El archivo del Ciervo de Plata.


El archivo del Ciervo de Plata
Para V.T. ¡Feliz Cumpleaños, chere amie!
Varios han sido los factores que conspiraron para que esta memoria de mi amigo aparezca en esta serie de relatos que, en su más pura esencia, reflejan los métodos de deducción y análisis que caracterizan a mi amigo y que son la base de toda ciencia criminológica. Este es un caso, por otra parte, extraordinariamente delicado en el que intervino mi amigo un tiempo antes de resolver el misterio de Agnes Windsor en Sussex. Su resolución involucró, en su momento, a dos personas de una alta posición, y por eso se ha mantenida oculta lo más posible la relación de hechos que desembocaron al final trágico de Lord Brenstein.
El reloj de la Catedral había dado ya la decimonovena campanada cuando mi amigo cerró un libro de tapas marrones y plateadas. Su mirada cruzó toda la salita hasta encontrarme a mí, que revolvía algunas partituras en busca de una hoja de mis apuntes de Historia Universal.
-No me negarás que todo esto ha sido, cuanto menos, verdaderamente curioso -me dijo de improviso.
-¿Curioso? ¿A qué te refieres?
-Al hecho de que dos perfectos desconocidos se hayan encontrado, hayan resuelto un misterio y luego se hayan mudado a Londres para montar un consultorio criminal. Eso es lo curioso. Que desde hace cinco años, más o menos, podemos decir que hemos estado en estas oficinas y conservamos aún la salud y el buen juicio.
-¿Cuando tú dices salud y buen juicio…?
-… Es figurativo, es figurativo. ¿Recuerdas que no creías que yo era detective?
-Créeme, si algo no haré en mi vida, ese algo será el olvidar aquellos primeros días de julio. El verano más emocionante de toda mi vida -finalicé con una sutil ironía.
-Tienes razón, era necesario un segundo cadáver durante esas vacaciones. Me he puesto a recordar…
-Pues no se ha notado -bromeé.
-¿Qué sabes tú sobre el caso del Ciervo de Plata?
-¿Consideras que deba sacar la pluma?
-No creo que a estas alturas cause inconvenientes la divulgación de los hechos.
Fue entonces como me predispuse a escribir la crónica de uno de los pocos casos en que no fui compañera del señor EVans. El hecho, aunque sencillo en un primer momento, no dejaba de tener ciertas peculiaridades que gustan al estudioso del crimen y de los razonamientos que se aplican a la deducción.
-Te lo mencioné en nuestro primer encuentro -principió Adam Evans-. El Ciervo de Plata ha sido, durante muchos años, un punto de encuentro para los nobles adinerados de toda Inglaterra y Gran Bretaña. Su nombre, no obstante, no es muy conocido por el vulgo, dada su selectividad y el carácter exclusivo que tienen sus miembros. De hecho, muy pocos son los nobles que pueden ingresar a las filas de este club de caballeros. Hay pocas formas de entrar, por otro lado: teniendo mucho dinero encima y un título nobiliario de importancia, siendo hijo o descendiente directo de un miembro anterior u ocupando la plaza que deja un miembro al morir. Lord Brenstein, un caballero aristocrático, miembro de la Cámara de los Lores en el Parlamento, un cuarentón muy adinerado y también muy solitario.
Sólo el hecho de un crimen podía obligar a los representantes del Ciervo de Plata a violar la estricta confidencialidad. Y eso fue lo que ocurrió. Se le dio mucho renombre al suicidio de Lord Brenstein.
-¿Suicidio?
-Suicidio -confirmó mi amigo-. El caso apareció en todos los periódicos, y por algún sitio conservo una relación detallada del suceso que organicé basándome en los artículos más completos.
El señor Evans rebuscó entre unas viejas carpetas atestadas de papeles y sacó varios folios de plástico.
-No imaginas -me dijo al estudiarlos detenidamente- la gran cantidad de material que el estudioso del crimen podría hallar si se dedicara a profundizar en estos papeles. Casos tan importantes como el de Aberdeen, el de la finca de Cornualles, el temible amaestrador de lagartos, el látigo rojo, el misterioso caso de Margaret Holdacre… Todas son perlas criminales que muchos quisieran poder tener. En muchos de ellos has estado tú, en otros he tenido que intervenir en solitario… Y por fin, aquí encontramos lo que nosotros más anhelamos. El archivo del Ciervo de Plata.
-Amas tu trabajo.
-En absoluto -discrepó él-. Amo mi vida. Y mi vida no es trabajar, mi vida es pensar. He sido constituido una máquina pensante para operar de forma sistemática. Y mi operación es la siguiente: cazar criminales. Pasaré a leerte la relación de hechos más completa que pude elaborar.
La mañana de aquel sábado, cuando la camarera entró a la biblioteca para abrir ventanas, sacudir un poco el polvo y ver si hacía falta tinta o papel, encontraron a Lord Brenstein. Al principio, en palabras de la camarera, al ver que estaba apoyado sobre el respaldar de la silla y con el mentón sobre el pecho, pensó que estaría durmiendo… hasta que vio la sangre.
De inmediato se alertó al director del Ciervo de Plata y se llamó a la policía. Los primeros resultados arrojaron una clara evidencia: suicidio. El cadáver había sido encontrado solo, en la biblioteca, sin señales de lucha o agresión, con un abrecartas en sus manos derecha y un profundo tajo en las venas de la muñeca izquierda. No había nada sospechoso o que indicase la presencia de una segunda persona a su alrededor.
El análisis más detallado y minucioso fue aún más concluyente. El cadáver había muerto por desangramiento, y el análisis forense no reveló nada extraño: Lord Brenstein no solía tomar medicación alguna (se le preguntó a su médico de cabecera y se revisó la cajonera de su hogar y el botiquín de su baño), y en la sangre sólo se encontraron restos del alcohol, pertenecientes, sin duda, a dos copas de vino y una copita de cremme de cacao que había bebido durante la cena y después de esta. No tenía signos de violencia, agresión o cosa por el estilo. No obstante, tenía una fuerte contusión en la sien izquierda; según el examen forense, no era lo suficientemente fuerte como para matarlo, pero sí lo habría dejado inconciente. El golpe, decía el informe presentado a la prensa, debería haberse cometido con un objeto fuerte y muy sólido.
Al estudiar los bolsillos de la víctima, no se halló nada fuera de lo común. Tenía su billetera, con algunas identificaciones, papelitos sin importancia y algunas libras. Un sobre con billetes por valor de quinientas libras. Un cortaplumas con sus iniciales grabadas (un regalo del club cuando un miembro lleva cinco años en el mismo), las llaves de su casa y una pitillera de plata con las iniciales del hombre y unos cigarrillos dentro (regalo que los miembros reciben al cumplir diez años de permanencia en el Ciervo de Plata).
La noche anterior sólo había quince personas aparte de Lord Brenstein, sin contar al personal de servicio. Salvando al director, había catorce miembros regulares del club. Todos cenaron a eso de las siete y media de la tarde, terminando la cena a las ocho y media. Luego tomaron el café y finalmente el licor y los cigarrillos. A estas alturas, cuando ya eran las nueve y diez de la noche, todos comenzaron a dispersarse. Muchos se retiraron al salón de juegos, para charlar y jugar al póker. Cinco o seis dijeron que irían a sus habitaciones, entre ellos, Lord Brenstein. Los diez o nueve que se quedaron en el salón de juegos pueden dar coartadas para los demás, al menos hasta cierto momento. Pero las pocas veces que uno de ellos abandonó el salón de juegos lo hizo en compañía de otra persona, por lo que ya hay cierta seguridad… Claro que podrían haberse complotado y estarse encubriendo el uno al otro; pero como la policía manejaba la idea del suicidio, no se les ocurrió seguir haciendo leña del árbol caído.
La versión oficial fue que Lord Brenstein había ido a la biblioteca a pesar de decir que iría a su habitación. En cierto momento, decide suicidarse. Toma el abrecartas del escritorio, se hace un tajo en las venas con la mano correspondiente (se demostró que Lord Brenstein era diestro), y perdió el conocimiento. Al perder el sentido, se cayó sobre alguna superficie dura y se golpeó la sien. A causa del golpe y la pérdida de sangre, murió sin recobrar el conocimiento. El motivo del suicidio no fue tema de conversación, más que nada porque parecía una hipótesis del todo creíble.
Así fue hasta que tomé contacto directo con el caso. No tengo que relatar cómo llegué al Departamento de Investigación de Scotland Yard aquel día, cuando habían pasado pocos días del hecho, y pedí hablar con el inspector Suamson, quien dirigía la investigación. Bastaron cinco minutos para que me echaran a patadas”.
-¿Qué ocurrió luego?
-Después de eso, querida amiga -explicó con una sonrisa irónica bailando en sus ojos-, tuve que recurrir a los métodos extraordinarios. ¿Es delito convocar a las fuerzas mayores para urgencias mayores?
-No te sigo.
-Tres palabras, mi querida amiga: Elizabeth Eleonor EVans.
Se hizo un profundo silencio, sólo roto por el chisporroteante fuego del hogar. Al final yo también había comenzado a esbozar una sonrisa bastante insolente.
-Así que la condesa de Delacroix sí ha ayudado en algo al joven detective británico -comenté mientras soltaba una carcajada.
-Digamos que, en atención a tantas burlas hechas durante mi pobre y triste infancia, la condesa, mi prima, aceptó escribir una carta con cierto tenor… Aquí está, para que lo entiendas.
Procedió a dar lectura a la carta que adjunto aquí:
Al inspector jefe Suamson de Scotland Yard:
Dejará que Adam Evans investigue todo lo que quiera y mueva el cielo y la tierra si le apetece. No lo hago por beneplácito a él, sino en atención a mi pobre cordura, que se ve amenazada por la insistencia de mi primo en convertirse en detective.
Mi marido, que en paz descanse, tenía muchas y muy buenas relaciones con la Corona Inglesa en vida y yo quiero seguir conservándolas. Véalo de este modo: atentar contra los intereses de mi primo es atentar contra mis intereses (poder descansar tranquila), y atentar contra mis intereses es atentar contra sus propios intereses. La Corona Inglesa sigue teniendo en alta estima a la joven viuda del conde, que, por otra parte, resulta ser una ilustre ciudadana londinense que estará siempre a favor de la Casa Real.
No considere esto una amenaza, mas sí una advertencia amistosa.
Suya afectísima,
Condesa de Delacroix.
-Tu prima me encanta -dijo mientras reía-. Me figuro que esto cambió los ánimos de Scotland Yard, ¿no?
-Muy a regañadientes -explicó mi amigo-, dejaron que me quedara a ayudar con la investigación, y fue entonces cuando comencé a hacer notar las dificultades del caso. A estas alturas, yo ya sabía que todo había sido un asesinato.
-No entiendo cómo -confesé, sabedora de que no sería capaz de resolverlo.
-Es algo verdaderamente simple, si nos ponemos a fijar nuestra atención en el hecho y no nos desviamos. Había algo que contradecía absolutamente todo lo que la policía pensaba.
-¿Qué cosa?
No lo sé, la verdad es que no lo sé.
-¿No se te ocurre nada?
-Lo siento, la verdad es que no.
-El golpe, querida amiga -exclamó con fervor-. El golpe era la clave todo el tiempo.
-No lo veo tan concluyente -argumenté.
-No veas el golpe solo, velo en su conjunto… -Permanecí en silencio-. ¡La posición del cadáver! Según los datos que teníamos, la mucama había encontrado el cadáver sentado y con el mentón sobre el pecho. -Simuló la posición que describía-. Prácticamente estaba sentado.
-Entonces no se pudo haber golpeado después de cortarse las venas -dije-. Si el golpe lo noqueaba…
-Pero por sobre todo -explicó-, la hipótesis del golpe necesitaba que el cadáver estuviera caído en algún sitio. Podían haber pasado dos cosas: o bien alguien había movido el cadáver de lugar, o bien Lord Brenstein se levantó de la inconciencia y decidió morir sentado y dignamente.
¡Alguien tuvo que haberle asestado el golpe en la cabeza!
-Exacto -convino mi amigo-. Alguien había noqueado a Lord Brenstein antes, y alguien había simulado su suicidio. ¿La intención? En ese momento la desconocía y no podía formularla. Lo que sí sabía era que era conveniente disfrazar el asesinato en suicidio, de esa forma se evitaban las investigaciones que podrían dejar expuesto al verdadero asesino. Y así se lo hice saber al inspector a cargo del caso, quien se quedó un rato pensativo y finalmente asintió. Esta fue, más o menos, la charla que tuvimos aquella tarde.
-No voy a negar, joven Evans -me dijo-, que su razonamiento nos deja en una muy mala posición.
-En peor posición quedarían -le recordé yo- si decidieran cerrar un caso de buenas a primeras, exponiendo a que el nombre de Lord Brenstein se vea velado por las sombras del suicidio y que el verdadero asesino quede impune.
-La pista que usted me da, sin embargo, a pesar de ser bastante determinante, no creo que sea concluyente. Esta demuestra, a lo sumo, que nuestra teoría no estaba tan acertada.
-Quizás le suene raro, inspector Suamsong, pero he desarrollado la hipótesis de que, si un asesino comete un error, no es demasiado difícil encontrar nuevos errores. Basta un pequeño asidero, y luego todo queda cerrado al fin.
-¿Ha encontrado algún asidero?”.
En ese momento se quedó mirándome muy fijamente, intentando escrutarme a profundidad. Le sostuve la mirada por unos instantes; al final él cedió.
-Tengo algunas ideas -le dije-. Si usted estuviera interesado, yo podría… colaborar.
-¿Colaborar? -La palabra parecía saberle mal en la boca-. ¿En qué sentido desea usted colaborar?
-Deseo aplicar el recurso de colaboración ciudadana -expliqué con calma-. No quiero que mi nombre sea publicado en ningún sitio, sólo pretendo poder servir a la investigación desde un punto extraoficial y apartado de las fuerzas de la ley. Ser un asesor externo de la policía, si le convence esa explicación.
-Haremos algo -dijo el inspector mientras se ponía en pie-. Usted resuelva este misterio, el misterio del Ciervo de Plata, o dénos al menos alguna pista para reabrir el caso y declararlo asesinato. Luego veremos cómo seguimos”.
Mi amigo inspiró hondo e interrumpió su narración. Al final me vi exasperada e insistí, pidiendo que se explayara más sobre aquel particular.
-De acuerdo -me dijo, reanudando su relato y juntando las yemas de los dedos-. Desde ese momento tuve acceso a las huellas más jugosas del caso, a aquello que en los medios de comunicación no se exhibe y no se dice por temor al tumulto, a las habladurías o incluso al peligro de que el criminal advierta que la policía se acerca a él.
-¿Y bien?
-Pude examinar con mayor atención el cadáver. Y lo que encontré fue la gota que colmó el vaso. -Me tendió una fotografía bastante deslucida de un antebrazo delgado y pálido. Admito que me tomó bastante por sorpresa-. Esa fotografía es la que muestra la herida en las venas de la muñeca izquierda -me comentó-. Tú sabes que he hecho una especialización en heridas de arma blanca que ha servido para muchos casos. Has de saber que este no fue la excepción. Cada arma blanca tiene una forma específica que también guarda profunda relación con la forma de herida que produce. Obviamente, el ángulo de entrada, la intensidad, entre otros factores, altera en cierta medida esa marca característica, pero el estudioso se aplica a conocer todo lo posible esas diferencias que no alteran las identidades. Y al ver ese antebrazo algo me llamó la atención. No era la herida que un abrecartas podría inflingir, todo lo contrario. Era la herida de una navaja.
-¿Pudiste saber eso?
Mi pregunta había sido en tono de broma, pero mi amigo me miró con mucha seriedad al asentir. Los ojos fijos en el techo, prosiguió su relato.
-Cuando lo noté… entonces comprendí que ahí había habido algo muy extraño. Sobre la procedencia de esa herida no había la menor duda, era una navaja o cortaplumas, pero el porqué había sido todo un misterio. No obstante, había una prueba final que se podía realizar al abrecartas con el que, en teoría, se había cometido el crimen. Es natural que si untas un cuchillo en mermelada el cuchillo tendrá restos de mermelada. Ahora bien, si la mermelada está en el pan, y cortas con un cuchillo ese pan con mermelada…
-… quedarán restos de pan y mermelada en el cuchillo.
-Eso mismo. Si el abrecartas había sido utilizado para infringir esa herida, cortando las venas, la piel y el músculo, en el abrecartas debían quedar restos de tejido muscular y epidermis. En efecto, un análisis a la hoja del abrecartas demostró que sólo había sangre.
-Entonces ¿esa no fue el arma homicida? ¡El caso se ponía cada vez más negro!
-Por el contrario, cada vez más claro. Cuando leí el primer informe que te pasé, una duda me había asaltado. ¿Teniendo una navaja en el bolsillo, va y toma un abrecartas del escritorio? No era muy lógico.
-Aunque no es concluyente -señalé.
-En efecto, no lo era, pero fue esa la excusa para investigar la herida y el abrecartas. Luego tuvimos oportunidad de estudiar la navaja del occiso, que se correspondía con la herida pero no tenía restos epiteliales ni sanguíneos… Llegado a este punto yo ya sabía, más o menos, qué había ocurrido. El asesino se había manejado con un alto grado de imprecisión, el asesinato no había sido planeado en modo alguno. Primero ambos hombres habían estado en la biblioteca. En el cenicero del escritorio en el que se encontró a Lord Brenstein había dos colillas de cigarrillo. En esa época era joven e inexperto, pero aún así podía reconocer las marcas de cigarros y cigarrillos por las colillas. Una de esas colillas, de Dunhill, se correspondía con los cigarrillos que tenía Lord Brenstein en la pitillera. Pero el otro… la otra colilla era de un cigarro Blends, notoriamente distinto al anterior, lo que me indicó que había estado acompañado durante un rato, el suficiente para fumar un cigarrillo. Por un motivo desconocido, el otro hombre golpea a Brenstein en la sien con un objeto sólido, semejante a un pisapapeles, y lo deja inconciente. Se da cuenta de que su situación es peligrosa, por lo que decide que todo parezca un suicidio. Aquí las cosas se terminan complicando notoriamente, principalmente por la falta de premeditación del asesinato. Créeme, ma chere mademoicelle, si yo hubiese estado en ese lugar…
