Nabila (final alternativo)


Habíamos dejado a Nabila convertida en una venerable y sabia ancianita, a pesar de acabar de cumplir los 18 años. La bondad y sabiduría de Nabila atraían a la tienda de especies a muchísima gente, más aún que anteriormente lo hacía su belleza. El más asiduo a la tienda era un joven, hijo de un vecino comerciante de sedas y tejidos exóticos. Era un joven muy tímido y apocado que de niño había compartido muchos juegos con Nabila, pues apenas era algo mayor que ella. Pero al pasar los años y hacerse mayores, se sentía intimidado por la belleza de ella y por la cantidad de pretendientes que atraía, por eso se fue distanciando. Farid, que así se llamaba el joven, hacía años que moría de amor por ella, pero no se atrevía a confesárselo. Al contrario, cada vez que ella se acercaba a él, recordándole los viejos tiempos, apenas le salían las palabras, se sonrojaba y se marchaba, desolado.

Al enterarse que Nabila se había marchado de la ciudad tan repentinamente, no se lo pensó dos veces y acudió a la tienda de Said para saber que había sucedido. Said, que quería al muchacho como a un hijo, le contó que Nabila había sufrido una gran decepción, y que quedarse en la ciudad le rompía el corazón y que por eso se marchó. Farid insistió en saber donde había ido, para ir a verla y, por los viejos tiempos y lo que habían compartido de niños, consolarla y ayudarla como tantas veces había hecho de niños. Al oír aquello, Nabila que estaba en la trastienda, salió a saludar a Farid, pues sus palabras le habían llegado al corazón. Said la presentó como la abuela Nabila, y en cuanto Farid la miró a los ojos, sintió que su corazón le daba un vuelco, aquellos eran los bellísimos ojos de su amada Nabila, y cortés le dijo “Señora, veo que su nieta a heredado su belleza y el brillo de sus ojos, reconocería esa mirada aún entre la multitud”

El corazón de Nabila casi se paró en ese momento. En ese instante recordó todos los años pasados junto a Farid, las veces que el la había defendido o protegido, o aquella vez cuando murió el hermoso pájaro cantor que su padre le había traído de lejanas tierras, esas amargas lágrimas que él había sabido calmar… y en aquel momento se dio cuenta que lo que siempre había estado buscando, ese amor sincero y desinteresado, lo había tenido siempre a su lado y no había sabido verlo, había estado incluso más ciega que el príncipe Ahmed.

Y decidió arriesgarse y confesarle su secreto; si como ella creía él la amaba de verdad, la creería; y quizás entonces se rompería la maldición. Invitó a Farid a tomar un té y pastelitos de pistacho en su jardín, y una vez allí, antes de que él dijera nada, le miró fijamente a los ojos y le explicó lo que le había pasado, que ella era la joven Nabila, y le recordó todas y cada una de sus vivencias infantiles, hasta las más secretas, que sólo podían saber ellos dos. Pero no pudo terminar de relatarlas, porque los labios de Farid la hicieron callar con un beso dulce y tierno. Cuando sus bocas se separaron y abrieron los ojos… la maldición se había roto, el amor había vencido a la magia oscura, tal y como su hada madrina había predicho. Volvía a ser la joven belleza de antes, pero había aprendido una gran lección; los ojos no sirven de gran cosa si no se mira con los ojos del corazón. Los jóvenes volvieron a besarse, más apasionado y profundo esta vez. Les costó separarse, pero ya tendrían tiempo para todo eso, tenían toda la vida por delante y no pensaban separarse más; pero ahora lo primero era mostrarles a Said y Yasmín lo que había sucedido.

Y pasado el tiempo conveniente, Farid y Nabila se casaron, y no hubo en toda la cuidad ni en todo el reino un pareja más feliz.

El príncipe Ahmed, cuando supo que Nabila había vuelto más bella y feliz que nunca y que se iba a casar con Farid; sintió una punzada de celos pues habría dado su reino por estar en el puesto de Farid. Su matrimonio con Salma era muy desgraciado, al final había visto la verdadera cara d e Salma. Pero era demasiado tarde, y lo que más le dolía era que había sido él quién no había sabido ver lo que tenía.

