Trilogía de Venecia 3: El palazzo encantado.

La luz del sol inundaba la habitación. Una habitación de lo que fue un típico palazzo ahora reconvertido en hotel. En ella un joven sentado frente al ventanal dibuja en su vieja libreta de esbozos. Lleva así desde el alba, el pequeño carboncillo sin parar de trazar líneas y más líneas, bocetos que intentan captar la belleza singular de un rostro. El rostro de una joven desconocida con la que pasó la noche más extraña y mágica de su vida. Pero sus dedos han perdido la práctica, hacía tanto que no cogían un lápiz o un pincel, que ninguno de sus trazos le convence, no se acercan siquiera a la belleza de la joven. Cerró los ojos por un momento, recordando todos los detalles de la noche anterior. Recordaba hasta el más mínimo detalle del precioso disfraz que llevaba. Muy costoso, eso seguro. Y antiguo, uno de esos vestidos renacentistas que solían vestir las damas en los cuadros de los grandes pintores venecianos. Pero lo que recordaba con más claridad era el rojo tan intenso de sus cabellos, casi parecían una hoguera encendida en lo alto de su cabeza. Casi tan rojos como sus labios, perfectos, resaltando con la blancura casi marmórea de su piel. Abrió los ojos, casi podía sentir en sus labios la dulzura de ese beso. ¡Hacía tanto tiempo que no besaba a una mujer! Pero no entendía porque ella había huido de él. Quizás la asustó. Había algo en ella, una especie de ingenuidad, casi como si de una niña se tratase. Corrió tras de ella, pero perdió su rastro en una pequeña plaza, justo delante de un bello palazzo, ahora convertido en un museo. Ni siquiera sabía su nombre. Derrotado, volvió al hotel cuando los primeros rayos de sol iluminaban el gran canal. Y empezó a dibujar su rostro. Para no olvidarla. Deseó no haber perdido su habilidad con el carboncillo, pero desgraciadamente los años que había pasado sin utilizarlo habían pasado factura. No había vuelto a pintar desde que su esposa se marchara. Se había sentido culpable por ello. Si ni hubiera dado tanta importancia a su arte y a su carrera habría sabido que ella no estaba bien. Pero siempre estaba en su estudio o de viaje en Nueva York, Londres o Tokio. Y ella nunca le hizo ningún reproche, al contrario, siempre le animaba, le decía lo muy orgullosa que se sentía de él. Hasta aquel fatídico día, hacía ahora cuatro años. Su exposición más importante, en el corazón de la gran Manzana. Todos los críticos y los medios rendidos a su arte. Y la llamada, en medio de toda esa vorágine, rompiendo su mundo en dos. Desde aquel día no había vuelto a pintar. Vendió su estudio. No quiso saber nada más de su obra. Se encerró en sí mismo, a solas con su dolor y su sentimiento de culpa. Hasta esa mañana. Se alegró de haberse dejado convencer para hacer ese viaje. Su hermano, preocupado por su estado y su salud mental, decidió sacar los billetes sin decírselo. La excusa, sorprender a su esposa, enamorada de Venecia, y pasar el carnaval en la ciudad de los canales. Se habría negado a ir, como había hecho anteriormente con todos los intentos de sacarlo de sí mismo, pero desde hacía unas semanas tenía extraños sueños con Venecia, sueños de los que apenas recordaba nada, sólo sombras enmascaradas que corrían por las estrechas callejas y de una sala bellamente decorada y una estatua de mármol.