-… El mundo tiene mucha suerte de que la sangre criminal que corre por tus venas se aboque a la resolución de crímenes y no a la perpetración de los mismos.
-Yo también me alegro, sobre todo pensando que mis tatarabuelos se mataron mutuamente, un tío abuelo lejano murió apuñalado por una banda de mafiosos, tengo un tío en prisión y la hermana de mi abuela decidió abrir un prostíbulo hace años. Aún no lo he podido encontrar.
Le miré con picardía.
-¡Eh! -protestó-. ¿Qué diantre estás pensando? ¡Quiero cerrar ese lugar!
-Quería ver cómo reaccionabas -me excusé-. Continúa.
-Espero que haya sido sólo eso. De acuerdo. Si yo hubiese estado allí, habría tomado directamente el abrecartas del escritorio y cortaría las venas con ese instrumento.
-¿Por qué no con la misma navaja de Brenstein?
-¿Cómo podría saber yo que Brenstein tenía allí su navaja?
-Lo pudiste haber revisado.
-En efecto, pero en esta ocasión no fue así. Todo apuntaba a que el asesino quiso disfrazar el crimen, pero lo hizo de forma inconexa y sin premeditación. Tras noquear a Lord Brenstein, toma su propio cortaplumas, semejante al que llevaba Lord Brenstein, y le corta las venas de la muñeca izquierda. Luego se encuentra con la primera gran dificultad del asunto: si quiere que se vea como un suicidio debe dejar algún arma cortante que el mismo Brenstein haya tenido que usar para quitarse la vida. El asesino no sabe que en el bolsillo de Lord Brenstein hay un cortaplumas, por lo tanto toma lo primero que tiene a su alcance, un abrecartas. Lo empapa en la sangre que sigue manando y lo deja cerca de la herida.
-¿Y a estas alturas?
-La contradicción entre la herida y el arma blanca ya fueron suficientes para hacerles sospechar. Ahí había habido una tercera arma, sin contar la de Lord Brenstein y el abrecartas. Una vez demostrado el asesinato, tuve una nueva entrevista con el inspector Suamson.
-Creo que debería haber confiado más en usted, joven EVans -me dijo ni bien hube tomado asiento en frente de su escritorio-. Pero el problema que se nos presenta ahora es el siguiente: ¿quién fue el asesino?
-¿De verdad se ha convencido de que no ha sido suicidio?
-La teoría del suicidio no se sostiene con facilidad, así que sí, por el momento, la versión oficial de la policía es que alguien ha asesinado a Lord Brenstein. La misión de la policía, en consecuencia, es encontrar al asesino de Lord Brenstein.
-Y creo que les tengo allanado el camino -dije con un carraspeo-. Claro está -precisé-, sólo si se me permite seguir en la investigación”.
-El inspector me miró de forma escrutadora y luego respondió:
-No creo que sea perjudicial para nadie. Puede seguir trabajando con nosotros. Ahora bien…
-Por supuesto. El asesino de Lord Brenstein. Según la cronología, a las siete y treinta cenaron, a las ocho y treinta consumieron café, llegando a las nueve comenzaron a fumar y a sacar el licor. Por esa misma hora, todos se desbandaron en dos grupos considerables, ¿no es así? Había dieciséis personas aquella noche, sólo contando a los nobles que son miembros del Ciervo de Plata. Trabajemos primero con la hipótesis de que Lord Brenstein fue asesinado por una sola persona, es decir, que no hay alianzas ni nada por el estilo entre los nobles. Visto de este modo, las diez personas que se quedaron en el salón de juegos tienen una coartada sólida para la hora en que se cometió el crimen (aproximadamente, nueve y cuarto o nueve y veinte). Sabemos que en algún momento alguien salió del salón de juegos, pero siempre con alguien más, así que dejemos de lado a estas diez personas.
-Eso, eso, que sigan jugando -dijo el inspector a modo de broma, cosa que me hizo mirarlo con mucha extrañeza y cohibirlo en cierta medida.
-Ahora bien -proseguí después de dar un suspiro-, de las otras seis personas que no tienen una coartada tan sólida, una de ellas es la víctima, por lo que quedan cinco principales sospechosos. Si bien esto es impreciso por el momento, debido a que la hipótesis con que trabajamos puede no ser correcta, esto nos servirá para descartar estas posibilidades y volver de cero.
-Si eso llegara a ocurrir -carraspeó el inspector-… Quiero decir, si esas hipótesis que usted está manejando ahora no fueran correctas…
-Deberíamos revisar los otros dos campos que ahora estamos descartando -expliqué con sencillez-. Primer campo: alguno de los diez nobles que estaban en la sala de juegos es el asesino. Segundo campo: algún miembro de la servidumbre es el asesino. Por lo que, como puede comprobar, no nos quedaremos tan en ascuas.
-De acuerdo -convino el inspector-. Siempre es bueno tener algún plan b en la manga, ¿no le parece?
-Le sugiero que sigamos con el plan a por el momento -respondí-. Cinco principales sospechosos. El perfil de nuestro hombre es el siguiente: tiene que llevar a lo menos cinco años en el club el Ciervo de Plata, tiene que fumar Blends, su navaja tiene que tener restos de sangre de Lord Brenstein (coincidente en tipo y género), y debe de haber tenido motivos para querer asesinar a Lord Brenstein.
-No entiendo algunos detalles -dijo el inspector.
-Son inferencias muy sencillas y poco arriesgadas, monsieur Suamson -dije con parcimonia-. Usemos las leyes de sencillez y supongamos que el asesino tenía una navaja como la de Lord Brenstein y la mayoría de miembros del club, descartando así la posibilidad de que la haya pedido prestada, robado o falsificado. La única forma que tiene de conseguirla es perteneciendo al club, por lo menos, durante cinco años. Luego está las cenizas y la colilla del cenicero. Sabemos que Lord Brenstein fumaba Dunhill, su acompañante debía fumar, por lo tanto, Blends.
-De acuerdo, es válido. Y además usted dice que la navaja del asesino debe tener la sangre de Brenstein, esto también es aceptable. Pero no sabemos de ningún motivo razonable por el que hayan querido asesinar a Brenstein.
-He ahí la cuestión -comenté-. El que nosotros no lo sepamos no indica que eso no exista. Por otra parte, es evidente que un motivo de peso había, de lo contrario no explicamos porqué Lord Brenstein fue asesinado”.
-¿Luego qué ocurrió?
A medida que avanzaba el relato, iba yo completando las páginas de mi cuaderno de forma presurosa.
-¿Chocolate? -preguntó mi amigo.
-Si continúas tu historia acepto.
Me dio un trozo bastante grande y prosiguió así su narración:
-Ocurrió lo que debía suceder -dijo con un aire filosófico-. Buscamos primero al más joven de esos cinco que no tenían coartada alguna, sólo que había ido a dormir temprano. Sir Charles Nichols. Veinticinco años, bastante adinerado y de buena posición. Un nene mimado, podríamos decir en toda regla. Bastante tendencioso, conocido jugador y algo sacado. Llevaba dos años en el club, por lo que era improbable que tuviera un cortaplumas.
-¿No es sospechoso? -dije yo-. Una persona a la que le gusta la juerga y que tiene menos de treinta años, ¿no preferiría quedarse jugando al póker en lugar de ir a dormir?
-Había una razón de peso para no hacerlo -comentó Adam Evans con una risita-. El hombre se había excedido un poco, el eufemismo del siglo, con la bebida en medio de la cena. Gran parte de los comensales lo atestiguan, que bebió no menos de tres botellas de vino y una de güisqui.
-Podía fingir la borrachera -aventuré.
-Pero no el beberse todo ese alcohol -apostilló mi amigo-. Quedaban cuatro. Dos de ellos, Lord Carmichael de sesenta años y Sir Burthon de sesenta y ocho, no fumaban Blends, sólo cigarros puros, por lo que quedaban descartados. Y nuestra lista quedó reducida a dos sospechosos: Sir David Rosthon, de cincuenta años, y Lord Edgard Digory, un treintañero que había entrado en el club hacía siete años, al morir su padre.
Mi amigo se desperezó, haciendo crujir sus huesos y bostezando largamente. Después siguió:
-Se llevaron a cabo los análisis de las respectivas navajas y fueron positivos. Sólo en una de ellas había sido hallada la sangre del tipo y del género correspondientes a Lord Brenstein. En la otra también había sangre, pero…
-¿Qué?
-Era sangre de pollo. Por lo visto, para el Cumpleaños de…
-… por favor, no me lo digas, prefiero evitar esa imagen mental.
-De acuerdo, de acuerdo. La sangre se encontró en el cortaplumas de Lord Digory.
-Un momento -reclamé-. ¿Qué hace un noble desplumando a una gallina?
Los dos nos echamos a reír a más no poder. Cuando nuestras cajas toráxicos no resistieron más, nos detuvimos entre jadeos y sollozos.
-Cuando se lo pregunté -recordó mi amigo-, Sir Rosthon comentó que le había dado la navaja a su cocinero para la cena de Cumpleaños de su esposa.
-Está bien, ¿qué ocurrió con Lord Digory?
-Algo que comprobará la genialidad de la mente humana. Sabes que nunca he dejado de indagar todos los elementos del caso antes de formarme una opinión del mismo, y ese no sería la excepción. Un detalle me parecía curioso… el sobre con quinientas libras. Algo ahí me escamaba, l llamémoslo intuición, y seguí indagando. El sobre no tenía matasellos ni estampilla, por lo que no había sido enviado a través del correo postal. Quedaban dos opciones: la primera, que Lord Brenstein hubiera puesto ahí esas quinientas libras, para no perder el dinero o cualquier otro motivo; la segunda, que Lord Brenstein hubiese recibido el dinero en ese sobre. El hallazgo fue interesantísimo. En la parte interna del sobre había escritas unas palabras: “Espero que esto garantice el silencio de nuestros secretos”. Apliqué mis habilidades de grafólogo profesional. Conseguí una muestra de escritura de Lord Brenstein y supe de inmediato que esa no era su letra. La de Brenstein era elegante y estilizada, de formas curvilíneas y alargadas, en tanto que la del sobre era pequeña y un tanto apretada, aunque legible y pulcra. Las diferencias en los trazos, las intensidades, las formas de las letras… todo difería. -Hizo una pausa-. DE la letra de Lord Brenstein, pero no de otra letra.
-La de Lord Digory -medio afirmé medio inquirí.
-La de Lord Digory -confirmó mi amigo mientras asentía-. Al final, ante el peso de las evidencias, terminó cayendo y confesó. Recuerdo aquella tarde en especial, pues me dejaron intervenir en el arresto en atención a mi contribución a la investigación.
Tras presentarle las pruebas que hablaban de su culpabilidad, el hombre nos miró uno a uno, como queriendo guardar en su memoria nuestros rostros, y luego habló con una voz quebrada por el dolor.
-Yo no quería matarlo -nos dijo-. Pero él quería interponerse. Él quería destruirme.
-¿Cómo quería destruirle? -pregunté con cierto titubeo en la voz.
No puedo decirlo -escupió de forma nerviosa.
-Hablaremos muy claramente, Lord Digory. No tiene mucho que perder, por lo que, si dice la verdad, quizá termine ganando algo más de lo que lo haría si persistiera en la mentira.
-Creo que es cierto, y de todos modos, no tardarán mucho en descubrirlo, si investigan un poco más. Veréis… Desde hace unos años, tres o cuatro, me he dedicado a ciertas actividades ilícitas que exponen a grandes riesgos a las personas que participan en esta actividad.
-Usted distribuye droga -sentencié.
-¡Al principio todo comenzó como un inocente juego! -exclamó el asesino-. Era sólo entre mis amigos más cercanos, que forman parte de la alta sociedad… Pero después, yo también comencé a sentir lo mismo que ellos, que necesitaba cada vez más y más. Comencé a vender a otras personas, de forma subrepticia y muy discreta, siempre de mi círculo social. Todo el mundo recordaba a mi pobre padre, confiaban en él y también confiaban en mí. Podía vender, y conseguía más dinero, podía comprar más y consumir más… Llegué a estar enfermo, aún hoy lo estoy. Y entonces él lo descubrió.
-¿Lord Brenstein supo de sus actividades?
-Me pescó consumiendo droga en una ocasión, cosa que no fue nada anormal, pues muchas veces coincidíamos. Lord Brenstein había sido amigo de mi padre cuando él aún vivía y me estimaba como a su propio hijo. Al principio sólo quiso ayudarme, intentar que dejara el hábito. Incluso me propuso visitar a un especialista en el extranjero, pero yo siempre le contestaba con largos y lo dejaba para más adelante. Hasta que finalmente supo que yo estaba vendiendo. Entonces su actitud pasó a ser, de un padre amoroso que intenta salvar a su hijo, a la de…
-… un hombre responsable que intenta hacer lo correcto.
-Usted lo ve así -me acusó el noble-. Pero yo lo veía de una forma distinta. Me convino a dejarlo todo o a sufrir la indignación y la condena pública. Le estaba arruinando la vida a muchos de mis amigos, todo eso debía detenerse. Me presionaba cada vez que nos veíamos. Y hace un mes me advirtió que estaba a un paso de avisarle a la policía. ¡La policía! Eso no podía, no debía ser. Le dije que intentaría dejarlo todo, ver cómo me las arreglaba, pero no pude…
-No quiso -precisé.
-Lo intenté -suspiró el noble. Sus ojos comenzaban a estar anegados en lágrimas-. Entonces pensé en sobornarlo, en darle algo para que se quedara quieto. El día anterior, metí lo primero que encontré en un sobre y se lo dejé en la puerta de su habitación del club… Pensaba que con eso se aplacaría; de hecho, si quería más no me habría molestado dárselo.
-Pero las cosas no fueron así. Al día siguiente, Lord Brenstein quiso hablar con usted, ¿no es así?
-Quedamos en la biblioteca después de la cena -corroboró mi interlocutor.
Allí estuvieron charlando entre cinco y diez minutos, si los cigarrillos no engañan. Lord Brenstein le debió haber dicho a usted que no funcionaría el soborno, que no quería su dinero y que avisaría de forma inmediata a las fuerzas legales.
-Se me vino el alma a los pies en ese instante -dijo el joven-. Quería devolverme el dinero, quería denunciarme… ¡Por Dios! ¡Yo no soy un asesino! Pero le pegué con el pisapapeles, y luego vi que estaba desmayado, pero que aún respiraba… NO quería, pero debía asesinarlo. Entonces se me ocurrió que todos creyesen que él mismo se había quitado la vida. Le corté las venas con mi navaja.
-Su primer error -le hice notar-. La mayoría de los suicidios con ese modus operandi presentan no menos de dos cortes en esa zona. Por otro lado, luego tuvo que percatarse de que no podía dejar su navaja allí, por lo que decidió dejar el abrecartas, que untó con la sangre de Lord Brenstein. Y se fue, dejándolo morir…
-No podía hacer otra cosa.
-Retractarse y rectificar -le dije.
No soy un asesino, por Dios.
-¿NO lo es? Señor Digory, piense cuántas vidas ha estado a punto de aniquilar por sus acciones, y hasta dónde llegó su desmedida ambición. La vida… ¡Mon Dieu! ¡La vida! Que cosa tan frágil y delicada, y con cuánta audacia muchos hombres creen que pueden dominarla o tazarla a su antojo… No lo juzgo, pero creo que debería arrepentirse y dolerse. Atraviese con dignidad el trance que le aguarda, y confíe en la misericordia. Demasiadas tragedias tiene ya este mundo como para añadirle una más”.
-Después de la captura -siguió mi amigo-, recibí una carta del inspector Suamson en estos términos:
Muy señor mío:
Hemos de agradecer la colaboración prestada en la investigación del caso policial. Sus métodos, aunque un tanto atípicos, nos han servido para evitar dejar sin resolver un crimen, determinando el homicidio y al homicida.
Si en algún momento desea nuestra ayuda, o incluso volver a tomar partido en una investigación policial, sepa que será bienvenido con agrado. Mis más sinceras felicitaciones.
Suyo afectísimo:
Inspector Jefe Suamson,
Departamento de Investigación de Scotland Yard”.
-Y no hay nada más que decir sobre el caso del Ciervo de Plata. Ahora bien, ya es un poco tarde, el tiempo vuela entre anécdotas, ¿no? Yo iré a dormir. Aquí te queda el dossier con todos los documentos de esta investigación, copias de cartas, muestras de escrituras, análisis de sangre y fotografías.
-¿Y el detalle más macabro de todo esto?
-Au contraire, chere amie… ¿Nunca te has fijado en las letras?
Señaló con su mano en dirección hacia la chimenea. Entre las fotografías, casi en una posición relegada, brillaba tenuemente a la luz del fuego un cortaplumas de plata.
Me incorporé y caminé hacia allí para observarla mejor, y al fijarme en ella descifré las letras. En la plata había dos iniciales: A.E.
-Un momento -susurré.
No recibí ninguna respuesta y sentí cierto silencio a mis espaldas. Al volverme encontré la salita vacía, y oí que la llave daba dos vueltas en la cerradura de la puerta del cuarto de mi amigo.
Entonces fue cuando reí.
-La plaza más inútilmente ocupada del mundo -dije en voz alta, hablando más bien hacia la nada-. ¿Si no fuma ni bebe, y la interacción social le causa repulsa, y odia a la clase alta, para qué?
Me quedé un rato más en la sala, meditando sobre las estupideces que cometen a veces los hombres.
Fin.
Nicolás Vásquez de Aragón


Anuncios

El archivo del ladrón de la Quensingtong Road.

