Tu canción. (Your song)

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Tú canción. (Your song) 
Toda mi vida sujetando mi corazón, negándome cualquier tipo de sentimiento, bloqueando los recuerdos. Pero el azar es caprichoso y en un segundo, cuando más seguro me sentía, un piano sonando en un anuncio de televisión y toda mi vida se vino abajo como un castillo de naipes bajo un vendaval. La reconocí en el acto, era “Tu canción”, nuestra canción. Aquella que un día me susurraste al oído, sentados en la banqueta del viejo piano que te legó tu abuelo, tan juntos que ni el aire podía colarse entre nosotros. Eran los días felices, éramos jóvenes, estábamos enamorados e íbamos a comernos el mundo. Te sentaste al piano, como cada tarde, siempre decías que la práctica hacía la perfección. Yo trataba de convencerte para que nos fuéramos a “quemar” la ciudad. Era mi cumpleaños y sólo quería celebrarlo contigo. Pero tú me engatusaste para que nos quedáramos allí. Me pediste que me sentara a tu lado y, como regalo, compusiste esa canción. “Siempre podrás contarle a la gente que es tu canción” me decías, “¿cuánta gente es dueña de una canción?” me asegurabas. ¡Qué feliz era en ese instante! Fue la última canción que me regalaste. Tú mejor canción. También la última. El azar cruel te alejaba para siempre de mi dejándome, como eterno recordatorio de lo que fue, la canción. Tu gran éxito. El dolor era tan grande que tomé la única decisión posible. Me alejé del que hasta entonces había sido mi mundo, amurallé mi corazón y me obligué a olvidar. Hasta hoy, tantos años después. Sólo unas notas y todo ha vuelto a mi. Tu recuerdo como un ciclón que derriba a su paso todas las defensas que tan duramente construí. Y, entre las lágrimas tanto tiempo reprimidas, he sentido tu presencia a mi lado susurrándome que esta siempre será mi canción. 

Un aniversario especial.

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Hoy es un día muy especial para mi. Hoy celebro un “cumpleaños” muy especial. Tal día como hoy, pero hace ya 40 años llegaba a la ciudad de Barcelona. Era 1976, una época convulsa y muy importante en la historia de este país y yo, a mis 8 años, me veía obligada a dejar atrás toda mi vida y empezar de nuevo en otro lugar, lejos de todos mis amigos y la gran parte de mi familia.
Mentiría si dijera que el traslado no fue un poco traumático. Los primeros días, cada noche cuando me iba a dormir quería que al despertarme volviera a estar en la ciudad donde había nacido y vivido hasta ese fatídico 8 de marzo.  Echaba de menos a todos mis amigos, a mis abuelos a los que iba a visitar cada fin de semana y que con el traslado sólo podría ver dos o tres veces al año. Creía que no volvería a hacer amigos.
Pero los días iban pasando, los nuevos vecinos nos acogieron con los brazos abiertos y creo que a la semana ya había hecho una amiga del alma y un montón de nuevos compañeros de juegos y travesuras.
Y el MAR… el mar fue la gran revelación, el motivo que hizo más fácil mi adaptación a la nueva y enorme ciudad. Ahora no concibo vivir alejada de este mediterráneo que me “adoptó” y me acogió entre sus aguas, esas aguas donde, como cantaba Serrat, sigue jugando mi niñez. Ese mar frente al que he llorado penas de amor, el que ha vivido conmigo el miedo, la esperanza y la felicidad más absoluta. El que me ha dado fuerzas para no desfallecer cuando se hacía difícil luchar contra ese sarcoma y sus puñeteros efectos secundarios. Ese en el que tengo el mono de sumergirme en cuanto el estado de mi pierna operada me permita hacerlo.
El mar lo cambia  todo. No puedo explicar porqué. Y en un día como hoy sólo siento no poder estar a su orilla para celebrar nuestro aniversario tan especial. Pero sé que muy pronto volveremos a estar juntos.