Nabila (2ª parte)

Habíamos dejado a Nabila convertida en una venerable y sabia ancianita, a pesar de acabar de cumplir los 18 años. La bondad y sabiduría de nabila atraían a la tienda de especies a muchísima gente, más aún que anteriormente lo hacía su belleza. El más asiduo a la tienda era un joven, hijo de un vecino comerciante de sedas y tejidos exóticos, un joven muy tímido y apocado que de niño había compartido muchos juegos con Nabila, pues apenas era algo mayor que ella; aunque al pasar los años y hacerse mayores, se sentía intimidado por la belleza de ella y por la cantidad de pretendientes que atraía, y por eso se fue distanciando. Farid, que así se llamaba el joven, hacía años que moría de amor por ella, pero no se atrevía a confesarle su amor. Al contrario, cada vez que ella se acercaba a él, recordándole los viejos tiempos, apenas le salían las palabras, se sonrojaba y se marchaba, desolado.

Al enterarse que Nabila se había marchado de la ciudad tan repentinamente, no se lo pensó dos veces y acudió a la tienda de Said para saber que había sucedido. Said, que quería al muchacho como a un hijo, le contó que Nabila había sufrido una gran decepción, y que quedarse en la ciudad le rompía el corazón y que por eso se marchó. Farid insistió en saber donde había ido, para ir a verla y, por los viejos tiempos y lo que habían compartido de niños, consolarla y ayudarla como tantas veces había hecho de niños. Al oír aquello, Nabila que estaba en la trastienda, salió a saludar a Farid, pues sus palabras le habían llegado al corazón. Said la presentó como la abuela Nabila, y en cuanto Farid la miró a los ojos, sintió que su corazón le daba un vuelco, aquellos eran los bellísimos ojos de su amada Nabila, y cortés le dijo “Señora, veo que su nieta a heredado su belleza y el brillo de sus ojos, reconocería esa mirada aún entre la multitud”

El corazón de Nabila casi se paró en ese momento. En ese instante recordó todos los años pasados junto a Farid, las veces que el la había defendido o protegido, o aquella vez cuando murió el hermoso pájaro cantor que su padre le había traído de lejanas tierras, esas amargas lágrimas que él había sabido calmar… y en aquel momento se dio cuenta que lo que siempre había estado buscando, ese amor sincero y desinteresado, lo había tenido siempre a su lado y no había sabido verlo, había estado incluso más ciega que el príncipe Ahmed.

Y decidió arriesgarse y confesarle su secreto; si como ella creía él la amaba de verdad, la creería; y quizás entonces se rompería la maldición. Invitó a Farid a tomar un té y pastelitos de pistacho en su jardín, y una vez allí, antes de que él dijera nada, le miró fijamente a los ojos y le explicó lo que le había pasado, que ella era la joven Nabila, y le recordó todas y cada una de sus vivencias infantiles, hasta las más secretas, que sólo podían saber ellos dos. Pero no pudo terminar de relatarlas, porque los labios de Farid la hicieron callar con un beso dulce y tierno. Cuando sus bocas se separaron y abrieron los ojos… la maldición se había roto, el amor había vencido a la magia oscura, tal y como su hada madrina había predicho. Volvía a ser la joven belleza de antes, pero había aprendido una gran lección; los ojos no sirven de gran cosa si no se mira con los ojos del corazón. Los jóvenes volvieron a besarse, más apasionado y profundo esta vez. Les costó separarse, pero ya tendrían tiempo para todo eso, tenían toda la vida por delante y no pensaban separarse más; pero ahora lo primero era mostrarles a Said y Yasmín lo que había sucedido.

Y pasado el tiempo conveniente, Farid y Nabila se casaron, y no hubo en toda la cuidad ni en todo el reino un pareja más feliz.

El príncipe Ahmed, cuando supo que Nabila había vuelto más bella y feliz que nunca y que se iba a casar con Farid; sintió una punzada de celos pues habría dado su reino por estar en el puesto de Farid. Su matrimonio con Salma era muy desgraciado, al final había visto la verdadera cara d e Salma. Pero era demasiado tarde, y lo que más le dolía era que había sido él quién no había sabido ver lo que tenía.