Hoy tengo el placer de presentaros un cuento escrito por un gran amigo y fanático de la novela negra. Nicolás es un honor, como siempre, que me permitas publicar por aquí este relato. Y muchas gracias por la dedicatoria… mis neuronas andan algo oxidadas y no creo ser una gran investigadora… pero te lo agradezco de corazón. Infinitas gracias!!!!

El archivo del ladrón de la Quensingtong Road

Para una de las más grandes investigadoras que he tenido el privilegio
de conocer. Porque no sólo es una piedra de afilar para el ingenio,
sino que además tengo el beneplácito de ser contado entre sus amigos.
Muchísimas gracias, querida Ginger.

-Tiene que convenir conmigo -dijo el inspector Michael Brown- en que a
veces nos encontramos con casos extraordinariamente complejos.
-Mientras más complejo sea un caso más fácil es su resolución -me
adelanté a decir yo, sabiendo que a mi amigo le agradaría mucho esa
observación.
El inspector de la Yard me dirigió una mirada extraña y luego
prosiguió su discurso.
-No me refiero a ese tipo de complejidad. Sino otro tipo de
complejidad. Hay casos, como aquel que le presenté del accidente
indemostrable o el del obrero caído, en que resulta verdaderamente
difícil demostrar quién dice la verdad y quién miente.
Mi amigo y yo nos miramos con complicidad. Los dos sabíamos bastante
del inspector Brown como para pensar lo mismo al mismo tiempo: un
nuevo archivo a la colección.
En este punto de la historia, debe recordar el atento lector que,
durante un par de semanas, habíamos recibido la visita del inspector
Brown a modo de entrevistas cordiales. No obstante, tras el periodo
reglamentario de protocolo y etiqueta (o bien el periodo necesario
para comprobar que Adam Evans no lo mordería), el inspector manifestó
abiertamente su intención de ofrecer a mi amigo casos que, en su
opinión, resultaban imposibles de resolver, a modo de reto para
conocer los límites de mi compañero. Adam Evans, contrariamente a lo
que podríamos pensar la mayoría de sus allegados, aceptó de buen grado
la proposición del inspector Brown, ya fuese por aburrimiento o para
demostrar sus portentosas capacidades en la investigación.
Fue el mismo Adam quien me propuso el escribir estos breves bocetos de
casos a modo de archivos literarios. Serían pequeños casos en que la
intervención de mi amigo, dada a la aparente falta de pruebas, era
casi nula.
Sabíamos que en el último mes el inspector Brown había llegado con dos
casos bastante intrincados y se había ido con la solución de los
mismos. Esto último lo supimos claramente al ver las noticias de las
resoluciones de esos casos en los periódicos. Era lógico, por lo
tanto, que el hombre retornara al departamento de Backer Street en
busca de ayuda. Por otra parte, el aspecto desalineado, las profundas
ojeras y la ropa de dos días indicaban que había estado trabajando en
un asunto que se le escapaba de sus manos.
Michael Brown, a pesar de ser un poco pedante, era una buena persona.
Al menos, a diferencia de lo que hacían el resto de policías de la
Yard, no se dedicaba a envidiar y despreciar el talento de mi amigo,
sino que sentía cierta fascinación y admiración por ellos. Sin
embargo, ante todo el inspector era un inspector oficial, por lo que
no dejaba de manifestar su disgusto cuando mi amigo sacaba a relucir
las falencias de las instituciones oficiales de la ley. Él se debía
primero a su reglamento y luego a lo demás. Esto había generado una
especie de camaradería que consistía en que mi amigo tuviera cierta
indulgencia con el inspector, permitiéndole consultarle cuando este lo
creyera conveniente.
Se habían dado las condiciones necesarias para propiciar una
simbiosis en la que el inspector proponía y el investigador amateur
resolvía sin dificultad y con mucha pericia. Eran casos sencillos y
difíciles. Casos en los que la investigación convencional no
funcionaba y se necesitaba aplicar tanto la creatividad como la
lógica. Y esto era lo que atrapaba más a mi amigo.
-De acuerdo, adelante –urgió el joven detective-. ¡Cuente de una vez
para que ha venido!
-Quizás hayan oído algo en los periódicos -dijo el inspector Brown
ante la insistencia por parte de Adam-. El hecho es bastante reciente.
El caso, en breves líneas, puede resumirse en lo siguiente. Dos
personas, el señor Peterson y el señor Cooper, eran amigos y venían de
los barrios bajos de Londres, cerca del puerto. Hace unos tres meses
se lanzaron a las andadas y comenzaron a cometer ciertos crímenes que
revestían cierta importancia. Nada demasiado grande, pero no tan
pequeño como para pasar desapercibidos. Como dije, durante el periodo
de tres meses al que he aludido habían cometido tres robos con
intervalos más o menos regulares. Siempre a casas en donde se podía
obtener un buen botín pero en donde no se debiera arriesgar mucho el
pellejo. Y sí que han sido escurridizos, porque no les cogimos el
rastro hasta el tercer robo, cuando hirieron de gravedad a un civil y
a un policía y mataron a otro civil, y no los hemos pillado hasta el
cuarto, que acaeció el jueves pasado. Todo sucedió en la Suthong &
Marxtong de Quensintong Road, que es una casa de estos cachivaches que
algunas personas encuentran de gran valor.
-Yo mismo, sin ir más lejos -precisó el detective para evitar que el
inspector metiera la pata.
-Es lo que yo digo, que mucha gente lo considera muy valioso. Pero en
fin. Aquí fue cuando sucedió la catástrofe. Mientras el acto delictivo
se llevaba a cabo el señor Cooper sacó el revólver de la banda y quiso
apuntar al cajero para que se apresurara en recoger todo el dinero. No
obstante, apuntó mal y apretó el gatillo del arma (que el creía
descargada), motivada esta acción por el hecho de oír a lo lejos una
sirena y creer que había llegado la policía. El disparo fue encaminado
a su compañero, Charles Peterson, de veinticinco años, y murió casi
instantáneamente, no se habría podido hacer nada por él. En ese
momento llegó la policía, detuvo a Cooper y lo llevaron a la
comisaría. Allí él declaró que no sabía que el arma estaba cargada,
que él la creía inofensiva. Cuando se le preguntó porqué había llevado
un arma si la creía descargada, el hombre respondió que él y su amigo
no eran ni asesinos ni animales, que no querían volver a causar un
daño a otras personas y que la habían llevado sólo para intimidar.
Dijo que la iban a sacar cuando las cosas se pusieran difíciles con
los retenidos, sólo para generar el truco de la violencia.
-Prosiga, me está pareciendo bastante interesante.
-Después de eso se procedió a analizar la escena del crimen y el arma
con la que fue cometido el crimen. Se comprobó absolutamente todo. El
arma tenía las huellas de Cooper, pero también se encontraron huellas
parciales de Peterson. Se indagó más a fondo. En el tambor del arma
había cinco cargas, y las cinco balas casaban con la que estaba en el
cadáver de Peterson. Las muescas, el calibre, todo coincidía a la
perfección. Se encontró un casquillo del arma al lado de la puerta
principal, cerca de donde estaba Peterson y en donde se encontró su
cuerpo. Investigamos más a fondo: habían comprado el arma poco antes
de comenzar la serie de robos. Se requisó la casa de ambos, no había
más. Esa era el arma con la que se había cometido el homicidio. Y esto
es todo lo que pudimos conseguir. Sabemos quién disparó y con qué lo
hizo, pero ignoramos por completo si lo que nos dice Cooper es verdad.
¿Quién nos da la seguridad de que está diciendo la verdad? Por robo a
mano armada podremos condenarlo, eso está claro, pero hay un
inconveniente jurídico…
-… Existe una diferencia notoria entre el asesinato y el homicidio
-intervine, pues tenía conocimiento del tema-. Depende de la
intencionalidad con la que se lleve a cabo el ilícito.
-Es eso mismo -confirmó el inspector Brown-. Si no hay
intencionalidad, el cargo por el que se lo acusa es otro, y si se lo
halla culpable de este cargo, en el mejor de los casos, le
correspondería una sentencia increíblemente leve a lo que sería de
haber sido intencional. No sabemos qué hacer. Podríamos procesar a un
inocente de un crimen que no cometió (juzgarlo por asesinato
intencionado), o podríamos dejar a un culpable sin su juicio merecido
(lo acusaríamos sólo de homicidio accidental). Esta es la cuestión que
me ha mantenido estos últimos días en estado de alerta y que me ha
hecho venir, en última instancia, a usted.
-Siempre soy la última corte de apelación, por decirlo de alguna
manera -puntualizó mi amigo.
-Aún así -observó Brown-, no confío mucho en sus capacidades esta vez,
señor Evans. Todos tenemos nuestros límites, y no veo forma de dar con
la solución…
-Es que no ha usado la creatividad de la mano con la lógica. Quiere
más pruebas y no se percata de que todas las pruebas están aquí. Por
ejemplo, ¿tiene las declaraciones del sospechoso?
-Por supuesto, ¿cree que soy un inspector ineficiente?
-¿Es conciente, por lo tanto, que ese testimonio puede ser usado en un
juicio, no es así?
-Sí, pero no veo a dónde…
-¿Tiene ahí una copia del informe del caso?
-Últimamente no salgo a ningún sitio sin ella, para ponerme a
estudiarla en todo momento, confiando que…
-… ¡Vamos, hombre, la copia! -urgió mi amigo con fastidio evidente-.
Aquí se encuentra uno de los principales puntos para desmontar toda
esta pantomima.
El inspector le tendió una copia del informe y mi amigo la tomó con
avidez al tiempo que se ponía de pie y se encaminaba hacia la mesita
que quedaba justo en frente de la ventana. Apartó algunos libros y
tomó asiento, iluminado por la escasa luz natural que moría poco a
poco en el ocaso. Con un bolígrafo, fue trazando líneas y subrayando
ciertas palabras y expresiones. Se quedó en silencio, sin hacer nada,
mirando hacia el vacío del horizonte y luego comenzó a caminar por el
departamento sin rumbo fijo. Acariciaba los libros de las estanterías,
hacía entrechocar los instrumentos de química, revolvía algunos
papeles y tamborileaba en las muchas mesas de trabajo que salpicaban
el estudio.
Finalmente se detuvo al lado del piano vertical, sitio en el que yo
solía pasarme largas horas interpretando las piezas que a él más le
gustaban, y tocó sin mucha elegancia tres corcheas y una negra en do
menor. Cuando acabó el golpeado sonido, mi amigo se volvió hacia
nosotros y tomó asiento en un butacón bastante amplio y mullido. Subió
las rodillas hasta la nariz y comenzó a hablar.
-Le seré sincero, inspector Brown, este es el caso más simple que me
ha traído hasta este momento. El gran peligro de esto es dar demasiada
información. El buen artista será poco explícito en su composición,
sabrá cuándo es el momento en que debe detenerse.
-¿Y bien? ¿Qué ha sucedido de verdad?
-Puedo decirle que nada de lo que ha dicho Cooper es cierto. Aquí le
hago entrega de un primer boceto de mis ideas y de una serie de puntos
que podrán ser los que desmonten toda esta pantomima, como dije antes.
Esto puede ser aceptado en un tribunal, y a menos que el detenido
quiera cambiar su historia después de la vista judicial, me temo que
tendrá a su hombre.
-Usted quiere decirme que esto ha sido un asesinato.
-En toda regla. Todo está en estos papelitos. Investigue los puntos
que faltan de nuestro estudio, que he señalado claramente en el
segundo papel, y luego avísenos cómo ha quedado todo el caso.
El inspector Brown tomó las dos cuartillas de papel y las leyó por
encima, abriendo los ojos como platos, y balbuceó algunas frases de
despedida mientras salía a toda velocidad del departamento.
-¿A dónde iba? -pregunté.
-A resolver el caso, ¿dónde más? -replicó mi amigo-. Eh bien, chere
amie, ya tienes un archivo más para añadir a la colección. Un bonito y
florido nombre sería “El archivo del ladrón de la Quensintong Road”, o
algo por el estilo; no lo sé, no soy escritor profesional.
-¿Quieres decirme cómo ha terminado todo esto?
-Mañana por la mañana -repuso-, si mis cálculos son correctos, verás
en todos los periódicos de Londres la resolución del caso, y sólo
entonces te explicaré el razonamiento que me lleva a conocer tan
fervorosamente la verdad.
En efecto, a la mañana siguiente, en todos los diarios de Londres
apareció la siguiente noticia:

BRILLANTE TRIUNFO DE LAS FUERZAS OFICIALES

La semana anterior informábamos a nuestros lectores de la muerte de
Charles Peterson, reconocido ladrón, a manos de su compañero Ernest
Cooper, quien aseguraba había sido un accidente. Ante las dificultades
que la policía observaba en este caso, la actitud oficial sería la de
sentenciar a Cooper por robo a mano armada y por homicidio accidental.
No obstante, uno de los brillantes miembros de Scotland Yard, el
inspector Michael Brown, haciendo gala de su manifiesta inteligencia,
ató cabos y comprendió que el detenido mentía, demostrándose así que
el asesinato había sido intencionado. Cuando se interpeló al acusado
de esto, demostrando la postura con pruebas bien argumentadas, Cooper
terminó desmoronándose y aceptando la culpabilidad del crimen.
El señor Ernest Horace Cooper, de veintisiete años, confiesa haber
planificado la muerte de su compañero, en venganza por un motivo
personal que no ha querido dar a conocer. Fuentes ajenas y que han
preferido permanecer anónimas nos hacen saber que es muy probable que
la riña se haya producido por un escándalo de poca envergadura con la
hermana de Cooper y el mismo Peterson. No podemos dar más datos, pero
todo apunta a que la discusión que llevó a Cooper a asesinar a su
compañero estuvo propiciada por un asunto turbio con la señorita
Beatriz Cooper.
El juicio se llevará a cabo…