¡¡¡FELIZ ANIVERSARIO, MI QUERIDA BARCELONA!!!!

¡¡De vuelta a casa!!

Semana de hospital.

 Parece mentira, pero ya hace casi mes y medio que despedía de todos vosotros por un tiempo que esperaba y confiaba no fuera demasiado largo. Motivos de salud me obligaban a ello. Llevaba casi dos años en lista de espera para una operación más que necesaria. Dicen que todo llega al que sabe esperar, es cierto…

El 25 de enero entraba en quirófano, en el hospital de trauma de la Vall d’Hebrón. A las 8:30, entraba como las divas o la realeza pues ya estaban todos dentro esperándome. El quirófano era enorme y muy moderno, de paredes azules y unas regletas de luces de colores en el techo. La verdad… por unos minutos lamenté que me fueran a dormir y no poder seguir admirando todos los gadgets y demás accesorios del quirófano. Pero sólo por un instante… en cuanto conocí al que sería mi anestesista, un doctor moreno,  alto y delgado como un lápiz, simpático, mucho, incluso a esa hora temprana de la mañana de un lunes. Vamos que en cuanto le conocí sólo tuve ganas de ponerme en sus expertas manos y dejar que me llevara al reino de los sueños.

Diez horas más tarde me despertaba en la unidad de reanimación. Despertar es una manera muy optimista de decirlo… muy despierta no estaba. Recuerdo que cuando volví en mí lo primero que se me ocurrió preguntar fue “¿ya no tengo barriga?”, nada de como había ido la operación o algo por el estilo… Así soy yo… Y no recuerdo mucho más de ese momento. Mis familiares me decían cosas que yo con la cantidad de calmantes que llevaba encima ni siquiera recuerdo. La verdad… benditos calmantes… gracias a ellos la noche en reanimación fue llevadera y conseguía dormir a pesar del manguito del tensiómetro apretando mi brazo cada 5 minutos, los gritos de pacientes desorientados o los miles de pitidos de los miles de aparatos que controlaban las constantes vitales, sueros y calmantes de 13 pacientes recién operados.

Contado así parecería que ese lugar hubiera sido la antesala del mismo infierno, pero tampoco fue tan horrible, también hubo un momento de buen humor, justo de madrugada cuando la mayoría de pacientes dormía plácidamente (hasta el pobre anciano que se había pasado la noche desorientado, chillando y arrancándose vías y sondas). En ese momento dos pacientes estábamos despiertos y con las enfermeras más relajadas tras la dura noche pasada, hicimos unas risas, todos empezamos a decir lo que nos apetecía para desayunar. Contando que la mayoría llevábamos casi 24 horas en ayunas la cosa tenia su gracia. Lástima que apareciera un médico aguafiestas y nos cortara el rollo…

Parezco una abuelita contando batallitas… esta entrada sólo era para decir ¡¡¡¡hola, he vuelto!!!!! Pero ahora que lo pienso, no sería mala idea relatar mis aventuras en el hospital. Total mientras dura la convalecencia no tengo demasiadas cosas que hacer…

Como terminaría mi escritor favorito: “esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión”

Que difícil es decir adiós…

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Que difícil es decir adiós… Adiós, una palabra tan corta, tan definitiva… y tan inevitable… como la muerte.  Hoy me he despertado con la noticia de que David Bowie había fallecido ayer y me he quedado helada. No me lo podía creer, hacía sólo unos días que había cumplido 69 años, además acababa de salir un nuevo álbum… pero sí, era verdad que Bowie ya no estaba entre nosotros. La muerte tiene esas cosas… que nunca sabes cuando llegará.

