El mundo.

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El mundo. (Jengibre)

No sabía por qué lo había dicho, no quería hacerle daño. O quizás sí, quizás sí que quería herirlo. Sabía que de todas las palabras que podía decirle sólo una podía clavarse en su corazón cual afilado estilete. Y se la había dicho, a traición, a bocajarro, buscando lastimarlo al máximo.
Ahora se arrepentía, ahora que su corazón sangraba tanto como el de él, se arrepentía de lo que había hecho. Porque no se lo merecía. Porque a pesar del daño que le había hecho él lo había encajado y, en lugar de iniciar la discusión que inconsciente ella estaba buscando, la miró buscando sus ojos quizás para que viera la magnitud del desastre que había causado sólo con una palabra y se marchó. Sin dramas, pausado, tal y como era él. Cómo esos estanques de aguas plácidas en la superficie, pero que por dentro son un torbellino.
Desearía poder retroceder en el tiempo, borrar lo dicho y perderse en sus brazos. Lo que tendría que haber hecho, lo que su corazón deseaba hacer. Pero no, quería forzar una confrontación que sabía que les haría daño a los dos. Cómo si así pudiera sentirse mejor. Cómo si eso pudiera calmar la presión de todo lo que estaba viviendo. Cómo si ella y sus problemas fueran el ombligo del mundo. Cómo si los demás vivieran siempre girando a su alrededor para complacerla.
Pero las palabras dichas no pueden borrarse. Sólo queda tratar de reparar el daño causado. Pedir perdón, una vez más. Sabía que la había perdonado, él era así. La amaba a pesar de todo. Pero esta vez algo le pareció diferente. Algo en sus ojos cuando la miró antes de marcharse le decía que quizás esta vez no volviera nunca. Esa sensación estaba destrozándola, porque sabía que si no volvía se lo habría ganado a pulso. ¡Ese estúpido orgullo!
Y corrió, como nunca había corrido, se olvidó de su pierna herida y corrió tras él. Total, si lo perdía que le importaba la vida… ¡no tenía sentido sin él! Deseó llegar a tiempo, que su tren no hubiera salido todavía. Pero no, cuando llegó al andén el tren acababa de partir. Lloró desconsolada, cómo hacía tiempo que no lo hacía, se dejó caer en uno de los bancos de la estación, agotada, con el corazón roto en mil pedazos.
No sabía cuánto tiempo llevaba sentada en aquel frío andén, cuando alguien a su lado le ofreció un pañuelo. ¡Allí estaba él! ¡No había subido al tren! Se lanzó a sus brazos, sonriendo entre las lágrimas. Quería decirle lo mucho que lo sentía, quería pedirle perdón, pero no pudo. Un beso selló sus labios. Sobraban las palabras.

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Claire de lune (Claro de luna).

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Claire de lune (claro de luna). (Jengibre)
No podía dejar de escuchar la dulce melodía que salía de la caja de madera, esa que tantos años atrás la había fascinado. Apenas era una cría que se colaba en la habitación de su abuela y, con la emoción de lo prohibido, abrir la caja una y otra vez para escuchar la música que, como por arte de magia, surgía de la madera de caoba de la que estaba fabricada la caja. Ni se fijaba en las joyas que contenía, las joyas que con tanto esmero cuidaba su abuela. Las joyas de la familia, decía orgullosa, de un lugar  lejano y un tiempo olvidado. Para ella sólo eran cristales de colores brillantes, nada más. ¡Pero la música era otra cosa! Era tan hermosa y mágica que sólo tenía que cerrar los ojos y era como volar sobre un rayo de luna. Le hacía sentir ingrávida y etérea. Y hermosa, como la luna llena, tan brillante y luminosa como ella.
Y ahora, cuando su vida se acercaba ocaso tras una vida alejada de la tradición familiar, la caja llegaba hasta ella. En el correo de la mañana, entre las facturas y folletos publicitarios, como si fuera algo vulgar, sin valor. Una caja de cartón sencilla. No conocía el remitente. Pero un pálpito le hizo abrirla con emoción. Allí estaba la caja, protegida por capas de papel de seda y junto a ella una carta. Un sobre del grueso papel que su abuela usó toda su vida, y su nombre escrito en él con la hermosa letra, anticuada y poderosa, de su abuela. Sin necesidad de leerla supo que había sido perdonada. Que su abuela, la persona más importante de toda su infancia la había perdonado.
Abrió la caja, la música, ese Claro de Luna, volvió a envolverla como antaño sintiendo como todo su cuerpo se volvía luz, tan pálida y bella como un rayo de luna.

