Trilogía de París 3: La caja de música.

Cada día pasaba por esa calle. A la salida del colegio. Aunque le suponía caminar un poco más. Pero tenía que pasar por el bulevar, tenía que detenerse frente al escaparate de esa tienda. Y allí, en primer plano estaba lo que tanto deseaba. La preciosa caja de música. El regalo que siempre deseaba, pero que nunca recibía. Brillaba, iluminando todo el escaparate. Blanca, con pequeños arabescos dorados. Y esa música, que a pesar del grosor del cristal que la apartaba de ella, podía escuchar con toda claridad. Una música mágica e hipnótica. Sin saber muy bien porqué tuvo el impulso de cogerla. Miró a través del cristal y no vio al vendedor. Se decidió, abrió la puerta, emocionada por poder tener lo que tanto deseaba. La música parecía guiarla en su camino. La puerta se cerró con un golpe seco, pero eso no importaba, sólo deseaba tener la caja en sus manos. De puntillas, se aferró al estante, rozando la caja. Cuando por fin pudo alcanzarla, sintió como si una poderosa fuerza tirara de ella hacia el interior de la caja. Sintió como cayera por un túnel oscuro, perdiendo el conocimiento. Al despertarse, volvía a escuchar la melodía que tanto le gustaba. Pensó que todo había sido un sueño. Abrió los ojos. Un grito escapó de su garganta cuando descubrió que estaba rodeaba de espejos y en ellos reflejada la imagen de una pequeña bailarina, bailando sin parar la mágica melodía.

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Bajo el cielo de Paris. (trilogía de París 2)

Bajo el cielo gris plomizo de París una pareja de ancianos pasea por el viejo Montmartre. Caminan cogidos de la mano, con paso lento. Sus ropas, pasadas de moda y muy raídas. No son indigentes, aunque su situación no es demasiado buena. Pero a ellos no parece importarles. Se tienen el uno al otro y lo justo para vivir. No necesitan más, son felices. Viven en una pequeña buhardilla, la misma que les sirvió de refugio hacía ya tantos años, cuando eran dos jóvenes amantes compartiendo una pasión prohibida. Él un joven escritor idealista que quería cambiar el mundo. Ella una joven de la buena sociedad, tímida y rebelde. Eran felices juntos, pero la guerra los separó. Él se alistó, aunque nunca había empuñado otra arma que sus palabras, quería combatir el totalitarismo. Ella se quedó en la buhardilla, esperando su regreso. Tiempos duros y tristes, pero ella nunca perdió la esperanza. Sabía que su amor estaba vivo, lo sentía en su corazón. Y por fin, la liberación. Y regresó, demacrado y lleno de cicatrices, pero feliz, estaba vivo y había vuelto con aquella a la que tanto amaba. Le confesó que su recuerdo era lo que le había mantenido vivo en los duros combates. Jamás habían vuelto a separarse. Y allí, sentados en un banco, juntos y abrazados, transmiten tanto amor y tanta ternura, que todos los que pasan no pueden evitar mirarlos con cariño, y también algo de envidia… ¡¡¡es tan bello poder envejecer al lado de la persona amada!!!

Trilogía de París 1: París.

Paris siempre era una buena opción, pensó mientras paseaba por las solitarias calles de Montmartre. La rosada luz del alba empezaba a despuntar, pero todavía estaban encendidas las farolas. Llovía, no llevaba paraguas pero no le importaba. Sentir el frescor de las gotas en su cara le hacía sentirse vivo. Había dejado su hogar, escapando de una vida rutinaria y de un matrimonio fustrante con una mujer a la que no amaba. No la había amado nunca, ahora se había dado cuenta de ello. Sólo buscaba una vida ordenada, lejos de su agitada juventud. Creyó que así sería feliz. Sólo ahora era consciente de su error. Ahora, que con el sabor del amor en sus labios, volvía a su pequeña buhardilla, se sentía realmente feliz. Había vuelto a pintar. Había vuelto a reír. Había vuelto a vivir.

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