He leído que llevaba 18 meses luchando contra un cáncer… Cáncer… una palabra tan corta y a la vez tan cargada de dolor y sufrimiento. Como adiós, cinco letras que uno nunca quiere escuchar… ni tener que decir…

Bowie, el hombre de las mil caras, el rey de las reinvenciones, el duque blanco, Ziggy Stardust, Starman… nos deja un poco huérfanos a todos los que amamos la música. Nos queda el consuelo de sus canciones inolvidables, como “Space oddity”, Life on Mars?, Aladdin sane o Heroes.

Descansa en paz, David Bowie!

Carta de despedida al 2015.

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Apreciado 2015,

Más que una carta de despedida casi voy a escribirle una carta de despido. La verdad, sé que sólo traía 365 días pero la verdad es que se me ha hecho largo, muy largo. Con las esperanzas con las que lo recibía hace ahora un año y lo rápido que me decepcionó. No, no me ponga excusas, no me venga con eso de que todo es culpa de la herencia recibida de 2014. Usted no hizo nada por arreglar el desaguisado de un año que terminaba con el número nefasto ¡¡¡maldito nº14!!!

Porque de usted esperaba mucho, con es nº15 tan hermoso. Pero no, ni siquiera había terminado el mes de Enero y ya estaba claro que no iba a ser un buen año. Pasaban los meses y la cosa no mejoraba, al contrario… La cosa iba a peor, era peor que, incluso, el año anterior… del número nefasto me esperaba cualquier cosa y todo malo, por eso me ha decepcionado tanto.

Me dirá que usted sólo pone los 365 días, que de llenar esos días se tiene que encargar cada uno de los mortales, que sólo le faltaría ir repartiendo a tutiplén la suerte o la desgracia, que eso no le entra en la miseria que le pagan.Que seguramente también ha tenido momentos y días buenos o muy buenos… Seguramente tiene razón…pero que quiere, siempre es más fácil quejarse y echar la culpa a otro antes que hacer ejercicio de humildad y reconocer que uno tiene la culpa (o el acierto) de las cosas que le pasan.

Sí, ha leído bien, estoy reconociendo que yo tengo gran parte de la culpa de ésta decepción…

Me gustaría que esta noche nos despidiéramos, sino como buenos e íntimos amigos, como cordiales conocidos que han recorrido juntos un largo y tortuoso camino y que ahora deben separarse y seguir cada uno una senda diferente. Por eso quiero desearle lo mejor dónde quiera que sea que vayan los años que ya han cumplido su misión y espero que usted me haga el honor de desearme la misma suerte.

Compañero 2015, “Namarië mellon”

Navidad en verso.

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Hoy os traigo un poema escrito por el Hada Piruleta, una jovencísima hada golosina. A ella le encanta la poesía y ya hace sus pinitos como poetisa. De hecho ganó el festival de primavera del Bosque de los Confites. Pero eso es otra historia que os contaré otro día.

¡Que llega la Navidad! (por el Hada Piruleta) 

¡Que llega la Navidad!
Todo el mundo a despertar.
Para que Papá Noel,
los regalos pueda traer.
A los niños les encanta,
Cada año le dan una carta,
Y además le comentan:
¿Papá Noel, que me cuentas?
Papá Noel les responde:
“por allí, en el polo Norte
Con los elfos, que me ayudan
a que la Navidad al fin fluya.
Al acabar la conversa
la niña le comenta:
Papá Noel, me tengo que ir
que mis padres me esperan allí.
Papá Noel se despide
pero esto aún sigue
porque llega otro niño
y le comenta lo mismo.
Al fin acaba esto,
la cola queda como un desierto
los niños ya se han ido
y hacia el polo Norte, él seguido
Y con la mano en el pecho
Los niños dicen esto:
Papá Noel vendrá
Al fin, esta Navidad.

 

 

La niña que amaba la Navidad.

