Otoño en Nueva York (trilogía de Nueva York 3)

Había llegado a la ciudad buscando un sueño. Había dejado atrás su vida apacible en una pequeña ciudad del medio oeste. Quería ser escritora. Soñaba con eso desde que aprendió sus primeras letras y descubrió que con ellas se podía crear un nuevo mundo. Quería demostrarles lo equivocados que estaban a todos los que decían que no lo conseguiría. Que debía dejar esos sueños y vivir una vida real. Casarse y ocuparse de su familia, que es lo que deben hacer las señoritas bien educadas. Se marchó la mañana en que cumplía su mayoría de edad. Se subió a un tren rumbo a Nueva York, la ciudad de las oportunidades. De eso hacía ahora justo 50 años. Paseando por el parque en una luminosa mañana de otoño, recordó con nostalgia e ilusión el día que tuvo entre sus manos su primer libro. Sonrió feliz, pensando que ese sería un buen tema para su próxima novela.

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New York city. (trilogía de Nueva York 2)

Desde lo alto del Empire State, con el mundo a sus pies y la increíble vista de la ciudad, en lo único en lo que podía pensar era en sus profundos y tristes ojos azules. La echaba de menos, nunca creyó que tanto. Sólo podía pensar en la inmensa tristeza de aquellos maravillosos ojos cuando le dijo que no la amaba, que sólo sentía por ella aprecio y mucho cariño. No, no lloró, sólo le miró con sus inmensos ojos y se marchó. Sin una lágrima ni un reproche. Fue la última vez que la vio. La última vez que supo de ella. Hasta aquella fría y brumosa tarde de octubre. Cuando, por casualidad, supo que había fallecido. Una grave enfermedad de la que nunca le habló. Y allí estaba él. En lo más alto del Empire Estate, el lugar al que ella siempre quiso ir. Deseando haberle dicho la verdad aquella tarde. Haberle dicho que la amaba con toda su alma. Que estaba enamorado de ella como nunca lo había estado. Cerró los ojos y saltó.

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New York, New York. (trilogía de Nueva York 1)

“Cielos, ¡debo haberme vuelto loca!” se pregunta mientras le paga al taxista y se baja del coche. Sea o no una locura ya no hay vuelta atrás. Respira hondo, tratando de acallar los latidos de su corazón. Lo tiene difícil. Está en medio de Times Square, esperándole. No sabe muy bien como ha terminado aquí, ni porque lo ha hecho. Sí, el por qué lo sabe muy bien. Él se lo había pedido, casi se lo había suplicado. “Te necesito” le había dicho hacía un par de noches. Y había algo en su tono de voz, una melancolía que se filtraba en cada palabra, que la convenció de que era sincero. “Sin ti nada tiene sentido”, esas palabras consiguieron que las lágrimas inundasen sus ojos. Nunca creyó que se las oiría decir. Y en ese momento supo que lo haría, que lo dejaría todo atrás para ir a su encuentro. Consiguió un billete de avión para el día siguiente, metió lo imprescindible en una pequeña maleta y sin despedirse si quiera, partió rumbo a la Gran Manzana. “A la aventura, por primera vez en mi vida” pensó mientras cerraba la puerta de su pequeño apartamento. ¿Volvería? no lo sabía. Quizás…

Se habían conocido por casualidad. Unos amigos la habían convencido para que fuera a cenar, daban una pequeña fiesta, algo informal con algunos compañeros del trabajo. No tenía muchas ganas de ir, últimamente no salía demasiado. Pero insistieron tanto que no le quedó mas remedio que ir. Allí estaba él. Con aire de estar un poco perdido. Apenas hablaba el castellano y se sentía como un pez fuera del agua, como una ballena varada en la playa. Por suerte a ella siempre se le dio muy bien el inglés, así empezaron a hablar. Supo que era americano, que llevaba apenas un mes en la ciudad, que sólo estaría unos meses, el tiempo que le llevara el proyecto que estaba realizando. Descubrió que tenía los ojos verdes más bonitos que había visto en su vida. Y también que tenían muchas cosas en común. Se ofreció para enseñarle la ciudad y él aceptó encantado.

Fueron unos meses increíbles. Era innegable la atracción y la química que había entre ellos. Pero ninguno de los dos quería reconocerlo. Sólo eran amigos, muy buenos amigos. Los dos sabían que un día él volvería a su país. Que ya nada sería lo mismo.

Y ese día llegó. Fue una despedida difícil, casi fría. No se prometieron seguir en contacto. Ambos sabían que no lo harían. Ella sentía que el corazón se le rompía. No quería reconocerlo, pero se había enamorado. Consiguió mantenerse serena hasta llegar a casa, pero nada más cerrar la puerta se derrumbó. Se tendió en la cama, llorando desconsolada.

Pasó un mes y ni un sólo mensaje suyo. Ya se había resignado, ya apenas miraba el correo electrónico con la esperanza de que le hubiera enviado uno. Y de repente esa llamada en medio de la noche. Se asustó al escuchar el timbre del teléfono, contestó casi con miedo, a esas horas sólo podían ser malas noticias. Casi se le paró el corazón al escuchar su voz. Tuvo que pellizcarse para convencerse que no era un sueño. ¡Era él y le había pedido que se reunieran en Nueva York!

Y ahora estaba esperándole, en Times Square, nerviosa, temblando como una hoja, y no precisamente de frío. Por un momento tiene miedo que no aparezca, pero justo en ese instante le ve aparecer. Le reconocería en medio de una multitud. Le saluda con la mano y él la ve. Y sonríe, corriendo hacia ella. Y cuando se encuentran, él hace lo que siempre ha deseado hacer, dejarse llevar por la pasión que siempre ha sentido y la besa, poniendo todo el alma en ese beso, diciéndole sin palabras que la quiere, que siempre lo ha hecho.