Al leer aquella noticia había quedado pasmada. Debía saber en ese
preciso instante cómo diantre había llegado Adam a esa conclusión.
Confieso aquí con toda humildad que le había dado vueltas al asunto
toda la noche, y sin embargo no conseguía llegar a un buen resultado.
-Adam Evans –llamé.
Al ver que no respondía, me volví para buscarlo con la mirada. Lo
encontré al lado de la heladera, con un vaso de cristal en su mano.
Volví a llamarlo para ver si reaccionaba y al fin pareció salir de su
ensimismamiento.
-¿Quieres leche? -me preguntó mientras me ofrecía un vaso.
-Ya he desayunado, muchas gracias. Quiero saber cómo lo hiciste.
-Abrí la heladera, saqué el cartón de leche y me serví un poco
-contestó con sorpresa-. Es una de las operaciones más sencillas que
los humanos llevamos a cabo.
-No eso, gran tonto. ¿Cómo resolviste el caso de Brown?
Pareció buscar el recuerdo en los mares de su memoria hasta
encontrarlo y soltar una pequeña exclamación.
-¡Lo recuerdo! Sí… caso interesante.
-Dime cómo lo resolviste, sabes que no es bueno hacer sufrir a los demás.
-De acuerdo. El caso se presentó bastante sencillo desde un primer
momento, creo que no habría que reportarnos ningún mérito al haber
encontrado la solución. Hay varios puntos en los que podría hacer
foco, pero empecemos desde el principio. Tú asistes a la universidad,
¿no? Supongamos que tú vas a tomar una clase y necesitas apuntar lo
que dice el profesor. ¿Llevarías un cuaderno, no es así? Pero antes de
llevarlo te cerciorarías de que el cuaderno tuviese hojas en blanco
para poder tomar los apuntes, de otro modo llevar el cuaderno sería
contraproducente.
-El razonamiento es válido, aunque ha habido ocasiones en que me he olvidado.
-Exacto. Pero piensa en lo siguiente. En su robo anterior, Charles
Peterson y Ernest Cooper habían hecho daño, habían herido a dos
personas y matado a otra más. Cooper dijo claramente que sólo la
habían llevado para intimidar en caso de que fuese necesario, no
querían volver a hacer daño a nadie. Estamos hablando de vidas
humanas, algo un tanto más importante que el tomar nota en una clase
magistral; esto sí debe ser tomado en serio. Si de verdad hubiesen ido
sin la intención de hacer daño se hubiesen cerciorado de que el
revólver estuviera descargado, ¿no te parece lógico? Si su intención
era la de no cometer el mismo error de la vez anterior, y considerando
que son vidas humanas, deberían haber actuado un poco más en
consecuencia que el sólo hecho de no revisar el arma con la idea de
que seguro no estaba cargada.
-Tienes razón, pero pudieron haberla revisado y se les pudo haber
quedado alguna bala. Se han dado casos en que muchas armas antiguas
aún tienen balas en sus tambores. Mi tío Joseph se disparó en el
glúteo derecho mientras limpiaba un viejo rifle.
-En eso mismo pensé yo. Pero luego Brown habló del arma. Eran cinco
balas las que los peritos de la policía encontraron, lo que, contando
la que fue descargada sobre Peterson, hacen un número de seis balas.
En una revisión y descarga se te puede escapar una bala, a lo sumo
dos, pero jamás puedes descargar un arma sin sacarle ni una mísera
bala.
-¡Es claro!
-Aún hay más. Esto sólo bastaba para sospechar y quizás demostrar que
las cosas no eran tan simples como parecían. Pero estaba el otro
factor. Brown nos dijo que esa era el arma de la banda, la única arma
que tenían ambos.
-¿Y eso para qué nos sirve?
-Para ligar con lo anterior. En su último atraco habían asesinado a
una persona y herido a otras dos. Si sabemos que sólo tenían un arma,
y si suponemos con la navaja de Ockham que la muerte y los heridos
fueron provocados por arma de fuego, entonces tenemos un mínimo de
tres balas descargadas.
-Lo que significa…
-… Que después esa arma fue vuelta a cargar. Tenemos un mínimo de
tres balas usadas, pudieron haber sido cuatro, cinco o todas. Pero en
el caso de que hubiesen sido tres, nos encontramos con lo siguiente.
Si esa arma no hubiese sido cargada ni revisada, los peritos, al
momento de analizar el tambor, debían haber hallado sólo dos balas de
plomo. Estirando un poco las cosas, podrían haber encontrado una. El
hecho es que alguien tocó el tambor del arma después del último
atraco.
-Convengamos que pudieron haber usado todas las balas en el último
robo -dije para contrariar a mi amigo.
-Con mayor razón entonces. Si el testimonio de Cooper es cierto, la
muerte no debería haberse producido. Nadie se cercioró del arma,
porque el arma estaba descargada. Ahora bien, si el arma tenía seis
cargas, quería decir que alguien había recargado el revólver para ser
usado.
-Tiene sentido -comenté.
-En tercer lugar, yo conozco la Suthong & Marxtong de la Quensingtong
Road, y sé cuál es la distribución espacial de esa tienda. Sé que la
caja registradora está sobre el mostrador, que está al fondo de la
tienda, bastante lejos de la entrada principal. Si damos por hecho que
es más probable que el cajero se encuentre atendiendo el mostrador y
que no se mueva de ahí (sobre todo en medio de un robo), sería difícil
visualizarnos al cajero cerca de la puerta principal, en donde se
encontró el casquillo de la bala. Y en cuarto lugar… algo ya sí
menos sólido es determinar el motivo del disparo accidental. El señor
Cooper dijo que fue una sirena lo que le hizo pensar que la policía
estaba sobre ellos, por lo que apretó el gatillo sin saber que hacía.
Ahora bien, ¿quién había llamado a la policía por ese robo? Obviamente
no podían ser los empleados de la tienda, no tenían la oportunidad
apropiada. Pudieron haber sido los vecinos, pero ¿cómo sabrían los
vecinos que se estaba llevando a cabo un robo? Es más probable suponer
que un vecino oyera el disparo y luego notificara a la policía. Claro
está, patrullas hay por toda Londres, por lo que el señor Cooper pudo
haber escuchado cualquier otra sirena de cualquier otra patrulla que
no fuese la destinada a atraparle a él. Pero corremos con algo a
nuestro favor: que tenemos testigos de ese momento. El cajero y los
dependientes pueden decirnos si antes del disparo ellos oyeron o no
alguna sirena de policía. Claro que esto ya es más endeble.
-¡Pero Adam, es brillante! Esto pasará definitivamente a los archivos
de la colección.
Esa misma tarde recibimos la visita de Brown, quien se apersonó en
nuestras oficinas para darle las gracias a mi amigo y aclararle puntos
oscuros del caso. Según los resultados de la investigación (los
testimonios del cajero, los dependientes y el vecino que llamó a la
policía), los ladrones habían ingresado a la tienda a las cuatro y
veinte. A las cuatro y media, Cooper había sacado el revólver y estaba
apuntando al cajero. Ni el cajero ni los dependientes recuerdan haber
oído nada de una sirena, ni de policía ni de otro tipo. A las cuatro y
treinta y dos minutos, lo sabe el cajero porque veía el reloj en ese
instante, oyó el disparo que Cooper efectuó sobre Peterson. El testigo
que llamó a la policía dice que habló a la Yard sólo después de haber
oído el disparo, y los registros de llamadas revelaron que la denuncia
había sido recibida a las cuatro y treinta y cinco. Satisfizo la
curiosidad de mi amigo y nos dijo que en el robo anterior al de
Suthong & Marxtong habían descargado cuatro balas, yendo una a
perderse en una vidriera rota.
Cuando se marchó el inspector, pregunté a mi amigo:
-Hay algo que no entiendo de todo esto.
-¿Qué es?
-Cooper pudo haber asesinado a Peterson en cualquier otro momento.
¿Por qué arriesgarse a tener muchos testigos presenciales y que se
supiera tan campantemente que había sido él?
-No lo sé, pero tengo una teoría. Creo que, más allá de los motivos
que impulsaron a Cooper a asesinar a Peterson, existía el factor
incertidumbre. Si él lo mataba en secreto, había más probabilidades de
pasar como el principal sospechoso y un criminal capaz de asesinar a
sangre fría. No obstante, matando allí a Peterson se garantizaba la
duda de intencionalidad. Se sabría que él lo habría matado, pero la
pena tenía probabilidades de acortarse más por decretarse una muerte
accidental. Él cumpliría una sentencia mínima en prisión, y cuando
saliera podría disfrutar del beneficio de lo robado durante estos
meses, que aún no ha sido encontrado.
-Pero planificó muy mal todas las cosas.
-Au contraire, chere amie. Las planificó bastante bien, sobre todo el
hecho de recargar el revólver por completo, por si fallaba un disparo.
Pero él planificó absolutamente todo pensando que serían
investigadores de la policía los que llevarían el caso. La jugada le
salió muy bien, pues hasta el momento en que yo tomé partido todo
estaba a su favor. Su error fue no contar con que yo me haría cargo
del caso.
Silencio. El silencio del no decir nada más.
-Dentro de un rato hay una secuencia de sinfonías de Beethoven -dijo
mi amigo con naturalidad-. ¿Quieres venir conmigo?
-No entiendo cómo puedes disfrutar la música después de ver todo lo
que has visto.
-Es muy sencillo, chere amie. Porque pienso que la música es una de
las pocas cosas que escapan a la mancillación de las cosas mundanas.
Vamos, mi querida Catherine, olvidemos por un rato crímenes y
estudios, y disfrutemos juntos de los más inspirados y dramáticos
acordes que Beethoven nos dejó.

Fin.

Nicolás Vásquez de Aragón

Las luces del norte.

Hace unos días recibí este precioso e inesperado regalo. Y lo quiero compartir con todos vosotros.

Las luces del norte…

El reloj ha dado la duodécima campanada.
Es hoy el día señalado.
Más allá, cruzando las luces del norte,
He ahí el lugar indicado.
Los bosques se abren inmensos y verdes,
Trinan los pájaros.
Está cruzando las luces del norte,
En lo alto del cielo cuando brillan de noche.
¿Las ves?
Son las luces boreales,
Las luces que llevan a tierras irreales.
Joven aventurero,
No desprecies esas luces,
Pues son la puerta de entrada
A un mundo que no conoces.
Joven aventurero,
Anda y entra por las noches,
Ve y entra a la tierra
Que queda detrás de las luces del norte.
Pero no te atrevas a quebrar el silencio.
No te atrevas a romper la quietud.
No te atrevas a dañar una hierba.
No te atrevas a rasgar el delicado borde del tiempo.
No te atrevas a dañar el mundo nuevo y resplandeciente que verás.

Silencio.
Quietud.
La noche negra se abre.
Extiende sus alas,
Cubriendo todo de negrura.
Silencio.
Quietud.
Mas las estrellas arriba brillan.
En lo alto del cielo nocturno,
Brilla la bóveda estrellada.
Silencio.
Quietud.
Los suaves rayos de luna bañan el verde prado.
El lago es iluminado,
Se agitan las criaturas difusas.
Silencio.
Quietud.
Una suave brisa corre por entre los juncos y las hierbas,
verdes y saludables,
Bañados por la plata,
Cubiertas por el terciopelo.
A las orillas del lago,
la hierba parece estar viva.
A la orilla del lago,
Todo está rodeado por frondosos bosques.

La noche está en calma y quietud,
Pero dentro del bosque hay algo vivo.
El bosque mismo parece respirar,
Crece en un compás verde y siempre constante.
En el repiquetear de la tierra se escucha el latido de la vida,
Retumbando desde lo más profundo de la luz que es la entrada a este mundo.
Desde sus cimientos,
Llega un sonido poderoso y majestuoso.
La tierra misma respira,
La tierra misma está viva.

Los árboles proyectan sombras en medio del bosque,
Tornando un juego entre la plata y la noche.
Los suelos están cubiertos de hojarasca.
De vez en cuando una lechuza vuela de árbol en árbol.
Los árboles parecen contemplar,
Expectantes y ansiosos,
Como si fuera la primera vez que ha ocurrido.
Suenan voces y murmullos apagados,
Se ven algunos destellos de luz a lo lejos,
Una luz distinta, nueva,
Una luz que no es de la tierra.
Suena otra vez el retumbar de la tierra,
Profundo, penetrante, trascendente y extraordinario.
La tierra de la luz está esperando.
Otras vez los murmullos y las luces.
Joven aventurero,
¿qué hallarás si te atreves a internar en esos lugares?
Joven mortal,
¿qué ocurre en aquella noche?
¡Ojalá el simple mortal pudiera ver siquiera una parte de la noche!
¡Ojalá el simple mortal no estuviera privado!

Hace poco ha muerto el calor,
Ahora comienzan a soplar vientos más frescos,
Y dentro de poco serán cortantes y agudos;
Son tiempos verdaderamente cambiantes.
Joven aventurero de mundos siempre nuevos,
escucha atentamente el sonido que hay a tu alrededor:
El bosque entero se está moviendo,
los murmullos aumentan en intensidad,
allá vienen corriendo pequeños seres de luz,
y en medio de los árboles se esconden más criaturas que anhelan,
aguardan,
esperan.

Las ninfas vuelan apresuradas por entre las hierbas del bosque,
Mientras las oréades nacen de las aguas y corren hacia la tierra.
De la brisa de la noche nacen las sílfides,
Que vuelan por alrededor de los pastizales.
Son los seres mágicos más veloces,
Los que llegan antes al claro del bosque.
Ahí están congregados,
Como si fueran miles de linternas,
Luces y luces de colores.
Mundanas palabras son las que corto,
Pues ni las más refinadas servirán
Para haceros entender,
Joven aventurero,
que eran luces
de colores centellantes,
pero diferentes a toda luz de esta tierra que te puedas imaginar.
Se encuentran distribuidas,
Cual delicado adorno de Navidad,
En los árboles que rodean el claro bañado de plata,
Y luego siguen ocupando árboles y árboles del bosque.

¿Qué son esas luces?
¿Para qué están ahí?
¿Por qué se congrega el bosque entero?
¿Qué está ocurriendo?

Nueva vida llega al mundo de la luz y de la magia,
Una vida fresca y vital que está ligada,
Más que cualquier otra criatura,
A los árboles y los bosques.
Las hadas de los bosques,
Las protectoras de los árboles,
Se acercan volando,
Como si lo hubieran orquestado:
Son una centella de luz que rasga la noche,
Y vuelan en distinguida armonía;
Cada una despliega sus colores más vivos y hermosos,
Nace un arcoíris en medio del cielo de la noche.
Han llegado batiendo sus alas,
Formando un largo manto que se extiende inmenso,
Invariable y único se han posado sobre los árboles.

Silencio.
Quietud.
La vida, el bosque, la tierra y la luz
Callan de repente, y sólo queda el vacío hueco y silencioso.
Son las sílfides las que empiezan a ulular,
Reflejando un claro sonido de vientos,
Como si fueran flautas y oboes,
Entonan las primeras notas de tristes canciones.
Luego las oréades dejan caer sus voces,
Y como gotas de agua que caen sobre la tierra,
Modifican los acordes de la primera melodía.
La tierra despierta una vez más,
Y con el compás de la vida la canción se refuerza,
Como si de los timbales de una orquesta se tratara.
Las ninfas,
Con diáfanas voces,
Comienzan a elevar una segunda melodía,
Más alta y sublime que las anteriores,
Apoyadas por el canto lejano de las lechuzas.
Y entre las ramas aparecen,
Elfos y duendes,
Silvos y faunos,
Centauros y enanos.
Centenares y centenares de criaturas mágicas que pueblan la tierra de la luz
Se acercan al claro del bosque,
Iluminado por la plata,
Embargado por el canto.
Los elfos elevan sus armoniosas voces,
Acompañan a las sílfides,
Pues siempre se esconde en su canto
La añoranza por días pasados,
El anhelo por las luces de las estrellas,
La vida que brota a manantiales.
Los duendes y enanos tocan las flautas y las cítaras,
Mientras los centauros repiquetean cascabeles y pequeños tambores.

En el medio del canto,
No obstante,
aún falta algo,
aún la canción sigue incompleta.
Sin ningún aviso previo,
Aunque con mucha espera,
Las hadas silvanas abren sus alas.
Gotas de magia, de luz y color caen de sus alas,
Y comienzan a cantar.
Esta noche es su noche,
La noche de las hadas silvanas:
Entonan una nueva melodía,
Única y hecha para ellas,
Nunca preparada,
Siempre nueva.
Todos los años es nueva,
Y todos los años siempre es distinta al resto de la música;
Pero la melodía encaja sublime,
Y sin ella la orquesta se apaga y no sirve.
Tras la larga espera,
Nacen los días de una nueva era.
En los lindes del claro,
Destellan algunas melenas.
Son de color plateado,
Pero no son hijas de la luna.
Dos grandes unicornios
Caminan con orgullo.
Tienen enormísimos ojos negros y curiosos,
Pero sus cabezas son altivas y sus cuernos luminosos.
El pelaje es de plata,
Y las crines destellan a la luz de la luna.
Y en medio de cada unicornio,
Caminan débiles potrillos de piel clara: algunos apenas abren sus ojitos,
Y otros son ayudados por sus padres a caminar.
Todas las criaturas del claro,
Sin dejar de entonar el armonioso acompañamiento de las hadas silvanas,
Se retiran, dejando libre el claro,
Para que los dos,
Cuatro,
Seis,
Ocho,
Diez,
Doce,
Dieciséis,
Dieciocho,
Veinte
Unicornios adultos
Dejen a sus potrillos.
Algunos miran asombrados
Las luces que los rodean,
Otros prefieren dormitar
(son bebés recién nacidos, ¿qué querían?).
Al fin las hadas levantan sus voces en un espectacular crescendo,
Y al fin las luces de los árboles se sacuden con anhelo.
Han oído el canto que las rodeaba,
Que hablaba de cosas maravillosas,
De un mundo lleno de luz y magia,
De una vida impregnada de un color siempre nuevo,
Que nunca se gasta.
y estallaron.
Como chispas de mil colores centellantes,
Así estallaron las luces.
Los árboles se inundaron de una magia Silvana antigua como la tierra misma,
Y todos aplaudieron ante el derroche de color.

Allí estaban,
Cada una sobre la copa de los árboles,
Dormidas, algunas,
Despiertas y vivarachas, la mayoría.
Con miradas curiosas
Observaban todo a su alrededor.
Y fue entonces cuando los vieron:
Los potrillos de unicornio, que también las veían a ellas con extrañeza.
En ese momento,
Y sin que hubiera muchas ceremonias,
Nació un instinto milenario y único:
El profundo deseo de cuidar de esas criaturas, por parte de las hadas,
Y el profundo deseo de dejarse proteger, por parte de los unicornios.
Es que las hadas silvanas,
Joven aventurero,
Son las hadas que protegen a los unicornios,
Los cuidan durante toda su vida,
Y cuidan de una fuente de magia tan hermosa y sublime.
Sin previo aviso,
Las hadas se lanzaron en vuelo desparejo y alborotado,
Y al poco tiempo cada unicornio había encontrado guardiana.
Sólo uno quedó solo,
Y fue porque su hada dormía un poco
(como que nacer da algo de sueño),
Con lo que miraba triste cómo sus hermanos y primos jugueteaban con sus hadas,
Mientras él permanecía solo y apartado.

Había un hada,
En efecto,
Que dormitó un poco de más al nacer,
Y fue una de las hadas mayores quien,
Quizás con algo más de brusquedad de la debida,
la despertó e indicó con un dedo al pobre unicornio solitario.

El hada silvana observó al unicornio.
El unicornio notó la mirada.
Ambos se dirigieron una mirada extrañada.
El hada ladeó la cabeza a la derecha,
Y el unicornio la imitó;
El hada la volvió a la izquierda,
Y el unicornio volvió a repetir el gesto.
Sin previo aviso, el hada salió volando hacia él,
Se posó sobre su nariz,
Dejó caer polvo de hadas sin querer
(algo que les ocurre muy frecuentemente a las hadas recién nacidas que tienen exceso de magia),
Y el unicornio estornudó.
Desde entonces,
El unicornio tuvo guardiana,
Y el hada tuvo un unicornio que proteger.
Es sabido ya por todos los que habitan este singular país
Que las hadas silvanas misión tienen de cuidar a un unicornio.
Por eso su llegada es tan esperada,
Por eso la tierra las recibe con tanta fiesta.