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La niña que amaba la Navidad. (por Jengibre)

Erase una vez una niña que amaba la Navidad, más que a todas las cosas. Más que a su muñeca Marita; más que a las madalenas de la abuela que son las más dulces, tiernas y esponjosas que ha comido nunca. Más que los dulces que cada domingo le compran Papá y Mamá. Más que a las vacaciones de verano, no ir al cole y poder pasar todo el tiempo en casa de los abuelos jugando de la mañana a la noche era divertido, pero le faltaba eso que hacía diferente a la Navidad, le faltaba la MAGIA.
Por todo eso la niña contaba cuanto faltaba para el mes de diciembre durante todo el año. No es que no disfrutara de los once meses restantes… bueno, quizás noviembre no lo disfrutaba en absoluto, estaba demasiado impaciente ya por que pasara rápido. Esos treinta días se le hacían larguísimos.
Pero todo pasa, hasta el oscuro y frío mes de noviembre llegaba a su fin, dejando a Diciembre entrar en su vida llenándolo todo de luz, color y felicidad. No podía explicar porqué pero todo cambiaba esos días. Las calles de su pequeña ciudad se llenaban de luces de colores. Por doquier surgían abetos engalanados con guirnaldas y adornos de brillantes colores. Hasta la gente estaba diferente, todos eran más amables. Incluso Paco, el tendero de la esquina que solía ser huraño y mal humorado, en cuanto la señora Pepa (su esposa) colgaba cuatro guirnaldas era capaz de esbozar el tímido asomo de una sonrisa bajo su negro y poblado bigote.
También el colegio y sus aburridas lecciones y tareas se hacían más soportables. En cuanto Diciembre asomaba la nariz, empezaban los ensayos para el concurso anual de villancicos. Cada clase tenía que preparar dos canciones para el festival que tradicionalmente se celebraba el último día de clase antes de las vacaciones navideñas. Y el concurso iba muy en serio, delante de todo el colegio y de los padres cada clase luchaba por el honor de llevarse la copa dorada que luciría orgullosa todo el año. Su clase llevaba dos años seguidos teniéndola en sus vitrinas. Algo de lo que la niña se sentía muy orgullosa, era una hazaña que nunca antes nadie había conseguido, y sabía que en gran parte ella era el artífice de ese triunfo, pues cantar era lo segundo que más le gustaba, justo detrás de la Navidad, por supuesto.
Si todo el tiempo y el entusiasmo que dedicaba a la música lo dedicara a las matemáticas, por ejemplo, sería la primera de la clase, o eso es lo que siempre decía la Señorita maría a sus padres cuando les citaba para quejarse de sus escasos progresos académicos. Pero ¿cómo explicarle que no podía evitarlo? Venía de una familia de músicos que se remontaba como un par de siglos atrás. Papá decía que llevaban la música en la sangre. Lástima que Mamá siempre le regañara cuando decía esto. Mamá quería que su hija estudiara y fuera una mujer de provecho, porque la música no daba para vivir con desahogo. Papá tocaba en la banda municipal y daba clases en el conservatorio. No tenían lujos y llegar a fin de mes suponía un reto, pero nunca les faltaba un plato caliente en la mesa y tenían un hogar feliz. Eso les bastaba. Y aunque Mamá fruncía el ceño y fingía enfadarse con Papá, por dentro no podía estar más de acuerdo con su esposo, el hombre que llenaba su mundo de música, alegría y amor, sobretodo mucho amor.