Dejó la libreta en la mesa y decidió salir a buscarla. A la luz del día quizás encontrara algún rastro que le hubiera pasado desapercibido. Recorrió las mismas calles por las que había perseguido a la joven. Atravesó los mismos puentes. Llegó al lugar donde perdió su rastro. Era un bello edificio renacentista, convertido en un museo. Una cola de gente esperaba su turno para visitarlo. Recordando la extraña sala de sus sueños, pensó en visitarlo. No perdería nada. Una vez dentro, una guía les iba contando, con su voz monocorde, la historia del lugar. Les habló del rico mercader que construyó, que se volvió loco cuando su única hija se fugó con un pintos, y que terminó sus días en un asilo para lunáticos, gritando que la estatua de su hija tenía vida. Terminaba su historia abriendo la puerta doble, de madera finamente tallada. La puerta que daba entrada a una sala inmensa presidida por una estatua de mármol blanquísimo, la estatua de una joven de una belleza inigualable. Al pobre casi le da un vahído al verla. ¡Está en la sala que veía en sus sueños! Y esa es la estatua con la que soñaba. Pero lo que realmente hizo que su corazón casi llegara a dejar de latir fue comprobar que esos eran los mismos rasgos de la muchacha con la que había estado la noche anterior. Esos eran los labios que había besado. Se acercó a la estatua. Sólo un cordón de seda negra los separaba. Admiró la pureza y belleza de líneas de la estatua. Sin duda un gran escultor. Casi parecía que tuviera vida. Entendía porque el padre se había vuelto loco. Él estaba empezando a volverse loco también. Se quedó atrás mientras el grupo seguía visitando el museo y cuando se quedó solo, bajó a la sala. No quería irse de allí sin besar esos labios. Apartó el cordón que la protegía de los visitantes, se subió al pedestal y cerrando los ojos la besó, poniendo toda su alma en ese beso. Sintiendo como en lugar de fría piedra, sus labios besaban algo cálido y suave. Abrió los ojos, sorprendido. Allí estaba ella. Los ojos cerrados, lágrimas resbalando por su bello rostro. Abrió sus ojos y le sonrió. Pero las piernas apenas podían sostenerla. Escucharon como la guía volvía con otro grupo de visitantes. Sin pensárselo dos veces, la tomó en brazos y se la llevó de allí. En cuanto la joven salió a la luz del día, empezó a recuperarse. Llevaba demasiado tiempo sin sentir el sol en su piel. Y empezó a reír, una risa tímida al principio, pero se convirtió en una carcajada. Y él se contagió de esa risa, y todos los paseantes los miraban. Llamaban la atención, él llevando en brazos a una joven que parecía sacada de un cuadro de Tiziano y los dos riendo a carcajadas. Incluso unos turistas japoneses no paraban de fotografiarles. Cosas del carnaval.