Joven aventurero,
Que osas entrar en esta tierra,
Creo que yo ya te he hablado de esa hada singular,
¿verdad?
Recuerda,
Era esa hada curiosa,
Una hada que se quedó dormida,
Un hada increíblemente jocosa.
Tenía un unicornio,
Y su nombre era Lunita,
Y cuando se conocieron ella derramó sobre él mucho polvo de hadas,
Y Lunita estornudó por primera vez en su vida.
Un hada que,
Al crecer,
Se hizo una de las hadas más divertidas y joviales de todo el país,
Y ya hoy son leyenda todas las travesuras que hizo junto a muchas más amigas y hermanas.
Pero incluso hoy las hadas más ancianas,
Por no hablar de los elfos y enanos más viejos,
que en general no se preocupan por estas criaturas, salvo en su nacimiento,
Hablan aún hoy de esa hada peculiar.
Nombre de especia tiene,
Y una curiosidad sin igual.
Atenta y siempre servicial,
Nunca negó una sonrisa.
Cordial y amable,
Jamás dejará de ayudar.
Una de las hadas más mágica de todo el país,
¿la recuerdas, joven aventurero?

Aún hoy es leyenda en el mundo que queda detrás de las luces del norte,
Porque allí es donde tomó la decisión de abandonar ese mundo,
De venir a Explorar al triste mundo de los mortales.
¡Honrados debiéramos sentirnos
De que semejante criatura quiera llegar aquí!
Habiendo mundos más extraordinarios,
Luces más brillantes,
Colores más vivos,
El hada Jengibre decidió Explorar este mundo en busca de la luz oculta.
Noble misión es la que la embarga,
Pues renunció a su mundo,
Y ahora su unicornio corre salvaje por entre las llanuras.

Noble misión es la que carga,
Pues ahora se la ve viajar de un lado a otro sin parar.
Siempre se detiene,
A escuchar,
A aprender,
A entender
Y a consolar.
Nunca ha negado ayuda a alguien,
Jamás ha deseado el mal;
¡ha venido a la tierra de los hombres a sacar a relucir la brillante magia de la verdad!
Se la ve comúnmente
Recorriendo montañas y valles,
¡es el hada Jengibre,
Que va caminando desde avenidas a calles!
Cuánto el mundo necesita de la luz,
Creo que tú bien lo sabes,
Joven aventurero;
Ella es quien,
Como muchos,
Trata de hacernos ver lo oculto,
Y cuando ve que hay demasiada oscuridad,
Jamás duda en un poco de polvo de hadas sacar.
¡Vedla correr incansable por los senderos de la vida,
Ayudando a todo el mundo y llevando la fantasía!
Hay del soñador que se la encuentre,
Quedará toda su vida anhelando volver a verla!

Ahí está,
El hada Jengibre,
Una sola maravilla.
Tan extraña para su raza,
Tan increíble amiga.
¿Yo la conozco, sabíais?
¡Y que alegría es poder pensar que la magia no ha muerto aún en nuestros días!
¡Qué mágica fantasía es creer que aún puede haber soñadores!
¡Que increíble maravilla es que haya amigos semejantes!
¡Qué grato suceso el encontrarse!

Hada Jengibre,
Hada de los bosques,
Hada silvana:
¡Continúa el camino de tu expedición!
Hada Jengibre,
Hada silvana,
Hada de los bosques:
¡No detengas jamás tu marcha!
Hada de los bosques,
Hada Jengibre,
Hada silvana:
¡A continuar, a continuar la marcha!
Hada silvana,
Hada de los bosques,
Hada Jengibre:
¡Salud por tu vida, porque tu vida ha sido llenar de luz las de los demás!

¡Salud por tu vida, hada Jengibre!
¡Salud por tu vida, querida amiga!
¡Salud por el maravilloso regalo de vivir!
¡Y salud por esa vida que no pára de iluminar el mundo sumido en oscuridad!
¡Sea a ti la felicidad de vivir,
hada Jengibre!

Sir Nicolas Vasquez de Aragon.

MusicPlaylist
Music Playlist at MixPod.com

Poesía Nº3 en Gris menor.

Hoy traigo a vosotros un bellísimo poema de Nicolás, gran amigo de este blog. Espero que os guste.

Poesía Nº 3 en Gris menor

Distante está aquel pequeño,
perdido ya en el recuerdo.

Y su inocencia,
pura inocencia,
desvanecida está en las tinieblas.

¿Adónde has ido, querido amigo?
¿Por qué te has ido, querido amigo?

Ahora sólo queda el recuerdo,
como un hermano menor,
que vaga por las brumas de la mente.

¿Adónde ha ido aquel pequeño?
Ese que podía reír y jugar.

¿Adónde ha ido aquel amigo?
Ese que creía en poder volar.

¿Adónde has ido,
querido amigo?

¿Dónde has quedado?
¿En dónde te has perdido?

Y tu sonrisa,
esa que se dibujaba en tu rostro cuando eras feliz,
Se ha olvidado.

¿Adónde ha ido esa tu bella sonrisa?
¿Adónde ha ido a parar?
¿Adónde se ha quedado olvidada?
¿Adónde, en qué rincón del corazón, estás?

Te necesito,
querido amigo,
te necesito de verdad.

Recuerdo esos ojos enormes y abiertos,
cuando algo te llenaba de sobrecogimiento.
Recuerdo esos ojos enormes y abiertos,
cuando estabas feliz o asombrado por una maravilla descubierta.

Te recuerdo,
me recuerdo a mí,
pero no recuerdo a dónde fuiste,
a dónde fui.

¿Adónde has ido a parar,
querido hermano?
¿Adónde has ido a parar,
querido amigo del alma?

¿Te has perdido en la responsabilidad?
¿Te has extraviado en un traje formal?
¿Te has descubierto sólo en una oficina gris y fría?
¿Te has encontrado con el peso de unos zapatos negros?

Te extraño, amigo.
Oh, sí que lo hago.

Pero,
por más que quiera,
y aunque te recuerde,
no logro encontrarte.

Quizás te has perdido,
quizá me he perdido.
Quizás estés aquí dentro,
pero quizá tampoco pueda encontrarte.

¿Extrañas jugar en el jardín?
Yo también lo hago.

Extrañas correr descalzo?
Yo también lo extraño.

¿Añoras quedarte esperando la noche de Navidad?
Oh, cómo también yo lo añoro.

¿Adónde has ido?
¿En dónde te has perdido?

Te recuerdo,
oh,
te recuerdo;
pero no te veo ni te encuentro por ninguna parte, querido amigo.

Y tu inocencia,
esa pura inocencia,
cómo la extraño,
como extraño sentirla.

Y te extraño,
querido amigo,
te extraño.

Extraño sentirme asombrado por lo más común del mundo,
a causa de la inocencia.

Extraño poder preguntar,
preguntar sin que te miren como un extraño.

Y ahora habito en un mundo extraño,
perdido sin ningún verdadero amigo.
Y ahora habito un mundo extraño,
perdido sin saber nada y sabiendo todo.

Te extraño,
amigo,
te extraño.

¿Adónde has ido?
Por favor, dilo.

¿Te has perdido en un traje marrón?
¿Te has caído por el peso de unos zapatos negros?
¿Te has extraviado en una oficina gris?
¿Te has atosigado con papeles y números?

Te recuerdo bien,
pero no puedo estar de nuevo contigo;
te recuerdo bien,
me recuerdo bien.

Nunca, jamás,
jamás y nunca debí olvidarme de ti,
relegarte al fondo del cuadro,
hacerte a un lado por los papeles y esas cosas de aburridos,
dejarte detrás por la frivolidad de esas cosas mundanas.

Nunca debí olvidarme de jugar con barro,
nunca olvidarme debí.
Nunca debí olvidarme de trepar los árboles,
oh, nunca debí.

Te extraño, amigo mío;
ahora que te he perdido, te extraño, amigo mío.

¿Adónde?
¿En dónde?

Perdido estás en una gris oficina,
extraviado estás en un traje marrón,
atrapado por el peso de tus zapatos estás,
perdido en la bruma y la inmensidad.

Te extraño…
te añoro…

Adiós,
amigo,
hermano,
yo.

Adiós…
aunque no qiera, aunque me duela…
adiós…

-Nicolás Vásquez de Aragón-.

MusicPlaylist
Music Playlist at MixPod.com

Navidad.

En primer lugar quisiera pedir disculpas por estar tanto tiempo alejada del blog. He tenido un otoño algo complicado y no me he podido pasar por aquí tan a menudo como me habría gustado.
Ahora, una vez resuelta la situación, espero y deseo poder continuar contando historias.

En segundo lugar ¡¡¡¡FELIZ NAVIDAD A TODOS VOSOTROS, SEGUIDORES, LECTORES Y COMENTARISTAS!!!

Y en tercer lugar quiero compartir con todos vosotros un regalo de Navidad que he recibido y que me ha llenado de emoción. Se trata de un cuento que lleva por título “Navidad”. Espero que os guste tanto como a mí.