Nabila (primera parte)

Erase una vez, hace muchísimos años en un reino muy, muy lejano; vivía un mercader de especias, el más reputado de todo el reino. Said, pues ese era su nombre, sólo comerciaba con las mejores y más exquisitas especias de los más lejanos lugares, por lo que se veía obligado a partir una vez al año hacia la India y Catay. Desgraciadamente tenía que atravesar desiertos y tierras hostiles, donde abundaban los salteadores, atraídos por las ricas mercancías que solían transportarse. Por eso varios mercaderes se agrupaban y organizaban una enorme caravana, para poder protegerse mejor. Y sucedió que a la vuelta de uno de sus viajes, en medio del desierto, Said divisó un bulto tendido en la arena. Al acercarse a él, descubrió asombrado que se trataba de una bella joven, desnuda e inconsciente. Era realmente bellísima, pero algo en su aspecto hacia pensar más en un ser sobrenatural, una especia de djin, esos geniecillos de los que siempre hablaban los cuentos de viejas. Said comprobó que aunque inconsciente estaba viva, así que la cubrió con su manto y la llevo a su propia caravana, dejándola al cuidado de una vieja sirvienta que siempre le acompañaba en sus viajes. Prosiguieron su viaje, la joven apenas había recobrado un poco el sentido, la vieja sirvienta le dio agua y algo de comer que apenas probó y volvió a sumergirse en un sueño agitado.
Cuando Said, por fin llegó a su hogar, salió a recibirlo su esposa, Yasmín, en avanzado estado de gestación; corrió hacia él tan rápido como el peso de su embarazo le dejaba, pero cuando vio a Said que llevaba en brazos a una hermosa joven, su corazón casi se paró, ¿habría tomado su amado esposo una segunda esposa, ahora que ella estaba tan hinchada y ya no era tan deseable? Jamás lo hubiera creído posible, pero tenía que aceptarlo, estaba en su derecho. Cuando Said vio la inmensa tristeza que se había dibujado en la cara de su amada Yasmín, se dio cuenta de lo que estaba pensando, así que dejó a la joven djin en brazos de uno de sus sirvientes y corrió a abrazar y a tranquilizar a su esposa. Corrió hacia ella, la abrazó y la cubrió de besos, le besó la barriga donde crecía el fruto de su mutuo amor. Le juró que no había tomado otra esposa, que en su corazón solo estaba ella, y que no había nadie más bella y deseable en todo el universo. Le contó el extraño encuentro con la joven, y que era una especie de djin. Yasmín, tranquilizada por las palabras y gestos de Said, se acerco a la joven, y al verla entendió lo que había llevado a su marido a socorrerla, y dio ordenes de que la pasaran dentro de la casa y la depositaran en una de las habitaciones, se quedaría con ellos hasta que se recuperara.

Los días fueron pasando, y la joven se iba recuperando muy lentamente. Pasó más de una semana, y la joven empezó a reaccionar, aunque no hablaba, por lo menos iba comiendo algo más, aunque sólo dátiles y algo de queso; y su aspecto iba mejorando. Una noche de luna llena, por fin se encontró lo suficientemente fuerte, se levantó de la cama y salió al hermoso jardín de Yasmín. Allí encontró a la pareja, sentada, pues Yasmín ya estaba tan avanzada, que apenas podía dormir. Cuando la vieron, se alegraron de verla repuesta, y la invitaron a unirse a ellos.
Quisiera agradeceros todos vuestros cuidados y desvelos –habló por primera vez la joven, y su voz era tan dulce, alegre y musical, que sólo oírla calentaba en corazón- Me llamo Lily, y soy un hada. Gracias a vosotros, he podido sobrevivir en vuestro mundo, y me gustaría, antes de marcharme a mi mundo, pagaros de alguna manera todo lo que habéis hecho por mí tan desinteresadamente.
Y acercándose a Yasmín, le puso la mano en su vientre y dijo: No te preocupes, Yasmín, tendrás un parto tranquilo y nacerá una niña, que tendrá todas las bendiciones de las hadas, belleza, inteligencia y además un corazón tan bondadoso y compasivo como lo han sido sus padres conmigo. Y dicho esto, de sus manos brotó una especie de polvo luminoso que esparció sobre el matrimonio, y desplegando sus alas se marchó, no sin antes asegurarles que si alguna vez la necesitaban, sólo tenían que nombrarla en voz alta y ella volvería a visitarles.

