Rinconcito poético XXIII

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Hagamos un poema. (Guillermo Carnero)

Hagamos un poema,
con tu piel
y mis labios
con la brisa de noviembre
y los aguaceros de junio.
Pintemos de pájaros
y madrugadas
nuestras espaldas sudorosas.
Amamantemos nuestra sed
con el crepúsculo
tímido y solitario
que se corona de lunas
desparramadas
en las gotas
de los inviernos.

Carta abierta a Ray Bradbury.

Querido y admirado Ray.

Perdóname el tuteo, no es falta de educación, pero te he leído tanto y desde hace tanto tiempo que es como si te hubiera conocido de toda la vida.

Ya hace dos meses que nos dejaste y todavía no me puedo creer que no volverás a crear otro de tus maravillosos cuentos. Nos has dejado un poco huérfanos a todos los que amamos este fascinante mundo de tinta y papel.

Recuerdo aquel día de junio, cuando escuché la triste noticia. Estaba disfrutando de un día mágico. Uno de esos días en los que todo parece perfecto. Uno de esos dorados días de estío que te reconcilian con la vida y con el mundo. Y había tenido tan pocos de esos en este último año… Pero justo al atardecer, con los últimos rayos del sol escuché en la radio que te habías marchado para siempre. Y no pude evitar que las lágrimas y la pena inundaran mi corazón.

Pensarás que soy una exagerada. Sólo soy una más de tus millones de lectores… Pero tú para mí has sido un millón de cosas a la vez. Tu me despertaste, no la imaginación (me temo que esa se me despertó ya incluso en el vientre materno), pero sí me abriste los ojos a otros mundos. Leerte se convirtió en una aventura fascinante. Viajé a Marte… y no importa la imágenes que las sondas espaciales envíen del planeta rojo… para mí Marte siempre será como la imaginé cuando leía Crónicas Marcianas… Gracias a ti descubrí a otros escritores, gente como P. K. Dick o Stephen King.

Y crecí. Y la niña que soñaba con viajar más allá de las estrellas tuvo que aterrizar de golpe en la realidad. Idealista me llamaban, con ese tono despectivo que siempre utilizan los que han perdido la capacidad de soñar, y con el que suelen herir duramente. Olvidé los castillos en el aire, bajé de alfa-centauro y de mis estrellas soñadas. Leí a otros autores. Más convencionales. Muchos de ellos olvidables. Me volvía gris y fría por momentos…

Por suerte descubrí a Tolkien, y volví a soñar y a dejarme llevar por mi imaginación. Y la niña que fui volvió a surgir, con más fuerza si cabe. Dejó de importarme lo que otros pensaran de mi y llevé con orgullo mi idealismo. Regresé a mi alfa-centauro, mi estrella, más luminosa que nunca…

Eso me salvo. Eso me dio fuerza para enfrentarme al cáncer. Hice de la lucha contra la enfermedad otra  aventura fascinante. Y lo fue, vaya si lo fue. Y esa aventura me llevo de nuevo a ti y a tus libros. Al principio volver a leer Crónicas Marcianas fue un poco raro. Me llevaba a mi infancia, a una época en la que mi pierna estaba entera. Y eso me ponía un poco melancólica… Pero con cada uno de los cuentos que releía toda esa nostalgia quedaba atrás y sólo volvía a sentir la fascinación de la primera vez.

Y cuando me enfrenté a la página en blanco, nerviosa y asustada, tú eras mi maestro y mi inspiración. Surgieron mis primeros cuentos. Cuentos llenos de fantasía. Sencillos y humildes. Cuentos que sin ti nunca habrían surgido de las profundidades de mi mente.

Sé que hace mucho tiempo que no escribo ni una letra. Malos tiempos se han cernido sobre mi dejando mi creatividad casi agotada. Pero se que volveré a escribir. Tú seguirás enseñándome e inspirándome, porque la verdad, la única y auténtica verdad es que nunca te has ido… Sigues vivo en cada una de las líneas que escribiste.

Gracias Ray.