Navidad

Era una fría y nublada mañana de diciembre. Corría el viento por las calles, lloraba el cielo, las nubes se enroscaban. Había una gran tormenta sobre Londres, y fue ese estruendo lo que hizo que un pequeño niño se despertara.
En el orfanato de Santa Eduviges, un jovencito de poco más de doce años abría débilmente sus ojos. Vislumbró en la penumbra de la habitación algunas figuras que cuchicheaban y se movían lentamente. Cuando enfocó mejor su mirada notó que eran sus compañeros de dormitorio, escabulléndose un rato antes de la hora del desayuno.
El pequeño James Harrison se incorporó un poco en su cómoda y mullida cama (era una verdadera bendición tener aquellas confortables piezas de descanso en un día tan gélido). El niño se despabiló y frotó sus ojos con las manos, se incorporó un poco más apoyándose en un brazo y vio que sus compañeros habían partido ya.
Durante aquel mes había reinado una atmósfera festiva y alegre en todo el orfanato. No era para menos, pues se acercaba una de las más bellas fiestas. Habían decorado los pasillos y rincones con guirnaldas, cascabeles y campanas, muérdagos y más guirnaldas. Las frías paredes de piedra estaban llenas de vivaces colores, y el rojo, el verde y el blanco, en esa decoración, no podían faltar. Las maestras, que de ordinario eran muy amargas y era un milagro verlas sonreír, se mostraban risueñas, animosas y alegres. Todos cantaban villancicos a coro, ayudaban a los preparativos de Nochebuena, buscaban y hacían obsequios y se regalaban con dulces sonrisas de caramelos.
Cierto era -como parte de la reflexión de vuestro servidor- que el orfanato de Santa Eduviges tenía algo muy particular. A diferencia de otros centros de niños huérfanos, allí se trataba de que los pequeños no sólo tuvieran un plato de comida, sino también un poco de amor y cariño. Las hermanas del convento, las maestras y madres superioras se divertían mucho, aunque no lo aparentaran, cuidando y educando a sus pequeños angelitos.
El orfanato fue fundado en Londres antes de la primera guerra mundial, por una hermana que pertenecía a la orden de Santa Eduviges de Alemania. Allí habían resguardado a malheridos por la guerra, hambrientos, pobres y desahuciados. Durante ese periodo el convento de Santa Eduviges fue ganando buen nombre y cuando finalizó la guerra todos sabían que aquellas hermanas se merecían mucho más de lo que tenían. Habían ayudado durante una fuerte crisis, y necesitaban una buena remuneración por tantos servicios prestados a la sociedad.
Pero, y a diferencia de lo que muchos creerían, cuando a las hermanas se les planteó esta propuesta, ellas se negaron rotundamente a recibir alguna compensación económica. Por el contrario, lo único que pidieron fue el permiso del Estado para poder abrir un pequeño orfanato.
Las entidades pertinentes, ante semejante pedido, no pudieron hacer más que aprobarlo de inmediato y ayudar en la construcción de un pequeño edificio para alojar a los niños huérfanos. Así comenzó a funcionar aquel noble centro en el que se recibían, y aún hoy se reciben, niños huérfanos y carenciados. Sin familia y sin hogar, y a pesar de que muchos sólo van por un día o dos, para buscar refugio y comida, las hermanas jamás niegan cobijo y calidez a aquellas criaturas.
Todos celebraban en el orfanato, cierto, pero… no del todo. El único que se sentía apartado del jolgorio y que no tenía muchas intenciones de celebrar, era el pequeño James Harrison. Un niño bastante extraño, pero no menos amable y cariñoso, según sus maestras y educadoras.
En opinión de las hermanas encargadas del orfanato, el niño podría ser un buen orador si se lo proponía.
Según la opinión de sus docentes, el joven se convertiría en un letrado o en un contable.
Y según Sor Sandrín, encargada de cuidar el ala donde estaba James, el niño sería todo eso en el caso de que no se convirtiera en un rufián.
A pesar de los regaños y sermones que la hermana le daba regularmente, ella lo quería mucho y se preocupaba por el futuro del niño. Sabía que era listo, pero aquello no le bastaría para desenvolverse en el mundo. Los huérfanos sólo podían permanecer allí hasta cumplir la mayoría de edad, y luego tenían que comenzar a hacer su vida. “Es injusto”, pensaba Sor Sandrín. “Estos niños son pobres, y no están preparados para afrontar el mundo de hoy en día. No conocen más que estas paredes o la calle, y lo más lógico es que se conviertan en rateros antes de trabajar decentemente”. Sin embargo, la situación seguía siendo siempre la misma.
Al pequeño James no le gustaba aquella época del año, y sólo pocas personas sabían el motivo: el niño había perdido a sus padres a los cinco años, durante la celebración de Nochebuena. Por esa causa el pobre James Harrison —apodado por algunos ‘Sherlock’— tenía malos recuerdos en el mes de diciembre y no le gustaba celebrar Navidad con sus compañeros.
Sor Sandrín conocía la trágica historia de la familia de James, y en varias ocasiones había realizado intentos infructuosos para levantarle el ánimo en aquellas fechas; sin embargo, James seguía apático y sin mostrar señales de mejoría.
Si bien era sociable, el pequeñuelo no tenía muchos amigos. Tan sólo tenía un único confidente, amigo y hermano del alma, con el que podía llevarse bien y contarle absolutamente todo. Era Henry Stuart. Un pequeño pillastre de doce años, rechoncho y bajito, que siempre seguía a su amigo hacia donde este fuera. Ambos vestían atuendos semejantes a los de Sherlock Holmes y el Doctor Watson, y jugaban continuamente a ser detectives resolviendo misterios. estas eran las causas, entre otras, por las que los apodaban “Sherlock”y “Watson”.
De hecho, el apodo les iba como anillo al dedo, ya que ambos tenían una relación muy estrecha y sensible. A pesar de todo, el pequeño Sherlock seguía apesadumbrado y melancólico durante los días de Navidad. Y ni siquiera su más íntimo amigo, Henry, podía hacerlo sentir mejor.
El niño había cumplido los doce años en septiembre, pero seguía teniendo el corazón y el espíritu de un niño mucho más pequeño. Aún así, a Sor Sandrín le daba muchos dolores de cabeza todos los días. Durante el mes de julio, por ejemplo, el joven James se había perdido durante la tarde, llegando a las ocho de la noche en medio de una fuerte tormenta.
El pequeño Sherlock se levantó de un salto, corrió a asearse, se abrigó bien y partió hacia el comedor del orfanato. Desde aquellos primeros años, en los que el orfanato no era más que un pequeño edificio modesto y con pocas comodidades, y gracias a los aportes de muchos filántropos y benefactores, el orfanato había crecido considerablemente. Poseía recias paredes de piedra, y era bastante grande como para que los nuevos se perdieran con facilidad. Como James estaba muy acostumbrado a aquel recorrido, no tardó mucho en llegar al comedor principal. Allí vio que ya estaban sirviendo el desayuno a sus compañeros y se acercó a tomar un lugar en la mesa. Se sentó apartado del resto, y su pequeña figura le confería un mayor aire de soledad.
Sor Sandrín, que andaba cerca vigilando a todos los chicos, vio que el pobre e inocente niño estaba sentado muy apartado y decidió ir a hablar un rato con él. Tras un: “Buenos días”, y un cálido beso en la mejilla sor Sandrín preguntó: -¿Cómo has estado últimamente, James?
El niño respondió de un modo vago e impreciso, sin dar demasiados detalles. Después de otros intentos por levantarle el ánimo la dulce hermana desistió. Ambos se quedaron allí, en silencio, uno al lado del otro. “Quizás –pensó Sor Sandrín-, el niño sólo necesite algo de compañía”. Pero se equivocaba. Había pasado un cuarto de hora con él, y James seguía igual de taciturno y melancólico.
Entonces, la monja decidió que era hora de comenzar el día. Se puso de pie y llamó a todos los niños.
—Atención —anunció—: como todos sabemos, hoy dan comienzo los recesos invernales. Los estudiantes mayores de diez años tendrán sus últimos exámenes, y los menores a dicha edad no tendrán clases el día de hoy. Por ende les sugiero que ayuden, en lo posible, a las hermanas encargadas de sus alas en los preparativos de la fiesta.
Terminado el pequeño monólogo urgió a los presentes para que comenzaran sus actividades. James, aún silencioso, fue el último en salir del comedor, y el último en llegar a su salón de clases. Tal como había anunciado sor Sandrín, aquel día tendrían lugar los exámenes del colegio medio.
Afortunadamente los maestros de la división en la que James estaba, habían organizado todo de tal modo que sólo quedaran tres exámenes para aquel día. El primero sería el de matemática, el segundo de ciencias y el tercero sería de geografía. El pequeño pasó hoja tras hoja de las evaluaciones sin ninguna dificultad. Resolvía ejercicios, contestaba preguntas y dibujaba ejes con suma facilidad.
Terminados ya los exámenes y todas las clases, los chicos partieron contentos hacia sus habitaciones. Aquel día tenían toda la tarde libre, y podrían salir a jugar en la nieve y divertirse con sus amigos.
Coros de risa sonaban, aplausos y gritos; la calle en frente del orfanato era un desvarío. Niños con rostros rojos por el frío, sonrientes por la alegría, y traviesa picardía. Se tiraban unos a otras bolas de nieve, caían en el piso. Todo era jolgorio, e incluso, los gritos y reproches de una vecina parecían ser alegres estímulos para que la fiesta continuara.
Este era el paisaje que veía melancólico el niño, a través de su ventana escarchada. Estaba sentado, con la mirada perdida en la nada. El tiempo no transcurría. Observaba cómo sus compañeros jugaban alocadamente en la calle del frente. Sus ojos estaban tristes y cansados, no tenía ganas de salir a jugar.
Sor Sandrín, que estaba revisando los dormitorios de su ala, pasó por delante de la habitación que ocupaba James y se sorprendió al ver en su interior. El niño, alicaído, miraba pasivamente a través del cristal de la ventana. Tenía una mirada perdida y soñadora, desganada, sin ánimos de ver nada.
-James-, susurró la hermana con voz queda y suave. -¿Estás bien?
-Sí, Sor Sandrín –respondió el niño, asombrado ante la presencia de la monja en la habitación-. No la oí entrar.
-OH, -dijo ruborizándose-, años de práctica para pasar desapercibida. Pero te he hecho una pregunta, y aún no la has respondido.
-Estoy bien –repuso con voz efusiva-. ¿Por qué habría de estar mal?
La hermana frunció el ceño, puso sus manos en la cadera y miró fijo al jovencito que tenía delante. Se acercó a él y con voz maternal dijo: “James, querido. Recuerdo cómo eras cuando llegaste a este lugar. Y después de años de conocerte, sigo viendo que eres igual. La noche en que llegaste eras un tímido y asustadizo niño, flacucho y escuálido, que se aferró a mi mano y no la soltó en toda la noche. —Lo miró a los ojos—. Han pasado siete largos años desde aquella noche, jovencito, y durante este tiempo me has enseñado mucho más de lo que creía saber. Entre esas cosas –prosiguió-, me has demostrado que eres un gran detective. A su vez, he aprendido parte de ese arte que es resolver problemas. Y creo que sería una mala alumna si no hubiera aprendido algo de esto en todos estos años. Tú jamás te quedarías en esta sala un día que te dejan salir a jugar y divertirte, no has hablado con Henry en todo el día, no te has puesto ese atuendo victoriano tuyo, y has comido menos de lo que sueles comer. Corro con la ventaja de conocerte bien, James, y sé qué haces y no haces cuando estás o no alegre”.
Ante las palabras de la hermana, el niño se sonrojó; lo habían descubierto muy fácilmente, estaba claro que Sor Sandrín era muy buena aprendiza.
El niño asintió suavemente y la monja le dio un beso en la frente. Lo miró sonriente y le dijo: “Anda, si no te apresuras se hará de noche”. Acto seguido, la hermana se retiró de la habitación y el joven James quedó a solas. Seguía muy apesadumbrado, pero tenía el consuelo de que en el orfanato, a pesar de todo, había una persona que lo quería y estimaba tanto como para conocerlo tan bien. La idea le levantó el ánimo al pequeñuelo y se incorporó de un salto. Tomó presuroso una vieja gabardina desteñida, agarró de la mesita de noche una lupa de juguete, se caló un sombrero de paño. Con esa indumentaria, que le confería un aire victoriano, salió de su habitación y se dirigió hacia la calle. El frío cortante de la mañana se había disipado gracias a la acción del sol, pero aún así, las calles estaban frescas y se debía andar muy abrigado.
El jovencito miró a un lado y a otro de la calle nevada, distinguió a sus compañeros que, sin reservas ni imposiciones, jugaban por doquier. El pequeño Sherlock salió pateando el suelo hacia la casa de Henry Stuart.
Sin embargo, al llegar a la casa de su mejor amigo y tocar el timbre, se llevaría una decepción. Cuando llamó a la puerta, una mujer alta y canosa le abrió; lo miró con recelo en sus vivaces ojos, y preguntó: “¿Quién anda, y qué puede desear?”
El niño se quedó estático y paralizado. Tartamudeando consiguió responder:
-Soy James Harrison, se-se-señora. ¿Está Henry?
La mujer lo miró con recelo unos instantes y luego se compadeció:
-OH, pequeñuelo, el joven Henry Stuart ha caído muy enfermo y esta mañana lo han llevado al hospital. Soy sólo el ama de llaves, ¿Quieres que les deje un recado a sus padres?
El joven Sherlock se quedó estático, paralizado, atontado al recibir aquella noticia. Con una expresión estupefacta y la boca entreabierta negó débilmente, antes de echarse a la carrera por lo que le quedaba de calle.
Su mente pensaba a toda velocidad. “Henry. Henry. Henry. ¿Le habrá pasado algo malo? ¿A qué hospital lo habrán llevado? ¿Se pondrá bien?” se detuvo en Fenchur Street y miró a ambos lados de la calle. El niño pensó que había muchos hospitales en Londres y, por tanto, cientos de posibilidades que elegir. Adónde habrían llevado a su amigo. Quizás al Barts, al Hospital General de Londres, a alguna consulta particular, a cuál…
Trató de serenarse. Se flexionó y puso las manos sobre las rodillas, respiró profundamente e intentó pensar.
“Piénsalo como si estuvieras tratando de deducir algo de las apariencias de las personas –se dijo-. ¿Qué harías tú en este caso?” el pequeño levantó la cabeza y se quedó mirando a la nada. Asintió levemente y reanudó su carrera.
“Lo más lógico —pensó—, sería que los padres de Henry optaran por un lugar cercano y de buena calidad. Tomando en cuenta que eran de familia modesta, no elegirían un lugar muy costoso para su bolsillo; pero tampoco lo llevarían a cualquier sitio… ¡El hospital de Cambridge!” Dobló a la derecha y comenzó una gran maratón que le hizo correr y correr, sin descanso y con los pulmones a punto de reventar. La larga capa negra y la gabardina marrón, que le conferían aire de personaje salido de una novela, y le granjeaban las miradas reprobatorias de los trabajadores de etiqueta que le veían pasar, ondeaban mientras él seguía corriendo. Atravesó callejones, calles, callejuelas, parques, jardines, casas y más calles. Se conocía Londres a la perfección y sabía bien a dónde tenía que ir. Atravesó Oxford Street, Quensintong Road, Regent Street, Hambruri Street, y muchas calles más. Estaba llegando al West End después de mucho rato corriendo y dobló a la izquierda en una calle lateral. Le quedaban varias manzanas aún para llegar al hospital Cambridge.
A todos lados y en todas las vitrinas, había adornos y decoraciones con motivos navideños. En las vidrieras y escaparates de las tiendas se veían brillar luces, sonar juguetes y exhibirse costosos obsequios de Navidad. Desde las Parroquias y catedrales llegaba el murmullo atenuado de algunos villancicos navideños. El joven James pensó que aquella época del año le traía mala suerte, mucha mala suerte.
De repente sus fuerzas fallaron, resbaló en un charco de agua congelada y cayó al piso lastimándose el brazo derecho. La capa y la gabardina se removieron a su alrededor a causa del viento, y el pobre niño quedó hecho un ovillo en el piso. Soltó una maldición y frotándose el brazo se levantó para echar a andar otra vez. Cojeando, y con la lupa de juguete bailando en su muñeca, salió disparado como una flecha.
No habría recorrido dos calles, cuando al doblar, le salió al paso un hombre anciano que iba distraído en sus cavilaciones. El niño intentó frenarse, pero no consiguió evitar el choque. El anciano se vio sorprendido ante aquello y vio cómo el niño caía al piso.
Ahora le dolía el brazo izquierdo. “No puedo tener mejor suerte”, dijo en voz baja. El jovencito trató de zafarse de su gabardina, pero sus intentos fueron en vano; por el contrario, sólo consiguió enredarse más. “Odio diciembre”, suspiró.
—No creo que se haya de odiar a un mes sólo por una caída —comentó el anciano como quien apreciara una obra de arte.
—No es sólo por la caída, señor —aclaró James—. Si fuera por las caídas que he tenido, creo que debería odiar todo el calendario, ¿no?
—Bien expresado—, acotó el viejo—; muy bien expresado.
James consiguió deshacerse de una de sus ropas e incorporarse. Luego de hacerlo, procedió a acomodarse mejor todas las vestimentas; al hacerlo, ante sus ojos apareció una imagen que hacía meses no veía. En frente de él estaba el viejo, pero ahora no era cualquier anciano, ahora era el señor Evans. El niño se sonrojó un poco por el estado en que se habían encontrado, pero el hombre le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Ambos se estudiaban detenida y cuidadosamente, como si quisieran captar todos los detalles del otro.
Los ojos verde esmeralda recorrían al niño con expresión escrutadora.
Los ojos azules recorrían al viejo de arriba abajo.
Ambos se veían y estudiaban; el niño notaba los cabellos blancos del anciano, y el hombre miraba todos los rasgos del pilluelo.
—Encantado de volver a verte, Sher —saludó jovialmente el anciano, mientras estrechaba la mano del pequeño detective.
—Lo mismo digo yo, señor Evans —respondió el pequeño Sherlock.
El viejo lo miró más detenidamente y dijo:
—Has venido corriendo desde una distancia considerable, tienes frío, llevas una gran prisa, y noto un brillo de desesperación en tu mirada.
—Señor Evans —cortó el niño—, sé que puedo sonar descortés, pero no puedo quedarme a conversar mucho rato hoy. Vengo desde el orfanato, estoy yendo al hospital de Cambridge, Watson está allí, y sí, estoy calado hasta los huesos.
El hombre asintió con calma y tranquilizó al pequeño.
—Ya —dijo— toma algo de aire antes de continuar.
—… ¡debo ir al hospital! —exclamó con tono urgente.
—Y yo te ayudaré —sentenció Adan Evans. Dicho esto, se apartó un poco del niño y fue hasta una calle con adoquines. Llamó con una seña a un taxi que estaba detenido y abriendo la puerta gritó: “¡Al hospital de Cambridge!”. Luego se volvió hacia el niño y explicó: “Sé que tenías que ir allí, y me pareció lo más conveniente que fueras rápido, ¿no? Eso sí, espero que no te moleste mi compañía”.

