al niño en brazos le confesó la verdad. Que ese niño era su hijo. Que lleno de ira por su osadía de pedirle algo que no pudiera conceder se juró que cumpliría su promesa. Le contó cómo le dio un alucinógeno con el vino y como ordenó a su hija que introdujera en su habitación y pasara la noche con él. Que ahora se arrepentía de su absurda decisión, que había cumplido con su promesa pero casi había perdido a su hija, su favorita, la más amada de todos sus hijos.
El médico no contestó, entregó el niño a una nodriza para que lo alimentara y volvió a la habitación. La madre dormía y parecía tranquila. Eso era bueno, no parecía tener fiebre, por lo que era posible que se salvara. Rebeca estaba a su lado, acariciándole el pelo y cantándole una canción de cuna. La miró a los ojos, debía explicarle la verdad. Temía romperle el corazón, sabía que la noticia le dolería y era posible que eso matara el amor que ella sentía; pero sería sincero, ella no se merecía una mentira. Pero no hicieron falta las palabras, de alguna manera ella lo sabía. Y en sus ojos vio que no estaba enfadada, vio la misma dulzura de siempre. Y vio que amaba a ese niño con todo su corazón.
Pero la princesa, a pesar de los cuidados de Rebeca, no pudo superar el postparto y murió a la noche siguiente. El sultán estaba destrozado por la muerte de su hija, pero sobre todo por saberse el culpable de su muerte. Le suplicó al doctor que se llevara al niño con ellos, y le pidió que lo perdonara por su orgullo y su insensatez. Y besando la frente del bebé lo entregó a Rebeca. Sabía que estaría bien cuidado, que sería muy querido y que crecería feliz… que estaría bien alejado de alguien que había sacrificado lo que más quería por una absurda promesa.

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