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Trilogía de Venecia 2: La dama de mármol.

La Dama contemplaba la vida pasar desde su pedestal. ¡Cuántos cambios había visto desde su prisión de piedra! Había olvidado cuanto tiempo llevaba convertida en estatua. El tiempo había dejado de tener importancia para ella. Seguía en el palacio en el que había nacido, fija, inmutable, cuando todo a su alrededor cambiaba. Otros días disfrutaba contemplando a sus visitantes. Cada día, cientos de personas visitaban el palacio. Le gustaba fijarse en sus caras, intentar adivinar lo que pensaban o sentían. Pero hoy no, hoy su mente sólo volvía una y otra vez a revivir la noche pasada. Sabía que era absurdo, que eso no cambiaría las cosas. Pero no podía evitarlo. Algo había sido diferente esa noche. Algo que hacía que su frío corazón volviera a latir y que soñara con volver a ser mortal. Recordó aquel fatídico día en que se despertó convertida en piedra. Ella, la más bella de las damas venecianas. Una belleza que terminó siendo su maldición. Fue la dama más deseada de toda la ciudad, pero ella los rechazaba a todos. Su corazón pertenecía a un joven pintor. Su padre le había encargado que la pintara en un cuadro, para que todo el mundo admirara la belleza de su hija. Ella era muy joven entonces, y aunque nunca les dejaron solos en las largas sesiones en las que posó para él, su corazón se sintió cautivado. Nuevas sensaciones y emociones, sentimientos nunca antes conocidos se agolpaban en su alma. Trató de hacer todo lo posible por poder quedarse a solas con él. Y por fin, una noche de carnaval, escondida tras su máscara, pudo reunirse con su amante. Esa noche, en brazos del pintor, conoció el fuego de la pasión, la dulzura de una caricia y el poder del amor. Deseó poder quedarse allí eternamente, entre los brazos de su amante, pero el tiempo no se detiene y debía estar en su casa antes del amanecer. Por un año vivieron intensamente esta pasión, pero su sino no era estar juntos. Su padre había concertado su matrimonio con uno de los principales de la ciudad. Un hombre rudo y desagradable, que había enterrado ya a tres esposas. Escuchó esta nueva como si de una condena se tratara. Lloró y le suplicó a su padre que no la casara, que antes prefería entrar en un convento. Pero él no la quiso escuchar. Sus negocios no habían ido muy bien últimamente y ese matrimonio era su salvación. Esa noche corrió a encontrarse con su amante. Juntos planearon huir de la ciudad, Su talento le abriría las puertas en cualquiera de las ciudades. Y hacía tiempo que quería establecerse en Florencia, donde había un gran e importante mecenas donde podría encontrar protección. Pero nunca pudieron ver realizados sus planes. Al despertar, descubrió el cuerpo ensangrentado de su amante. Y vio a su prometido a los pies de la cama, recitando un extraño ensalmo. Y empezó a sentir como el frío de la piedra se apoderaba de todo su cuerpo. Menos de su corazón, que no paraba de llorar por el amante perdido. Lágrimas de sangre, lágrimas que nadie podría ver. Y por la ciudad corrió la noticia de su huida con el pintor. Su padre ni siquiera trato de buscarla, incluso prohibió a los sirvientes mencionar su nombre. Pero cuando, a los pocos días, recibió como regalo una estatua de su pequeña, la instaló en el salón principal. Era tan hermosa, el escultor había realizado un trabajo tan excelente que casi creyó que la estatua tenía vida.

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Trilogía de Venecia 1: Noche de Carnaval.

Las luces del alba empezaban a teñir de violeta el cielo. Un nuevo amanecer, pensó suspirando con tristeza. Podía sentir como el sol empezaba a salir. El frío de la piedra extendiéndose por todos sus músculos. Su blanca y suave piel volviéndose otra vez fino mármol de Carrara. Otro día en su prisión de frío y piedra. Resignada, recordó la noche anterior. La luna adriática obró su magia. Y con cada rayo de luz, sintió como la vida volvía a su cuerpo. Hacía tanto tiempo que dormía el sueño de la piedra que casi había olvidado como se caminaba. Pero no perdió el tiempo y salto de su pedestal, perdiéndose en la noche veneciana. Noche de carnaval, noche mágica. Se perdió entre las gentes que enmascaradas rondaban las calles. el bullicio la aturdió y sufrió un desvanecimiento. Pero unos brazos fuertes la sujetaron, impidiéndole caer. Un joven enmascarado, le sonrió. Sólo se le veían los ojos, unos brillantes ojos azules, y una sonrisa pícara. La cogió del talle y la llevó a un baile de máscaras. Toda la noche bailó entre sus brazos. La música, las luces, esos brazos que la llevaban flotando por la sala, todo eso hizo volver a latir su corazón como una vez hiciera, hace tanto tiempo de aquello. Era ya casi el alba cuando él la besó. Un beso dulce y tierno. Pero el alba se acercaba y sentía como el frío empezaba a extenderse por su cuerpo. Rompió el abrazo y escapo corriendo. De vuelta a su peana, de nuevo presa de ese mármol. Habría llorado, lágrimas de alegría, pero las estatuas no lloran, las estatuas no sienten. Ojalá, pensó, esta vez fuera diferente. Ojalá esta vez, él la encuentre. Ojalá pueda romper el hechizo. Pero prefiere no hacerse ilusiones. Siempre hay un amanecer de piedra tras cada noche de pasión.

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