Ambos se apearon del coche, y corrieron a toda velocidad para llegar hasta el hospital. Cuando entraron, vieron los adornos festivos de Navidad y se encaminaron a la recepcionista. Era una mujer joven, alta y muy atractiva, pero que tenía una expresión ácida y desagradable en el rostro.
—¿Puedo ayudaros en algo? —preguntó cansinamente la mujer.
—En efecto, puede ayudarnos —replicó muy cortante el señor Evans—; queremos ver a un paciente que está hospitalizado aquí.
—¿Sois parientes del enfermo?
—No —contestó con sinceridad James—, yo soy su amigo, y este caballero —explicó señalando al señor Evans— es otro amigo.
La joven los miró a ambos y luego movió la cabeza en gesto contrariado.
—Lo lamento, pero las visitas sólo están reservadas a parientes o a personas con autorización de los parientes —respondió la joven—. Si puedo ayudaros en algo más…
—Por lo menos, podría decirnos si un niño llamado Henry Stuart está internado aquí —pidió cortésmente el señor Evans.
—Lo lamento mucho —repitió la secretaria—, pero esa información no está disponible al público. ¿Algo más?
—¡Es mi mejor amigo! —protestó James—. Por favor, sólo le pido que me confirme su estado, sólo quiero saber cómo se encuentra.
La mujer suavizó su gesto y explicó comprensiva:
—Lo siento mucho, querido, pero yo no instauro las reglas del lugar. Son órdenes del protocolo, deben cumplirse para mantener la seguridad e integridad de los pacientes.
—Quizás le interese conocer mi nombre —terció el señor Evans—, tal vez le recuerde algo.
—No veo en qué podría recordarlo yo a usted —repuso la mujer con un tono de voz frío y áspero—. Que yo sepa, esta es la primera vez que nos encontramos.
—Mi nombre —continuó el señor Evans como si la mujer no hubiera dicho nada— es Adan Collin Evans, Detective Privado.
—Mire, tal vez eso en algún sitio signifique algo, pero aquí no. Así que, si tiene la amabilidad, le ruego que se retire.
—Quizás usted no lo sepa, ya que es demasiado joven; pero en mis años de ejercicio de la profesión, yo ayudé a resolver un caso muy importante aquí. creo que el dueño del hospital me tiene aún en alta estima, ¿podría hablar con él?
—¿Con quién? —titubeó la mujer.
—Con Lord Creswell —respondió con naturalidad el señor Evans—, es el dueño del hospital, ¿no? Seguro que él se sentirá encantado de volver a verme, y hará una leve modificación en el reglamento si se lo pidiera.
—No… no creo que sea necesario llamar a Lord Creswell ahora mismo, señor —se apresuró a decir la joven—. Creo que podríamos hacer algo para que puedan ver a su amigo; pero claro, esto debe quedar como un hecho aislado y nadie debe enterarse. ¿De acuerdo?
—¿Ni siquiera Lord Creswell? —apuntó el señor Evans.
—Tampoco creo que el señor Creswell deba enterarse de esto, seguro que él habría accedido a hacer lo mismo si usted se lo hubiera pedido. Esperad aquí mientras busco en el archivo.
La joven comenzó a revolver los papeles del escritorio, mientras los dos estrafalarios personajes recorrían el lugar con la mirada. Al decirle el nombre de “Lord Creswell”, la recepcionista había estado bastante solícita a los pedidos del señor Evans. Según James, allí había algo que no cuadraba del todo; porque ¿no era sospechoso? Es decir, ¿qué garantía tenía esa mujer de comprobar que el señor Evans tenía un verdadero contacto con el dueño del hospital? Podía ser todo una invención del anciano para conseguir que los dejaran entrar.
—Señor Evans —llamó James—, ¿es cierto que usted conoce a Lord Creswell?
—Sí, sí es cierto —contestó el señor Evans.
James meditó un rato más y luego dijo:
—Pero ¿por qué esa mujer se asustó tanto? Aunque usted hubiera dicho eso, ella no tenía la posibilidad de saber que usted conocía al dueño del hospital.
El viejo rió con elegancia.
—¡Un momento! —exclamó James—. ¡El hospital de Cambridge no tiene dueño! ¡Es propiedad del Estado!
El anciano volvió a reír y luego dijo:
—Serás un buen detective, James, oh, sí que lo serás. A ver, es un tema un poco nada apto para un jovencito de doce años, pero intentaré explicarlo. Es muy cierto, el hospital de Cambridge no tiene dueño, es propiedad del Estado. pero hay parte de verdad en lo que dije, ya que sí había intervenido en un caso, un caso muy cercano a esa mujer. Hace siete años, si mi memoria no me engaña, esa joven fue a buscar mi ayuda en la consultoría (fue uno de los últimos casos que atendí). Estaba implicada en un feo asunto y bueno… me había pedido confidencialidad. Hoy la reconocí, y como vi que “no me recordaba muy bien”, decidí demostrarle que sí recordaba su caso.
—¿Y el nombre…?
—En el nombre estaba el recordatorio, James, ese es el nombre del hombre que le estaba dando problemas, y así le demostré que no estoy senil y recuerdo su caso.
—Por eso ha tenido miedo de que usted develara todo lo que ella le confió —razonó el niño—. Es excelente.
—De hecho no, no es excelente. En principio esa persona ha actuado como una ingrata, ya que no ha ayudado cuando se lo hemos pedido; y en segundo lugar, no es bueno extorsionar así a la gente.
El niño asintió y se sumieron en un profundo silencio que fue interrumpido por la voz de la recepcionista, momentos más tarde.
—Señor Evans —llamó—, aquí tengo lo que usted me pidió.
Los dos personajes se acercaron al mostrador principal y vieron fijamente a la joven. El pequeño James tenía que dar algunos saltitos, de vez en cuando, para poder ver el rostro de la recepcionista. Después de unos tensos momentos de silencio, la mujer habló:
—El joven Henry Stuart se encuentra ingresado desde esta madrugada, al parecer tiene una neumonía muy fuerte.
—¿Se recuperará? —preguntó James impacientemente.
—Los médicos aún no han dicho nada —sentenció la joven—, y poco más puedo saber, pequeño. Tu amigo está en terapia intensiva, así que no lo podrán ver; pero cuando se estabilice, creo que lo trasladarán a una habitación común.
El pequeño Sherlock Holmes había empalidecido de repente, y algunas lágrimas comenzaban a aflorar de sus ojos. El señor Evans puso sus manos sobre los hombros del niño para reconfortarlo, pero no era suficiente. Su amigo, su único y mejor amigo, estaba grave y, peor aún, los médicos no habían dado ninguna declaración. ¿Terapia intensiva? James sabía lo suficiente de medicina como para saber que, si habían puesto a su amigo en una sala de terapia intensiva, la cosa estaba bastante fea. Al instante, y como si se tratara de una película, recordó todos los buenos momentos que había pasado con Henry.
—Señorita —urgió James—, ¿no sabe nada más?
La mujer hizo un gesto de pena y negó con la cabeza.
—Muchas gracias, miss Claithorne, muchas gracias— dijo el señor Evans. —Si hay algún resultado, por favor, no dude en comunicarse conmigo, creo que sigo teniendo la misma dirección de antaño.
—Así lo haré, señor Evans —replicó la muchacha—. Oh, y perdone las estupideces del principio.
La cara del niño se sorprendió, y al ver al anciano distinguió que una sonrisa le bailaba en el rostro.
—No hay problema, mi querida, quédese tranquila —contestó el anciano—. Feliz Navidad.
—Feliz Navidad—, repuso ella, y se enfrascó en otros papeles dando por zanjada la entrevista.
Ambos, niño y anciano, caminaban lentamente por las frías calles de Londres. Habían salido del hospital hacía un rato, y sólo se habían dedicado a vagabundear por la zona. James se hallaba callado, ofuscado, sin ganas de hablar con nadie. Estaba sumido en sus propios pensamientos, y no tenía conciencia del mundo a su alrededor. Por su parte, el señor Evans lo miraba detenidamente, como si quisiera estudiarlo.
Habían ido, sin percatarse de ello, al café en que ambos habían compartido un chocolate y una conversación. El señor Evans miró a James y preguntó: “¿Quieres entrar?”. El niño no respondió; por el contrario, se quedó taciturno y muy silencioso. El hombre volvió a probar y apuntó: “Hace mucho frío, nada mejor que un chocolate para aplacarlo. ¿No te parece?”. Pero los intentos del anciano fueron infructuosos, el niño seguía igual de ensimismado. Siguieron caminando sin hacer alusión al tema durante un rato más. Después de un rato, llegaron a la plaza en donde se habían conocido hacía seis meses. El señor Evans recordó aquella tarde, y contrastó el verde estival de aquella ocasión, con la blanca e invernal nieve que cubría todo. Los árboles estaban desnudos y cubiertos por una capa de azúcar helada, los arbustos estaban escarchados y con las ramitas muy débiles, los juegos estaban llenos de copos, se habían formado dunas de nieve.
—¿No te parece hermoso?— preguntó el señor Evans.
El niño no contestó. El anciano sabía que el pobre James se sentía muy mal, y conocía las causas; pero no quería dejar de hablar con él, tenían que hablar para que el niño supiera que había algo más. El hombre volvió a intentarlo: “¿Sher? ¿No quieres hablar?”. El niño dejó de caminar y se volvió al anciano, lo miró con tristeza y dijo:
—Señor Evans, no tengo ganas de hablar.
El viejo comprendió al niño; recordó una lejana situación de su pasado, y sólo se limitó a seguir caminando.
Habían estado andando mucho rato, tanto, que no se habían percatado de la hora que era. Sólo habían caminado, sumidos en el más profundo silencio, tan sólo eso. Ya estaba oscureciendo, cuando el pequeño James se detuvo. Habían llegado a una construcción abandonada y medio derruida, una casa bastante maltrecha. Finalmente, el niño habló:
—Este era mi hogar —comenzó, el anciano sólo seguía en silencio, escuchando atentamente al niño—. ¿Recuerda que esta mañana le dije que diciembre era el peor mes? —El anciano asintió—. Para mi es el peor mes porque perdí a mis padres en Nochebuena, porque me trae mala suerte, y porque nada sale bien en este mes.
Las últimas palabras las había dicho en un tono bastante fuerte que no dejaba lugar a confusión, el niño estaba fúrico y triste. Era esa tristeza, combinada con la furia, lo que le había hecho soltar algunas lágrimas. Mas, el anciano no hizo nada; él sabía que lo mejor era que desahogara todo.
—Y ahora lo de Henry —continuó James—. Él es mi único amigo y está internado, no conozco su estado y está en terapia intensiva. ¡El mejor mes del año! —gritó socarronamente.
—James, te entiendo, nadie más que yo te entiende. ¿Sabes? Hace algunos años, perdí a mi única amiga en Nochebuena, y la extraño.
El niño lo miró incrédulo.
—¿Está seguro de que no es una historia para hacerme sentir mejor?
—Sé que puedes estar desconfiando mucho, pero no, no es una historia inventada. Mi querida Catherine se fue hace tres años, y he estado muy sólo en ese tiempo; ella fue mi compañera durante mi época de detective.
—Entonces… ¿cómo puede estar feliz en esta época? No tiene sentido, ningún sentido.
—¿Y tú, porqué no estás feliz?
Los ojos del niño se abrieron como platos.
—¿Qué? ¿Que por qué no estoy feliz? ¡Como para estarlo! ¿Acaso no escuchó todo lo que dije? ¡Navidad es la peor época del año! Me trae malos recuerdos, me trae mala suerte, no me gusta para nada. ¡Cómo voy a celebrar con los demás!
—James —dijo la voz del señor Evans, esta vez más ronca y estricta—, estás olvidando algo fundamental.
—¿Qué?
—La luz del mundo, ¿lo recuerdas?
—¿Y qué tiene que ver todo eso?
—Mucho, James, mucho. Estamos a veintitrés de diciembre, ¿verdad? Bueno, faltan pocas horas para que comience la víspera de Navidad, eso quiere decir que pronto ocurrirá algo magnífico.
—No veo qué.
—James, Navidad no es sólo comer, disfrutar con amigos y familia, o recibir obsequios costosos, no, es mucho más que eso. Navidad es una época especial, no por toda la celebración que implica, sino, más bien, por el gran evento que implica. Piensa que el Espíritu de la Navidad, por así decirle, invade cada uno de nuestros corazones y nos llena de alegría y paz.
—¿El “Espíritu de Navidad”?
—El Espíritu de Navidad —confirmó el anciano—. Y te puedo asegurar que el Espíritu de la Navidad no está en las casas más ricas y felices, sino en los más necesitados y pobres. Está en los huérfanos, en los niños, en los enfermos, en los que están solos. Cada veinticinco de diciembre, el Espíritu de la Navidad nace en cada uno de nuestros corazones. Nos da esperanza, aliento y ánimo, nos hace saber que no estamos solos.
—¿Pero y la gente que ha perdido todo?
—Allí está el Espíritu para reconfortarla. James, el Espíritu de Navidad nace en cada uno de nuestros corazones, despertando una llama de esperanza, una luz. Esa luz puede ser grande o pequeña, pero lo importante es que alumbrará el camino de ese corazón. El Espíritu despierta en nuestro corazón sentimientos de gratuidad, solidaridad, compañerismo, amor, amistad, caridad y más amor. Por eso, aunque todos crean que están solos, aunque todos crean que todo está mal, la verdad es que no están solos, la verdad es que no está todo mal. ¡El Espíritu de la Navidad ha nacido! ¡Y ha elegido cada uno de nuestros corazones para hacerlo! Ese es el mejor obsequio que se puede hacer a alguien.
—¿Por eso usted está feliz a pesar de todo? —inquirió James.
—Exacto! ¿Qué crees que es el Espíritu?
El niño lo miró con un gesto de curiosidad, pero el anciano sólo se limitó a mirar hacia el cielo estrellado. James también levantó su mirada, y sintió un profundo sobresalto al ver el cielo tan estrellado.
—La inmensa bóveda de estrellas—, comentó el anciano. —¿Entiendes, James? El Espíritu de Navidad es ese Espíritu, que nos recuerda que hay alguien que nos ama y jamás nos dejará solos.
Ambos se quedaron en silencio. El niño meditaba las palabras que había dicho el anciano, y a medida que las repasaba en su mente, las introducía a su corazón. Fue entonces cuando comprendió todo lo que el señor Evans le había dicho, fue entonces cuando entendió todo. Por su parte, el anciano veía sonriente las estrellas, buscando su propia estrella.
—Hay más motivos para estar feliz que para llorar —indicó el señor Evans—, mira allí —le dijo al niño, y señaló un punto en el cielo con su índice.
James levantó la vista y lo que vio lo llenó de sobrecogimiento. En el cielo nocturno, como una saeta brillante, caía una refulgente estrella fugaz.
—¿James, crees que existen los milagros de Navidad?
—No— contestó el niño.
—Entonces… cree, cree con todas tus fuerzas.
El pequeño Sherlock miró la estrella, y pidió con todas sus fuerzas, a la estrella, al Espíritu de la Navidad, a la inmensa bóveda estrellada. Pidió fervorosamente, pero nada sobresaliente ocurrió. De pronto, una brisa helada recorrió todas las calles y ambos personajes se estremecieron.
—Será mejor que volvamos a casa, James. —Por lo visto, el señor Evans no notaba la mueca de desilusión del pequeño—. Creo que una hermana del convento de Santa Eduviges estará muy preocupada por ti, y, además, ya comienza a refrescar mucho.
Ambos echaron a andar, volviendo lo ya caminado. En medio del viaje por toda Londres, el niño preguntó: “¿Señor?”.
—Si, James.
—Entonces… por eso la recepcionista se disculpó, ¿no? Quiero decir, eso fue por el Espíritu de la Navidad. Pero… entonces… ¿por qué se mostró tan mala al principio?
—Porque el Espíritu nace en el corazón, y mucha gente olvida escuchar su corazón de vez en cuando. Miss Claithorne se portó así porque no estaba atenta al Espíritu, pero luego, cuando hizo silencio, pudo oír mejor a su corazón, y por eso se imbuyó de ese Espíritu Navideño. Buena observación.
—¿Y Henry?
—Ya te lo he dicho, debes creer en los milagros de Navidad.
Permanecieron callados nuevamente, y el final del trayecto lo hicieron en silencio. Cuando James llegó acompañado por el señor Evans al orfanato, Sor Sandrín casi había desfallecido de la emoción. Después de que el señor Evans le explicara qué habían estado haciendo, y le hubiera tranquilizado con respecto al estado del niño en todo ese tiempo, se despidió muy cortésmente de las hermanas. Las hermanas del convento de Santa Eduviges aún recordaban la antigua ayuda que Adan Evans, el detective, había prestado en uno de sus primeros trabajos. Después de un: “Aquí será siempre bien recibido”, por parte de Sor Sandrín, el anciano se despidió. Cuando estaba en el umbral de la puerta, volvió sobre sus talones y buscó con la mirada al pequeño James, guiñó un ojo y sonrió con complicidad. El niño le devolvió la sonrisa, y vio como se marchaba aquel extraño hombre.
Las campanadas de la Iglesia sonaron, dando a entender que ya era Nochebuena. El anciano estaba en la ventana de su hogar, mirando las bellas estrellas del cielo nocturno, y con las orejas un poco rojas por el intenso frío. De la lejanía, traída por la helada brisa que corría, el anciano sintió un aroma a jazmín. Sonrió con felicidad y volvió a mirar las estrellas, de entre ellas, distinguió una que brillaba con un resplandor distinto, diferente. Sintió una profunda calidez en lo más hondo de su ser, y volvió a sonreír. “Feliz Navidad —dijo—. Feliz Navidad”.
El pequeño James dormía plácidamente en su cama, cubierto hasta la nariz. De repente, y sin que nadie se percatara, una ventana se abrió y una brisa recorrió todo el cuarto. Revolvió los cabellos del pequeño niño, pero James no lo notó. Se arropó más entre sus mantas, y dio un suspiro de alegría. Nuevamente los cabellos del niño se agitaron, como si alguien los estuviera revolviendo con cariño.
El día de Navidad, James despertó con una extraña sensación en su alrededor. Seguía creyendo, la noche anterior, que aquel día estaría solo y triste, como casi todas sus Navidades. Pero no era así; aquella mañana se había levantado de gran humor, a pesar de que no había dormido mucho. Saltó de la cama, y sólo con un batín y unas pantuflas, corrió hasta el salón central del orfanato, donde tenían el enorme árbol de Navidad.
Cuando entró, notó que había muchos internos buscando sus regalos. Sor Sandrín se acercó a James y le dijo jovialmente: “¡Feliz Navidad!”. James le devolvió el saludo con alegría y se abalanzó a los brazos de la monja, agradeciendo tantos años de amor y paciencia. Luego se separó y vio, con gran asombro, que la hermana se estaba enjugando las lágrimas.
—Anda —le dijo—, anda y ve a abrir tu regalo.
El niño corrió con una sonrisa en el rostro, y buscó su regalo debajo del inmenso árbol. Divisó un paquete, envuelto en papel de color verde, que tenía una tarjeta con su nombre escrito; lo tomó con sus manos, y lo abrió. El regalo era un suéter de lana que, a primera vista, parecía muy cálido y cómodo. El niño se lo enfundó sobre el pijama, y notó que le quedaba a la perfección. Tardó un poco en darse cuenta de que, sobre el corazón del suéter, había unas palabras bordadas: “James Harrison. Detective privado”.
Siguió mirando los regalos de los demás niños, y veía, a cada nuevo papel rasgado, una cara sonriente y llena de felicidad, un grito de sorpresa, o unos saltos de júbilo. Ya quedaban pocos regalos por abrir, pero uno le llamó la atención. Era un paquete rectangular, bastante duro, y envuelto con rojo y amarillo. Leyó la tarjeta, y un vuelco le dio el corazón. La tarjeta tenía dos palabras escritas con letra muy elegante y estilizada: “Sherlock Holmes”. Eso sí era insólito, ya que, habitualmente, los internos sólo recibían un regalo. Supuso que habría sido una confusión, así que fue a mostrarle el paquete a Sor Sandrín. Ella lo tomó muy extrañada, y le dijo que no tenía la más remota idea de quien podía ser.
—Una cosa sí es segura —dijo—, y es que tú eres el único con ese apodo en este orfanato.
James volvió a tomar el paquete entre sus manos, y, muy emocionado, subió las escaleras hasta su dormitorio. Tuvo la suerte de que nadie más se hallara allí, y pudo sentarse en la cama para abrir el obsequio. Cuando destrozó (literalmente) el papel, un montón de objetos cayeron del envoltorio. El primero, y el que a James le llamó más la atención, fue una barrita de chocolate; luego una paquete envuelto en papel madera; una carta que parecía oficial, y una carta más pequeña y casi doméstica. Pensó que lo más sensato sería ver la carta domiciliaria, quizá indicara a quién iba dirigido el obsequio. La tomó con delicadeza, y la abrió. Notó el mismo tipo de letra que había escrito la tarjeta, y se sorprendió al encontrar algunas pocas frases:
«Querido Sher:
»Perdona, jamás me acostumbraré a decirte “James”, pero no es eso para lo que te escribo. ¡Feliz Navidad!
»Creo que el chocolate te agradará, es uno de los mejores de Perefort. Y creo, además, que la otra carta te alegrará mucho.
»Ya para finalizar, creo que el paquete te será útil en estas épocas, y creo que no sólo te gustará a ti.
»Con mis mejores deseos:
»Adan C. Evans».
James abrió la otra carta apresuradamente, y la leyó con velocidad. Esta, si bien era un poco más larga, sólo tenía una cosa que a James le importaba de verdad.
«Estimado señor Evans:
»Ayer me ha pedido que le comunicara inmediatamente sobre cualquier novedad en el estado de salud de Henry Stuart, y recién ahora tenemos más información. Creo que le alegrará saber que el niño se encuentra mucho mejor, ya se ha trasladado a una sala común, pero tendrá que quedarse en el hospital. También ha de saber que el paciente ya puede recibir visitas. Los médicos dicen que se recuperará favorablemente, y él se encuentra muy animado y bastante activo.
»Nuevamente, pido mil disculpas por el pésimo comportamiento que tuve ayer para con usted y su acompañante. Espero sinceramente que pueda disculparme.
»atte.: Miss Claithorne».
James había quedado con la boca abierta, estupefacto y alegre, ante aquella noticia. Desenvolvió rápidamente el chocolate, y se lo llevó a la boca antes de que se desmayara. Tomó el último paquete entre sus manos y lo abrió de forma apresurada; ante sus ojos apareció una portada que rezaba: “Un estudio en Escarlata. Arthur Conan Doyle”. Debajo del título, había una imagen representativa de Sherlock Holmes acompañado por Watson. “A Henry le encantará —pensó”. Fue entonces cuando comprendió qué era lo que le quería decir el señor Evans cuando decía que les gustaría a ambos. se refería a que Henry y él podrían leerlo mientras el primero estuviera internado.
Sin poder contenerse más, saltó de la cama, se puso su abrigo y su viejo gabán, bajó las escaleras y comenzó a gritar: “¡Henry está bien! ¡Se pondrá bien!”. Era tal el alboroto, que había conseguido que medio instituto se fijara en él.
—¡James!— gritó Sor Sandrín. —¡A dónde crees que vas!
—Iré a ver a Henry. ¡Está bien! ¡Se puso bien! —respondió el niño con aire emocionado.
—¡Cuídate y vuelve pronto! —le recordó Sor Sandrín, con la sensación de que no la había escuchado (otra vez).
James corría por la calle de su orfanato, pero ahora lo hacía con alegría. ¿Quién lo diría? Hacía sólo unos días, el pobre niño había hecho el mismo recorrido con una creciente sensación de amargura en su pecho; ahora, lo hacía sólo con felicidad.
El niño corría por las calles de Londres que, a esas horas, estaban casi desiertas. Su pequeña figura se difuminaba con el gris de los edificios y, poco a poco, se iba perdiendo en la inmensidad de la ciudad.
A lo lejos, se oía el apagado canto de un villancico navideño; a lo lejos, se oía una apagada campanada; A lo lejos, en lo alto del cielo, y aunque nadie la viera, brillaba una estrella.