Llegado el día, Yasmín dio a luz a una niña que era tal y como había predicho el hada Lily, la más hermosa de todas las niñas del reino, con unos enormes y brillantes ojos negros, que desde el primero momento miraban todo con inmensa curiosidad. Said y Yasmín eran los padres más felices y envidiados del reino. El mismo día, en el palacio real, el sultán y su esposa habían sido bendecidos con la llegada de un niño, un príncipe heredero, que aseguraría la continuidad de la dinastía…
Pasaron los años, Said era completamente feliz, su negocio prosperaba, y ya era el principal proveedor de especias incluso del palacio real; amaba a Yasmín como el primer día, y para él seguía siendo la más deseable, aunque en su pelo negro hubiera algunas hebras plateadas; y su hija Nabila, qué podía decir de ella, crecía sana y feliz, su belleza era reconocida en todo el reino, y su bondad y su prudencia hacían de ella una hija ejemplar. La vida les sonreía.

Nabila creció, se había convertido en una jovencita, y la fama de su belleza y su buen corazón había traspasado los muros de la ciudad, llegando incluso al palacio real. Todos los jóvenes solteros de la ciudad rondaban la tienda de Said, sólo por ver a Nabila y comprobar la veracidad de los rumores.

Todos trataban de conseguir que Nabila se enamorara de ellos, era casi como una competición, competían por ser el primero que conquistara el corazón de la bella joven, la mayoría sólo atraídos por la belleza de Nabila y querían obtenerla como el que obtiene un trofeo o una pieza de caza; pero olvidando que bajo toda esa apariencia había un corazón bueno y generoso; y por su juventud, muy romántico.
Por suerte, además de belleza, las hadas la dotaron de una inteligencia prodigiosa, gracias a ella, era capaz de descartar a todos esos molestos pretendientes que sólo querían ganar un trofeo.

Pero un día, cuando estaba a punto de cumplir los 18 años, se presentó en la tienda de su padre, el joven Príncipe heredero. En unos días se celebraría en palacio una magnífica fiesta en su honor, pues cumplía 18 años, y para la recepción quería elegir personalmente las mejores especias del reino. Cuando los ojos del príncipe se fijaron en los ojos negros de Nabila, quedo atrapado en ellos, y olvidó la fiesta, las especias, todo lo que no tuviera que ver con esa bellísima joven.

Desde ese momento, las visitas del príncipe a casa de Said se hicieron continuas. Los jóvenes pasaban las horas hablando de mil temas, el príncipe descubrió que además de belleza, Nabila tenía ingenio y le gustaba leer a los clásicos; no se parecía en nada a otras jóvenes que había conocido, que eran incapaces de hablar de nada que no fuera su belleza, de joyas y sedas.

Nabila era inmensamente feliz, estaba enamorada del príncipe, no por ser un príncipe, sino porque era bueno e inteligente y estaba lleno de ideas para mejorar el reino. Y el príncipe quería aprovechar la fiesta de su cumpleaños para hablar con sus padres sobre Nabila, a la que quería convertir en su esposa.

Desafortunadamente para Nabila, la hija del visir real, Salma, una joven de gran belleza pero mayor ambición, y que había sido compañera de juegos del príncipe Ahmed desde su infancia, y que ambicionaba convertirse en su esposa por encima de todo; descubrió el propósito del príncipe y decidió acabar con su rival de una manera dolorosa y total. Salma, que tras su belleza y recato, ocultaba un corazón oscuro, había estudiado en secreto los misterios de la alquimia y de la nigromancia, superando muy rápidamente a su maestro un anciano nigromante, que vivía oculto en los sótanos del palacio real. Para acabar con su rival decidió elaborar una pócima que le robara su juventud y su belleza, convirtiéndola en una anciana decrépita, y en pocos días moriría de extrema vejez. Y para asegurarse que Nabila recibía su “regalo”, embotelló la pócima en un hermoso frasquito para perfumes, del cristal tallado más bello de los que disponía, y se lo dio a Ahmed para que se lo regalara a su amada, diciéndole que era un perfume exclusivo para que lo llevara en la fiesta. Ahmed, que para nada sospechaba de las oscuras y malvadas intenciones de Salma, le agradeció el detalle, y le aseguró que se lo regalaría a Nabila en seguida, pues iba a reunirse con ella.