Y, por fin, una mañana al despertar ya era Nochebuena, el día más mágico del año y su favorito más favorito de los 365 días del año. Saltó de la cama a la primera, sin remolonear entre las mantas como hacía los demás días, sobre todo los días de colegio; ¡tenía tantas cosas que hacer y tan poco tiempo para hacerlas! Tenía que preparar las cosas que se llevaría a casa de los abuelos… y no era un asunto baladí. Abrió cajones y fue sacando cosas del armario y poco a poco fue seleccionando lo que se llevaría. Sabía que luego Mamá descartaría algunas cosas y añadiría otras… Se vistió y se peinó en un segundo, no había tiempo que perder pues cuando Papá decía que saldrían a una hora no le gustaban los retrasos. Además, tenía tantas ganas de llegar al pueblo donde vivían sus abuelos, que antes de la hora ya estaba preparada y dispuesta para viajar, mirando divertida como Papá y Mamá se aseguraban por tercera vez que el gas y el agua estuvieran cerrados y que llevaban todo el equipaje necesario. Sus Papás se ponían muy nerviosos antes de viajar, y eso le hacía mucha gracia, no entendía por qué. A ella le encantaba viajar. Como no tenían automóvil pues era muy caro de mantener y su Papá prefería destinar ese dinero a otras cosas que él consideraba más importantes, viajaban en tren. ¡¡¡Y era maravilloso viajar así!!!! ¡Adoraba los trenes! En cuanto llegaban a la estación la aventura empezaba. Cada uno llevaba su maleta, bueno, en realidad era Papá el que cargaba con la maleta más grande y pesada; ella apenas llevaba una pequeña bolsa de viaje con sus juguetes, libros y un cuaderno de pintar con sus lápices de colores. También llevaban una bolsa con bocadillos y un termo enorme con café con leche. El pueblo de los abuelos estaba un poco lejos de donde ellos vivían y el viaje en tren duraba muchas horas. También llevaban el violín de papá. Nunca viajaba sin su violín. Él decía que era su más y mejor amigo; Mamá decía que muchas veces el violín era el que hablaba por él pues Papá era hombre de pocas palabras. Si Mamá tenía razón o no, no lo sabía, pero la verdad es que Papá tocaba el violín como los ángeles. A ella le encantaba oírlo tocar y sabía que para amenizar las largas horas de trayecto su padre sacaría su violín y haría lo que mejor sabía hacer. Se abstraía de todo lo que le rodeaba y se dejaba llevar por la música. Y todo el mundo en el vagón le escuchaba. Su música era capaz de atraparlos en su magia, creando una ola de camaradería que duraba todo el viaje. Cuando llegaron a su destino, todo el mundo les aplaudía y les agradecía el improvisado concierto que tanto les había distraído. Pero ella ya no les prestaba atención, ¡acababa de ver a su abuelo en la estación!
Sus abuelos vivían en una casa muy antigua, con un gran patio para jugar y un desván encantado donde perderse y soñar. Tenía tantas habitaciones que la mayoría ya sólo se usaban en navidad cuando se juntaba toda la familia. Era una casa de piedras tan antiguas como el tiempo y que hablaban de tiempos mejores. Ahora sólo vivían allí los abuelos, que se resistían a dejar su hogar. Pero en Navidad toda la familia acudía allí para la cena de Nochebuena. La casa volvía a estar llena. Todo era ajetreo y risas y hasta las piedras milenarias eran menos grises y más felices. Un árbol de navidad enorme presidía el comedor y todo era luz y color por doquier. Era maravilloso estar de vuelta y que fuera Navidad.
Todos estaban allí ya, esperándolos, la mesa preparada, dispuesta para la cena. La niña se sentía muy feliz. Allí, con toda su familia reunida, todos juntos y felices por estar reunidos un año más. Eso era lo que más le gustaba de la Navidad, por eso era su época favorita.
Tras la cena, Papá cogía su violín, el abuelo se sentaba al piano y sus tíos sacaban los instrumentos y ¡empezaba la verdadera fiesta! La abuela, con su maravillosa voz de soprano, cantaba los villancicos tradicionales como si en lugar del comedor de su vieja casa estuviera en los teatros de su juventud. Y ella, contagiada por la magia del momento, se animaba a acompañarla. Cerraba los ojos, se dejaba envolver por la música, y cantaba con todo su corazón. Eso era para ella la felicidad absoluta, estar rodeaba por la gente que quería, cantando feliz. Eso era para ella la Navidad, la auténtica Navidad.