Sir Nícolas Vásquez de Aragón.

MusicPlaylist
Music Playlist at MixPod.com

Un regalo muy especial..

Buenos días queridos seguidores y lectores.

He recibido un regalo muy especial. Un regalo que me ha emocionado y que quiero compartir con vosotros. Se trata de un poema, la opera prima de un gran amigo. Aquí os lo dejo para que lo disfrutéis.
De Nicolás Vásquez de Aragón
El Hada Jengibre
Bajo la tenue luz del sol de otoño
Con los últimos vientos estivales de verano
Con los primeros fríos de invierno,
Con el color dorado;
Nacen las hadas silvanas.
¡Hay! Hadas de los bosques
¡Ay! Hadas hermosas y risueñas
¡Ay! Bañadas están por la suave brisa otoñal
Por esos son calmas
¡Ay! Y están tocadas por los vientos estivales del verano pasado
Por eso son apasionadas y valientes
¡Ay! Están tocadas por los primeros fríos del invierno
Por eso, a pesar de su dulzura, también son de fácil cólera
Sobre todo, ante las injusticias y las ofensas.
¡Ay! Bellas hadas silvanas
¡Ay! Jóvenes hadas del otoño
¡Cuánta belleza y cuánta dulzura tienen para dar!
Siempre dispuestas a dar una sonrisa
Ayudar sin mirar a quien lo necesita
Siempre dispuestas a hacer el bien.
Amigas son de muchos mortales
Y con ellos pueden conversar
Son curiosas y alegres
¡Son hadas sin igual!
Hay entre todas ellas
Un hada particular
Por los mortales es conocida como una especia
Dulce y picante a la vez
Ella sola representa a su especie
¡Es un hada Silvana de la cabeza a los pies!
De afable sonrisa y festivo corazón.
Allí está aquella intrépida Hada Silvana
Que su tierra abandonó
Para explorar el mundo de los mortales
Y traer felicidad
¡Ay! Tiene luz arco iris para dar
No vacila un momento en ayudar
Siempre dispuesta a colaborar
Con su mágico polvo de Hada
Suerte nos dará
Es pura dulzura y creatividad
Todas las Hadas Silvanas
Un Unicornio tendrán que cuidar
Esta Hada de la que les hablo
Al venir a nuestro mundo
Tuvo que traer a su unicornio
Para cuidarlo aquí
Lunita, se llamaba,
Si la memoria no me engaña
Pues bello y blanco como la Luna era
Grácil y veloz sólo como él.
Sin embargo nuestro mundo no es apto
Ya que no hay suficiente magia
Para que una criatura tan pura y perfecta
Pueda seguir viviendo en él.
Renunció a su cuerno
Y en un caballo hermoso se transformó
Corre por el valle
Junto a su familia
Relinchando feliz
Esta Hada de la que les hablo es muy especial
Pues es una buena amiga
No tiene par.
Como ya he dicho, la conocemos por una especia
Dulce y picante a la vez
¿Qué puede ser?
¡Jengibre! Sólo eso
Pues ese es su nombre mortal
Jengibre se hace llamar
Recorre el mundo en busca de aventuras
Tiene amigos por todos lados
Y como regalo muchas historias nos cuenta
Es sublime narradora
Pues gran locuacidad posee
E infinitas aventuras conoce
Añora su país natal
Y poder entre los árboles del bosque jugar
Sin embargo le gusta el mundo mortal
Aquí ella puede explorar
De naturaleza curiosa y muy aguda
De vivos colores y alegre sonrisa
¡Ay! ¡Afortunado es quien pueda verla!
¡Ay! ¡Afortunado aquel al que ella regale con una sonrisa!
Pues puede combatir la tristeza
El dolor
Y la amargura
¡Ay!
¡Afortunado aquel que la vea!
¡Ay!
¿Afortunado aquel al que regale con una historia!
Pues sus palabras son hermosas
Su memoria asombrosa
Y tiene la gran capacidad
De decir mucho en poco
Es una luz brillante
Que corre por el mundo
Iluminando
Guiando
Y sonriendo
Es una luz brillante
La luz de las Hadas
Es una luz brillante
La luz que siempre resplandecerá
Eterna y luminosa,
Cual estrella fugaz
Sólo con verla
Podrás tener una noche de paz.
Y jamás se olvidará de ti
Te llevará en su corazón
En sus constantes viajes te recordará
Y nunca, nunca te abandonará
Que la luz de esta Hada brille en tu camino
Pues con eso basta para ser feliz.
Y allá va corriendo
A ayudar a más mortales
A conocer nuevas cosas
A contar nuevas historias
Y allá va corriendo
Una luz para el caminante.
¡Suerte en tu camino!
Hada de los bosques.
¡Suerte en tu camino!
Hada Silvana.
¡Suerte en tu camino!
¡Hada Jengibre!
Gracias Nicolas, de corazón.

MusicPlaylist
Music Playlist at MixPod.com

V. E. R. (Pruebas incriminatorias)

Hoy quiero presentaros un relato de un buen amigo, elfo y escritor novel. Para mí es un honor que me la haya cedido para que la publique en mi pequeño rincón. Diría un montón de cosas sobre él, pero eso sería robarle el protagonismo a su historia. Así que sin nada más que decir. Os dejo con su obra. Espero que os guste tanto como me ha gustado a mí.

V.E.R. (pruebas incriminatorias))

Este cuento está dedicado a una persona muy especial que me enseñó a tomarme la vida con un poco más de humor y alegría. Quien me conozca ahora no podrá creer que antes fui serio o amargado, pues, el hecho de que no puedan creer eso los que ahora me ven es por la acción del destinatario de esta dedicatoria. Para ti, J.L.L., por enseñarme a tomarme la vida con mucha más alegría, a reírme de las adversidades, y a reírme al fin y al cabo, de mi mismo. Porque sin tu ayuda no hubiera podido conocer todo lo que hoy conozco, ni reírme de todo lo que hoy me río. Porque, al fin y al cabo, ¿No es la risa la mejor forma de sobrellevar la vida? ¿No es la risa, según Pablo Neruda, el idioma del alma? ¿No es si no la risa, lo más encantador del ser humano? ¿No es la risa, y más la risa con alegría, la belleza que cautiva? ¿Quién no se ha enamorado de la risa de una bella señorita? ¿Quién no ha reído al ver reír a un niño?
Para ti, J.L.L., porque sin tu risa hoy no podría reír. Porque sin tus enseñanzas, hoy no podría decir que soy el que soy ahora.
No sabiendo en dónde estás, siempre sé que estarás a mi lado. No sabiendo qué es de tu vida, o por dónde te han llevado vuestros caminos, siempre sé que estarás conmigo.
Para J.L.L. de V.A.

I

Era viernes, en una modesta casa de Londres. El silencio sólo interrumpido por los esporádicos pasos de un ebrio rezagado, era atronador. En aquel apacible hogar todos dormían plácidamente cobijados por sus arropadas mantas.
La familia Roberts era la más normal del vecindario. Jamás, por consiguiente, se pudo sospechar que una serie de eventos curiosos y extraños pudieran alterar su vida rutinaria y tranquila. Fue, como ya dije anteriormente, por tanto, muy sorprendente que aquel viernes, pasadas las doce de la medianoche, sonara el teléfono en la mesita de noche del señor Richard Roberts.
El jefe de la familia Roberts, esposo de Rose, y padre de tres hijos se vio muy sorprendido y aturdido cuando el teléfono de su mesita de noche comenzó a sonar. Primero creyó que se trataba de su despertador, pero luego recordó que esa noche no lo había puesto, ya que al día siguiente no tendría que trabajar. Luego, aún apabullado por la modorra pensó que se trataba del timbre. “Quizás el repartidor del periódico”, musitó. Pero de inmediato descartó la idea. Estaba muy oscuro, y aquel atolondrado muchacho siempre llegaba después de las nueve de la mañana. Con lo que Richard se preguntaba si no era mejor dejar de comprar el periódico y comenzar a ver el informativo matutino. “Además –reflexionó-, ese chico jamás tocaba el timbre. Siempre arrojaba el periódico desde su bicicleta”. Y haciendo un soberano esfuerzo por poner en funcionamiento sus neuronas se martilló el cerebro: “Entonces… ¿De qué se trata?” Se incorporó un poco en la cama, y sólo en ese instante comprendió que se trataba del teléfono que reposaba en la mesita de noche. Seguía sonando con agudos y regulares chillidos. El hombre sacudió la cabeza para despabilarse y con gesto somnoliento descolgó el auricular.
-Buenas noches –dijo con voz cansada y algo ronca-. ¿En qué…?
…-¡Buenas noches! –cortó una voz tajante y potente-. ¡¿Hablo con el señor Richard Roberts?! –preguntó sin inmutar en lo más mínimo su tono.
Richard quedó desconcertado. Eso definitivamente lo había terminado de convencer. Dentro de sí tenía una confusa mezcla de sensaciones, entre ellas: Sueño, confusión, incertidumbre, asombro, e indignación. “¡Cómo es posible esto!” pensó. “En una sociedad civilizada que a uno le despierten a las tres de la madrugada, que le griten por teléfono, y que le traten como a un perro”.
No podía creer cuán descaradas eran las personas. Y de muy mala manera contestó: -Sí, él habla. ¿Qué le urge a usted?
-Soy el teniente Eric Carowell, de la policía de Londres –respondió la otra voz.
-Y se podría saber… -inquirió Richard-, ¡Por qué causa soy despertado a las tres de la madrugada y tratado como si fuera un prisionero de mala calaña!
-Ante todo –respondió bruscamente el teniente-, he de informarle que usted no se encuentra en ningún derecho de reclamar ni solicitar ningún trato medianamente Cortez.
-¡Y porqué razón!
-Por la sencilla razón –dijo Carowell-, de que usted ha criado a una delincuente en potencia.
El grado de indignación de Richard Roberts alcanzó su punto cumbre y estalló: -¡¡¡Cómo dice!!! ¡Usted está verdaderamente chalado! ¡Es de este modo, con personas como usted aplicando justicia, que este país se está cayendo a pedazos! ¡Es por culpa de gente como usted que la gente decente, respetable y trabajadora como mi esposa y yo tengamos que sufrir las adversidades de la economía! ¡Usted! ¡Usted! ¡Usted… libertino y corrupto…!
…-¡Cuide sus palabras, caballero! –Cortó la voz metálica del teniente-. No tengo constancia de que yo sea todo lo que usted afirma, y más le vale, por consiguiente, cerrar la boca. Ya que de otro modo, me veré forzado a tomar medidas y demandarlos por daño psicológico, calumnias y difamación. Le recuerdo, mi estimado señor, que yo soy la representación de la ley.
-Pe-pe-pero –tartamudeó Richard-. Usted… mi hija… una delincuente…
-Será mejor que se haga la idea de que su hija es precisamente una delincuente –dijo Carowell-. Hace tiempo que venimos siguiendo su rastro, y esta noche por fin hemos conseguido atraparla con las manos en la masa.
-¡Pero mi hija es una niña de cinco años! ¡Ella es inocente! –protestó Richard.
-Toooodos son inocentes –replicó Carowell con voz fastidiada-. ¿Sabe cuántos me han venido con ese discurso?
Richard estaba estupefacto. Era ridículo, que un teniente de la policía londinense malgastara su tiempo en hacer una broma como aquella, era lo más ridículo que había visto en su vida. No podía terminar de creerlo, pero tenía mucha curiosidad por saber a qué se debía esa broma, y decidió continuar el juego. Así pues, con una voz preocupada, preguntó: -¿De qué se acusa a mi niña?
El teniente dio un resoplido y dijo: -Su hija, la señorita Victoire Elizabeth Roberts, nacida el día 1º de septiembre del año 1996, es acusada de portación ilegal de armas, contrabando de cocaína, asalto a mano armada, y contrabando de niños.
Listo, aquello era suficiente, había decidido que le seguiría el juego lo suficiente como para poder hacerlo quedar a la altura del betún.
Entonces –tanteó Richard-, ¿Puedo ir a ver a mi hija a comisaría?
-Ejem… creo que eso sí es posible, y parte del protocolo, señor. Debe venir inmediatamente a la comisaría de hilltone Street a reconocer a la delincuente, y podrá hablar con ella.

Usualmente Richard Roberts era un hombre tranquilo y calmo que no habría accedido a semejante propuesta por considerarla absurda e hilarantemente patética. Pero en aquella ocasión estaba lo suficientemente indignado como para levantarse de su cama, abrigarse bien, y tomar un taxi hasta la comisaría.
Al llegar allí pidió hablar con el teniente Carowell, y después de una larga espera de quince minutos le comunicaron que el teniente Carowell había partido a una persecución, pues una delincuente juvenil había escapado en sus propias narices. Maldiciendo y mascullando por lo bajo Richard Roberts salió de la comisaría hecho una furia, y tomó un tren de regreso a su hogar.
“Nunca más”, se decía, “el sistema es una verdadera porquería. Es por culpa de gente que está sólo por estar que tenemos la situación que tenemos”. Cuando llegó a su casa, calado hasta los huesos, subió las escaleras y fue hasta el cuarto de su hija menor. En la puerta había un cartel que rezaba: “V.E.R.”. Suavemente abrió la puerta, y miró atentamente hacia la cama de su pequeña. Allí reposaba, durmiendo y con una sonrisa de paz pintada en el rostro, una tierna niña de no más de cinco años. Su respiración era profunda y calma, y la sola imagen hubiera bastado para tranquilizar a un toro embravecido. Richard suspiró de alivio, y lenta, muy lentamente cerró la puerta.
Caminó despacio y sin hacer ruido hasta su alcoba y allí se recostó junto a su mujer. Con una última maldición por lo bajo que sonó a: “Papanatas que no hace más que perder el tiempo”. Se quedó dormido profundamente. Su mente estaría tranquila de todo remordimiento, pues como él había visto las cosas, todo estaba normal y pacífico.

II

Lo que Richard no sabía era que momentos antes de que llegara a su hogar una figura pequeña y negra corría sigilosa por entre los macizos y los setos. Saltó la barandilla que separaba el jardín trasero, y corrió presurosa hacia una enramada que trepaba por una pared de la casa. Escaló con agilidad la mata de hierba, y abrió la ventana de un cuarto.
Una pequeña niña de cinco años entraba en ese momento a su dormitorio, se quitaba un pasamontañas color rojo, y rápida se metía en su cama adoptando la posición más tranquila posible.
Momentos después su padre, Richard Roberts, entraba sigiloso a la habitación, veía la calma figura de su hija, y se iba a dormir tranquilo y en paz.
Luego, la niña abrió sus ojos levemente, vio que su padre se había ido, y saltó de la cama. “Por poco te atrapan”, pensó,” tendrás que tener más cuidado la próxima, amiga. Por suerte tu padre no es capaz de verificar si tus zapatos están al lado de tu cama o no”. La niña sonrió con una traviesa sonrisa, y tras ponerse su ropa de cama se recostó y quedó profundamente dormida.

III

Aquella noche el teniente Carowell volvió frustrado hacia la comisaría. Se le había vuelto a escapar, y lo había hecho quedar como un payaso ante toda la división. Llegó a su oficina mascullando entre dientes mientras pensaba: “Una niña, una niña te ha ganado”. “No mereces llamarte teniente”. “¡Una niña te hizo quedar en ridículo! ¡Una niña se te escapó de entre las zarpas! ¡Una niña te dio esquinazo! ¡Una pequeña niña violó las leyes y se burló de ti!” “Pedazo de inepto”…
El teniente se sentó a su escritorio y movió algunos papeles. De repente sonó el timbre del intercomunicador y oprimió el botón para hablar.
-Teniente Carowell al habla –dijo.
-¿Teniente? ¿Está disponible? –preguntó una joven voz femenina y muy provocadora.
-Si no lo estuviera –dijo él al borde de la exasperación, ¿Atendería el intercomunicador?
Se hizo silencio en la línea.
-Mi señor –dijo la voz-, ya está listo lo que usted pidió.
-¿Lo dejaron en el expreso sitio en el que les pedí? –inquirió desconfiado el teniente.
La secretaria titubeó un momento antes de hablar. Luego, con una voz dubitativa, dijo: -Sí señor, hemos dejado… las pruebas en el lugar donde nos indicó.
-¡Perfecto! –exclamó el teniente y cortó la comunicación.

IV

La secretaria, Susan Andersen, siempre se preguntó el porqué su jefe había ordenado que guardaran una serie tan extraña y peculiar de “pruebas” en el almacén más seguro y fortificado de la central.
Desde aquella noche en el almacén de pruebas físicas más custodiado, que era utilizado, normalmente, para guardar armas y materiales incautados a los criminales; se escondía entre sus paredes una frágil caja de cartón etiquetada: “V.E.R. (pruebas incriminatorias)”.
La caja contenía una bolsa de papel madera rotulada como: “Almuerzo de Billy Stuart”, Una bolsita con restos de azúcar de caramelos, una pequeña arma lanza-agua, y un pequeño bebé de juguete.

Fin.

Sir Nícolas Vásquez de Aragón.