Tu canción. (Your song)

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Tú canción. (Your song) 
Toda mi vida sujetando mi corazón, negándome cualquier tipo de sentimiento, bloqueando los recuerdos. Pero el azar es caprichoso y en un segundo, cuando más seguro me sentía, un piano sonando en un anuncio de televisión y toda mi vida se vino abajo como un castillo de naipes bajo un vendaval. La reconocí en el acto, era “Tu canción”, nuestra canción. Aquella que un día me susurraste al oído, sentados en la banqueta del viejo piano que te legó tu abuelo, tan juntos que ni el aire podía colarse entre nosotros. Eran los días felices, éramos jóvenes, estábamos enamorados e íbamos a comernos el mundo. Te sentaste al piano, como cada tarde, siempre decías que la práctica hacía la perfección. Yo trataba de convencerte para que nos fuéramos a “quemar” la ciudad. Era mi cumpleaños y sólo quería celebrarlo contigo. Pero tú me engatusaste para que nos quedáramos allí. Me pediste que me sentara a tu lado y, como regalo, compusiste esa canción. “Siempre podrás contarle a la gente que es tu canción” me decías, “¿cuánta gente es dueña de una canción?” me asegurabas. ¡Qué feliz era en ese instante! Fue la última canción que me regalaste. Tú mejor canción. También la última. El azar cruel te alejaba para siempre de mi dejándome, como eterno recordatorio de lo que fue, la canción. Tu gran éxito. El dolor era tan grande que tomé la única decisión posible. Me alejé del que hasta entonces había sido mi mundo, amurallé mi corazón y me obligué a olvidar. Hasta hoy, tantos años después. Sólo unas notas y todo ha vuelto a mi. Tu recuerdo como un ciclón que derriba a su paso todas las defensas que tan duramente construí. Y, entre las lágrimas tanto tiempo reprimidas, he sentido tu presencia a mi lado susurrándome que esta siempre será mi canción. 

La princesa destronada (versión alternativa)

Lloraba desconsolada. Su mundo se había derrumbado en cuanto aquella cosa pequeña y llorona llegó a su hogar. Sus padres, antes siempre pendientes de ella, la habían ignorado completamente. Ya no había ni mimos ni caricias, sólo regaños e indiferencia. De repente una idea surgió en su mente. Lograría que todo volviera a ser como antes. Sorbiendose las lágrimas que caían por su cara, corrió hacia la habitación donde el usurpador dormía plácidamente. Incluso tenía una sonrisa en los labios cuando lo despertó al cogerlo en sus brazos. Comprobó que su madre seguía en la ducha, abrió la ventana y lo dejó caer.

Princesa destronada.

Lloraba desconsolada. Su mundo se había derrumbado en cuanto aquella cosa pequeña y llorona llegó a su hogar. Sus padres, antes siempre pendientes de ella, la habían ignorado completamente. Ya no había ni mimos ni caricias, sólo regaños e indiferencia. Abrió la ventana de su habitación. En el patio cubierto de flores gorjeaban felices unos gorriones. Deseó ser como ellos. Cerró los ojos y… saltó.

La caja de colores.

Hace unos meses escribí un micro para Adivín. Era su cumpleaños y pensé que era la mejor manera de felicitarlo pues siempre me anima a escribir este tipo de relatos. Además se lo debía desde el aniversario de su blog. Debo decir que él es un auténtico maestro del género. Sus micros son sorprendentes y geniales. A su lado yo soy una torpe aprendiza (y en plena crisis creativa, para más inri). El micro en cuestión es algo diferente a lo que suelo escribir, y no me había animado a publicarlo. Pero creo que ha llegado el momento de hacerlo…

La Caja de colores.

Abrió el cajón de su pequeño escritorio. Allí estaba… Su más preciada posesión. Una caja de 24 colores. Los Reyes magos se la habían dejado junto a sus zapatitos de charol. Y desde entonces se había convertido en su refugio y talisman. Se encerraba en su habitación y sacaba los mágicos colores. Y el papel blanco se llenaba de paisajes maravillosos en los que podía perderse. Lejos de los gritos. Lejos de los llantos. Lejos del dolor.

Sale el sol.

Se había jurado que no lloraría. Que cuando llegara el final, se marcharía sin más. Metería su vida en una maleta y volaría. Sin una lágrima ni un reproche. ¡Qué fácil pensar eso en los momentos felices! Cuando sus brazos eran su refugio; sus labios, su paraíso y su corazón, su hogar. Un puerto seguro, lejos de la tormenta. Pero la tormenta había llegado, devastadora como un tornado y letal como un tsunami que arrasaba toda su vida. Había llorado, sintiendo su alma romperse en mil pedazos. Pero una mañana, sentada frente al mar, volvió a sentir el calor del sol en su cara, secando sus lágrimas y calentado su helado y roto corazón. Y sintió ganas de volver a vivir. De dejar atrás el pasado y la pena. Una tímida sonrisa se dibujó en sus labios, un nuevo amanecer se abría en su vida.