La pobre Nabila, ignorante de todo lo que se le avecinaba, agradeció el bonito regalo que Ahmed le traía, y le aseguró que lo utilizaría para ir a su fiesta, esa misma noche. Al marcharse su amado príncipe, Nabila empezó a prepararse para la fiesta. Se dio un largo y relajante baño aromático, en el que decidió verter una pequeña cantidad del perfume que le había regalado Ahmed. El calor del agua y los seductores aromas hicieron que se quedara dormida en el baño, soñando con la felicidad que la aguardaba… cuando de repente un grito desgarrador la despertó, era su sirvienta, pero ¿por qué gritaba de esa manera tan desgarrada? Pensó que algo les había sucedido a sus padres, y cuando se levantó para salir del baño… entendió porque gritaba entre sollozos la sirvienta, su aspecto era aterrador, su cuerpo estaba ajado y arrugado como el de una anciana. Casi se desmaya de la conmoción. Los gritos habían atraído a sus padres, que en cuanto la vieron sintieron como el corazón se les encogía; frente a ellos su amada hija envejecía rápidamente. Yasmín corrió a abrazar a su hija, que no reaccionaba. Said recordó las palabras de Lily, y gritó tan alto como pudo ese nombre hasta que no pudo más y rompió a llorar, corriendo a abrazar a su mujer y a su hija. En unos segundo, Lily se presentó en la habitación, tan bella y majestuosa como hacía 18 años; Said y Yasmín se apartaron para que Lily viera a Nabila. De un solo vistazo el hada se hizo cargo de la situación y les explicó a los aterrados padres que su lo que le pasaba a su hija era producto de una maldición muy poderosa, que envejecería en pocos días y que moriría sin remisión de extrema vejez, quizás en una semanas. Yasmín se desmayó al escuchar a Lily, Said le rogó que salvara a Nabila. Lily, sopló sobre Nabila su polvo luminoso, y en unos segundos, el proceso de envejecimiento se paró; pero desgraciadamente Lily no podía revertir el proceso y devolver a la niña su juventud y su belleza, pero había conseguido detener el avance de la muerte, Nabila tendría una vida normal, pero con el aspecto de una anciana; aunque en sus ojos negros, tan brillantes y vivos como siempre, se conservaba la auténtica belleza de Nabila.

Ni que decir tiene que Nabila no acudió al baile. Ahmed, extrañado por no ver a su amada, se preocupó y dejó el baile y se presentó en casa de Said, solicitando ver a Nabila. Said, enternecido por la preocupación del joven príncipe, le acompañó hasta el jardín donde Nabila estaba contemplando la luna. El príncipe, cuando la vio le habló con respecto, como corresponde dirigirse a una noble anciana. Nabila le habló, le dijo que era ella, que la mirara a los ojos y vería que era verdad; pero Ahmed, aunque la miró a esos ojos negros que tanto decía amar, no pudo reconocerla, y se marchó enfadado, maldiciendo a Nabila y a toda la familia, que de esa manera había jugado con él, un príncipe.

Nabila escuchó estas palabras tan duras, y aunque creyó que su corazón se rompería, descubrió que no lo había hecho, estaba claro que si Ahmed no la había reconocido, a pesar de ese nuevo aspecto, era porque en el fondo de su corazón no la había amado nunca, sólo era otro más de los que la querían como un trofeo ganado. Por eso ni siquiera derramó una lágrima, el príncipe Ahmed no se las merecía. Y recordó algo que había olvidado, tan centrada estaba en el baile y en el príncipe; hoy también era su cumpleaños. Se acercó a sus padres que sí estaban destrozados, y abrazándolos, les dijo que no se preocuparan por ella, que estaba bien. Que quizás la vejez también la había vuelto sabia.

La vida seguía, y Nabila continuó su vida en la tienda como siempre. Se corrió la voz que la joven se había marchado a una ciudad lejana, a vivir con unos tíos paternos, y que la madre de Yasmín, una anciana sabia y venerable vivía ahora con el matrimonio. Todo el mundo adoraba a la anciana, que siempre tenía una palabra amable y de consuelo para todo el que lo necesitaba. Pero a algunos les sorprendía la luz y el fuego que había en su mirada, más normal en una joven doncella, que no en una dama anciana.

Pasaron unos meses y el sultán anunció que el príncipe Ahmed se había comprometido con Salma, la hija de su visir real, y que en breve se celebraría la boda real.

En cuanto Nabila se enteró, se alegro mucho por los dos, no le guardaba resentimiento a Ahmed, e ignoraba que Salma había sido la causante de su mal. Ella era completamente feliz, ahora por fin la gente que se acercaba a ella no lo hacía por su belleza, sino por ella misma. Y como Lily le había dicho, antes de dejarles, algún día, alguien que la amara de verdad, sabría verla tal y como era realmente y no le importaría el aspecto que tuviera exteriormente; y quizás cuando llegara ese momento, la maldición se rompería, porque no hay magia más poderosa que el amor verdadero…